CAPÍTULO 1
Artur Césarovich Lizouskiy
Las calles de Bogotá se convertían en un laberinto lleno de caras desconocidas mientras corría, con el corazón latiendo como un tambor de guerra en mi pecho. ¿Cómo había llegado a este punto? Un día estaba disfrutando de una vida de lujos en Rusia; al siguiente, me encontraba huyendo de un destino que no elegí. Un matrimonio arreglado, una cadena que nunca pedí.
—¡LARGO DE MI CAMINO! —grité, empujando a la multitud que se interponía en mi camino. Algunos me miraban con desprecio, pero no tenía tiempo para las miradas ajenas.
—Mierda, mierda, mierda —murmuré entre dientes mientras mis pensamientos se agolpaban como los autos en la calle. De repente, choqué con alguien. No era un niño; era una chica que me miraba con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—¡Oye! ¿Qué demonios? —protesté mientras me recuperaba del golpe.
—Perdóname —dijo ella alzando la vista—. Pero no deberías correr así por las calles.
—Sí, claro, gracias por el consejo —respondí sin pensar, el pánico haciendo eco en mi voz. Miré hacia atrás y vi las sombras al acecho, cada vez más cerca—. ¡Mierda! ¿Dónde puedo esconderme?
Ella frunció el ceño, evaluando la situación. —¿Esconderte? No puedes simplemente... —pero su mirada cambió al ver lo que venía detrás de mí—. ¡Entra a esa tienda!
Sin dudarlo, seguí su señal y me metí en la tienda. El aire dentro era denso con el aroma del café y especias; me senté en un rincón oscuro, intentando calmar mis pensamientos desbordados. Mientras esperaba, una pregunta me carcomía: ¿qué había hecho para merecer esto?
Después de unos minutos eternos, el murmullo de voces se desvaneció y el silencio se instaló como un viejo amigo incómodo. Salí cautelosamente y exhalé aliviado; tal vez había escapado por esta vez.
—Al fin... —murmuré para mí mismo mientras avanzaba hacia la salida.
—¡Oye, espera! —la voz resonó detrás de mí como un eco inesperado. Me di la vuelta y ahí estaba ella otra vez.
—¿Necesitas algo? —pregunté con cierto desdén.
Ella cruzó los brazos y me miró fijamente. —Acabo de salvarte; merezco saber tu nombre al menos.
Solté un suspiro pesado; compartir detalles era una debilidad que no podía permitirme. Sin embargo, algo en su mirada hizo que me detuviera por un momento. —Artur.
—Mucho gusto, yo soy Evoletth —respondió con una sonrisa que parecía desafiar mi indiferencia.
Esa sonrisa me incomodó; nunca había sido amigo de las sonrisas ajenas porque a menudo ocultaban intenciones secretas. Pero había algo genuino en ella que hacía que mi guardia bajara por un instante.
—No te lo pregunté... pero ya que. —dije mientras comenzaba a alejarme nuevamente.
Aún tenía mucho en qué pensar: cómo salir del país sin ser visto, cómo borrar mi pasado sin dejar rastro... Pero ahora había una nueva variable en esta ecuación: Evoletth. La pregunta seguía resonando: ¿podría confiar en alguien tan inesperado?