Prólogo
La vida está llena de propósitos, nuestra existencia es una mera prueba de eso, a lo largo de mi vida he estado pensando que todos tenemos uno, o bueno, casi todos. La gran mayoría siente la necesidad de cumplir algo, y cuando lo hacen pueden sentirse de dos formas: completos o vacíos.
Es un sentimiento extraño, yo tenía un propósito, ayudar al reino de Moonbright en la guerra contra los errantes, pero me descontrolé, el maestro Amanaki me lo advirtió en su momento, y si no hubiese sido por él las cosas habrían sido peores, en parte le agradezco, se ha hecho cargo de mí como si fuese su hijo, ¿o su nieto? No tengo prejuicios, dejémoslo en que me trata como su familia, aunque sea consciente de que al conocerme se metió en un terreno pantanoso.
Ahora mismo no siento algo que me ate a la vida, solo me dejo llevar, fui maldecido, lo cual es irónico, ya que mi nombre: Ryuu, significa bendición; que padres tan mal afortunados tuve, pero no los culpo, ellos que iban a saber, no tenían como enterarse que, en un futuro, sería el recipiente del Drakkar.
—Ryuu es hora de marcharnos —dijo el maestro Amanaki recostado en la puerta mientras fumaba un cigarro.
Me limité sonreír mientras le daba la espalda, echaría de menos mi habitación y todos los recuerdos creados en ella, también a mis amigos, pero era consciente de que no podía ponerlos en riesgo, lo que tengo dentro de mí no es controlable, no puedo detectar cuando sale, ni mucho menos cuando para, lo mejor será irme lejos y entrenar... debo entrenar hasta poder dominarlo, entenderlo, e incluso someterlo.
—Sabes que puedo leer tus pensamientos, ¿verdad? —dijo el Drakkar con soberbia.
—Ese es el punto, quiero que lo sepas, te someteré y harás lo que diga —respondí.
Salimos de la habitación, y posterior a eso tomamos el carruaje proporcionado por Isaac Lyonell, el rey de Moonbright que, no estaba del todo de acuerdo en que me fuera del reino, y sí, muchos piensan que fue un poco bondadoso de su parte esa petición, pero la realidad es que él, al igual que sus subordinados, me ven como un arma potencial para las guerras que puedan llegar.
—¿No te despedirás de Aneth? —preguntó el maestro Amanaki antes de que el carruaje se pusiese en marcha.
—No hace falta alargarla despedida, además, volveré, y cuando lo haga, seré una persona diferente.