🌹🗡Prólogo🗡🌹
En la gran casa de los Forden, reunidos en la mesa del comedor, se encontraban todos los mayores del clan Forden, una prominente familia de Heraldo, orgullosa de su linaje y de sus logros, protectora de los suyos y de su territorio. Siempre se reunían una vez por mes para notificar al patriarca de la familia sus méritos y futuras misiones, mientras disfrutaban de una agradable comida de convivencia y reunión familiar.
Sin embargo, ese día el ambiente era pesado y tenso; todos los mayores se encontraban con la cabeza gacha, avergonzados por alguna razón, mientras el patriarca los miraba a cada uno con el ceño fruncido.
—Familia, tenemos un problema —musitó en tono ronco y muy serio. Eso hacía que a sus hijos se les pusiera la piel de gallina. —Como habrán escuchado, los Rohan acaban de formar una alianza con los Arteaga y los Seymour.
Un silencio casi palpable inundó toda la habitación. Ninguno se atrevió a hablar, pues ya sabían lo que eso significaba. Desde que se fundó la ciudad, los Valentine y Forden habían sostenido un frágil equilibrio en Heraldo, todo por el bien de sus habitantes. Sin embargo, la rivalidad entre estos fue creciendo hasta el punto de matarse unos a otros.
El gobierno tuvo que intervenir, aceptando la autonomía de la ciudad mediante un tratado. Mientras los clanes mantuvieran el orden dentro de la ciudad, el Estado no intervendría en sus asuntos. Los Valentine y Forden lo aceptaron, pero los demás clanes nunca estuvieron conformes con ese acuerdo; se mantuvieron a raya porque carecían de poder… hasta ahora.
—Pero nosotros tenemos a los mejores soldados —Yara, la hija mayor de la familia, se sentía orgullosa de sus raíces y era la que más odiaba a esos clanes que no tenían respeto por lo que era justo y equitativo.
—Aun si utilizáramos a todos nuestros chicos, seríamos derrotados por número. Ellos son cinco veces más que nosotros. Si su grupo fuera más reducido, estaría seguro que podemos con ellos, pero cuentan con mucha gente y también tienen contacto con entidades de dudosa procedencia, y no sabemos qué clase de cosas han estado preparando en este tiempo —continuó el anciano.
—¿Entonces solo nos quedaremos a esperar a que nuestro clan desaparezca? —dijo Dan, el hijo menor. —Somos una de las familias fundadoras de Heraldo, no deberíamos caer ante semejantes ratas.
—Lo sé, y no somos los únicos en peligro; el clan Valentine también enfrenta la misma situación o peor —murmuró Albert.
Aunque las relaciones entre el clan Valentine y el clan Forden no eran ni malas ni buenas; cada una se había mantenido al margen de la otra, pero ahora se necesitaban.
—Debido a ello, el clan Valentine me ha enviado una solución —se lamentó.
—¿De qué se trata? —preguntó Roxana, la quinta hija.
Albert sabía una cosa: el clan Rohan solo tenía una meta, derrocar a los dos clanes principales y ser el amo y señor de Heraldo. Ahora que contaban con el apoyo de Seymour y Arteaga, representaban una espina en el ojo para los Forden y los Valentine. ¿Qué más podían hacer, si no era formar una alianza?
—Julius Valentine ha enviado una propuesta de matrimonio —anunció Albert.
Los nueve hijos de Albert Forden se quedaron en silencio. La tensión se sentía en el ambiente, tan pesada que parecía oprimir sus hombros. Ninguno de los hijos de Albert tenía valor para mirarlo a la cara.
Como cabeza de familia, debía tomar una decisión: casar a uno de sus nietos con la hija de los Valentine. Pero había un problema: sus nietos mayores tenían más de treinta años y ya se encontraban casados; sus nietos menores aún no cumplían la mayoría de edad, y su hijo menor se acababa de casar.
—¿Ma... matrimonio? —tartamudeó su segundo hijo. —¿No puede ser una alianza de negocios o un tratado?.
—Esos tratados se pueden romper —dijo Albert—. Estoy de acuerdo en que un matrimonio es la mejor opción. Sin importar qué, cualquiera estaría dispuesto a proteger a su familia; esa es la alianza más fuerte que se puede hacer.
—Aun así —replicó Jordan, el séptimo hijo—, Justin, que es el mayor de los menores, aún no cumple ni los quince años; no podemos simplemente casarlo, aún es un niño.
—¿Y crees que no lo sé? ¿Por qué crees que los llamé para una reunión? —expresó exasperado.
—Padre —llamó Austin, su noveno hijo—, creo que no ha incluido al hijo de mi hermano. —Justin era el hermano gemelo de Austin que había fallecido hace varios años—. Él ya es mayor de edad.
—¿Hablas del hijo bastardo de Justin? —exclamó Clara, la cuarta hija, con desdén—. No he visto a ese chiquillo desde que lo encontraron casi moribundo y lo trajeron aquí.
Albert se quedó pensativo. Su hijo Justin había tenido un amorío justo antes de casarse y el día de la boda desertó para buscar a su amante.
Luego, por varios años no supieron nada de él hasta que apareció su hijo, un chico esquelético de cabello tan negro como la noche y de unos ojos de un rosa pálido diferentes a los de cualquier Forden. Venía con una carta de su hijo que había fallecido, donde le pedía que lo protegieran. Si el chico no tuviera esos ojos, hubiera creído que no era de su sangre, pues no se parecía en nada a Justin; pero los ojos rosa eran característicos de los Forden.
En ese tiempo estaba tan molesto con su hijo, que solo se escapó para morir, que mandó a ese chiquillo con Rufus, uno de sus subordinados; en ese entonces el niño solo tenía cinco años.
—¿Hermano, de verdad estás proponiendo a ese mocoso como el futuro de la familia? ¿Acaso nos quieres muertos a todos? Ese mocoso está loco.
—Dan, explícate —pidió Albert.
—Padre, ¿Acaso no lo ha escuchado ya? ¿Todos los rumores sobre ese chico? —exclamó con seriedad. —Es un loco de la sangre, tan agresivo y endemoniadamente aterrador. Todos dicen que parece un monstruo; en la ciudad todos le tienen miedo, ha causado más problemas que cualquier otro de los Rohan o Arteaga. Dudo mucho que alguien quiera casarse con esa cosa.
El hombre dejó escapar un suspiro cansado. Ciertamente había escuchado sobre los rumores del chiquillo: era una bestia sangrienta que mataba a la menor provocación. Su lema familiar era “siempre proteger a los suyos”, pero su clan también era conocido por impartir justicia y respetar la ley de Heraldo, por supuesto; era una medida para pasar desapercibidos ante otras naciones y este niño no tomaba eso en cuenta.
Había intentado mantenerlo a raya cuando supo de sus grandiosas habilidades, no obstante, el chiquillo era un rebelde. Era la peor opción para mandar a los Valentine, pero no tenían otra opción; era el único de todos los nietos que tenía diecinueve años y era apto para casarse.
—No tenemos otra opción —concluyó el anciano—. O lo intentamos o nos resignamos a que nuestro clan sea destruido.
Nadie se opuso.
—Padre —llamó Enrico, su tercer hijo—, ¿Por qué no hace un trato con él? Ese niño debe querer algo y, si se lo ofrece, aceptará. —De sus nueve hijos, Enrico era el más audaz y analítico—. A los perros rabiosos solo hay que ponerles una correa para mantenerlos controlados, ¿no cree?.
—Llámalo —decidió al fin—. Vamos a ver qué es lo que desea ese niño.









Super interesante. La historia empieza ya con ese toque problemático que promete drama. me gusta. Además me hace súper gracia que haya un Enrico. 😉