Lágrima de Plata

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Summary

En los pantanos de los Páramos Embozados hay una torre hecha con huesos fundidos. Dragones de ónix antaño derramaron su hálito oscuro sobre la estructura, dándole una forma macabra y amenazadora en la que aún se distinguen colmillos y cuernos de grandes saurios y bestias titánicas. Pero nada queda ya de ellos y la torre, que se erige como un monumento al poderío de los wyrms, alberga una nueva inquilina, la joven Lágrima, que jamás imaginó que acabaría allí tras escapar de su frío hogar en las Montañas Impasibles. Allí vive despreocupada con sus amigos y vecinos y se entrena para doblegar el aire a su voluntad como corresponde a una buena dragona de plata. No obstante está nerviosa, pues se acerca la Noche Brillante, una conjunción de las diez lunas de Karysdyr que posee efectos mágicos y misteriosos sobre los dragones. Lo que no sabe es que una antigua y malévola inteligencia está fraguando una guerra que involucrará a todas las criaturas de su mundo y amenazará con arrebatarle a todos sus seres queridos, e incluso su propia vida si no es capaz de estar a la altura de la desesperación y los peligros a los que se enfrentará. Tal vez sólo le quede una opción, rezar a la Gran Madre en busca de un milagro…

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6
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Capítulo 1

Capítulo 1

Una lágrima.

Eso fue lo primero que vi nada más ser consciente por primera vez. Ahora comprendo el motivo, claro. Pero como para el resto de nosotros, el primer recuerdo siempre me ha resultado un misterio.

En cualquier caso, ahí estaba yo, flotando en el interior del huevo. Me rodeaba un espeso líquido granate que me servía de sustento. La escasa luz que atravesaba la cáscara estaba bañada en ese mismo tono, pero la lágrima no. Ella era transparente y cristalina, la gota más pura que podáis imaginar. Sólo tenía que cerrar los ojos para verla, y os aseguro que los tenía cerrados casi todo el tiempo que pasé allí dentro. Quería contemplarla bien, saborearla y recordar todos y cada uno de sus ínfimos detalles, tal y como mi instinto me dictaba.

Despertaba en mí sentimientos encontrados. Por un lado gran pesar y tristeza. ¿Quién habría derramado tan perfecta gota y por qué? Por otro me calmaba y también aguijoneaba mi curiosidad. ¿Se trataría del fruto de un silencioso lamento o de un llanto desconsolado? Durante los ratos muertos en los que la admiraba, albergaba la esperanza de que procediera de una intensa felicidad, aunque en el fondo de mi corazón intuí que no era ese el caso.

Y entonces desapareció.

Un día, sin más, dejé de visualizar la lágrima. No sería capaz de explicar la angustia que sentí en aquel momento. Cerré los ojos con todas mis ganas, sin éxito. Estaba perdida sin remedio. Probé a dibujarla en mi mente tal y como la recordaba, pero el resultado final era vergonzoso, apenas una sombra de la verdadera. Quise gritar, pero no pude y supe que tenía que salir de allí. Necesitaba llenar mis pulmones de aire para librarme de la frustración, así que comencé a golpear las paredes a mí alrededor. Al principio no cedieron, pero noté que se había formado una pequeña fisura a mi izquierda. Concentré mis esfuerzos allí, arañando y empujando con todo mí ser, agrandando la grieta con cada movimiento hasta que rompí el cascarón y pude abandonar mi primera prisión.

Me tambaleé, cegada por la intensidad de la luz en comparación con el interior del huevo. Estaba empapada en la empalagosa sustancia en la que había flotado toda mi vida. Absorbí todo el aire que pude, abrí las fauces hasta que creí que se me desencajarían y grité con toda mi pasión, proclamando a los cuatro vientos mi única y más acuciante preocupación:

—¡Lágrima!

No sé por cuánto tiempo se extendió mi agudo chillido. Sólo sé que, cuando me quedé sin respiración, me sentí mucho mejor, como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Más calmada, y con la vista ya acostumbrada a la luminosidad del exterior, me di cuenta de que estaba en una gran caverna de paredes calizas. Sus bordes eran sesgados y brillantes, y entre ellos crecía gran cantidad de musgo luminiscente de todas las gamas de verde, amarillo y violeta, mi color favorito desde entonces.

Estiré mis entumecidas extremidades y mis minúsculas alitas mientras me recreaba en el baile de luces, flexionándolas una y otra vez para asegurarme de que funcionaban bien. Me disponía ya a investigar el terreno cuando una sombra se cernió sobre mí, interrumpiéndome. Admito que resultaba amenazadora, pero en aquel momento no sentí temor. Después de todo, sabía que se trataba de mi propia madre.

Recuerdo que me sentí como una verdadera tonta. ¿Cómo era posible que no hubiera visto algo tan grande justo a mi lado? Fui demasiado dura conmigo misma, ya que mi madre tenía casi el mismo color que la caliza, un blanco brillante y lustroso. Sus escamas se tornaban afiladas en los bordes, al igual que ocurría en las paredes de la gruta, y sus ojos parecían dos grandes manchas de luminoso musgo amarillo. Al moverse destacó, y eso me permitió distinguirla del entorno.

La miré con curiosidad y ella me devolvió la mirada del mismo modo, tal vez sorprendida de verme allí o de la intensidad de mi grito. Más tarde supe que su sorpresa se debió a mi color, pero yo aún no sabía nada de razas y castas, por lo que me limité a observarla. Se me ocurrió que tal vez dejaría de verla de pronto, como había sucedido con mi lágrima, y la idea me horrorizó.

—Lágrima —dije, aunque pretendía decir “hola, madre”. Por lo visto aún no estaba preparada para comunicarme más allá de esa palabra.

Todos los de mi especie tienen su primer recuerdo en el interior del huevo. Puede ser una imagen, un sentimiento, un olor o una escena, pero es sabido que ese recuerdo tiene una connotación especial que marcará la vida del dragón en algún momento. La primera palabra que dice siempre está relacionada con ese recuerdo, y hasta la primera muda de piel es probable que no sepa decir nada más. Es costumbre nombrar al recién nacido usando ese vocablo inicial. La superstición dice que obrar de otra manera llama a la mala suerte, y lo mismo ocurre con el dragón que miente sobre su nombre.

Recuperada de su sorpresa inicial, mi madre usó una de sus enormes garras, en cuya curvatura interior encajaba sin problemas, para acercarme a ella y rodearme con sus poderosos brazos. Prisionera, una vez más, pensé.

—Duerme, pequeña Lágrima de Plata —me susurró con voz clara y profunda, bautizándome con mi nombre y mi raza. Así sería conocida a partir de entonces—. Ya habrá tiempo para aventuras mañana.

Era una voz que no admitía discusión. No tardé en sumirme en un profundo y placentero sueño, hipnotizada por el sonido regular de su respiración y el calor que emanaba su pecho. ¿Con qué soñé, preguntáis? Pues con la lágrima, por supuesto.

No recuerdo mucho de mis primeros años. Al menos no más allá de las lecciones de mi madre sobre caza, modales y folclore. Lo cual es una suerte, porque los que conservo no son muy agradables o reconfortantes. Y es que vivir bajo la constante presión de una mirada que, sin llegar a ser despectiva, se mostraba resignada, dispuesta a hacer lo posible por sacar algún provecho de un producto defectuoso sin posibilidad de devolución, es algo que no le recomiendo a nadie.

Fue mi madre, Lanza, quien me enseñó que ella era un dragón de perla, la categoría más alta de dragones tanto en fuerza como en inteligencia, junto con los dragones de ónix y jade. Yo era un dragón de plata, una casta un peldaño por debajo de esta y a la que también pertenecen los dragones de oro. Aunque no es común que un dragón tenga hijos de distinta raza a la suya (de ahí su reacción), tampoco es un hecho insólito, ni se suele repudiar a la cría dado el caso. Aún así, mi madre no me trató muy bien, pues era bastante orgullosa y no me consideraba digna de pertenecer a su familia. Decidí abandonar el cubil en cuanto mudé la piel una docena de veces. Estaba harta, y creía que podía mantenerme por mi misma. Mis dos hermanos, Cazador y Cielo, ya eran ambos muy mayores. Pasó mucho tiempo entre la Noche Brillante de la que yo nací y la anterior, y habían abandonado el nido hacía tiempo. Vinieron al poco de mi nacimiento para conocerme, pero no me prestaron especial atención. Estaban demasiado ocupados reuniendo tesoros para adornar sus propias guaridas.

Fue duro emanciparme a tan corta edad, pero os prometo que no miré atrás. Aproveché una salida de mi madre para irme. Supongo que no la apenó demasiado el hecho de volver y no encontrarme en su cueva. En cuanto a mis hermanos, sólo los veía de vez en cuando. Nos hacían visitas para henchir de orgullo a mi madre con sus historias de tesoros arrebatados a temibles enemigos, en peligrosísimas aventuras de las que sólo te podías creer la mitad. Los pobres ilusos se marchaban creyendo habernos convencido a ambas, pero yo podía ver una disimulada sonrisa en el rostro de Lanza, divertida ante la picardía de sus vástagos.

Siempre me he preguntado cómo reaccionaron los orgullosos y belicosos Cazador y Cielo cuando se enteraron de la noticia. ¿Se indignaron o se preocuparon? ¿Se extrañaron o se lo esperaban? ¿Se dieron cuenta siquiera? Si tuviera que adivinarlo…

¿Cómo decís, Gran Madre? ¿Queréis mostrarme algo? Claro, adelante…

El sol estaba en su cénit. Dos grandes dragones sobrevolaban los esponjosos cúmulos de nubes, tan blancos como ellos mismos. Uno de ellos, con su potente visión, fue capaz de divisar la cueva entre la nubosidad a una gran distancia. Comenzó a perder altitud con un sutil movimiento de sus alas membranosas y su compañero le siguió, planeando en su estela.

No tenían prisa, y disfrutaban del paisaje montañoso, plagado de formaciones rocosas hasta el horizonte. Todas y cada una de ellas se encontraba cubierta de arriba abajo por una espesa capa de la reluciente nieve propia del crudo invierno del norte. A pesar de su parsimonia, no tardaron en alcanzar su objetivo. Posaron sus colosales cuerpos sobre el suelo de la gruta, tan lechosa en su interior como en el exterior, a excepción de las zonas en las que había proliferado el musgo luminiscente. Sus reptilianos ojos, verdes unos y marrones otros, se adaptaron sin problemas a la penumbra reinante. Enseguida pudieron comprobar como se acercaba a ellos un tercer dragón aún más grande.

—¡Cielo! ¡Cazador! Hijos míos, sois vosotros. Me alegro mucho de veros.

—Nosotros también, madre —dijo el dragón de ojos verdes, llamado Cazador, restregando su cuello con el de la dragona, que le devolvió el gesto.

—No vais a creer lo mucho que tenemos que contaros —dijo Cielo, imitando a su hermano una vez este terminó de saludar a su madre—. ¿Dónde está Lágrima?

La dragona se internó en la gruta, incómoda. Sus hijos se miraron sin comprender, pero la siguieron despacio y al poco los tres estaban recostados formando un círculo.

—Vuestra hermana… se marchó hace más de dos meses —dijo por fin Lanza. Sus ojos amarillentos evitaban la mirada confusa de sus retoños.

—¿Qué quieres decir con “se marchó”?

—Regresé de cazar y ya no estaba en la cueva. Ni más ni menos.

—No puede ser. Es demasiado joven. ¡Pero si apenas acaba de mudar por duodécima vez!

—Pues eso no parece haberla detenido.

—Debe haber algo más. ¿Estás segura de que no se la llevaron? —dijo Cielo.

—No había signos de violencia por ninguna parte y Lágrima ya sabía defenderse y usar su aliento —dijo Lanza con una tímida sonrisa, orgullosa a su pesar.

—No sé —dijo Cazador—. Tal vez la embaucaron, prometiéndole tesoros o algo así.

—Conociendo el carácter de tu hermana, no lo veo probable. Al menos nunca mencionó tener interés por tales cosas. Apenas se acercaba a mi tesorería desde que dejó de usar las piezas que trataba como juguetes —dijo la dragona, y suspiró. Le hubiera gustado que su hija hubiera mostrado más entusiasmo por su gran cantidad de tesoros, recolectados a lo largo de innumerables años con mucho esfuerzo, pero no había sido así. Tal vez fuera culpa suya. La decepción de que no fuera una sustituta a la altura de su última hija había provocado que creara una distancia subconsciente entre ellas.

—Apenas puedo creerlo. ¿Te dijo algo, antes de marcharse?

—Bueno, sí hubo algo —dijo Lanza, agitando nerviosa su larga cola llena de afiladas aristas y acabada en uve—. Ese día, cuando le comuniqué que me iba de caza, me abrazó con fuerza y me deseó mucha suerte. Después me acompañó a la entrada de la cueva. Se quedó mirando como levantaba el vuelo y me alejaba. Recuerdo que cuando gritó “adiós” el eco hizo que me llegara su voz al menos una docena de veces.

Cielo se acercó a su madre y restregó su mejilla izquierda con la de ella, tratando de consolarla.

—¡Soy una estúpida! Ella nunca era tan cariñosa. Debí haberme dado cuenta de que algo no andaba bien.

—Vamos, madre —dijo Cielo con voz suave—. Sabes que, si no se hubiera podido marchar ese día, habría esperado al siguiente y punto. Si su decisión ya estaba tomada no había nada que pudieras hacer al respecto, excepto retrasar lo inevitable.

El silencio reinó en la caverna mientras las palabras de los dragones calaban hondo en sus corazones.

—Ella… se hartó de mí —dijo Lanza. Sus hijos no le quitaban ojo. No la habían visto tan decaída desde la muerte de su hermana mayor, Sal—. Lágrima tiene un carácter muy fuerte y chocábamos a menudo, pero aún así la quiero. Sólo que ella no lo sabe. Y no la culpo por ello. Nunca se lo he dicho, y tampoco se lo he demostrado. No se sentía apreciada y, al final, eso la ha empujado a marcharse. Ojalá la Gran Madre le conceda la felicidad en su vida.

—Ojalá. Pero no cargues toda la culpa sobre ti. Cazador y yo tampoco nos hemos ocupado bien de ella. Deberíamos haber venido a visitarla más a menudo y haberla escuchado en lugar de obligarla a tragarse nuestras batallitas. ¡Cómo se debe haber aburrido, la pobre!

Cazador se levantó y se acercó a la entrada de la cueva con un chasquido de disgusto.

—¿Adónde crees que vas? —dijo su hermano.

—¡A buscarla, por supuesto!

—Es inútil —dijo Lanza—. Pasé el primer mes tratando de seguir su rastro. Juro por mis cuernos que registré cada cueva y recoveco de todas las Montañas Impasibles, sin encontrar ni una mísera pista. Lágrima se encuentra ya fuera de nuestro alcance. La he perdido, igual que perdí a Sal.

—¡Me da igual! —dijo Cazador— ¡No soporto veros así! Lágrima tiene derecho a conocer tus sentimientos. No ha muerto, como Sal. ¡Aún podemos arreglarlo!

Sin esperar respuesta, Cazador saltó al vacío y remontó el vuelo, agitando furioso sus alas. Cielo le observó con una sonrisa.

—Este hermanito mío, siempre tan impulsivo. No te preocupes, madre, encontraremos a Lágrima y la traeremos con nosotros. Lo juro por mi vida —y, diciendo esto, siguió los pasos de Cazador, dejando a Lanza sumida en un mar de remordimiento y lejana esperanza.

Pero no me encontraron. No pudieron.

Os lo agradezco, Gran Madre. Esta visión alegra mi espíritu, aunque se trate de un momento triste en la vida de mi familia. Me demuestra que, a su manera, me apreciaban y lucharon por mí. Lástima que no llegaran a transmitirme sus sentimientos entonces.

Fue vivir día a día entre la indiferencia lo que creó en mi interior ese vacío tan profundo y doloroso. Tuve que marcharme para intentar llenarlo a toda costa. Tal vez las cosas habrían sido diferentes sí hubiese conocido mejor a mi madre, pero yo era muy joven. Solo una cría que buscaba cariño y atenciones a gritos, una cría que estaba demasiado segura de sí misma.

Ya no hay marcha atrás. Algunos errores no se pueden corregir.

Era inútil buscarme en las montañas, pues mi primer deseo fue perder de vista los interminables picos nevados. Viajé al sur sin detenerme apenas, consciente de que cuando estaba en el suelo era más vulnerable a los diversos peligros de las Montañas Impasibles. Eso era gran parte de lo que había aprendido acompañando a cazar a mi madre en los últimos dos años.

Al principio planeaba tranquila, despidiéndome del panorama y saboreando mi recién adquirida libertad. Pero cuando divisé en la lejanía a un grupo de habitantes de las montañas, toda mi confianza se vino abajo. Aproveché las corrientes ascendentes para sobrevolar las nubes, rezando por que ellos no me hubieran visto a mí, protegiéndome tras ellas de la bandada de güivernos, lagartos voladores que comparten con nosotros un lejano parentesco.

Carecen de nuestra inteligencia, aliento mágico y patas delanteras, pero pueden resultar muy peligrosos para un joven dragón si van en grupo. Dentro de unos años, seréis vosotros los que deberéis ocultaros de mí, malditos reptiles, pensaba cada vez que me zambullía entre las heladas nubes para evitar ser descubierta por los güivernos.

Me detenía siempre lo más próxima a la cúspide de una montaña cuando no podía continuar. Allí era menos probable que yetis, altos osos y diablos de las nieves buscaran su sustento. En cuanto al mío propio, consistió sobre todo en cabras montesas, que devoraba con avidez sin dejar de surcar los cielos.

Esa fue mi rutina durante días. Volar sin parar. Alimentarme a base de huesudos bocados, que engullía a toda prisa. Parar a descansar lo mínimo y necesario para evitar desmayarme del agotamiento.

Hasta que me crucé con el dai’halcón.

Cada vez que lo recuerdo me sorprendo de haber sobrevivido a aquel encuentro. Me encontraba ya muy al sur de mi hogar, y las Montañas Impasibles eran cada vez más bajas. Sobrevolaba un tupido velo nuboso, como de costumbre, minimizando los movimientos de mis alas para ahorrar energía. Huelga decir que a estas alturas estaba al límite de mis fuerzas, y en bastante mal estado. Quizá por eso tenía la cabeza gacha en aquellos instantes, cuando la amenazadora figura se acercó a la mía.

La luz del sol salpicaba las sombras sobre el manto de nubes, lo que me permitió darme cuenta del peligro antes de que se produjera el inminente ataque. Giré la testa para ver de qué se trataba y me quedé helada cuando vi a la enorme ave recortada contra el sol, asemejándose a una ancha cruz de bordes afilados. Perdido el factor sorpresa, el dai’halcón se lanzó en picado antes de estar preparado, con el dorado pico por delante. Era una lanza mortal de intenso plumaje turquesa de la que no tenía escapatoria, a no ser que reaccionara rápido. Me di la vuelta, ofreciéndole la panza, e hinché mis pulmones hasta que creí que me iban a reventar. El dai’halcón se acercaba a una velocidad de vértigo y supe que sólo tendría una oportunidad.

Casi estaba encima mío cuando extendió las alas, aminorando su descenso en seco. Sus garras, antes ocultas entre su plumaje para aprovechar la aerodinámica, se habían desplegado listas para clavarse en mi carne. Entonces exhalé mi aliento huracanado, propio de los dragones de plata, contra el ave. Mi hálito aún era débil e incontrolable, pero estaba imbuido con el poder extra del pánico, por lo que acabó resultando un ataque decente.

La corriente de brillantes remolinos grisáceos se enredó entre el espeso plumaje del dai’halcón, desestabilizándolo, arrancándole algunas plumas y haciendo que errara su objetivo y se pasara de largo para adentrarse en las nubes.

No perdí ni un instante y me zambullí también entre ellas, en dirección contraria a mi cazador. Durante unos segundos volé entre la niebla, apenas viendo más allá de mi propio hocico, sin atreverme a asomar la cabeza ni por encima ni por debajo. Pero fue inútil. El dai’halcón no tardó en aparecer de la nada. En un acto reflejo me ladeé todo lo que pude, y sentí un dolor muy intenso que me arrancó un estridente chillido.

Las garras del ave habían rajado mi ala izquierda por tres lugares.

Me precipité al vacío sin control alguno, incapaz de mantenerme en el aire por más tiempo, dando vueltas como una noria. El dai’halcón no se rindió y se preparó para un nuevo picado.

Herida y exhausta, concentré todo mi ser en frenar la velocidad de mi loco descenso. Las formas picudas de un bosque de pinos situado en la ladera de la montaña estaban demasiado próximas. Pensé que permanecer oculta en el frondoso bosque nevado podría ser mi salvación, pero era consciente de que el dai’halcón no lo permitiría.

Me giré para encarar a mi enemigo una vez más y preparé mi aliento mágico. En esta ocasión el dai’halcón se lo esperaba y, en lugar de extender las alas para ganar precisión y poder tomarme en sus garras, decidió mantener el picado para reducir el efecto desequilibrador de las turbulencias al mínimo, con la esperanza de cogerme en su pico.

Aún así volví a exhalar el vendaval grisáceo. La corriente le alcanzó, separándole algunas plumas y desviándole lo justo para que fallara por muy poco. Vi su dorado pico pasar a mi lado y luego su negro ojo, carente de emociones, antes de ser golpeada por su hombro.

El dai’halcón me atropelló y su peso, sumado al ímpetu de la zambullida, fue como un titánico mazazo que me lanzó despedida con una fuerza brutal. El ave frenó su caída antes de llegar al suelo y remontó el vuelo, pero yo no tuve tanta suerte. Sentí como iba perdiendo el sentido. Los sonidos que producía al chocar contra los árboles me llegaban muy débiles. El dolor de los golpes era apenas un rumor lejano. La blancura de la nieve en la que me estrellé fue sustituida sin demora por un tupido velo de oscuridad.