El primer juego
El eco de mis pasos en el aparcamiento vacío me hacía compañía. La luz de los faroles parpadeaba, luchando contra la oscuridad que se acumulaba en las esquinas. Era tarde, demasiado tarde para alguien que solo había ido a trabajar. Otra jornada larga, otro día igual.
Apreté las llaves en mi mano, un gesto automático que me hacia sentir segura, aunque no hubiera nadie a mi alrededor. O, al menos, eso creía.
Pero entonces, lo sentí. Un zumbido. Suave al principio, como un mosquito al oído, pero fue creciendo, invadiendo mi cabeza, hasta que el dolor explotó detrás de mis ojos. Intenté gritar, pero mi garganta no respondió. La realidad se apagó en un instante.
El olor a metal y al desinfectante me despertó. Abrí los ojos lentamente, cegada por una luz blanca que parecía perforarme el cráneo. Intenté moverme, pero mis brazos y piernas estaban pesados, como si mi cuerpo no fuera mío.
Me incorporé con esfuerzo, notando que no me encontraba sola. Había otras personas en la habitación, también despertando, con miradas confusas y temerosas. Las paredes eran lisas y grises, de metal frio, sin ventanas, solo cámaras en las esquinas que seguían cada movimiento.
- ¿Qué demonios es esto? - murmuró un chico joven, apenas un adolescente. Tenia el cabello desordenado y una mirada desafiante, aunque el temblor de sus manos lo delataba.
Una mujer mayor, de unos cuarenta años, estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Sus ojos claros me miraban como si supiera algo que yo no.
- Estamos donde debemos estar. – dijo, seguida de una risa un tanto exagerada.
- ¿Y eso que significa? – gruñó un hombre corpulento, de rostro endurecido. Parecía mayor que yo, tal vez militar o algo parecido por su vestimenta. Tan solo llevaba un pantalón de camuflaje verde y una camiseta de tirantes negras, junto con unas botas del mismo color. Se levantó rápidamente y empezó a examinar la habitación, posiblemente buscando una salida.
Quise hablar, pero las palabras no salieron. Mi mente giraba en círculos, intentando entender que hacia allí. ¿Secuestro?, ¿un experimento? Nada me cuadraba.
Fue entonces cuando se escuchó una voz. No venia de ninguna de las personas allí presentes, sino de los altavoces escondidos en las paredes. Era distorsionada, mecánica, pero femenina.
-Bienvenidos.
El aire pareció congelarse. Nos miramos unos a otros, esperando que alguien supiera qué estaba pasando. Nadie decía nada.
-Habéis sido seleccionados para participar en esta hermosa aventura. Cada uno de vosotros estáis aquí por una razón, y solo aquellos que demuestren que merecen tener una segunda oportunidad vivirán.
- ¿Qué? ¿es una broma? – gritó el chico.
Su voz quebrada llenó el silencio.
La voz no respondió, pero una parte de la pared se deslizó, revelando una mesa de metal con cinco vasos negros. No había nada más en ellos, ningún símbolo, ninguna palabra.
- El primer juego es sencillo. – continuó la voz. – Cuatro de esos vasos contienen agua. Uno contiene veneno.
Sentí un nudo en el estómago.
- Cada uno debe escoger un vaso y beberlo.
- ¡Estas loca! – exclamo el chico, dando un paso hacia la mesa, pero retrocedió inmediatamente, como si la idea de acercarse lo quemara.
- Si intentais escapar o, simplemente no cumplís las normas del juego, todos moriréis. Sino participáis, todos moriréis. Tenéis diez minutos para decidir. – Sentenció.
El sonido del reloj alertó de que comenzaba la cuenta atrás, resonando en toda la habitación como una sentencia de muerte.
- ¡Esto no puede estar pasando!, ¡es una locura! – gritó una chica de no más de quince años. Parecía aterrorizada, el miedo reflejaba su mirada.
Por un segundo, me congelé. El miedo era tan grande que me sentí incapaz de moverme, pero mi mente comenzó a trabajar. No podía quedarme así. Había algo más. Siempre había algo más.
Me acerqué a los vasos, intentando ignorar las protestas del chico y las miradas de los demás. No podía arriesgarme sin buscar una pista primero.
- No creo que esto sea al azar. – dije, más para mí que para los demás.
El hombre corpulento, que hasta ahora había permanecido en silencio, se acerco lentamente. Asintió.
- Tiene razón. Si quieren matarnos, podrían hacerlo sin tanto juego. Hay algo que no estamos viendo. – seguidamente empezó a revisar la habitación con la mirada.
- ¿Y si no hay nada?: - preguntó el chico. Estaba temblando.
El reloj seguía avanzando, cada segundo se oía más fuerte que el anterior. 9:02.
Busqué desesperadamente alrededor de la habitación, observando cada detalle. La mesa, las cámaras, incluso el suelo. Había algo, tenía que haber algo.
Y entonces lo vi: pequeñas marcas en la base de los vasos, apenas visibles bajo la luz blanca.
Me giré hacia los demás, con el corazón latiendo descontrolado.
- Aquí, creo que este es el seguro. – dije señalando el segundo vaso.
El hombre me miró fijamente, evaluándome, mientras que el resto del grupo se acercaba lentamente.
- ¿Y si estas equivocada? – preguntó el chico.
- Entonces todos estamos en peligro igual. – dije, más firme de lo que me sentía por dentro.
El reloj seguía marcando el tiempo. Cada tic resonaba como una advertencia. 9:05.
—¿Cómo sabes que ese vaso es el seguro? —preguntó el hombre corpulento. Su voz era grave y baja, pero había un dejo de urgencia que no podía ocultar.
—No lo sé con certeza —admití, con el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía pensar—. Pero hay marcas aquí. Algo distinto.
El chico, Mateo, se cruzó de brazos, aún temblando.
—¿Y si esas marcas son una trampa? Tal vez quieren que elijamos ese para matarnos rápido.
—¿Y cuál es tu plan entonces? —intervino el hombre, mirando al chico con dureza.
—¡No lo sé! —gritó Mateo, retrocediendo un paso como si quisiera fundirse con la pared—. Pero no voy a beber algo solo porque alguien que no conozco me diga que es seguro.
—No tenemos tiempo para dudar —dije, mi voz más firme de lo que me sentía. Señalé los vasos restantes—. Si trabajamos juntos, podemos reducir las posibilidades. Si miramos cada vaso con atención, tal vez encontremos más pistas.
—Ella tiene razón —añadió la mujer de ojos claros, Khaoula, quien hasta ahora había permanecido en un silencio inquietante. Su tono era sereno, casi tranquilizador—. Hay un patrón en todo esto. Siempre hay un patrón.
—¿Cómo sabes eso? —le espeté, sin poder evitarlo. Su calma me ponía nerviosa.
—Porque así funcionan los juegos —respondió, sin más explicaciones.
9:06
Nos dividimos rápidamente. Cada uno tomó un vaso y lo inspeccionó. Era como si todos tuviéramos la misma esperanza: que al trabajar juntos, podríamos evitar el destino que nos habían impuesto.
—Aquí hay algo —dijo Cryss, el hombre corpulento, señalando el fondo de otro vaso—. Un símbolo. Una cruz pequeña. ¿Qué significa?
—Y este? —dijo Khaoula, levantando otro vaso. Su base estaba completamente lisa, sin marcas visibles.
—¿Por qué uno tiene marcas y otro no? —pregunté en voz alta, mientras mi mente corría, buscando conexiones.
—Tal vez los de agua no tienen nada —sugirió Cryss—. Y las marcas indican el peligro.
—O al revés —añadió Mateo, que seguía observando desde la distancia.
Mi frustración crecía. Las cámaras parecían mirarnos, como si algo o alguien disfrutara de nuestra desesperación. 9:07.
—No hay tiempo para esto —gruñó Cryss. Se llevó el vaso con la cruz y lo puso frente a él—. Este es el mío.
—¡Espera! —grité—. Aún no sabemos si es seguro.
—No importa —dijo, mirándome fijamente—. Uno de nosotros no va a salir de aquí. Lo sabemos desde que comenzó.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Era tan sencillo para él aceptar la muerte? ¿O estaba jugando a ser el héroe?
9:08
Mateo, finalmente, dio un paso adelante. Agarró el vaso más cercano y lo apretó contra su pecho, respirando entrecortadamente.
—No pienso quedarme aquí esperando a que el reloj llegue a cero.
Kahoula tomó el suyo con calma, como si estuviera eligiendo una taza de té, y yo le lancé una mirada serena.
—Confío en mi intuición.
Quedábamos Cryss, Mateo, Khaoula, y yo. Faltaba elegir un vaso. Me giré hacia el único que quedaba. El mío.
Mis manos temblaban mientras lo levantaba. Sentí el peso del metal frío contra mis dedos. No era más pesado que los otros, pero en ese momento me pareció que cargaba una bomba.
9:09
Nos colocamos en círculo, cada uno con su vaso frente a él. El silencio era insoportable. El único sonido era el tic-tac del reloj y nuestras respiraciones agitadas.
—Cuando termine el tiempo —dijo la voz distorsionada desde los altavoces—, deben beber. Si alguien se niega, todos morirán.
Mateo dejó escapar una risa nerviosa.
—Qué conveniente.
—¿Listos? —preguntó Cryss, su voz cargada de determinación.
No respondí. No podía.
—Si salimos de esto, prometemos que encontraremos una forma de acabar con esto —dije, casi en un susurro. Nadie respondió, pero en sus ojos vi la misma mezcla de miedo y esperanza.
La cuenta regresiva llenó la habitación:
Diez… nueve… ocho…
Nos miramos unos a otros. Cryss ascendiendo, como dándonos fuerza. Khaoula cerró los ojos, como si rezara. Mateo estaba pálido, pero apretaba el vaso con fuerza.
Tres… dos… uno…
Todos bebimos al mismo tiempo. El líquido era insípido, pero sentía su peso descendiendo por mi garganta como una roca. Conté los segundos, esperando… algo.
De repente, Mateo dejó caer el vaso y cayó al suelo, llevándose las manos al cuello. Tosió violentamente, sus ojos llenándose de lágrimas mientras su cuerpo comenzaba a convulsionar.
-¡No! —grité, lanzándome hacia él, pero ya era tarde. En segundos, quedó inmóvil, sus ojos abiertos en una expresión de terror.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—El primer juego ha terminado —anunció la voz—. Felicitaciones a los supervivientes.
Sentí náuseas. No podía apartar la vista del cuerpo de Mateo, de su rostro petrificado. El precio de nuestra supervivencia acababa de hacerse insoportablemente real.