I
A pesar de ser un mago jugador de quidditch en la posición de golpeador, donde se mostraba alegre junto a su esposa y dos hijas, donde firmaba autógrafos y se tomaba fotos con los aficionados, donde iba a las giras con su muy hermosa familia, ya que todas las mujeres de la familia eran extremadamente hermosas. A pesar de todo ello, Falco Rosier era un ser despreciable a ojos de su hija menor. Pues en cada oportunidad le recordaba que no eran “mucha cosa”, dicho de buena manera. Los Rosier se caracterizaban por su afinidad a las artes oscuras, a seguir a los magos tenebrosos.
Al momento de su nacimiento no había uno, pero su padre aseguraba que uno se volvería a alzar y demostraría quiénes debían estar arriba en la cadena alimenticia. Balbine solo asentía, decía que sí a todo lo que su esposo decía. Vinda los seguía fascinada y Josette, era Josette. Tan pronto como aprendió a caminar, su magia despertó, a diferencia de su hermana mayor, que necesitó que su padre la dejara caer de la escoba de quidditch. Su cabello creció largo y negro, no se acomodaba como su madre exigía, sino siempre suelto y rebelde.
Y con la rebeldía descubrió que era una metamorfomaga, ya que, cuando se enojaba, se volvía naranja y, después de las regañinas de su padre cambiaba a gris, cuando estaba triste se volvía blanco y, cuando la visitaba su tía abuela Heloise, este iba del rosa chicle al azul rey, los dos colores se alternaban cuando corría alrededor de ella y por fin volvía a su negro natural después de recibir su cálido abrazo. Lo único bueno de nacer en esa familia. Preguntó a su madre de dónde venía aquello y no supo contestarle, mientras su padre le dijo que era una maldición por haber nacido mujer. Vinda nació con un ojo ciego en un ochenta por ciento.
Antes de entrar a la Academia Mágica Beauxbatons, la escuela de magia francesa, le compraron su primera varita: arce y pluma de fénix, quince centímetros, bonita y flexible. Una de sus tías le dijo que el famoso Nicolas Flamel estuvo en esa Academia, así que la meta de la niña era igualar a tan legendario mago, o ser considerada su sucesora. Su padre se rio de ella, no podía tener esa clase de aspiraciones, las mujeres no tenían esa capacidad, nadie podía ser tan impresionante como él. Su tía Heloise, quien no era tan bienvenida en las reuniones familiares, le compró su primer kit de pociones. Al siguiente verano partió a la escuela, gustosa de no estar en casa, podría borrar un par de recuerdos que le quemaban la cabeza.
“Pensada para ser situado en algún lugar de los Pirineos, los visitantes hablan de la impresionante belleza de un castillo rodeado de jardines formales y céspedes creados por arte de magia en el paisaje montañoso”
El palacio de Beauxbatons era hermoso, un castillo rodeado de majestuosos jardines y fuentes creadas mágicamente fuera del paisaje montañoso. En el salón comedor, ninfas de madera cantan serenatas a los estudiantes mientras comen, y en navidad la sala era adornada con grandes y brillantes esculturas de hielo que no se derretían. Josette no se sorprendió con el dato, en su casa también ponían un par. El transporte eran carruajes, los carros azules, eran tirados por una docena de caballos alados. A los estudiantes se les enseñaba a permanecer de pie hasta que el director en turno tomara asiento, mostrando un gran respeto hacia ellos.
Amó las túnicas de color azul pálido hechas de seda fina. Su madre le mandó confeccionar más cuando fue en las vacaciones de navidad, dado que ellos sólo podían vestir lo mejor de lo mejor, aunque el uniforme ya lo fuera, debían superarlo. Sus calificaciones siempre fueron Extraordinario, y eso no cambió cuando tomó sus TIMOS. En su segundo año logró desarmar a su profesor cuando organizó un pequeño duelo a final del mes. Su tía Heloise pidió que la adelantaran de grado, hubo mucho revuelo por ello, ya que las hermanas tomaron sus TIMOS a la par. Su cabello volvió a ir del rosa chicle al azul rey tan rápido, que una de elfinas cayó por el mareo, tirando la bandeja de comida. Su padre no sólo azotó a la elfina, también a su hija menor.
En lugar de hacer seis años, Josette hizo menos, casi enseguida consiguió sus EXTASIS cuando Vinda ni siquiera había terminado su siguiente curso. Se graduó con honores y mandó cartas a diferentes boticarios para que la aceptaran como pasante. Mandó solicitud a la Academia de Aurores, a diferentes inventores de hechizos, mandó una carta a Nicolas Flamel para que la aceptara como su aprendiz. La siguiente semana mandó solicitud al jefe de los inefables para custodiar las profecías, como rompedora de maldiciones, incluso llenó un formulario para ingresar a la Escuela de Sanadores.
Todos los días iba a una cafetería a leer el periódico y tomar su té mientras esperaba a su tía, quien le platicaba los avances de sus casos. Por fin pudo presentar su examen para aparecerse. Esa ocasión volvió a cambiar su cabello con los dos colores característicos, uno de los miembros del Ministerio de Magia la vio y le dijo que se presentara el siguiente lunes a su prueba para ingresar en la Academia de Aurores. Su padre no lo recibió de buen grado, ya que ella no debería estar ahí.
—No te estoy pidiendo permiso, me conoció el Jefe de Departamento y cree que puedo ser un miembro valioso.
—¿Por qué alguien se fijaría en ti?
—Porque soy fuerte y puedo hacer algo bueno de mi vida.
—Sólo la quiere por su maldición— objetó Vinda a sus espaldas.
—¡Solo te van a humillar!
—¡Tú lo has hecho toda mi vida!
—Yo tengo derecho sobre ti, tu cuerpo y esa… esa cosa.
—No lo creo— le mostró un documento donde quería emanciparse.
Falco la derribó de una bofetada, se rio a carcajadas al ver que no había podido seguir en pie, que no era tan fuerte como aseveraba. Josette intentó sacar su varita y su padre le pisó el brazo hasta romperlo. La joven gritó con fuerza e intentó aguantar el llanto. Vinda trastabilló, no sabía si intervenir o no y Balbine sólo subió a su recámara. Josette lo empujó con su mano libre, llamó a su varita y este la desarmó fácilmente, volvió a propinarle otra bofetada y la hizo sangrar del labio. Cuando volteó, una explosión azul destelló cuando su varita fue partida en dos.
—¡Crucio!
—¡Accio vara! ¡Expelliarmus!
No era una varita, era la mitad de una, por lo que intentar hacer un hechizo era peligroso. Ambos hechizos rebotaron y dañaron a los duelistas. Lo dejó ahí, en el suelo, agonizando, si moría o no, no le importaba. Tomó sus dos mitades, su capa y salió de ahí dando traspiés. Se sostenía el brazo y trataba de reprimir sus muecas de inmenso dolor. Tocó a la puerta y Perenelle la sostuvo antes de que cayera. Los elfos domésticos calentaron las infusiones y pociones necesarias. Nicolas le curó su brazo y, con algo de esfuerzo y de ayuda del fabricante, repararon la varita.
—Es probable que obtenga mayor fuerza y resistencia.
—¿Podré presentarse el lunes a mi prueba?
—Niña, lo recomendable sería descansar.
—He esperado esta oportunidad seis meses.
—¿Prueba de qué?
—De auror.
—Pero me mandaste solicitud…
—Sí, a todos lados en espera de trabajar mientras me contestaba.
—Yo confirmé que podías venir cuando quisieras.
—No recibí ninguna carta— su voz se fue apagando al descubrir la verdad.