Niñera a prueba de demonios

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Summary

Alejandra despierta un día en el cuerpo de una sirvienta en el palacio del Rey demonio. Hay un niño lindo ahí que debe cuidar pero... ¿Este niño por qué se comporta tan mal?😭😭

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Por favor, tenga cuidado, entraremos en una zona de turbulencias. Preste atención a la señal de y póngase el cinturón de seguridad. Permanezca sentado en su asiento en todo momento. Please be carefull…

La voz del copiloto se escuchaba claramente por los altavoces del avión; sin embargo, los ojos de Alejandra no se despegaron ni por un solo segundo del cristal de seguridad, a través del cual podía ver parte de la inmensidad del cielo plagado de nubes.

— Alejita, mi vida, ¿escuchaste lo que dijo el piloto?

No fue sino hasta que escuchó la voz de su abuela que giró su cabeza para ponerle atención, aunque sus ojos dieron algunos vistazos más a los gruesos cúmulos que le recordaron al algodón.

— ¿Qué hacemos, mi vida? Tu abuelo no regresa del baño y el piloto dijo que nos sentáramos porque era peligroso.

La señora de cabellos rubios que se entremezclaban con sus canas, se removió en su asiento, inquieta, girando la mirada a través del pasillo sin ver rastro de la boina gris a cuadros que estaba buscando. —Justo en este momento tuvo que levantarse, ¡Ay dios mío!

Al ver la agitación de su abuela, acarició los hombros contrarios y se levantó rápidamente.

— Abuelita, tranquila, espérate que ya voy a buscarlo. No te preocupes, el avión es uno de los transportes más seguros que hay, ¿recuerdas que hablamos de ello?

Mirándola a los ojos, sonrió a su abuela, intentando transmitirle algo de seguridad. Su abuela, no tan convencida, asintió y le devolvió la sonrisa, a lo que finalmente Alejandra pasó cuidadosamente junto a su abuela e intentó llegar al pasillo apoyándose en el asiento que ocupó su abuelo hasta hacía algunos minutos; sin embargo, en cuanto estuvo a punto de sacar su pierna para cruzar, una azafata se le acercó, sosteniéndose con cuidado de los asientos.

— Señorita, ¿necesita algo? No debería levantarse de los asientos.

— Oh, disculpe, es que mi abuelo fue al baño hace un rato y no ha vuelto.

Disimuladamente, echó un vistazo a su abuela, la cual seguía con las cejas fruncidas y parecía que estaba a punto de llorar. Al mirar su rostro compungido así, la azafata unió algunos cabos en su cabeza, no era raro encontrarse con pasajeros asustados; entonces, sonrió.

— Entiendo, señorita.

— Es un adulto mayor así que puede necesitar ayuda.

La azafata asintió amablemente y luego señaló el costado hacia donde se encontraban los baños más cercanos.

—No hay problema, sígame, la acompañaré.

Luego, miró hacia la abuela y agachó su cabeza levemente hacia ella.

— Sigue habiendo turbulencias, ¿podría quedarse aquí, por favor? La política de no dejar los asientos es por seguridad, para que las personas no se tropiecen. Puede estar tranquila, señora, volveremos en un momento.

Sin poder proferir palabra, la abuela de Cristina asintió.

—¿Cómo se llama, señora?

Ante la pregunta de la azafata, con mucha dificultad la mujer abrió la boca.

— Margarita.

En el rostro profesional de la joven se mostró un gesto comprensivo antes de seguir hablando.

—No se preocupe, señora Margarita…

—Doña.

Al ser interrumpida repentinamente, la joven de traje azul volvió a mirar a la señora, quien esta vez le sonrió aunque sus cejas seguían constreñidas.

—Dígame doña Margarita, por favor.

Cordialmente, la azafata asintió. — Doña Margarita, no se preocupe, llamaré a uno de mis compañeros para que le haga compañía mientras vamos por su esposo.

Diciendo eso, la joven pulsó el botón de asistencia en el panel sobre la cabeza de doña Margarita y casi al instante un muchacho se acercó. En lo que los jóvenes del personal hablaban, Alejandra le dio un beso en la mejilla a doña Margarita, mirándola con una sonrisa suspicaz.

—¿Viste? Ahora te traen a un guapo muchacho para que te cuide, ¿no te parece un excelente servicio?

Tras susurrarle esto, ambas rieron por lo bajo.

—Ay, niña, mejor vuelve pronto con mi viejo, los jóvenes te los dejo a ti.

Aguantándose la risa, Alejandra siguió a la azafata, quien ya la esperaba a un lado y se encaminaron hacia el fondo del avión, mientras pasaban entre los puestos intentando no tambalearse. Después de un rato de concentración una sonrisa se dibujó en los labios de la más joven.

—Señorita…

La azafata disminuyó el paso al escuchar la voz de Alejandra desde su espalda.

—Dígame.

—A mi abuelo dígale también Don Alberto, por favor, se enoja mucho cuando le dicen de otra forma.

Algunas sacudidas las obligaron a detenerse por algunos segundos, pero en cuanto pudieron estabilizarse de nuevo la azafata la miró y le sonrió.

—Don Alberto, entonces.

No hubo más intercambio de palabras después de eso, el suelo comenzó a moverse aún más, lo que combinado con el encuentro de otras azafatas y algunos pasajeros que volvían a sus asientos, hizo que el camino hasta el baño se les hiciera eterno. Cuando llegaron por fin al fin del pasillo, Alejandra no pudo evitar dar un largo suspiro.

— “Ay Dios, ¿cómo estará el abuelo ahí adentro?”.

Apresurándose, la azafata, dio algunos toques con los nudillos en la puerta blanca.

— ¿Don Alberto? ¿Se encuentra bien?

—…

Ante el silencio, Alejandra y la azafata cruzaron miradas, esta vez fue el turno de la preocupada nieta, quien tocó con más fuerza. Aunque sabía que Don Alberto tenía muy buen oído para sus 76 años, el ligero temor de que fuese justo en aquel el momento en el que fallara la impulsó a hacerlo muchas veces más.

—¡Abuelo! Vine a buscarte por que no volvías y la abuela ya está preocupada. ¿Necesitas ayuda?

Sin una respuesta inmediata, volvió a tocar la puerta repetidamente, por su cabeza cruzó el pensamiento infantil de hacer enojar a su abuelo para incitarlo a moverse más rápido, incluso si solo salía para darle una reprimenda.

—¿Abuelo?

Fue entonces cuando la puerta se abrió, un hombre de cabellos y bigote canosos, la fulminaba con su mirada.

—Cristina… No estoy sordo…

La azafata miró con la boca abierta a Don Alberto, un hombre tan alto que casi rozaba con el borde de la puerta, cuando este dio un paso al frente y salió del baño, para luego ponerse la boina café que llevaba en las manos. Era un hombre que a pesar de su ceño fruncido, guardaba la gloria de sus años mozos; francamente, la azafata, quien había visto a muchas personas, no se esperaba que el “abuelo” se viera tan vigoroso e incluso que fuera tan atractivo, incluso más que algunos de sus jóvenes compañeros.

—Niña…

Tras entrecerrar sus ojos en un regaño silencioso hacia su nieta, el hombre suavizó su mirada y dirigió sus ojos castaños hacia la azafata, con una sonrisa, bajó levemente la cabeza, luciendo apenado.

—Disculpe haberle causado problemas, señorita, ya estoy viejo y no estoy acostumbrado a usar estos baños.

La respuesta de la azafata llegó tarde, su cabeza se bloqueó por algunos segundos, pero logró sonreír a tiempo.

—No se preocupe, don Alberto, es un placer ayudarlos.

—Vamos rápido, abuelo. — Tomando su mano, la joven en sus 20 lo miró como si hablara con un niño pequeño y puso la mano blanca que sostenía sobre los asientos. — Sostente fuerte porque hay muchas turbulencias.

Entonces, siendo Cristina quién guiaba con mucha convicción, don Alberto y la joven de traje azul la siguieron hasta el puesto donde estaba doña Margarita.

—¡Viejo!

Con el ceño aún fruncido, el susodicho en vez de responder al alegre llamado de su esposa, movió los ojos atentamente bajo su sombrero, primero hacia la abuela de cabellos rubios y luego hacia el azafato que se encontraba sentado a su lado, en su lugar.

—Muchas gracias, señorita.

Ignorante de las cejas constreñidas de don Alberto, la joven pasajera se giró hacia la azafata, pero antes de que esta respondiera, con un breve “Disculpe”, el abuelo se adelantó entre las dos y se quedó de pie junto a su puesto, encarando al joven de cabellos rubios y ojos azules.

Consciente de los ojos amenazantes del anciano, los ojos del azafato se abrieron con mucha sorpresa y tartamudeó sin querer.

—Y-yo… S-señor, siento haberme sentad-

—¡Estás bien!

La disculpa del joven pasó a un segundo plano cuando doña Margarita vio a los ojos a su marido, con una gran sonrisa miró al joven a su lado y cariñosamente le acarició el brazo.

— Muchas gracias por quedarte conmigo, Robert.

— Si, señora, un placer.

Debatiendo su mirada entre la mirada feroz y los ojos agradecidos, el rubio se levantó con toda la rapidez que pudo, aprovechando la oportunidad de escapar.

— Iré hacia la cabina, Bárbara.

Una vez Robert se escabulló, dejando detrás aquellas palabras para la azafata, Alejandra volvió a su lugar y su abuelo la siguió.

—Si necesitan algo, por favor, oprima este botón.

Con todos acomodados respectivamente en sus asientos, Bárbara señaló el botón de ayuda en los paneles sobre las cabezas de la familia y con una sonrisa se fue tras su compañero.

—¡Gracias! — Con mucha efusividad se despidió la doña y luego se aferró al brazo de su esposo. — Viejo, ¿qué pasó? No volvías.

Don Alberto, quien no apartó su mirada del fondo del pasillo desde que llegó, finalmente vio los ojos miel de su esposa.

— Me voy unos segundos y ya estás tan contenta con ese muchacho…

Los labios carmín de su interlocutora se abrieron, a la par su entrecejo se frunció.

— ¡Robert solo me acompañó porque tú tardaste mucho! El avión de repente comenzó a moverse mucho y le dije que se sentara ¡El pobre casi se cae!

— Si, si…

Haciendo pucheros, la mujer se giró hacia su nieta y señaló a Don Alberto.

— ¡Alejita, escucha lo que está diciendo este viejo! ¡Me está echando la culpa!

— Jejeje, Abuelo, el azafato solo se quedó porque mi abuelita estaba muy asustada.

Don Alberto solo la miró de reojo, luego se cruzó de brazos y miró hacia el otro lado.

— Siempre le han gustado los jóvenes atractivos, ya lo sabía.

— ¿Hah? Pues sí, me encantan los jóvenes lindos, si no, ni siquiera te hubiera mirado, viejo tonto.

Doña Margarita también se cruzó de brazos y miró hacia el otro lado. Viendo aquella pelea, Alejandra se giró en su puesto e intentó verlos a los dos.

— Abuelita, no seas así. — Acariciando el brazo de su abuela, también miró hacia su abuelo, entrecerrando los ojos. — Abuelo…

Mirando de reojo que no hubo movimiento más por parte de Don Alberto, la abuelita apretó sus brazos.

— ¡Hmp! ¿Sabes qué?, si me encantan los jóvenes guapos, pero no solo eso, me gustan trabajadores, altos, millonarios, estudiosos, inteligentes y con muy buen cuerpo ¡Me gustan todos los que sean así! ¡Ese es el prospecto que estoy buscando para mi nieta hermosa!

Centrándose esta vez en el rostro de Alejandra, la abuela puso su mano sobre sus cabellos castaños y los acarició con suavidad.

— Bebé, en la universidad no hubo nadie, pero ahora que vas a estar en esta beca tienes que aprovechar. — Prácticamente amasando las mejillas de su nieta sonriente, la abuela la miró con determinación. — Yo te ayudaré, también le diremos a tus primos para que te lleven a lugares concurridos y puedas echarles una buena mirada a todos esos hermosos chicos extranjeros con llamativos colores de cabello u ojos. También le pediré a tu tío que te ayude.

—Abuela…

—¡Nosotros ya hemos vivido nuestras vidas! ¡Te hemos criado, te hemos educado, tuvimos nuestros propios hijos y familia! Ahora es tu deber conseguir una pareja para hacer una hermosa familia.

Abrazando a su nieta doña Margarita le besó la coronilla y luego le acarició la cabeza.

—Abuelita…

—¡No me digas nada!

Llevando las yemas de sus dedos por la mejilla suave de su nieta, doña Margarita siguió con su regaño.

— Ya me dijiste que no está en tus planes cuidar tus propios hijos, sé que escogiste ser educadora por eso, pero Alejita, nosotros ya no somos tan jóvenes como antes y un día nos iremos, por eso tú tienes que rodearte de gente que te quiera para que nunca estés sola.

Al escucharla Alejandra se alejó de los brazos de su abuela y se giró hacia la mayor con el ceño fruncido.

— Ahh… Abuelita, no digas eso, ustedes me van a durar muchos años más y yo nunca voy a estar sola. En vez de decir cosas tan tristes, ¿por qué no disfrutamos este viaje?

Sonriéndole melosamente a su abuela le acarició las manos, entonces comenzó a enumerar usando sus dedos.

— Es la primera vez que subimos a un avión y dentro de poco veremos Estados Unidos por primera vez; luego iremos a Disneyland; la otra semana a la playa; veremos al tío Héctor, a los primos…

— Tu abuela tiene razón.

Alejandra elevó sus ojos hacia su abuelo, sorprendida por su repentino ingreso a la conversación. Don Alberto se quitó el sombrero y se acarició los cabellos con un gesto serio en su rostro.

— Ya lo había dicho, incluso si me subo a este armatoste y muero estoy contento porque mi nieta es una persona graduada, completamente capaz de valerse por sí misma. Aunque me hubiera gustado verte con un niño en brazos, lo de la pareja… Hoy en día puede ser un hombre o mujer, así que estoy de acuerdo con la persona a quien elijas.

Una media sonrisa surgió en el rostro del hombre antes de seguir hablando, encantado de ver el sonrojo en el rostro de Alejandra.

— De todas maneras, si te trata mal, aún muerto me encargaría de jalarle las patas a ese o esa hija de puta.

—¡Abuelo!

Dando un leve golpe en la rodilla de su abuelo, Alejandra miró hacia todos lados y luego frunció el ceño.

— Estamos en un sitio público.

En vez de preocuparse más por ello, Don Alberto recostó la cabeza en el asiento y cerró los otros tranquilamente.

—¡Oye, no hagas eso! Sé que no estás dormido.

Pese a sus reclamos, no obtuvo respuesta, en vez de eso, su abuela tomó sus manos y le sonrió pícaramente.

— Yo si quiero un yerno con unos buenos músculos y dinero, que aparte te trate muy bien. Si es un hombre bello, tendremos unos hermosos bisnietos fuertes, sin tener que esperar a que adoptes o algo más, así que si ves alguno, no olvides atraparlo antes de que alguien más lo atrape. ¡Las fotos familiares serían tan hermosas! ¡No me importa lo que elijas pero tienes que darme todas las fotos! ¡Promételo!

—Abuelita…

Doña Margarita rodeó sus mejillas y la miró seriamente.

—Quiero siete albums llenos, no puedo negociar con nada más. Necesito ver cada momento de la vida de mi bebé.

—Jajaja, ¿entonces un hijo mío será tu bebé?

—¡No! ¡Tú eres mi bebé!

Alejandra sintió que su corazón se llenaba de paz, le dio un apretado abrazo a su abuelita. Después, extendió el brazo y atrajo a su abuelo hacia ellas.

Esa fue la última vez en la que pudo sentir este calor.

De un momento a otro, ese pacífico día se llenó de caos. Lo que era una turbulencia pequeña se convirtió en violentos que hacían temblar incluso el alma de los presentes.

—¿Qué está pasando?

—Tranquila, abuelita. — Alcanzó la mano de Doña Margarita y la apretó con fuerza mientras las luces del aviso del cinturón seguían encendidas. De fondo sonaba un aviso del piloto, quién les pedía que guardaran la calma.

Habrá una bajada de presión, así que por favor, sigan las instrucciones indicadas cuando caigan las mascarillas. Cuando todo se estabilice, sigan por favor…

—Viejo, ¿qué está pasando?

Ambas miraron a Don Alberto, pero este permaneció hasta el final con un rostro tranquilo.

—Todo saldrá bien.

Incluso cuando las mascarillas cayeron y desapareció toda buena emoción de aquel día. Don Alberto rompió las reglas, puso las mascarillas en su esposa y su nieta primero, luego se la puso él.

Doña Margarita por su parte, abrazó a su bebé.

--

—Ugh…— Alejandra entreabrió los ojos dificultosamente. Su mente se sentía difusa mientras el sol le encandilaba el rostro. Despertó con una extraña sensación de tristeza sosegada, no tenía ni la menor idea de dónde venía; sin embargo, terminó echándose a llorar.

Enredada entre las cobijas gimoteó hasta que sintió un toque suave en su rostro. Al abrir los ojos la visión de una carita infantil fue lo primero que la recibió.

Luego, este pequeño de ojos y cabello negro la miró con el ceño fruncido antes de girarse. El niño desconocido se alejó hacia algunos pequeños juguetes de madera y la ignoró mientras jugaba.

Confundida, Alejandra se enderezó con mucho trabajo, por alguna razón su cuerpo se sentía adolorido. Mas no pudo detenerse a estar muy sorprendida; en cuanto enderezó la cabeza, un anunció translúcido apareció frente a ella.

“¡Bienvenida, transmigrada! El mundo de los demonios, Astrain, te saluda”.

Alejandra miró a todos lados y el extraño tablero similar a la resina que levitaba frente a ella. No parecía que nada lo estuviera ayudando a mantenerse suspendido en el aire.

Francamente no sabía cómo reaccionar.

—“¿Esto es un sueño?”.

Enseguida las letras se borraron con un destello similar al polvo de hadas que se veía en las películas.

“Esta es una nueva aventura y por medio de mi ayuda podrás ver las misiones que tienes por completar”.

Aquellas palabras solo fueron más confusas.

Las letras nuevamente desaparecieron.

“Podrás leer más acerca de todo en cuanto termines la primera misión:

·Dale de comer al primogénito del Rey Azazel.

¿Desea comenzar la misión?”.

Debajo de aquel mensaje solo había una flechita que en los móviles modernos podría asociarse con la función de “siguiente”. Curiosa, la chica pulsó aquel botón con su dedo; como si hubiera tocado agua, unas pequeñas ondas se extendieron por el mensaje y aquella tablilla se desapareció a mitad del aire.

Boquiabierta, Alejandra tocó el aire en donde había estado el mensaje. Ya no había nada.

—“¿El primogénito de quién?”.

La estudiante cerró los ojos un momento y luego volvió a abrirlos.

—“… Esto parece una novela web”.

Un flash de conclusiones cruzó por su mente, haciendo que se sintiera mareada. Tuvo un accidente de avión, solo podía sentir las manos de sus abuelitos aferrándose a las suyas, la desesperación y la adrenalina de estar cayendo.

Luego el dolor.

—No te desmayes.

La voz infantil hizo que prestara atención a la realidad. El niño la miraba fijamente mientras comenzaba a ponerse de pie de nuevo.

—¿Vas a desmayarte de nuevo? — Había enojo en su bonita carita. Alejandra no supo qué responder por un momento, eran demasiadas cosas qué procesar; mas no tuvo lugar a respuesta.

¡Plaf!

Uno de los bloques con los que jugaba el pequeño terminó estampándose en su cara con buena puntería.

—¡Ah! — Frotó su rostro, casi se le salen las lágrimas del dolor. —¿Qué-?

¡Tak!

Aunque esta vez se cubrió, otro bloque dio directamente en su brazo. La fuerza del niño no era broma.

—¡Espera! ¡¿Qué haces?! — Se cubrió como pudo, pero el niño no se detuvo.

—¡Eres una tonta! ¡Cállate ya, tonta!

Desesperada por el infame ataque, Alejandra se puso de pie y salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta tras ella.

—¡Y no vuelvas! — Un duro golpe se azotó en la puerta mientras ella la sostenía del otro lado. Luego, hubo silencio.

—Ahh…— Cayó de rodillas, mientras se tocaba el rostro. Tenía las manos increíblemente frías.

—“¿Qué demonios está pasando?”.

La verdad es que esto se parecía a las lecturas que acostumbraba disfrutar en sus ratos libres. Más que todo por aquella palabra.

“Transmigrada”.

—Oh, Dios mío…— Temblaba solo de volver a pensar en ello. Esto era similar a la trama de una de esas novelas en la que la protagonista viajaba a otro cuerpo en otro mundo. Según por lo que veía, debía ser una de esas en la que tenía que volverse niñera de un pobre niño desamparado.

—“¡Pero ese niño no parece un desamparado!”. — Sí, era un niño lindo y bien vestido que se veía un poco descuidado, con grandes ojeras bajo sus bonitos ojos. —“¡Tiene mucha fuerza! ¡Cuando frunce el ceño parece un…! …Demonio…”.

“La tierra de los demonios”.

Claro, allí en el mensaje lo decía muy claramente.

Le dolió a horrores la cabeza mientras conectaba todos los cabos.

—Sirvienta. — Una voz dictatorial hizo que se girara con temor hacia su dueño. Allí había una mujer vestida como una maid. Tenía unos sesenta años y la miraba como si fuera la basura más asquerosa.

—¿S-sí? —, respondió asumiendo que ella era a quien se dirigía, pues no veía a nadie más en el pasillo.

La mujer rodó los ojos y avanzó hacia ella con pasos amenazantes. Mientras aún se estaba poniendo de pie, le fue tendida a fuerzas una bandeja con algunos platos cubiertos.

—Veo que no estás muerta. Entonces dedícate a hacer bien tu trabajo.

Con aquellas toscas palabras, la mujer se dio media vuelta y desapareció en el fondo del pasillo tan silenciosamente como llegó. Alejandra sostuvo a duras penas la bandeja mientras las piernas amenazaban con fallarle.

—¿M-muerta?

¿Querría decir que su trabajo era morir?

—“¿Transmigré como un sacrificio?... Entonces ese niño”. — Tragó saliva.

Si ese niño era un demonio… Y debía alimentarlo… ¿Tal vez se refería a que era con su propia carne?

Tan asustada como estaba se forzó a inspirar profundamente. Aquellas historias de las que tanto disfrutaba eran lindas, ¿cómo es que ella terminó en una tan retorcida?

—Oh, Dios mío, ¿qué he hecho para merecer esto?