El costo de adoptar.

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Summary

Guillermo Ojeda, un contador obsesivo, musculoso y de rutinas inquebrantables, y Oliver Cátan, un enfermero extrovertido, cálido y con conciencia social, llevan dos años de matrimonio. Tras un deseo de Oliver, deciden adoptar un bebé, pero un error burocrático los confronta con Tobías Santos, un adolescente de 14 años con un historial de violencia institucional, fugas y un trauma profundo.

Genre
Lgbtq
Author
narciso
Status
Complete
Chapters
28
Rating
4.6 8 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1: El deseo.

The fate of Ophelia - Taylor Swift.

La luz del amanecer apenas se filtraba por las cortinas cuando Guillermo abrió los ojos. 6:03 AM. Tres minutos tarde. Apagó la alarma de su reloj inteligente con un gesto brusco y se incorporó de la cama con la precisión de quien ejecuta una rutina militar. A su lado, Oliver seguía dormido, el cabello rizado esparcido sobre la almohada como un pequeño tornado castaño.

Guillermo observó por un momento esa maraña descontrolada antes de levantarse. Dos años y medio de matrimonio y todavía no entendía cómo alguien podía dormir con el pelo así, sin siquiera intentar domarlo.

Cuarenta y cinco minutos después regresó del gimnasio del barrio, el cuerpo tenso y brillante de sudor, las endorfinas corriéndole por las venas. Oliver ya estaba despierto, preparando el desayuno en la cocina. El olor a tostadas francesas invadía la casa.

—Buenos días, amor —canturreó Oliver sin darse vuelta, moviendo las caderas al ritmo de alguna canción que solo él escuchaba en su cabeza.

Guillermo frunció el ceño al ver la sartén con manteca derritiéndose.

—¿Otra vez fritas?

—Son tostadas especiales. Es domingo —Oliver se giró con esa sonrisa que hacía que sus ojos se achicaran, extendiendo los brazos—. Ven acá, mí hombre sudoroso.

—Estoy sucio.

—Me gusta cuando estás sucio.

Guillermo sintió el calor subirle por el cuello. Esa era otra de las cosas que no terminaba de entender: cómo Oliver podía decir esas cosas con tanta naturalidad, como quien comenta el clima. Se acercó de todas formas, permitiéndose el abrazo breve antes de escaparse a la ducha.

El agua caliente le recorrió cada uno de los músculos mientras sus pensamientos vagaban. Oliver había estado extraño últimamente. Más táctil de lo usual, si eso era posible. Más silencioso también, lo cual sí era inusual. Guillermo conocía esa mirada perdida que a veces sorprendía en el rostro de su esposo cuando creía que no lo observaba.

Cuando salió, con la toalla enrollada exactamente a la altura de la cadera, Oliver ya había servido la mesa. Las tostadas estaban cortadas en diagonal (nunca recordaba que a Guillermo le gustaban en rectángulos), el jugo de naranja recién exprimido, el café en su taza favorita.

—Comiste demasiado azúcar —dijo Guillermo, señalando el plato de Oliver.

—Viviré peligrosamente. —Mantuvo una sonrisa en sus labios.

Durante el desayuno, Oliver habló sobre el CAPS, sobre una paciente que había tenido una crisis de pánico, sobre cómo la doctora Ramírez se había quejado otra vez de los recortes presupuestarios y como un bebe por vientre subrogado había sido abandonado. Guillermo escuchaba a medias mientras revisaba mentalmente su agenda: revisar los balances del trimestre, llamar mañana al cliente de Rosario, organizar los archivos físicos que todavía quedaban del año anterior.

—¿Guille?

—¿Mmh?

—¿Me estás escuchando?

Guillermo levantó la vista. Oliver lo miraba con esa intensidad que a veces lo desarmaba.

—Sí. La doctora Ramírez. Los recortes. —Resumió.

Oliver suspiró, apoyó los codos sobre la mesa (Guillermo reprimió el impulso de decirle que no lo hiciera) y lo miró fijamente.

—Necesitamos hablar.

Esas tres palabras. Guillermo sintió que se le tensaba la mandíbula.

—¿Ahora?

—Después —Oliver se levantó, recogiendo los platos—. Dejá, yo lavo.

El resto de la mañana transcurrió en una especie de limbo incómodo. Guillermo organizó su escritorio, alineó los libros de contabilidad por tamaño y color, pasó la aspiradora por la casa aunque había sido limpiado dos días atrás. Oliver, por su parte, se tiró en el sofá a leer una novela, las piernas colgando sobre el apoyabrazos, como siempre.

—Enderezate —murmuró Guillermo al pasar.

—No.

—Te vas a lastimar la espalda.

—Tengo treinta y dos años, papá.

Guillermo apretó los puños dentro de los bolsillos pero no dijo nada más.

La tarde se deslizó hacia la noche. Ordenaron comida (una ensalada para Guillermo, pizza para Oliver), vieron una serie en Netflix sin realmente prestarle atención. La tensión flotaba entre ellos como algo tangible, un tercer habitante invisible de la casa.

La habitación estaba sumida en un silencio denso, apenas roto por el susurro de la respiración ajena. Fue Oliver quien finalmente lo quebró, deslizándose como una sombra hacia la calidez de Guillermo.

Apoyó la mejilla en el firmamento velludo de su pecho, sintiendo el latido cardíaco como un tambor primitivo bajo la piel. Sus dedos morenos se enredaron en el pelo oscuro, una textura áspera y familiar que lo anclaba a la realidad.

—Te amo —confesó, su voz un hilo de aire casi inaudible.

La respuesta de Guillermo fue un murmullo grave, una vibración que sintió en todo el cuerpo:—Yo también.

—¿Sí?

La pregunta de Oliver flotó, frágil. Guillermo frunció el ceño, una arruga de confusión en la oscuridad.

—Sabes que sí.

Oliver levantó la cara, y sus rizos oscuros, rozaron la barbilla de Guillermo, una caricia casi dolorosa. Lo besó. Primero fue un roce, un mero contacto de labios exploratorios. Luego, el beso se ahondó, se volvió hambre, urgencia.

Guillermo respondió como una marea: tomando el control, girándolo con una fuerza que siempre bordeaba la posesión, presionándolo contra el colchón hasta que Oliver pudo sentir la firmeza de cada músculo de su espalda.

Pero esta vez, Oliver no se rindió. Se arqueó como un felino, empujó con una fuerza desproporcionada y con una torpeza calculada, invirtió sus posiciones. Quedó sobre Guillermo, las rodillas a ambos lados de su cintura, y desde esa altura, lo miró. La sonrisa traviesa que jugaba en sus labios era su arma más letal; Guillermo sintió cómo algo se derretía en su pecho, algo que no era músculo ni hueso.

—Hoy no —dijo Oliver, su voz ahora baja, cargada de una autoridad nueva—. Hoy yo.

Y Guillermo cedió. Siempre cedía.

Las manos de Oliver, finas y morenas, comenzaron un viaje ritual sobre el lienzo de la piel de Guillermo. No era solo tocar; era redescubrir. Pasó por los pectorales firmes, sintiendo el vello áspero bajo sus palmas, bajó por los abdominales marcados, un mapa de disciplina. Sus dedos encontraron la cicatriz en la sien, un relieve que su boca conocía de memoria, y la pequeña marca en el hombro izquierdo, un misterio sin resolver que Guillermo nunca compartía. Lo conocía, sí, como solo alguien que ama con devoción puede conocer a otro. Su beso se hizo más profundo, y su cuerpo siguió el impulso.

Se deslizó hacia abajo, dejando un rastro de saliva tibia en el pecho velludo, sintiendo cómo los pelos se erizaban a su paso. La mano de Oliver rodeó la erección de Guillermo, ya dura y pesada. No comenzó a moverse de inmediato. Primero, simplemente la sostuvo, sintiendo el pulso violento en su palma, el calor casi abrasador. Luego, con una lentitud tortuosa, deslizó el pulpejo por la vena gruesa que recorría, recogiendo la gota de presemen que brillaba en la punta.

Guillermo exhaló un gemido ronco, un sonido que salía desde lo más profundo de su diafragma. Oliver sonrió contra su piel y continuó su descenso. La boca de Oliver, húmeda y cálida, se cerró sobre la cabeza de la erección. No la tomó de inmediato. Primero, la rodeó con su lengua, saboreando la salinidad, la textura de la piel. Luego, la deslizó dentro, poco a poco, sintiendo cómo se llenaba, cómo el glande rozaba el paladar.

Guillermo se arqueó, sus manos encontrando los rizos de Oliver, no para guiarlo, sino para aferrarse a la realidad. Oliver trabajó con un ritmo hipnótico, alternando la succión profunda con movimientos de la mano que apretaban la base. Cada vez que sentía que Guillermo estaba a punto de ceder, se detenía, esperando un instante para reanudar el asedio, llevándolo al borde una y otra vez hasta que el cuerpo de Guillermo era un arco de tensión pura.

Cuando supo que no podría aguantar más, se deslizó hacia arriba y lo besó, permitiendo que Guillermo se probara a sí mismo en su boca, un acto íntimo y salvaje que los unió aún más. Con una agilidad que sorprendía siempre, Oliver se posicionó sobre él.

Tomó la erección de Guillermo, la guio hacia su propia entrada, y comenzó a descender. El primer contacto fue una sacudida eléctrica. El paso inicial, una quemazura placentera que se convirtió en una plenitud abrumadora. Ambos soltaron un gemido al sentirse unir completamente, una fusión de calor y presión. Oliver comenzó a moverse, no con la urgencia de antes, sino con una cadencia lenta, profunda. Cada embestida era un viaje completo, una búsqueda deliberada de ese punto dentro de él que hacía que se le nublaran los ojos.

Guillermo, debajo de él, era una estatua de tensión y placer. Sus manos, que antes buscaban el control, ahora se aferraban a las caderas de Oliver, no para dirigir, sino para sentir, para ser parte de ese movimiento.

El cuarto se llenó de los sonidos de su amor: el roce de la piel sudada, el jadeo de Oliver, los susurros de Guillermo, el golpeteo rítmico del colchón.

Oliver se inclinó hacia adelante, cambiando el ángulo, y Guillermo gritó al sentir que Oliver lo golpeaba en ese punto perfecto, una explosión de placer que recorrió toda su espina dorsal. Con una mano, Oliver comenzó a masturbarse, sus movimientos sincronizados con los de sus caderas.

—Juntos —susurró Oliver, su voz rota por el placer—. Quiero sentirte dentro de mí cuando llegue.

Esas palabras fueron el catalizador. Con un movimiento final profundo, casi brutal, ambos llegaron al clímax. Guillermo se liberó dentro de Oliver con un torrente de calor, y casi al mismo tiempo, Oliver se derramó sobre el pecho velludo de Guillermo, sus cuerpos temblando en una convulsión compartida. Oliver se desplomó sobre él, un peso delgado y bienvenido. Permanecieron así, en silencio, escuchando cómo sus corazones recuperaban un ritmo normal. La respiración de Guillermo se calmó, y en ese momento de absoluta vulnerabilidad, Oliver se levantó un poco, apoyando los labios en el oído de su marido, y susurró las palabras que cambiarían todo: —Quiero adoptar.

Guillermo abrió los ojos de golpe. Oliver seguía moviéndose, pero su mirada era seria ahora, vulnerable.

—¿Qué?

—Un bebe, Guille. Quiero que adoptemos una bebe.

—Oliver, esto no es...

—¿El momento? —Oliver se detuvo, sus manos apoyadas sobre el pecho de Guillermo—. Llevamos dos años casados. Tenemos una casa, buenos vecinos. Trabajos estables. Nos amamos.

—No es tan simple.

—Ya sé. Pero quiero intentarlo.

Guillermo se incorporó, obligando a Oliver a sentarse sobre sus caderas, aún dentro suyo pero con la erección ya casi desvanecida. Lo miró fijamente, buscando algún indicio de broma, de esa ligereza con la que Oliver a veces decía las cosas. Pero solo encontró determinación.

—Es... —Guillermo tragó saliva—. Es un compromiso enorme.

—Ya sé.

—Cambiaría todo.

—Eso es obvio pero. ¿Qué queres? ¿Seguir haciendo orgías con pendejitos de 20 como Carlos y Ricky? ¿O vivir siendo un cornudo como lo son Arturo y Joshue?

Guillermo hizo una pausa, su pene se volvió flácido.—¿Desde cuándo lo pensas?

Oliver se mordió el labio inferior, ese gesto que hacía cuando estaba nervioso.

—Meses. Desde que atendí a ese chico en el CAPS. El que estaba en un hogar. Tenía nueve años y Nadie... Nadie lo quería, Guille. Nadie. Y hoy con lo del bebe. . .

La voz se le quebró al final y Guillermo sintió algo moverse en su pecho. Algo peligroso y aterrador.

—No sé si puedo —admitió con una honestidad que le costó arrancar.

—¿Por qué?

—Porque soy... —Guillermo buscó las palabras—. Mira este lugar. Todo tiene que estar en orden. Tengo rutinas. Necesito control. Un niño es... Caos.

Oliver sonrió entonces, ese tipo de sonrisa triste que partía el corazón.

—Los niños necesitan padres, no perfección. Y vos tendrías que aprender a soltar un poco.

—No es mi fuerte.

—Ya sé —Oliver le acarició la mejilla con el pulgar—. Pero podrías aprender. Conmigo.

El silencio se extendió entre ellos. Guillermo podía sentir el peso de la decisión, de lo que significaría decir que sí. De cómo su vida ordenada, predecible, se haría pedazos.

Pero también podía ver la esperanza en los ojos de Oliver. Y después de dos años, había aprendido algo: que a veces el caos más hermoso era el que Oliver traía a su vida.

—Necesito pensarlo —dijo finalmente.

—¿Sí?

—Sí. Pero... no digo que no.

Oliver se inclinó y lo besó, dulce y lento, y Guillermo lo abrazó con fuerza, sintiéndolo temblar contra su cuerpo.

—Te amo —murmuró Oliver contra sus labios.

—Yo también —respondió Guillermo, y esta vez sonó como una promesa.

Esa noche, con Oliver dormido sobre su pecho y los rizos haciéndole cosquillas en la barbilla, Guillermo permaneció despierto, mirando el techo. Su mente de contador ya estaba calculando: espacios, presupuestos, modificaciones a la casa.

Tal vez, solo tal vez, podría hacer que funcionara.

Por ellos. Por Oliver.


Y quién sabe, quizás por ese niño o niña que todavía no conocían pero que ya estaba empezando a cambiar sus vidas.