Capítulo 1
Un ruidoso chirrido llenó el dormitorio silencioso, seguido de otro y otro, como el sonido de uñas en una pizarra, pero con el tintineo hueco del cristal.
Max se retorció irguiéndose en la cama y luego se sentó allí durante un momento, frotando sus somnolientos ojos. Se sentía mareado y desorientado.
Otro chirrido agudo arañó su camino a través de la ventana del dormitorio. Una sombra oscura que parecía una mano se movió desde detrás de las cortinas. Otra persona habría estado asustada, pero no Max.
Ataviado solo con sus boxers, se precipitó hacia la ventana, abriendo las cortinas. Sus ojos azules centelleantes miraban al gilipollas que estaba fuera.
El gilipollas le sonrió con inocencia.
Max puso los ojos en blanco, levantó la ventana y permitió que entrase su mejor amigo.
—¿Por qué la dejaste cerrada? —preguntó Carlos, entrando en la habitación de Max — Nunca la dejas cerrada. —El tono de su voz era casi petulante, como si estuviera enfadado con Max por atreverse a cerrar su ventana, a pesar del hecho de que Carlos estaba siempre incordiando a Max para que
cerrase y le echase el pestillo a su ventana por la noche.
—Hacía frío —respondió Max, cerrando la ventana, y mirándolo—. ¿Qué pasa?
—No podía dormir —dijo el otro chico, dejándose caer acuclillado en el suelo y sacando las mantas y la almohada de reserva que Max guardaba bajo la cama para noches como esta. Ambos sabían que ‘no poder dormir’ era un código para ’sus padres estaban discutiendo demasiado alto para que pudiera dormir’.En contraste, la casa de Max estaba siempre silenciosa. Su madre era enfermera y trabajaba en el turno de noche. Se ganaba más dinero, pero significaba que apenas la veía. Max no podía admitirlo, pero odiaba dormir solo en la silenciosa casa.
—¿Tienes hambre? —preguntó Max tranquilamente. Miró concienzudamente a su mejor amigo. Las noches en las que sus padres peleaban, a menudo no había cena en la casa de Carlos.
El adolescente de cabello negro azabache se encogió de hombros con descuido, como si no estuviera muerto de hambre, cuando Max sabía que lo estaba.—Podría comer algo, ¿tienes una camiseta que puedas prestarme?
Max arrugó la nariz.
—La vas a estirar toda —gimoteó, incluso mientras le pasaba una de sus camisetas interiores blancas y estrechas.
Cuando eran niños, Max había sido el más alto y Carlos había sido el pequeño y fornido. Max era todavía tan esbelto como si nunca hubiera aumentado de altura desde el primer año de novato, pero Carlos había crecido finalmente hasta su tamaño. Ahora en el último curso de instituto media sobre un metro ochenta y tres centímetros de sólidos músculos y anchos hombros. La minúscula camiseta de Max solo pronunciaba cuán diferentes eran de tamaño.
El tejido ceñido acentuaba cada ondulación en el cuerpo enorme de Carlos, estaba incluso tirante sobre sus abdominales. Max se encontró de repente paralizado por la vista de Carlos llevando puesta una camiseta aferrada a su piel. Estaba tan ceñida que parecía que podía romperse, al estilo de Hulk, si a penas flexionada sus carnosos bíceps.
Max inconscientemente se humedeció los labios y luego bajó la vista al suelo. Este había sido su mejor amigo durante quince años, y para más, era un hombre. ¡No debería tener un interés sexual en él! (Max se había dicho eso así mismo durante años, pero el inevitable bulto en sus pantalones siempre le decía otra cosa).
Carlos miró a Max y Max salió de la habitación volando para que así su amigo no pudiera ver cuan excitado estaba… o la manera en que sus boxers lo estaban traicionando.
Gritó a su espada con incomodidad:
—Burritos, ¿vale?
—¡Sí, eso está bien! ¿Necesitas ayuda?
—¡No, lo tengo! ¡Solo quédate ahí! —gritó en respuesta Max con un tanto de desesperación. Necesitaba tiempo, para desprenderse del rubor en su rostro y el calor de sus entrañas.
Sabía que los sentimientos que tenía por Carlos eran demasiado inapropiados y odiaba pensar que Carlos descubriese su atracción innatural.
¡Era prácticamente incesto!
Desde que eran bebés, Carlos y Max habían sido los mejores amigos. Sus padres se habían mudado al mismo vecindario a la vez e hicieron buenas migas inmediatamente. Al instante, ambos niños estaban compartiendo las cunas y los parques el uno con el otro mientras sus padres pasaban el tiempo juntos. Carlos era el mayor, pero por unos seis meses como a Max le gustaba señalar. Tenía el cabello negro grueso sin tan siquiera una ligera ondulación y unos ojos cafés en forma de almendra. Había sido un niño moreno y corpulento, con un relleno extra que un día daría lugar a unos músculos enormes y a una altura descomunal, pero por aquel entonces, servía para acurrucarse de una forma genial.
A Max le encantaba acurrucarse con su mejor amigo y Carlos siempre había sido extraordinariamente paciente con las incesantes demandas de afecto del chico más joven.
Incluso como niño, Carlos había sido a menudo una diminuta cosa sería, un ‘Alma vieja’, le gustaba decir a su madre. Era estudioso y educado, tranquilo, pero testarudo. Era muy claro sobre las cosas que gustaban y las que no, y una vez que tenía la mente en hacer algo, era tanto como hacerlo.
Max era lo opuesto en casi todas las maneras. Era menudo con una estructura ósea casi frágil. Tenía el pelo rubio y unos ojos azules enormes y redondeados, y su fina piel era tan pálida que se podía quemar con sólo diez minutos expuesta al sol. Estaba empezando y terminando cosas continuamente, llenado de un lado a otro y olvidando sus planes a favor de otros nuevos, unos planes mejores.
Su relación era tan rara como si un búho viejo y sabio, y un caprichoso colibrí se hicieran amigos, pero a pesar de sus diferencias y todas las riñas demasiado frecuentes, nunca había habido dos niños pequeños que se hubieran amado más el uno al otro. Eran los mejores amigos y compañeros constantes, Max era siempre el que sacaba a Carlos de sus libros para jugar y Carlos en cambio era el único que podía hacer que Max se sentara quieto el tiempo suficiente para sus lecciones.
El más pequeño había tenido el punto de mira puesto en Carlos durante años. Incluso antes de que perdiera su gordura de la infancia, Max siempre se había sentido excitado por el cuerpo enorme de Carlos y su fuerza superior.
Le hacía sentirse seguro. Pero ahora era incluso peor, porque ahora su amigo se había convertido en lo que las chicas llaman un ‘diez perfecto’. Con un metro noventa y tres, el pelo negro azabache, los penetrantes ojos de color café, y sus cinceladas facciones. Estaba dotado con unos brazos fuertes, uno hombros anchos y unas manos increíbles que eran siempre sorpresivamente suaves para un hombre tan grande.
Max se abanicó con un salvamantel individual mientras calentaba en el microondas los burritos e intentaba no notar cuán asquerosos parecían cuando la salsa marrón borboteó por las esquinas. Carlos amaba esas cosas repugnantes. Se podía comer seis de una vez, guarnecidos con salsa Siracha caliente. La madre de Max pensaba que compraba los burritos para su hijo, pero de hecho Max no los soportaba. El interior era un mezcladillo de líquido, ternera, alubias y arroz que juraría que parecía justo como la carne de perro enlatada.
Como el diligente mejor amigo que pensaba que era, los tenía hirviendo y les echó salsa Siracha copiosamente todo por encima, justo como le gustaba a Carlos. Para sí mismo, Max, se hizo un popurrí de frutas bañados en salsa de yogur griego.
Cuando regresó a la habitación, Carlos ya se había hecho un nido en el suelo delante de la Playstation de Max. Se lamió los labios en anticipación y agarró un burrito desordenadamente antes incluso de que Max tuviera la oportunidad de acomodar el plato.
—Mmmmh —gimió mientras enrollaba su primer burrito y lo metía en la boca.
La salsa de la carne se deslizó por su mentón. Max fingió no estar asqueado por la manera obscena y varonil en la que comía Carlos e intentó no pensar sobre otras cosas, cosas obscenas que a Carlos le podía gustar comer.
Apretó sus piernas una contra otra con delicadeza mientras se sentaba en la silla y picoteaba su fruta. Carlos frunció el ceño por encima de su plato.
—Sabes que no estás gordo, Max. Eres perfecto simplemente de la manera en la que eres.
—Lo sé —dijo en cierto modo de forma snob.
—Por lo tanto, ¿por qué te gusta comer como una chica?
Max le frunció el ceño.
—¡No! ¡Como de forma saludable!
El deportista se encogió de hombros.
—Si tú lo dices. —Tomó otro gran bocado de su burrito y el relleno se escurrió hasta la palma de su mano. Carlos solo lamió sus grasientos dedos para limpiarlos.
El rubio puso los ojos en blanco.
—¡Tú eres muy hombre!
Carlos dejó su plato en el suelo y arremetió contra él.
—¡Te mostraré quién es un hombre!
La fruta de Max cayó toda sobre el escritorio. Chilló cuando fue tirado de su silla, cayendo en el suelo tendido y cubierto por los noventa kilos de su mejor amigo. Forcejeó y se retorció, y rodaron por la alfombra, riendo y peleando el uno con el otro como tantas veces en su niñez. Aunque esta vez, era perfectamente obvio que Carlos estaba conteniendo su fuerza muy superior para evitar lastimar al chico más pequeño Max se aprovechó de la ventaja. Carlos finalmente rodó sobre su espalda y permitió que el pequeño rubio se sentara encima de él.
—Tío. —Carlos suspiró alegremente y relajado en el suelo derrotado.
Max se carcajeó victorioso. Levantó sus manos en triunfo y entonces, con un rápido giro, Carlos intercambió sus posiciones. Max chilló abochornado cuando la habitación giró y terminó justo de vuelta a donde había empezado: de espaldas en el suelo y Carlos encima. El chico mayor sujetó las muñecas del más joven en el suelo con sus puños más grandes.
—¡Te pillé! —refunfuñó, sus ojos refulgían y su cara se estaba acercando.
Por un momento, parecía como si lo fuese a besar. Los labios de Max se separaron con deseo. Tendido bajo él, indefenso para prevenir lo inevitable, la humillante reacción física de estar tan cerca de su amor prohibido. Su polla se inflamó inmediatamente hasta ponerse firme bajo el tejido fino de sus boxers y sus pezones se endurecieron convirtiéndose en pequeñas protuberancias. Por un momento allí tendido, sin aliento, y mirando fijamente la boca de Carlos.
Así fue como las cosas se pusieron incómodas.
Una extraña expresión cruzó por la cara de su enorme amigo. Max supo que Carlos había sentido la pequeña erección aguijoneando su muslo, pero no dijo nada. En todo caso se presionó con más fuerza contra ella. Max enmascaró su vergüenza con furia.
—¡Sal de encima zoquete! ¡No puedo respirar! —gritó.
Carlos se apartó rápidamente de Max y se sentó a su lado.
Se rascó la cabeza durante un segundo y ambos evitaron mirarse el uno al otro, sin poder hacer contacto visual tampoco. Finalmente, Carlos giró la cabeza hacia la PlayStation.
—¿Quieres jugar?
Max exhaló aliviado y asintió con la cabeza.
Momentos más tarde, todo estaba de vuelta a la normalidad y estaban enredados en una apasionante batalla de Halo, maldiciendo, sudando y gritando como los mejores amigos que eran, y siempre habían sido… y siempre serían.