Único
Felipe nunca había sido capaz de matar a alguien por cuenta propia, pero hubo un momento en el que realmente estuvo a punto de hacerlo. Había querido asesinar a su exprofesor de secundaria, quien ahora trabajaba en la escuela de su hermana menor. No tenía una razón lógica para hacerlo, pero verlo, simplemente verlo, despertó algo en él.
Lo había seguido una noche, con la intención de matarlo. Pero cuando llegó el momento, no pudo hacerlo. Se quedó parado, con la navaja temblando en su mano. Y en lugar de atacar, solo observó. Observó su rostro bajo la luz tenue de un farol, cada línea de expresión, cada gesto inconsciente. Lo vio mejor que nunca.
Y después de eso, se masturbó pensando en él.
El placer y la repulsión se mezclaron en su interior. La imagen del hombre quedó grabada en su mente, y pronto, se volvió una adicción. Cada noche revisaba su perfil de Facebook, observando sus fotos, analizando cada publicación, cada comentario. Y después, volvía a tocarse.
Así fue como descubrió que su exprofesor tenía una familia. Una esposa. Un hijo. Pensó en ellos. Pensó en eliminarlos. Pero eso no le serviría de nada. Lo que realmente quería era a él, solo para él.
Se estaba volviendo loco. Lo sabía. Podía sentirlo en su piel, en su cabeza, en la manera en que su respiración se volvía errática cada vez que pensaba en él. Y por primera vez, tuvo miedo de sí mismo.
Tuvo un plan.
El profesor se sorprende al ver a su antiguo alumno de pie en la entrada de la secundaria. No sabe qué le impacta más: el hecho de verlo nuevamente o el evidente cambio en su apariencia.
“¿Felipe? Qué sorpresa.”
El mencionado gira la cabeza al reconocer la voz de su exprofesor. Con un movimiento rápido, se levanta de la banqueta donde estaba sentado.
“Profe Francisco. ¿Cómo ha estado?“, le sonríe con aparente inocencia.
Francisco le devuelve la sonrisa, aún desconcertado.
“Bastante bien, de hecho. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? Si se puede saber, claro.”
“Me alegra escucharlo. Yo también he estado bien”, responde Felipe sin perder la calma. “Sólo estaba esperando a mi hermana, pero creo que ya se fue.”
Francisco alza una ceja ante la explicación.
No puede evitar recorrerlo con la mirada. Antes, Felipe era un adolescente común, de esos que pasaban desapercibidos en el aula. Pero el chico que tiene enfrente ahora es otra cosa. Más alto, con una postura relajada pero calculada, como si cada movimiento suyo tuviera un propósito. No es solo su físico —esa complexión firme que antes era huesos y ahora insinúa una fuerza contenida— sino la forma en que lo mira. Y su voz... oh, mierda. Esa maldita voz. Grave, pausada, como una caricia descarada contra su oído. Como si supiera exactamente lo que está haciendo.
Francisco siente un ligero escalofrío. Algo en Felipe es diferente, demasiado diferente. Y aunque no hay una amenaza explícita, tampoco hay nada que lo haga sentir del todo seguro.
Aún no.
...
Cuarto de limpieza.
Francisco apenas tiene tiempo de reaccionar antes de sentir el frío de la navaja contra su cuello. ¿Cómo había llegado a esto?
“Detente, Felipe...“, murmura, con la respiración agitada.
El cuarto es estrecho, apenas iluminado por la luz mortecina que se filtra por la rendija de la puerta. El olor a productos de limpieza impregna el aire, mezclándose con algo más denso: la presencia de su exalumno, demasiado cerca.
Felipe lo observa con una expresión ilegible. En sus ojos no hay furia ni desesperación, sino algo peor. Serenidad.
“Usted no sabe cuánto he esperado este momento, profe.”
Francisco traga saliva, tratando de mantener la calma. No entiende. Felipe nunca le había dado motivos para sospechar de él.
“¿Por qué quieres hacer esto? Yo nunca te hice nada.”
El menor ladea la cabeza, como si estuviera considerando la pregunta.
Luego, suelta una risa leve.
“¿Quiere saber cuántas veces pensé en usted?“, su tono es suave, casi amable.
Francisco siente un escalofrío recorrerle la espalda. Su mente le dice que no debe responder, que cualquier palabra podría ser una trampa, pero su boca se mueve antes de que pueda detenerse.
“...¿Cuántas?”
Felipe se inclina un poco más hacia él.
Su respiración choca contra su piel cuando murmura:
“Cuarenta y cinco.”
El número no tiene sentido al principio, pero cuando la realidad lo golpea, Francisco siente que el aire se vuelve más espeso. No puede apartar la mirada del rostro de su exalumno, de la manera en que lo observa, sin pestañear, como si lo estuviera devorando con los ojos.
El filo de la navaja se presiona un poco más, dejando una fina línea roja en su cuello. Francisco aprieta los labios para evitar un quejido, pero eso parece irritar a Felipe. Su ceño se frunce, sus labios se tensan. Quiere algo más. Quiere una reacción.
El profesor sabe que debería hacer algo, forcejear, gritar, correr. Pero su cuerpo está paralizado. Por miedo. Por desconcierto. Por la aterradora certeza de que, si se mueve en falso, Felipe no dudará en cortar más profundo.
El silencio se vuelve insoportable hasta que Felipe da el siguiente paso. Se acerca más, lo suficiente para que sus narices casi se rocen. Francisco no sabe qué pretende. No sabe qué tan lejos está dispuesto a llegar.
Cierra los ojos, esperando lo inevitable.
Pero lo que siente no es la hoja de la navaja, sino algo cálido y húmedo recorriendo sus labios.
Abre los ojos de golpe.
Felipe sigue ahí, mirándolo. Su expresión se ha endurecido, como si estuviera insatisfecho. Luego, con un movimiento calculado, baja una mano hasta el cierre de su pantalón y, sin apartar la vista de Francisco, lo desciende.
La mano de Felipe regresa, esta vez tomando la del mayor y guiándola hacia él.
Francisco tiembla. No quiere entender lo que está pasando, pero la realidad es innegable.
Jamás se había sentido tan débil.
Francisco siente su propia respiración entrecortada. Su mente le grita que haga algo, que se aparte, que diga lo que sea para detener esto. Pero está atrapado. No solo por la navaja, sino por el peso invisible de la situación.
Felipe observa su rostro con intensidad, como si estuviera analizando cada pequeño gesto, cada contracción de sus músculos. Luego, sin previo aviso, se inclina más y presiona sus labios contra los suyos.
No hay suavidad ni duda en el beso. No es un roce tímido ni una petición de respuesta. Es una afirmación. Una declaración.
Francisco no se mueve. No responde. No puede. Su mente se divide entre la repulsión y el miedo, entre el instinto de alejarse y la certeza de que cualquier resistencia podría empeorar la situación.
Felipe no parece molesto por la falta de respuesta. De hecho, parece esperarla. Se separa solo lo suficiente para mirarlo de nuevo, con una leve sonrisa torcida en los labios.
“¿No va a decir nada, profe?”
Su tono es tranquilo, casi juguetón, pero sus ojos están oscuros, devorándolo.
Francisco siente su estómago revolverse. ¿Cómo no se dio cuenta antes de que algo estaba mal con él?
Felipe presiona la navaja con un poco más de fuerza contra su piel, solo lo suficiente para que arda. Solo lo suficiente para recordarle quién tiene el control.
“Tal vez”, murmura el menor. “debería intentarlo de nuevo.”
Antes de que Francisco pueda reaccionar, Felipe lo besa otra vez. Más tosco, más insistente. Como si quisiera hundirse dentro de él, como si su obsesión pudiera consumarlo todo.
Y esta vez, Francisco siente el verdadero miedo.
Porque ya no está seguro de que Felipe se detenga.








