Horizontes que construimos

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Summary

Cuando Sara acepta liderar un proyecto revolucionario en un estudio de diseño al borde de un cambio radical, no imagina que enfrentará desafíos que no solo pondrán a prueba su creatividad, sino también su capacidad para inspirar a un equipo lleno de personalidades únicas. Con los mellizos, una dupla caótica y brillante que convierte cualquier idea en un experimento impredecible; Natalia, cuya precisión es igualada solo por su pasión; y Mikael, el observador tranquilo que siempre parece saber más de lo que dice, Sara descubrirá que las mejores ideas nacen en los momentos más inesperados. Entre luces, sombras y modelos que desafían la lógica, el equipo aprenderá que a veces el verdadero éxito no está en seguir un plan, sino en abrazar lo desconocido. En un torbellino de presión, dudas y descubrimientos, encontrarán no solo un proyecto que redefine límites, sino también un propósito que los une de formas que nunca imaginaron. ¿Qué sucede cuando decides arriesgarlo todo por un sueño? Sara está a punto de descubrirlo.

Genre
Drama/Romance
Author
MARS
Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Un nuevo comienzo

ESTA OBRA HA SIDO FINALIZADA.

PARA PODER DISFRUTARLA COMPLETA Y SEGUIR EL VIAJE DE SARA A TRAVEZ DE LAS PÁGINAS, TE INVITO A TI, SER DE POLVO COSMICO QUE ESTA LEYENDO ESTO, A COMPRAR LA VERSIÓN DIGITAL O FÍSICA.

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El aire frío de la madrugada se sentía como pequeños alfileres sobre el rostro de Sara mientras apretaba el abrigo contra su cuerpo. Se detuvo un instante frente a la entrada principal del aeropuerto de Ezeiza, dejando que sus ojos vagaran por los detalles que habían definido su vida hasta ese momento. Todo era tan familiar, pero al mismo tiempo, comenzaba a sentirse extraño.

Miró a su padre, quien también parecía estar luchando con sus pensamientos. Sus manos estaban en los bolsillos, y aunque intentaba parecer tranquilo, Sara pudo notar el ligero movimiento de su pierna, un tíc nervioso que él siempre trataba de ocultar.

—Dile a mamá que la quiero —dijo ella en un susurro, apenas audible. No quería que su voz se rompiera al pronunciar esas palabras.

Él ladeó la cabeza, estudiándola por un momento.

—Deberías decírselo tú misma, Sara.

Ella frunció los labios, una mezcla de frustración y resignación cruzando su rostro. Sabía que él tenía razón, pero también sabía que no podía hacerlo. El silencio entre ellas había sido tan largo que cualquier palabra ahora sonaría vacía, casi irrelevante.

El ruido de una maleta rodando sobre el suelo de baldosas rompió el momento. Sara dio un paso hacia la entrada del aeropuerto, arrastrando la suya con una mano temblorosa. Todo su mundo estaba comprimido en ese rectángulo de tela negra con cremalleras que apenas cerraban. Cada paso que daba sentía que dejaba algo atrás, algo que no estaba segura si algún día recuperaría.

Cuando finalmente pasó el control de seguridad y llegó a la puerta de embarque, se permitió mirar por última vez hacia atrás. Su padre no estaba allí. No esperaba que lo estuviera. Así era mejor.

El vuelo se sintió eterno. Sara pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana, aunque no había mucho que ver más allá de un cielo oscuro y parches de nubes iluminados por las luces del avión. Su mente vagaba entre los recuerdos de lo que había dejado atrás y las posibilidades de lo que encontraría al llegar a Guadalajara. No había forma de saber si este cambio sería para mejor o si solo estaba huyendo de algo que eventualmente la alcanzaría.

Cuando el avión comenzó a descender, una turbulencia repentina hizo que su estómago se revolviera. Se aferró a los apoyabrazos, cerrando los ojos mientras sentía el zumbido de la aeronave al enfrentarse a una corriente de aire. Sí, esto sería difícil.

El calor la golpeó con fuerza en cuanto salió del avión. Era una sensación sofocante, casi agresiva, y se sintió torpe mientras ajustaba el abrigo que ahora resultaba completamente innecesario. La humedad se aferraba a su piel, haciéndola consciente de cada movimiento.

El aeropuerto de Guadalajara era un caos controlado. Las voces en español sonaban distintas, con un acento al que aún tendría que acostumbrarse. Sara arrastró su maleta, buscando entre las caras de desconocidos a alguien familiar.

Finalmente, lo vio. Mikael estaba apoyado contra una columna, con un vaso de café vacío en la mano y una expresión despreocupada. Su cabello castaño despeinado y su camiseta gris desgastada eran exactamente como los recordaba en las fotos que habían compartido durante sus interminables conversaciones virtuales.

—¡Mika! —gritó, levantando una mano.

Él levantó la vista y sonrió, una de esas sonrisas torcidas que parecían permanentes en su rostro.

—Pensé que te habías perdido —dijo mientras ella se acercaba.

Sara rodó los ojos.

—Es un laberinto, pero lo logré. Estoy aquí, sana y salva.

Mikael le revolvió el cabello, un gesto que la hizo sentir como si el tiempo y la distancia no hubieran significado nada.

—Nos están esperando en la casa —dijo mientras tomaba la delantera hacia el estacionamiento.

—¿Nos? —preguntó Sara, arqueando una ceja.

—Mis roomies. Les dije que traería un “parásito más”.

Ella se detuvo en seco.

—¿Parásito?

—¿Prefieres “alimaña”? —preguntó él con una sonrisa traviesa.

Sara resopló y continuó caminando, mordiéndose el labio para no sonreír.

La casa estaba en un barrio tranquilo, con árboles que daban sombra al camino y fachadas sencillas pero bien cuidadas. Cuando Mikael abrió la puerta principal, Sara se encontró con un espacio acogedor, decorado con muebles eclécticos que parecían haber sido elegidos al azar pero que de alguna manera funcionaban juntos.

—Bienvenida al caos —dijo Mikael, arrojando sus llaves sobre una mesa cercana.

Antes de que pudiera responder, Sara notó a un hombre ajustando una lámpara en la entrada. Era alto y corpulento, con un traje que parecía sacado de una revista, aunque las mangas remangadas le daban un aire más relajado. Había algo en él que llamaba la atención, una especie de autoridad que no necesitaba ser anunciada.

—Luca —dijo Mikael casualmente—, ella es Sara. El nuevo parásito.

Luca bajó la mirada, y cuando sus ojos grises se encontraron con los de Sara, sintió un escalofrío recorrer su espalda. La intensidad de su mirada la hizo tropezar ligeramente con su propia maleta.

—Encantado —dijo él con voz firme mientras dejaba la lámpara en su lugar.

Sara intentó devolver el saludo con naturalidad, pero algo en la presencia de Luca la descolocaba. Había algo en la forma en que la observaba, como si pudiera ver más allá de su fachada.

El resto de la noche transcurrió en una mezcla de presentaciones rápidas y el agotamiento acumulado del viaje. Sara apenas tuvo energía para desempacar lo básico antes de desplomarse en su nueva habitación. Mientras se acurrucaba bajo las sábanas, con los sonidos desconocidos de la ciudad filtrándose por la ventana, no pudo evitar pensar en todo lo que había dejado atrás y lo que le esperaba.

Afuera, en la casa, las luces se apagaron una por una, dejando solo la tenue iluminación de la luna sobre el vecindario silencioso.