Prólogo
Una estrategia simple. La victoria era inevitable, pero… ¿En qué momento comenzaron a descarrilarse las cosas?
El imperio se encontraba en guerra contra un pequeño reino, el cual, independientemente de la poca extención territorial que poseyera, su poder era tal que se lo consideraba herético.
Sus creencias, culpables de incontables sacrificios. Su magia, un poder obtenido a través de la usurpación. Su gobierno, una pirámide jerárquica creada a base de corrupción.
Las historias de los poco sobrevivientes que salían de ese reino solo hacían que el temor y el rechazo cresiecen, provocando que el imperio vecino tomara cartas en el asunto, comenzando una guerra.
Todo estaba perfectamente planificado, ¿entonces cómo?¿En qué momento ocurrió esto? Las bajas aumentaban sin control, al igual que el pánico entre los soldados. Muchos de ellos habían caído intentando proteger a sus compañeros, aliados que poco después encontrarían el mismo destino: atravesados por una espada.
Él intentó protegerlos, al igual que ellos lo hicieron por él, pero no lo logró. El título de “El mejor guerrero del Imperio” ahora no era más que un nombre vacío. ¿Cómo pudo fracasar? Sus colegas habían muerto, y la sangre en sus manos jamás sería borrada.
Syrmus continuó peleando aunque supiera que era en vano. El campo de batalla era un infierno en la tierra: los cadáveres de sus camaradas, la sangre coagulada que ahora alimentaba a los cuervos, las incontables espadas esparcidas en el suelo, sin dueño ni nombre.
Frente a él, un hombre de aspecto terrorífico. Su cabello era tan oscuro como la noche y sus ojos, de un carmín sangriento. ¿Acaso este era su fin? Si lo era, entonces lucharía hasta el último aliento, vengaría la muerte de sus soldados y todas esas vidas inocentes. Tomó su arma y arremetió contra aquel demonio.
Su espada, tan afilada como la voluntad de su alma, logró atravesar la carne de su enemigo. La sangre se esparció en el aire y, al hacer contacto con el suelo, estalló en llamas rojas que lo devoraron todo a su alrededor.
Syrmus Soslan, el mejor guerrero que Wurttemberg pudo tener, cayó en el campo de batalla tras enfrentarse al Lakhey, gran demonio gobernante del Reino de Gurkhandesh. Junto a él, las cenizas de aquel ser hereje se desvanecieron. El fuego cubrió todo el campo de batalla, dejando tras de sí simples recuerdos de los héroes que sacrificaron sus vidas por el Imperio.
Un latido punzante en su cabeza. Un ardor insoportable en sus brazos. Intentó abrir los ojos con dificultad, sintiendo cómo la luz, aunque opaca, golpeaba con fuerza su rostro. Con jadeos bajos de dolor, se removió dentro de la tina de madera en la que se encontraba. Al bajar la vista, vio la sangre que caía por sus brazos y, en un intento desesperado por detener la hemorragia, trató de levantarse, solo para caer pesadamente contra el suelo frío y húmedo.
Se arrastró como pudo, pues sus piernas no respondían correctamente. A duras penas, divisó un pequeño mueble donde se hallaban algunas toallas y las usó para cubrir sus heridas. Luego, respiró profundamente, buscando calmarse.
Cuando logró regular su respiración, examinó la habitación. La arquitectura le resultaba desconocida. Las puertas corredizas estaban hechas de bambú, y el penetrante aroma a pétalos de cerezo impregnaba el aire. Permaneció quieto durante varios minutos hasta que el sonido de unos pasos acercándose lo hizo retroceder instintivamente, cubriéndose de quien fuera que se aproximaba.
La puerta se deslizó y dejó ver a un hombre corpulento con ojos rasgados y ropajes extraños. Su rostro estaba torcido en una expresión de furia mientras se acercaba a él sin vacilar. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre lo tomó de la muñeca y lo arrastró fuera del baño.
—¿Qué demonios estás haciendo, Li Zhen? ¡Es la quinta vez este mes! Lo único que haces es desprestigiarnos, mierda… —bufó, llevándose una mano al rostro con evidente frustración—. Al principio eras un buen producto, ahora solo eres un estorbo.
Con un gesto de la mano, ordenó a su guardia que se encargara de él. Syrmus no tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir cómo lo sujetaban del cabello y lo arrastraban sin miramientos. Fue entonces cuando se dio cuenta: su cabello era largo… y blanco.
El dolor lo abrumaba, pero más aún la confusión. No sabía dónde estaba ni quién era. ¿Li Zhen? Debían haberlo confundido con alguien más. ¿Cómo era posible que entendiera un idioma que jamás había escuchado? ¿Estaba alucinando por la pérdida de sangre? ¿Quiénes eran esas personas? Lo averiguaría después.
Si no trataba sus heridas pronto, moriría desangrado en algún callejón. Sus brazos cubiertos de cortes y los múltiples moretones que marcaban su cuerpo no eran lo único que limitaba su movilidad. Aún sentía el fuego devorándolo y las garras del demonio despedazándolo.
¿Cuántos días habían pasado? Bastantes, como para no encontrar rastros de la batalla en su piel. Observó su cuerpo con más detalle y notó lo delgado y débil que era. Ya no tenía la musculatura de antes, su piel era pálida y suave, sin marcas de combate. No existía evidencia de que alguna vez había luchado en un campo de batalla. La incertidumbre lo invadió.
Ya al borde de la inconsciencia, vio una silueta más alta acercándose. Con su último aliento, susurró una súplica de ayuda antes de perder el conocimiento.
Un hombre de aproximadamente veinte años llegó al callejón donde Syrmus yacía. Su ropa era descuidada, largas telas texturizadas cubrían su cuerpo marcado por cortes profundos y cicatrices delgadas. Sus ojos carmín observaron con detenimiento al joven caído en el suelo frío. Eran profundos, enigmáticos.
Oyendo el último deseo del soldado, el hombre se inclinó y lo alzó en brazos con cuidado. Su largo cabello negro cayó sobre el rostro de Syrmus cuando acercó su rostro para asegurarse de que aún respiraba. Satisfecho con el resultado, ignoró las miradas cautelosas de la gente al verlo cargar a un hombre desmayado y con un par de espadas en la cintura. Sin prestarles atención, caminó hasta una posada.
Rentó una habitación por unos días y colocó a Wang Shen en la cama. Cuidó de él, aplicando remedios caseros y utilizando una peculiar técnica: tomaba la muñeca del herido y colocaba dos dedos sobre la vena principal, canalizando lo que parecía ser algún tipo de energía.
Gracias a esto, Syrmus sanó rápidamente. Incluso en su inconsciencia, sintió la presencia de su benefactor.
Nueve días de descanso fueron suficientes para que su cuerpo se recuperara. Cuando despertó, inspeccionó la habitación en busca de quien lo había ayudado, pero solo encontró una carta:
“Espero que se encuentre bien. Lo encontré en un callejón cerca del barrio rojo, por lo que opté por no hacer preguntas, solo lo ayudé. Canalicé mi propio Qi a través de sus meridianos, ya que se encontraban obstruidos e impedían su flujo. Me tomó un par de días, pero logré limpiar la mayoría. Su dantian está corrupto, pero eso es mejor que estar roto. Podrá sanar, aunque tendrá dificultades para aprender artes marciales ortodoxas.” —Firmado: El Jian Errante.
¿Qi? ¿Meridianos? ¿Dantian? ¿Artes marciales ortodoxas? Nada de eso tenía sentido. ¿Dónde demonios estaba?