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HONOR Y LEALTAD - KookMin

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Summary

SAGA: ESCUADRÓN DE LA MUERTE / LIBRO 1 / “Un ex SEAL caído en desgracia, es llamado para liderar un nuevo escuadrón de rescate e ir tras de un civil secuestrado. ¿Lograra completar con éxito esta nueva tarea y no distraerse con la tentación de su inesperado compañero de misión?”

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Complete
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27
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5.0 (2 reviews)
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18+

CAPITULO 1

POV BRYSON


BOGOTÁ, COLOMBIA


Que Dios le ayudara si él no lograba llegar al aeropuerto a las siete.

Bryson Park miró el reloj por cuarta vez en pocos minutos y frunció el ceño. Armando, su conductor habitual, era tan rápido y confiable como la salida del sol, y tan alegre que era la razón por la que Bryson, quien no era una persona mañanera, siempre lo requería.

De todos los días para que él llegara tarde.

Bryson contuvo una oleada caliente de miedo ligado con irritación. Tenía que encontrarse con su carga entrante en Barranquilla y llegar a una cita a las tres de la tarde en Cartagena, y no quería molestar a este cliente en particular. Sólo pensar en ello le hacía sudar. Sí, debería haber sabido que no podía sumergir sus pies en la turbia piscina del mercado gris, pero con ese primer envío de armas no-del-todo-legal, había saltado con ambos pies. Ahora, mientras se hundía en el profundo abismo del mercado negro, donde todo tipo de depredadores repugnantes acechaba, no podría encontrar un chaleco salvavidas. No es de extrañar que su corazón hubiera estado actuando mal en los últimos meses.

Dio golpecitos con su pie, miró el reloj de nuevo y observó la calle. Un flaco gato atigrado se posaba en el borde de un contenedor de basura en el callejón detrás de él, pero no había otra alma alrededor. Ni siquiera el vendedor de baratijas hechas a mano, quien siempre instalaba su tienda plegable en el bajo muro de piedra en la calle, había llegado todavía.

Bryson normalmente disfrutaba esa actitud colombiana de “llegaré allí cuando llegue allí”. De esa manera, no habría ninguna carrera loca atravesando el tráfico de la mañana con una taza de Starbucks salpicando esa mierda de moca batida por todas partes en su Porsche. Para un hombre acostumbrado a los impacientes levantarse y largarse de las ciudades americanas, visitar el relajado país de Colombia siempre era un buen cambio de ritmo.

Excepto cuando su conductor llegaba tarde.

Hizo otra comprobación rápida de su reloj, calle, reloj. Veinte minutos más tarde. Maldita sea, debería haberle comprado un teléfono celular a Armando la última vez que estuvo en la ciudad. Así por lo menos habría sido capaz de llamar y averiguar cuál era la demora.

Metió la mano en su bolsillo para sacar su propio teléfono. Odiaba reportar a Armando a la compañía de transporte cuando el hombre había sido tan bueno con él, pero necesitaba otro auto. Ahora.

Justo cuando quitaba la foto de su esposa e hijos en la pantalla del iPhone, el teléfono sonó y la sonriente cara de su hermano apareció en la pantalla. JiMin.

Consideró hacer caso omiso de su llamada, pero, Dios, ¿y si se había metido en líos otra vez? Pulsó el botón de respuesta y su rostro llenó la pantalla. Libre de maquillaje, su cabello castaño dorado estaba descuidado, y parecía mucho más joven que sus veintisiete años.

—“Hola, Brys” —dijo con una sonrisa brillante. Siempre había sido una persona madrugadora asquerosamente alegre, incluso cuando era un bebé.

—“¿Pasa algo, pequeño? —le preguntó—. “¿Estás bien? ¿Necesitas más dinero?”

—“Estoy bien” —El rodó los ojos y se llevó una taza de café a su boca. Dios, café. Se había olvidado de tomar una taza en su carrera para llegar a la puerta, y su boca se inundó por el sabor—. “Y te he dicho mil veces” —añadió JiMin después de tomar un sorbo—: “que no necesito ni quiero tu dinero”.

Infiernos si él no lo necesitaba.

—“No puedes decirme que estás consiguiendo suficiente haciendo bocetos de caricaturas para los turistas”.

—“Uh, bueno, no. Ya no estoy haciendo caricaturas”.

Bryson suprimió el gruñido retumbando en su pecho, se quitó las gafas de montura cuadrada y se frotó los ojos. Amaba a su hermano pequeño, realmente lo hacía, pero tratar con él era agotador y no era lo que necesitaba tan temprano en la mañana cuando estaba estresado por el desaparecido…

Ah, ahí está.

La limusina de color negro brillante dobló la esquina en la parte superior de la calle y condujo hasta detenerse frente a su edificio de apartamentos. En lugar del bajo y calvo Armando, un hombre alto y moreno salió del asiento del conductor.

—“¿Señor Park?”

—“Un momento, JiMin” —dijo antes de dirigirse al conductor en español—: “¿Qué le pasó a Armando?”

—“Su hijo está muy enfermo y tuvo que ir al hospital. Pido disculpas por el retraso. Tomó un poco de tiempo encontrar un reemplazo” —respondió el conductor, le dio la vuelta al auto rápidamente y abrió la puerta de atrás. No estaba vestido con un traje, pero Armando no siempre lo usaba tampoco—. “Soy Jacinto. Le llevaré al aeropuerto en poco tiempo”.

Los vellos de su nuca picaron. Había utilizado esta compañía de transporte desde hacía años y nunca había visto antes a Jacinto.

—“¿Eres nuevo?”

—“Acabo de comenzar, Señor”.

Bryson se removió en sus pies, miró el reloj de nuevo. La idea de utilizar un conductor que no había visto le daba comezón, pero, maldita sea, ¿Qué otra opción tenía? Excluyendo cualquier tráfico mañanero o un incidente en el aeropuerto, todavía podría llegar a ambas citas a tiempo si se fuera justo en ese mismo instante.

Se subió a la limusina.

—“JiMin, ¿sigues ahí?” —preguntó mientras el conductor se sentaba tras el volante y levantaba el divisor de privacidad. Un momento después, la limusina se encendió con un ronroneo y se alejó de la acera.

Así que tal vez Jacinto lo iba a hacer muy bien como reemplazo. Profesional, amable y discreto, todas cualidades excelentes en un conductor. Si pasaba su inspección en limpio, no estaría de más que lo tuviera en cuenta para el futuro, en caso de que surgiera otra emergencia con la familia de Armando.

Bryson hizo una nota mental para saber en qué hospital estaba el hijo de Armando y enviar un buen regalo. O dinero si la familia lo necesitaba.

—“Estoy aquí” —dijo JiMin y reapareció en la pantalla—. “Corriendo por una recarga de café. ¿Estás ocupado?”

—“De camino a una reunión”.

—“No voy a retenerte entonces. Sólo quería asegurarme de que te acordabas de mi apertura el próximo fin de semana en el Museo de Arte Contemporáneo. Dijiste que vendrías”.

Uh, oh. Su espectáculo de arte en San José, Costa Rica. Se había olvidado por completo de eso. Comprobó el calendario en su teléfono. Posiblemente podría mover un par de reuniones, pero eso llevaría mucha restructuración simplemente para complacerlo a él y a sus tontos pasatiempos.

—“Lo siento, JiMin, pero…”

JiMin dejó la taza de café sobre la mesa delante suyo con un duro golpe.

—“Brys, ¡lo prometiste!”

—“Pequeño, tengo algunos negocios muy importantes ese fin de semana, ninguno de los cuales puedo aplazar, y tengo que estar en Los Ángeles el domingo por la mañana por…” —Él negó mientras su tren de pensamiento se escurría. ¿Qué estaba diciendo?

JiMin. Pinturas. Trabajo.

Era una vieja discusión, una que podría tener mientras estaba amordazado y con los ojos vendados, y se decidió por una de sus respuestas fáciles ya que su mente estaba de repente extrañamente brumosa.

—“Si deseas permanecer en ese apartamento, tengo que trabajar y eso significa reuniones”.

—“Bueno, ¿adivina qué?”

No, realmente no quería adivinar. Él tenía esa mirada petulante en su rostro, sus cejas fruncidas, su labio inferior asomado. La misma mirada que le había conseguido todo lo que quería cuando era niño. Lo que le decía que no le gustarían las siguientes palabras que salieran de su boca.

—“JiMin…”

—“No vivo en el condominio. Nunca lo hice. Lo vendí la semana después de que te fueras y le di el dinero a una organización benéfica. Le di a tu contador el recibo para la declaración de tus impuestos”.

—“¿Qué tú qué?” —Oh, Dios, entonces ¿Dónde estaba viviendo? Esperaba que no fuera en otra choza en la playa sin agua corriente. Sus padres se revolcarían en sus tumbas si supieran que su precioso niño disfrutaba de vivir a un minúsculo paso por encima de una persona sin hogar.

—“Te dije que no lo quería en primer lugar” —continuó—. “Estaba feliz en Quepos. Estaba feliz en mi pequeña choza. ¿No lo entiendes?”

—“No, yo…” —Su visión se puso borrosa. Parpadeó un par de veces y cuando eso no despejó la falta de claridad, apretó los dedos en sus párpados. Por Dios, estaba cansado. Todos sus saltos de zona horaria estaban costándole. Tal vez debería pedir a Jacinto que se detuviera en algún lugar por una taza de café colombiano caliente bien cargado.

Pensándolo bien, si bebía algo no sería capaz de dormir en el corto vuelo a Barranquilla. Una siesta no había estado en su plan original, tenía la intención de revisar los contratos en el avión como siempre hacía, pero por la forma en que se sentía ahora, una siesta era probablemente la mejor idea. Lo último que necesitaba era estar lento alrededor de la gente con la que se iba a reunir esta tarde.

—“¿Estás escuchándome?” —dijo JiMin, y parpadeó para enfocar su rostro borroso. ¿Había… él había estado hablando? Abrió la boca para responder, pero su lengua no se envolvía alrededor de su nombre.

Algo estaba mal. Lo intentó de nuevo y sólo consiguió croar:

—“Jimm-iin”.

—“¿Bryson?” —Su tono se agudizó por la preocupación, pero ya no podía distinguir sus rasgos en la pequeña pantalla—. “¿Estás bien?”

No. No, no estaba bien, pero cuando trató de decírselo, las palabras se arrastraron de sus labios y apenas tuvieron sentido para sus propios oídos. ¿Estaba teniendo un derrame cerebral? Sólo tenía cuarenta y tres años, pero no era algo inaudito. ¿O un aneurisma? Le dolía la cabeza y el interior de la limusina giraba a su alrededor. Había tenido ese susto el verano pasado, un mini ataque al corazón, y los médicos le habían advertido que redujera la velocidad un poco. Dijeron que si un coágulo se desprendía, podría viajar a su cerebro y…

Oh, Cristo.

—“¡Bryson!”

—“Jii-Mii” —jadeó y el teléfono se soltó de sus manos que se sentían tan torpes como guantes de cátchers. Aterrizó con fuerza en el suelo. Se arrastró tras él, lo agarró como a un salvavidas—. “A... aa…uda”.

Jacinto. Tenía que llamar la atención del conductor.

Jadeando, mareado, Bryson se arrastró por el asiento de cuero suave y golpeó un puño débil contra el divisor. La ventana tintada se deslizó hacia abajo y, al principio, pensó que estaba alucinando. Enormes ojos saltones le devolvieron la mirada. Una especie de insecto ahora conducía el auto y no, no era un insecto. Jacinto llevaba una máscara de gas.

Mierda.

Colapsó de bruces sobre el asiento y volvió la cabeza hacia un lado, mirando a través de sus ojos brumosos hacia la pequeña nevera al otro lado del auto. Extendió una mano. Tal vez había algo ahí… algo que podría utilizar para romper la ventana… algo…

—“Tranquilo” —dijo Jacinto, con la voz deformada por la máscara, tan amable como siempre. Como si estuviera hablando de un juego de fútbol. O sobre el tráfico. O el tiempo—. “Déjelo pasar, señor Park. Duérmase ahora. No le voy a hacer daño. Usted vale mucho dinero”.

*

*

*

*

POV JIMIN


DOMINICAL, COSTA RICA


JiMin miró la pantalla de su computadora con horror mientras la cara de su hermano se aflojaba y sus párpados se cerraban. El teléfono se deslizó de su mano y lo envió en un sacudido paseo al suelo de una limusina. O lo que supuso que era una limusina. Se acercó más a la pantalla, vio un techo curvo, parte de un asiento negro, y la punta del mocasín italiano de Bryson.

—“¿Brys?”

Una precipitación. Un ruido sordo. La imagen se tambaleó y capturó vislumbres separados de su cara, una nevera pequeña, el asiento, su cara de nuevo.

—“Jii-Mii, a… aa…uda”.

El corazón le retumbaba y la sangre corría a través de sus oídos, así que apenas oyó su susurro entre dientes. Se acercó más.

—“¿Qué? ¿Qué pasa?”

Su cara se apartó y la imagen se tambaleó en otra caída libre desigual. La manga de una camisa blanca. Un reloj de oro. La manga de la camisa blanca. Él debía estar gateando a través del asiento, todavía sosteniendo el teléfono. Y entonces…

JiMin se puso de pie, salpicando café de su taza, su silla chocando hacia atrás. Vagamente, registró el sonido del golpe de su caballete a través de la cocina, con la pintura a medio terminar en la que había estado trabajando durante la última noche. Pero no le importaba un comino. Todo su mundo se centraba en la pantalla de computadora, donde una división tintada se deslizaba hacia abajo y un hombre con una máscara de gas le decía a su hermano que valía mucho dinero.

La pantalla se apagó.

No. JiMin sacudió la cabeza en negación y dio la vuelta en un círculo lento. Su cocina, con su ecléctica mezcla de arte y suministros, era exactamente la misma que cuando se había despertado hacía una hora. La cafetera silbaba con lo último de su nueva elaboración de café. Su caja de galletas en forma de delfín, la que chirriaba cuando se abría como los delfines que pasaban el rato por el muelle, le sonreía desde el mostrador. Lienzos de pinturas envueltos esperaban apoyados contra la pared para su próximo viaje a San José.

Todo lo mismo. Y, sin embargo, el parecía haber entrado en un episodio de Dimensión Desconocida.

Se centró en la pantalla de la computadora. Skype había terminado la llamada y ahora descansaba en su página de inicio con su lista de contactos. El nombre de Bryson se situaba en la parte superior de la lista.

Enderezó su silla, se sentó y trató de llamarlo. El tono de llamada sonó. Y sonó. Y sonó.

No hubo respuesta. ¿Le gustaría volver a intentar la llamada?

Trató de apartar las lágrimas quemando sus ojos con un parpadeo y presionó sí.



.

.

.

...

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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View 2 previous comments…
author

osea que el fue el único testigo y sin poder hacer nada 💔

a year
1
author

Soy de Costa Rica primera vez q la mensionan en una adaptación me encanta

6 months
1
author

y también soy adaptadora kookmin y Jikook

6 months
1

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