El final
16 de julio de 2121
La luna, o lo que quedaba de ella, colgaba en el cielo nocturno como un espectro desmembrado. Fragmentos brillaban débilmente, esparcidos por el firmamento como lágrimas de una tragedia cósmica. El paisaje del lugar, antes familiar y reconocible como el rostro de un amigo, ahora estaba cambiado, permanente dañado, tan extraño como desolador: sus cicatrices eran profundos valles, mares turbulentos donde antes había tranquilidad, desiertos desolados de vida y ciudades ultrajadas, cuyos restos yacían como árboles muertos de un boque de hierro y hormigón.
Desde la comodidad de una frágil cabaña en lo que solía ser un pueblo tranquilo y acogedor, un anciano rememoraba las ruinas de su mundo al hablarle al pequeño Dylan. Su mirada era una mezcla de tristeza y resignación. Sabía que debía desprender algún destello de esperanza en sus ojos o su voz, pero la herida de la aterradora experiencia vivida aún punzaba en su corazón. Su supervivencia fue una anomalía, una pieza que el destino ignoró en su perversa jugada contra la humanidad.
Ryan tenía la voz temblorosa y el rostro surcado por arrugas. Su escaso cabello plateado parecía brillar bajo la luz fría que bajaba del techo de su pequeña cabaña. Su voz rompía el silencio de la noche mientras le hablaba al pequeño nieto de su amigo Charles, quien había ido a visitarlo como cada mediado de mes.
-Aún recuerdo cuando vi al cielo y vi por primera vez la luna desecha… parecía algo imposible, algo que nadie imaginó nunca, pero ahí estaba, frente a nosotros- dijo el viejo con la voz cargada de nostalgia y dolor. El pequeño Dylan escuchaba absorto, como si fuera una de las historias que le contaba hace años su padre para entretenerle en los viajes.
- ¿Antes era redonda? -preguntó el pequeño de 8 años.
- Redonda como plato en luna llena, y un brillante arco delgado en luna menguante- respondió certero.
- ¿Qué es luna menguante? -inquirió sorprendido de aquella expresión, era la primera vez que la escuchaba.
- Antes la luna tenía ciclos… ahora ya ni eso queda -dijo y las palabras le dejaron un sabor amargo.
Charles, su amigo desde aquel suceso, miraba impasible por la ventana. Parecía haberse perdido en el recuerdo, pero al contrario que Ryan, su boca enmudecía al tiempo que su corazón se agitaba. Tanto en ellos como en muchos otros, los eventos que se dieron en todo el mundo dejaron marcas que el tiempo no podía borrar, cicatrices en el planeta que todos podían ver y heridas invisibles en la memoria colectiva.
- ¿Cómo eran los ciclos? -volvió a preguntar el pequeño Dylan.
- Los ciclos se dividían en fases donde… -hizo una pausa y cambió sus palabras- ya lo verás en la escuela. Ahora ve a acompañar a tu abuela que está mirando sus series extranjeras y le gusta estar acompañada-
El niño, algo descontento, le hizo caso al anciano y se sentó en un sofá junto a su abuela que miraba una serie con subtítulos. Ryan se puso de pie y lentamente se colocó al lado de Charles, su viejo amigo y compañero de supervivencia.
- Todavía no puedes olvidarlo, ¿verdad? -le dijo a Ryan. Un largo silencio siguió a la pregunta- El pasado te ha mantenido maniatado y por eso nunca pudiste abrir los brazos a un nuevo presente- continuó.
Sus palabras eran duras, pero en su tono había comprensión, la empatía de quien había visto con sus propios ojos aquel pasado tan terrible. El anciano Ryan miró las palmas de sus manos y observó las cicatrices de profundas quemaduras.
- La vida me dio estas marcas para que no pueda olvidar… no podría, aunque quisiera- exclamó y la voz casi se le entrecorta.
- Pero no quieres. No los traicionarás si olvidas los momentos dolorosos y te quedas con aquellos donde fueron felices juntos. -Hizo una pausa porque sabía que sus palabras eran sal y en el corazón de su amigo sólo había heridas- Seguiste adelante, pero mirando siempre hacia atrás, cojeando entre el deseo de estar vivo y el de haber muerto junto con ellos-
Ryan sentía cómo las lágrimas de dolor e ira arremetían contra sus ojos, pero no quiso dejarlas salir, no se permitía llorar. Charles, a pesar de todo, era la razón de que estuviera vivo. Aceptaría sus palabras porque necesitaba de su compañía; en el desierto que era su vida, las visitas de Charles eran un trago de agua que apreciaba, aunque vinieran con un poco de barro.
En la mente de Ryan sólo había recuerdos de aquel edificio en llamas, el aire caliente llenando sus pulmones, la manija de la puerta que ardió bajo sus palmas cuando quiso abrirla, su esposa y su hijo vencidos por el humo y el calor, la desesperación, la impotencia…
- Y aun así sigo vivo -dijo finalmente, en un forzoso intento de ser positivo- a pesar de todo, sigo yendo a trabajar, sigo pagando mis impuestos, no siempre bebo, algunos días me alimento, algunas veces abro las cortinas y dejo que entre el sol-
- Y el esfuerzo te debe dejar exhausto -dijo Charles, conociendo la dura realidad de su amigo. Ryan ya no pudo responder.
>> Por eso estoy aquí amigo querido, porque a pesar de todo sé que sigues adelante, como puedes, arrastrando un pie para colocarlo delante del otro, pero perseveras -expresó y esta vez sus palabras parecían las de un padre con un hijo arrepentido. Puso su mano en los hombros de su amigo y de pronto le pareció que podía sentir el enorme peso que cargaba Ryan a sus espaldas.
>> La vida no ha sido buena contigo… no lo fue con nadie en realidad, ¿Quién hubiera pensado que algo así podría suceder? ¿Quién hubiera podido saber que algo como aquello existía? ¿Algo que casi destruye nuestro mundo y nos lleva a todos al borde de la extinción? –