Capítulo 1
No tienes que casarte con ella —dijo la prima, que era también la mejor amiga y la dama de honor de Camila Cabello.
Se hallaban en la
antesala de la catedral.
Desde fuera de la pequeña estancia les llegaba la música del órgano y el ruido de la multitud. La prodigiosa cola del vestido de Camila se extendía por el suelo de piedra y ramos de las flores que crecían en los Alpes, en el reino de Fiammetta, entre Italia y Francia, decoraban la
habitación.
Su prima continuó hablando con pasión.
—¿Qué más da que sea reina? Yo misma te llevaré lejos de aquí.
A Camila le pareció un ofrecimiento encantador, pero innecesario, aunque comenzó a hacerse preguntas sobre el modo de realizarlo.
—¿Huiríamos a pie por las calles controladas por la guardia real y atestadas de partidarios de la reina?
Pensar en una estrategia de huida, que en realidad no deseaba, era un
agradable cambio, mientras esperaba, con el corazón desbocado, para entrar en la sala principal de la catedral, donde recorrería lentamente la nave para casarse con una reina, ante la multitud que se hallaba presente y la
que la vería por las cámaras.
—Y si lo consiguiéramos, ¿qué haríamos después, tal como voy vestida?
¿Escalaríamos la montaña más cercana con la esperanza de
deslizarnos sobre el trasero hasta Francia?
Con esta cola me deslizaría de maravilla, suponiendo que eligiéramos la montaña adecuada. Me han dicho que algunas de las cimas del lado italiano son muy traicioneras.
La encantadora y leal Kristen tomó aire como si fuera a salir corriendo a toda velocidad hacia la colina más próxima, cuando Camila no recordaba que su prima hubiera hecho otro ejercicio en su vida que cruzar la arena de la playa para tumbarse al sol.
—Solo tienes que decirlo. Hablo en serio.
—Lo sé.
El volumen de la música del órgano subió, así como las toses y los
pasos de los cientos de invitados.
Camila se imaginó que la reina ya estaría allí, al principio de la nave, como si los muros de la catedral se hubieran levantado a mayor gloria de ella, no de Dios.
Aunque tal vez fuera así.
Camila sonrió y notó un cosquilleo en el cuerpo.
—Pero creo que voy a seguir adelante, ya que todos se han tomado
tantas molestias, ¿no te parece?
—Espero que se trate de una de tus bromas, Camila —dijo su padre
mientras cerraba la puerta de la sala, que ella no le había oído abrir.
Se quedó de pie mirándola con frialdad.
—Por supuesto que vas a seguir adelante. Es tu boda con la reina de
Fiammetta. No hace falta que te lo pienses.
Camila quiso decirle: «Ya sé que a ti no te hace falta, papá».
Pero hacía tiempo que había decidido que no merecía la pena discutir con su padre.
Alejandro Cabello siempre se sentía indignado e insultado.
Era inútil discutir con él.
La última vez que lo había intentado había sido antes de que su alegre y encantadora madre muriera.
Después ya no hubo nada de qué discutir.
Camila no esperaba que su padre le prestara atención ni que intentara comprenderla. Y él le había expuesto claramente sus expectativas: debía
realizar un buen matrimonio, como su madre había hecho casándose con ella.
Debía continuar con la tradición de casarse con una persona de posición más elevada y destacar en todo para convertirse en un premio que
reforzara la riqueza e importancia del elegido, como la familia Cabello
llevaba haciendo durante generaciones.
A Camila no le había emocionado la idea, pero recordó los cuentos
que le contaba su madre de princesas y castillos, con matrimonios de
conveniencia y final feliz.
Se decía que, de haberlo querido, podía haberse rebelado. Pero cuando sentía la necesidad de hacerlo, recordaba que su madre no lo había
hecho, que había permanecido con Alejandro afirmando que era feliz, a pesar de la evidente frialdad de la relación.
«Estoy cuidada y protegida», le había dicho, hacía mucho tiempo, a la madre de Kristen, su hermana. «No todos estamos hechos para la pasión.
Algunos florecemos más calladamente».
Habían transcurrido cinco gélidos años desde que la habían enterrado, pero Camila se decía que su madre había decidido quedarse con su padre, someterse a sus exigencias. Hacer lo que había hecho ella no
podía estar tan mal.
Había crecido siendo testigo de la frialdad de la relación de su progenitores, y eso a su madre le parecía una forma de florecer.
«Solo tienes que decirlo», le acababa de decir Kristen.
Los padres de su prima se habían casado por amor. La madre de
Camila, por ser la hija mayor, no pudo hacerlo.
—Vamos, Camila —le espetó su padre, como si fuera él a celebrar la
ceremonia, como si ella estuviera impidiéndolo ir a su propia boda.
—Sí, papá —murmuró ella, como siempre hacía, al tiempo que sonreía a Kristen.
Pensó en su madre, a la que le habría encantado ese día: una catedral,
un reino…
Y una reina de verdad.
Camila tomó a su padre del brazo y dejó que Kristen le ocultara el
rostro tras el velo tradicional que nadie le había preguntado si quería llevar.
Alejandro la condujo a las puertas de la catedral, propiamente dicha, donde la guardia real se alineaba con expresión solemne.
Nadie le preguntó si estaba lista.
Camila se dijo que probablemente porque se veía claramente que lo estaba, como cabía esperar.
Dentro de la catedral, el organista comenzó a interpretar una música
barroca que a Camila la ensordeció.
Los guardias sonrieron a Alejandro, lo que dejaba claro que ella era la
persona que menos importaba.
Kristen murmuró que estaba lista, cuando ella lo estuviera. Camila
fingió que se refería a la boda no a huir de ella.
Kristen esperó unos segundos y se situó delante de su prima.
El volumen de la música subió. Las puertas se abrieron, los invitados
se levantaron y se volvieron a mirarla, mientras ella pensaba en lo que la había llevado hasta allí.
Hasta aquella catedral en medio de una montaña, en un pequeño reino de los Alpes. Había mentido por omisión a Kristen al hacerla creer que la obligaban a casarse. Era más fácil fingir que era así, porque no encontraba palabras para explicar lo que le había sucedido para acudir a ella de forma mucho más voluntaria de lo que Kristen se podía imaginar.
La nave de la catedral era tan larga que Camila no distinguió si la
figura al final de ella correspondía a la mujer que era la estrella del
espectáculo: su prometida, la reina de Fiammetta. Lauren Jauregui, famosa por su femenina belleza, así como por su imponente magnetismo, que debería haberla intimidado, pero que, desde el principio le había producido un cosquilleo.
Un cosquilleo, una ebullición que aumentaba ahora a cada paso.
Pronto sería su esposa y, un día, la madre de sus hijos; dos al menos,
ya que Lauren era reina.
Y todo el mundo sabía que cuando uno ascendía al trono o se hallaba en sus proximidades prefería tener una línea sucesoria clara para asegurárselo a las generaciones futuras.
Camila prefería pensar en líneas sucesorias como si fuera algo que no tuviera relación con las personas ni con ella, porque, si no, al pensar en tener hijos o, mejor dicho, en concebirlos con Lauren, experimentaba un sentimiento extraño.
Una boda ventajosa era la única tarea que tenía una heredera, le había repetido su padre desde que era una niña, para consolidar su herencia y, si lo hacía bien, mejorar tanto la posición social de él como la de ella.
Su madre la miraba, risueña, desde el otro lado de la mesa.
Después se acurrucaba con Camila en su habitación y le contaba que su boda sería
maravillosa, con independencia de lo que le dijera el tonto de su padre; que su princesa y ella tendrían aventuras, matarían dragones, acudirían a bailes maravillosos y tendrían una vida mágica y feliz.
Pero cuando Camila se convirtió en una joven muy hermosa, Alejandro se volvió más avaricioso, sobre todo cuando resultó que su hija, además, era inteligente.
Se hallaba encerrada en un internado suizo, donde los ricos
mandaban a sus hijas cuando querían controlar totalmente su vida.
Era una encantadora prisión, rodeada de altos muros y guardias, donde solo había diez chicas por curso.
No había mucho que hacer, aparte de estudiar, acudir a clase y soñar
con el príncipe azul al que no podrían conocer sin el beneplácito de sus familias.
Camila se consideraba afortunada porque su padre le hubiera
permitido acabar sus estudios, lo que no era el caso de muchas de sus
compañeras. Se licenció justo antes de cumplir veinte años y esperaba que su padre la subastara, por así decirlo, inmediatamente.
Suponía que tendría que acudir a aburridos acontecimientos sociales bajo la vigilancia de su progenitor, donde no solo debería ser encantadora,
como se esperaba de una joven con su educación y heredera de los Cabello, sino también soportar sus comentarios sobre si había hecho o dicho lo que él pensaba que correspondía.
No estaba segura de poder soportar una semana así, y mucho menos todo el verano, como la había amenazado su padre, cuando fueron ese año
a la finca de la Provenza.
Las personas que él tenía en mente poseían un
título y eran ricos.
Camila y Kristen se habían mandado mensajes sobre ellos y habían buscado información en Internet intentado convertir sus flagrantes defectos, desde tener amantes a dedicarse a los juegos de azar, en encantadoras peculiaridades.
Era más fácil y divertido transformarlo todo en un juego.
«O podríamos escaparnos», decía Kristen, como si tuviera algo de lo que escapar, cuando sus padres la adoraban y la consentían. Quería ser
artista en una ciudad bohemia y vivir de su ingenio y creatividad.
A lo que Camila le contestaba que dejara de pensar en musicales de
Broadway y volviera a la realidad.
Y aunque era cierto que esta le resultaba difícil, tras haberse graduado y enfrentada a una lista de candidatos de toda Europa a casarse
con ella, Camila estaba dispuesta a aceptarla, porque su padre no era un hombre afectuoso.
Y si esa era la única forma de que ella le demostrara su amor y,
desde luego, la única en que él podía recibirlo, suponiendo que pudiera, Camila creía que era lo mínimo que podía hacer.
Ella también florecería calladamente, cuidada y protegida, como lo
había estado toda la vida.
Y un día apareció un mensajero real.
Antes de la primera fiesta en que Camila esperaba hacer su presentación como joven casadera, aquel hombre llegó y proclamó la buena noticia: Camila había conseguido, no especificó cómo, atraer la
atención de la reina de Fiammetta, a quien le gustaría conocerla.
«Madre mía», había exclamado Alejandro, que se había vuelto loco al pensar en tronos y coronas. «No te perdonaré que lo eches a perder».
Camila no le dijo que, hasta ese momento, no había echado nada
perder, que había sido tan buena y obediente toda su vida que Alejandro debía de tener la impresión de que era muy sumisa.
Y eso la alegraba, porque implicaba que su verdadero yo se hallaba agazapado, por muy tímida y complaciente que se mostrara ante su padre.
Al aceptar la invitación de la reina, se inició un largo proceso.
Camila se reunió con distintos ayudantes, cada uno de los cuales llegó con un plan distinto. La vieron a solas y con su padre. Le pidieron
que les entregara sus dispositivos electrónicos con las contraseñas
correspondientes y que les explicara todo lo que había hecho desde que era una niña.
Solían saber las respuestas, pero querían ver lo que les decía.
Cuando llevaba un mes de entrevistas, una de las ayudantes más agresivas se enfrentó a ella:
«Le ha mandado un mensaje a su prima sobre nuestra última
reunión. Si no recuerdo mal, le ha dicho que empieza a temerse que la reina, en realidad, no existe».
Camila lo reconoció. Se alegró de que su padre no estuviera presente,
ya que le habría prohibido volver a comunicarse con Kristen, dado que la familia de la madre de Camila no le caía muy bien.
Al día siguiente apareció la reina.
En la catedral, al recordarlo, Camila estuvo a punto de tropezar. No se cayó delante de los invitados, gracias a que su padre la tenía firmemente
agarrada.
Volvió a pensar en aquella mañana de junio que había marcado un
antes y un después.
Una reina no aparecía sin más en un lugar, aunque quisiera ir de
incógnita. Así que, una mañana había llegado un mensajero a casa de su
padre, inmediatamente seguido de un equipo de seguridad que había
revisado la finca, aunque era algo que ya habían hecho antes varias veces.
Alejandro aprovechó la ocasión para dar instrucciones a Camila sobre cómo comportarse en tan trascendental ocasión. Había hablado con dos de los ayudantes de la reina y con sus propios empleados para prepararla.
No se le había escapado ningún detalle.
Mandó tres veces a Camila a su habitación, porque no le acababa de convencer su peinado.
Solo se contentó, cuando su largo y ondulado
cabello quedó recogido en una trenza francesa.
Su atuendo fue sometido a un escrutinio parecido.
Camila sabía que
no había que hacer preguntas sensatas a personas poco razonables, como, por ejemplo, si no debía, simplemente, presentarse ante la reina, dado que era ella la que había llamado su atención, lo cual no se debía a las maquinaciones de su padre, que jamás se había imaginado que la realeza estuviera al alcance de su mano.
Le habían enseñado repetidamente que una señorita no se rebajaba a discutir.
Así que se mordió la lengua y se cambió de vestido y de maquillaje
hasta que su padre se quedó satisfecho.
Ahora pensó que era gracioso que no recordara qué ropa se había puesto al final. Lo que recordaba claramente era que nunca se había sentido menos ella misma, cuando, por fin, le ordenaron que fuera a uno de los salones, donde la sentaron en un sofá.
Le dijeron que su padre recibiría a la reina y, después, los tres se sentarían a charlar. Tal vez tomarían algo de
beber, antes de que Alejandro las dejara solas.
«Y espero que te comportes como debes», le había espetado su
padre. «En caso de duda, sonríe y no digas nada».
Tras haberse sentado en el salón, se dedicó a practicar. Con sus
compañeras de curso en el internado hacían concursos para ver quién sonreía de modo más enigmático, porque sabían que podían utilizarlo como un arma.
Por desgracia, a ella no se le daba bien. Había demasiada esperanza y
demasiados cuentos de hadas en su sonrisa.
En eso se notaba que era hija de su madre.
Mientras esperaba, se enfadó consigo misma, porque se estaba
poniendo nerviosa. No entendía por qué, cuando se trataba de una mujer al que no conocía y al que probablemente no volvería a ver. Daba igual que fuera una reina o uno de los socios de su padre.
Lo que debía hacer era seguir las instrucciones de su madre lo mejor
posible, lo que implicaba que debía buscar la magia en cualquier situación, lo maravilloso, aunque la situación fuera todo menos maravillosa.
«Y si la princesa azul no existe, ¿qué hago?», le había preguntado
una vez. A lo que su madre le respondió: «Si miras con atención, lo
encontrarás. No me cabe duda».
Los nervios no la ayudaban, así que se levantó y se dirigió a las puertas que daban a uno de los jardines de la mansión; en este caso, era el de su madre.
Salió, porque pensó que tenía tiempo de sobra, y bajó los escalones para aspirar el aroma de las flores preferidas de su madre y tranquilizarse.
Respiró hondo.
Al disponerse a volver al salón, la vio.
Camila estaba agachada para oler las flores, por lo que le pareció
tremendamente alta. Se quedó sin respiración y se le secó la garganta.
Al mismo tiempo sintió un zumbido en su interior que estuvo a punto de hacerla caer sentada.
Tardó demasiado en darse cuenta de que era su corazón.
La miró conmocionada.
No le preguntó si era ella, lo supo inmediatamente. Sus ayudantes le habían enseñado fotografías suyas, además de las que había visto en Internet, pero sabía que la reconocería aunque no las hubiera visto.
Se hallaba al comienzo de los escalones como si no esperase otra
cosa que encontrar a una mujer inclinada a sus pies.
Lo que probablemente sucedería a menudo.
Según se decía, era la soltera más cotizado del mundo.
Camila no supo si debía arrojarse a sus pies, porque era incapaz de
recordar lo que le habían enseñado en el internado sobre modales elegantes.
No quedaba nada de ella.
Solo aquel zumbido. Solo la reina y un pensamiento extraño: que aquella mujer no era fotogénica.
Era algo que había pensado al ver las fotografías. Y se dijo, aunque le pareció una estupidez, que tal vez aquel matrimonio de conveniencia no sería tan terrible como se imaginaba, por la falta de belleza de ella.
Se esperaba que fuera atractiva, pero se quedó asombrada al descubrir que en todas las fotos que había visto de la reins de Fiammetta
parecía fea.
Era el efecto que producía su abrumadora belleza femenina.
La conmocionó como si fuera un desastre de la Naturaleza, una tormenta de proporciones descomunales.
Esa era la clase de belleza que poseía.
No estaba segura de cómo había resistido verla por primera vez. Se incorporó, aunque el cuerpo no le parecía suyo.
Resonó en su interior la fría voz, de acento alemán, de la directora
del internado. Y recordó, casi demasiado tarde, que debía hacer la
reverencia adecuada ante un miembro de la realeza.
Agradeció la insistencia de la directora en hacer que practicaran
aquellas cosas repetidamente.
Agradeció que su cuerpo llevara a cabo lo que tanto había practicado, porque le dio tiempo a volver a respirar, a
evitar caerse y a tratar de contener el hormigueo que le recorría el cuerpo.
—Levántese —le ordenó la reina con suavidad.
Ella le obedeció.
Ella la examinó durante unos interminables segundos.
El hormigueo empeoró.
La invadió por completo y modificó cosas que ni quiera sabía que existían y que podían moverse.
Quiso decirle algo inteligente para impresionarla, para demostrarle que era mucho más que lo que hubiera visto en el dosier que había recibido
de ella.
Estuvo a punto de decir a aquella mujer irresistible, a aquella reina, que ella era una persona llena de contradicciones y obsesiones, pero con
aspectos secretos y maravillosos que apenas conocía.
Pero no se atrevió.
—Dentro de unos momentos voy a hacer mi entrada oficial por la puerta principal de esta mansión —dijo ella.
No sonrió, pero ella sintió la necesidad de hacerlo.
—Pero me han enseñado que antes me corresponde echar una ojeada a la mujer que debo conocer.
Ella fue a hablar, pero recordó que no se trataba de una mujer
corriente. Era una reina, por lo que había un protocolo para relacionarse con ella.
Sus ojos eran verdes y brillaban.
—Puede hablar con libertad. Al fin y al cabo soy yo quien la ha
venido a espiar al jardín.
—¿Qué espera encontrar cuando echa una de esas ojeadas?
—Son muy instructivas.
La casa suele estar desordenada o demasiado limpia, como para borrar las huellas de la escena del crimen.
La mujer a la que voy a conocer suele estar dando órdenes a gritos a los criados, chillando a quienes ve y comportándose como no lo haría si supiera que la estoy observando.
—Perdone, pero tengo entendido que muchos miembros de la realeza
se comportan así.
Era una estrategia arriesgaba. Esperaba que se sintiera ofendida, se
marchara y la tachara de la lista. Y se preguntó por qué lo había dicho, cuando hubiera sido más fácil murmurar algo inofensivo.
Pero ella sonrió, y ella se olvidó de todo lo demás.
Si los ojos eran como la es, la sonrisa era como un verano claro y
luminoso. Y mientras sonreía, ella se dio cuenta de que era un ser humano y que podía ser una buena esposa, si quería. Y vio un futuro que no se había atrevido a imaginar: una mano a la que agarrarse en silencio, bailes en los
que ella tenía la cabeza echada hacia atrás y ella le sonreía, risas, niños…
Todo eso contempló, mientras ella la miraba con aquella sonrisa
inesperadamente mágica.
—Muchos miembros de la realeza son personas espantosas. ¿Por qué
se imagina que vengo por anticipado a comprobar si se da ese
comportamiento? La conozco muy bien y deseo evitarlo a toda costa.
—Siento decepcionarla —ella sonrió sin poder evitarlo—. Supongo
que podría maltratar las plantas, si quisiera, pero entonces no florecerían.
Este era el jardín de mi madre y yo lo cuidaba de niña. La fragancia de lo
que ella plantó me hace feliz. Eso es todo.
La sonrisa de ella se evaporó.
—¿Y eso es lo que desea?
¿Ser feliz precisamente hoy?
—Es lo que deseo todos los días —contestó Camila aún sonriendo,
aunque bajó la vista y acarició los capullos de lavanda—. Pero le aseguro que no siempre es posible.
—¿Y si le dijera que no creo en la felicidad?
—Majestad, todos tenemos que creer en algo.
—Yo creo en el sentido del deber, señorita Cabello.
—Mi madre decía que debemos plantar flores dondequiera que
podamos cultivarlas, en vez de esperar a que florezcan. Es decir, el deber es lo que hacemos de él.
Ella la examinó durante unos segundos y ella se percató de que nunca
había sentido la intensidad de una mirada como la suya.
El hormigueo se fundió con el zumbido hasta convertirse en un
tornado tan repentino y devastador que no estuvo segura de si había vuelto a respirar desde el momento de haber visto a la reina.
El reina Lauren inclinó la cabeza.
—Estoy deseando conocerla, señorita Cabello —dijo en tono
autoritario, antes de girar sobre sus talones y echar a andar para rodear la casa, llevándose con ella el aire, el cielo y los colores de la Provenza.
Camila se quedó inmóvil, deslumbrada. No estaba segura de no habérselo imaginado todo, pero el cuerpo se movió por sí solo y la condujo de nuevo al salón y al sofá, como si fuera la misma persona que había
salido al jardín.
Como si pudiera volver a ser la misma.
Le pareció que había transcurrido toda una vida, aunque solo
hubieran pasado unos segundos, cuando oyó la voz de su padre en el
vestíbulo. Los secretarios de la reina entraron y anunciaron su llegada.
Camila se levantó y le hizo una reverencia.
Cuando se irguió, ella le
sonrió.
Pero no del mismo modo que antes. Ahora se limitó a un breve
esbozo de sonrisa con los labios apretados. De todas maneras, Camila supo que se casaría con ella y que el futuro que se extendía ante sus ojos sería suyo.
Volvía a extenderse ahora, en la catedral. Esa sonrisa la había
acompañado durante el resto del verano. La había mantenido a flote
cuando su padre le hacía reproches y la criticaba delante de todo el mundo, mientras se celebraban reuniones y se firmaban documentos, tras la pedida de mano.
A ella se había aferrado durante el otoño, cuando su vida dio un vuelco y ella pasó a ser propiedad del palacio y comenzó a ser exhibida en
acontecimientos sociales de todo tipo, como futura esposa de la reina.
Nunca habían estado solas, así que ella había seguido pensando en su
sonrisa, en sus ojos verdes, brillantes como la esmeralda, y en el futuro.
Y cuando, ahora, al final de la nave, volvió a levantar la vista lo
halló, por fin.
Resplandeciente y serena, e incluso emanando más magnetismo del
que recordaba cuando la había visto la noche anterior, durante una cena de celebración donde los habían fotografiado hasta la saciedad.
Su verde mirada se fijó en ella y desencadenó una tormenta eléctrica
en su interior.
Camila no se dio cuenta de cuántos metros le faltaban para llegar.
Solo la veía a ella y sentía su mirada y la tormenta en su interior.
Comenzó a temblar y se dio cuenta de que su padre lo notaba, porque
le apretó más el brazo y le dirigió una mirada furiosa.
Se quedó confundida durante unos segundos, pero después se percató
de que Alejandro creía que había cambiado de idea.
Nada más lejos de la verdad.
Era un secreto que ni siquiera le había contado a Kristen. No había
nada en ella que no deseara casarse con aquella mujer, incluso aunque hubiera sido una persona corriente. No tenía nada que ver con reyes ni con coronas.
Todo eso le daba igual.
Se habría casado con Lauren Jauregui fuera quien fuese.
Cuando la miraba, su cuerpo revivía; cuando la tomaba de la mano,
notaba humedad entre los muslos y los senos le dolían. Quería apretarse
contra ella y experimentar lo que solo había leído en los libros.
Aunque su prima desaprobara aquella boda, Camila sabía que era lo que deseaba desde que había conocido a Lauren.
Le parecía algo inevitable; un rayo caído del cielo al que ella se había agarrado sin poderlo remediar para que la redujera a cenizas.
Al llegar al altar, su padre se la entregó a la reina.
Lauren la tomó de las manos y ella sintió el fuego interior habitual.
El zumbido se convirtió en un rugido.
La ceremonia comenzó.
Cuando ella tuvo que hablar, no pudo decir
gritando la alegría que le producía aquella unión.
Quien se iba a convertir
en reina tenía que hablar con la elegancia debida ante una reina.
Repitió lo que dijo el obispo. Lauren le puso la alianza en el dedo, igual que le había puesto el anillo de diamantes para sellar su compromiso.
Ella solo tenía que decir dos palabras, pero lo hizo con todo el cuerpo
y el alma.
—Sí, quiero —susurró.
Ella le levantó el velo y la besó por primera vez para hacerla su esposa.
Y para enseñarle lo poco que sabía sobre el fuego.