Prologo
El cuartel olía a sangre seca, cuero gastado y esperanza rota. La guerra había durado años, y aunque la inmortalidad de Althera le permitía ser la roca en la que se apoyaban sus aliados, cada batalla erosionaba algo intangible en su interior. A pesar de su poder, se sentía cansada de la eternidad.
Un mensajero irrumpió en la tienda. Era joven, con el rostro llenado por el miedo y la urgencia.
—Lady Althera, han emboscado a la Capitana Elyen. Están superados en número. No resistirán mucho más.
El mundo se detuvo un instante. El nombre de Elyen resonó en su mente como un eco desgarrador. Elyen, su única amiga, la única que había sido capaz de verla más allá de su inmortalidad, de tratarla como algo más que una divinidad.
—¿Dónde? —preguntó, con la voz tan fría que el mensajero retrocedió un paso.
—Al este, cerca del paso de Karnis.
Althera no esperaba escuchar más. Desenvainó su espada, un arma que parecía latir con su propia luz, y salió como un relámpago, dejando tras de sí un viento que hizo temblar las antorchas.
Sus pasos eran más rápidos que el galopar de un caballo; los árboles y las sombras pasaban a su lado como fantasmas. Sentía su poder fluir, un torrente ardiente que la impulsaba hacia adelante, pero también sentía el peso del miedo, algo raro para alguien que nunca había conocido la muerte.
Cuando llegó al paso de Karnis, la escena que encontró fue peor de lo que había temido. El campo estaba cubierto de cadáveres y cenizas. Los divison de Elyen, antes orgullosos, yacían desgarrados en el barro. En el centro del caos, vio a su amiga, rodeada de enemigos que caían uno tras otro bajo su espada. Elyen luchaba como una tormenta, pero estaba sola.
Althera extendió su mano, desatando un destello de energía que atravesó el campo como un rayo, derribando a los soldados que amenazaban a Elyen. Pero antes de que pudiera llegar hasta ella, lo vio. Una lanza, como una sombra cruel, hundido en el costado de su amiga.
-¡No! —gritó Althera, su voz desgarrando el cielo.
En un parpadeo estuvo allí, apartando a los enemigos que quedaban con un simple gesto, como si fueran hojas en el viento. Cayó de rodillas junto a Elyen, que aún sostenía su espada con manos temblorosas.
Los ojos de Elyen, siempre llenos de vida y desafío, ahora estaban vidriosos, fijos en un punto más allá de este mundo. Su pecho ya no se alzaba con el esfuerzo de respirar, pero su piel seguía tibia, como si se negara a aceptar lo inevitable.
Althera la sostuvo, con cuidado, como si temiera romperla.
—Elyen... —susurró, su voz quebrándose por primera vez en siglos.
No hubo respuesta, solo el silencio pesado de la muerte.
La sangre de Elyen manchaba las manos de Althera, pero ella no se dio cuenta. Todo su ser estaba centrado en el rostro de su amiga, memorizando cada línea, cada cicatriz, cada sombra, mientras el dolor se enroscaba alrededor de su corazón como una serpiente.
Por primera vez en su existencia inmortal, Althera sintió que el poder que había sido su don y su maldición no era suficiente. No podía deshacer esto. No podía traerla de vuelta.
—Elyen... lo siento... llegué tarde... —murmuró, inclinándose para apoyar su frente contra la de su amiga.
Y allí, en el paso de Karnis, con el cuerpo de su amiga en brazos, la inmortal que nunca había conocido la derrota comprendió lo que era perder.
El grito de Althera desgarró el cielo, haciendo temblar la tierra misma. La espada en su mano se encendió con un fuego oscuro, un reflejo de su dolor infinito. Ya no había aliados ni enemigos, solo una furia que no conocía límites.
El campo de batalla, todavía cubierto de cadáveres y cenizas, se convirtió en el epicentro de su ira. Con cada golpe de su espada, la tierra se partió; las montañas temblaban como si el mundo mismo quisiera retroceder ante su rabia. Una tormenta de fuego y energía arrasó todo a su alrededor.
Los soldados, tanto aliados como enemigos, corrieron aterrorizados, pero no hubo refugio. Althera era un huracán viviente, imparable, insaciable. Las llamas consumieron estandartes, carpas y cuerpos por igual. Árboles milenarios se convirtieron en ceniza, ríos se evaporaron al contacto con su poder desatado. Todo un imperio arrasado.
No pensaba. No sentí. Solo destruiría.
Cuando todo quedó en silencio, solo quedó un páramo desolado. La tierra, antes verde y viva, era ahora una extensión de ceniza y roca quemada. No había vida, ni siquiera el susurro del viento. Althera miró a su alrededor, con Elyen todavía en sus brazos, y por un instante pareció recobrar algo de conciencia.
—Ya no importa... nada importa —susurró.
Con la misma espada que había usado para desatar su furia, trazó un círculo en el suelo y la dejo caer, después comenzó a caminar. solo quería marcharse de aquel lugar que ahora solo le traía agonía.
El mundo cambió a su alrededor, pero ella no lo vio. Caminó sin descanso, con el cuerpo de Elyen apretado contra su pecho como si temiera que incluso la muerte pudiera arrebatársela.
Días, semanas, meses. El tiempo perdió significado. Atravesó desiertos abrasadores, bosques oscuros y montañas cubiertas de nieve. El hambre y la sed, que no podía afectarla, eran solo fantasmas que la acompañaban en su luto.
No habló con nadie. No miró a nadie. Cada paso la llevaba más lejos del ruido de la guerra, del eco de sus propios gritos.
Finalmente, llegó.
Frente a ella se alzaba la colina que Elyen había descrito en aquellas noches tranquilas, cuando hablaban del futuro. En la cima, bajo el cielo abierto, una cascada caía en un arco majestuoso, y los rayos del sol jugaban con la bruma, creando suaves aureolas de luz. El lugar era tan hermoso como Elyen lo había contado.
Althera subió la colina lentamente, cada paso un tributo al recuerdo de su amiga. Cuando llegó a la cima, colocó el cuerpo de Elyen con cuidado sobre la hierba. Su inmortalidad le había permitido preservarla todo este tiempo; Aún parecía estar dormida, con una paz que contrastaba con el caos dejado atrás.
—Aquí estás... Elyen. Como lo querías.
Con un movimiento de su mano, conjuró un fuego que ardió con un color dorado, suave y puro, diferente al que había usado para destruir. Se arrodilló junto a Elyen, murmurando palabras que nadie más oiría, y prendió el fuego.
Las llamas consumieron el cuerpo con una rapidez extraña, dejando tras de sí un fino polvo que el viento tomó suavemente. Althera se quedó allí, viendo cómo las cenizas se dispersaban en el aire, mezclándose con la luz de las aureolas y la bruma de la cascada.
Cuando el último vestigio de Elyen desapareció, Althera quedó sola en la cima de la colina. Por primera vez en siglos, una lágrima cayó de sus ojos.
El mundo estaba desolado, vacío como su corazón. Pero aquí, en este lugar de paz, Althera dejó que su dolor la consumiera, sin miedo ni resistencia. Porque, al final, solo....