Mi Lucero del Alba

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Summary

¿Puede un amor irracional desafiar incluso a las estrellas? En las noches más oscuras, un hombre sube a la montaña que una vez compartió con su esposa, Alba. Allí, bajo la fría luz del lucero del alba, dialoga con el cielo: un monólogo de añoranza, contradicciones y admiración por la fuerza caótica que lo consume. Ella es la estrella matutina, la luna que danza entre constelaciones, la luz que ilumina su existencia efímera. Él es un espectador atrapado en un ciclo infinito de espera, preguntándose si alguna vez podrá tomar su mano y bailar un vals bajo el mismo cielo que los separó. Entre rituales nocturnos y preguntas sin respuesta, esta historia explora el amor que trasciende la muerte, la belleza de lo inalcanzable y el terror de lo desconocido. ¿Hasta dónde llega la devoción de un corazón que prefiere admirar desde la distancia antes que poseer? "Vivimos para ser el recuerdo de alguien amado". Una tragedia celestial donde el tiempo, las estrellas y un susurro al viento son los únicos testigos.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Mi Lucero del Alba

No es nada importante. Solo un monólogo.

No es un relato que me agrade susurrar en medio de esta oscura desolación.

Siento mi pesar y mi forma de mirarme luego de un calvario y ajetreado día, pero hay algo que me calma. Algo que vale la pena escalar una montaña con estas piernas maltratadas por los años. Y ese algo eres tú, mi queridísima alba. Por ti, hablo de nuevo conmigo mismo en esta noche recurrente de mi vida. Claro, mi longeva existencia.

Me encuentro bañado por la luz crepuscular de tu eminencia, que se posa tiernamente sobre mí. Este es nuestro ritual: una ceremonia entre dos amantes separados por lo físico, un vínculo de distancia, deseo y admiración. Así soy yo, con mi lucero. Ella, siempre lejana; yo, siempre contemplándola.

Y me pregunto: ¿Será mi mirada la que la espanta? Una mirada tan atenta y sincera, acompañada de ojos vidriosos que añoran el ocaso. Un ocaso que alarga mis días vacíos, ausentes de ella.

Lo siento dentro de mí. ¡Oh, juro que la vida me pesa! Cuando mi alma se inunda de amargura al no ser bañada por su fulgor argénteo. Es algo indescriptible, una locura aceptada, un ritual que mantendré durante el breve lapso que me reste.

Vivir esta existencia fugaz. Una vida que, comparada con el tiempo que tú, mi querida lucero, has estado solitariamente suspendida allá arriba, no es más que un grano de arena en un desierto infinito.

¡Oh, Dios mío! Grito al cielo.

¡Oh, mi Dios! Expreso con voz desgarrada mientras observo el cielo nocturno.

Lo que daría por que ella supiera con qué incredulidad la venero cada noche. Que entendiera que, a pesar de los años de distancia, aquella duda inicial se ha convertido en admiración pura. Como ruego cada noche por poder decirle, por que veas la paz que me invade cuando, recostado en el frío suelo de esta montaña, atestiguo tu danza en el escenario habitual. Un escenario distante, pero nunca ignorado.

¿Quién diría que esa figura en el telón oscuro sería la protagonista de mi función nocturna favorita? La estrella aclamada por todos, la dama a quien el tiempo parece obedecer. Se detiene para aplaudir su movimiento, reteniendo cada segundo hasta que ella cesa su baile. Y así es: juro por mi nombre que el tiempo la sirve hasta que ella decide detenerse. Cuando lo hace, la angustia me ahoga, y el tiempo retoma su fluir, como un río que se desborda en caudal.

¡Oh, pero no importa cómo la mire! Es bellísima y cautivadora. Pero también, para mi desdicha, incomprensible. Un caos de la naturaleza.

Déjenme explicarles -me susurro-. Para que ustedes, oyentes y estrellas, entiendan.

Hay semanas enteras en las que parece existir solo para mí. No desaparece de mi vista, me entrega nuestro encuentro cotidiano, me inunda con su luz acostumbrada. Y, en mi extraña melancolía, me siento importante. Como si existiera para ella, como si esta vida abrumadora tuviera un propósito. Como si existiera por ella.

Ah, pero sé que esto no es eterno. No he perdido la razón, y por eso sé que ella ya no está para mí.

Como en un ritual, aparece para nuestra función. Y con su elegancia habitual, se esfuma sin rastro, sin palabras, sin permitirme volver a admirar su dulce actuar.

Oh, mi Dios, sé que soy ingenuo. ¿Acaso esperaba una respuesta a mi llamado? Sí, lo admito. No miento: soy un ingenuo. Vivo con la esperanza de que algún día me escuche y responda. De que, en ese día fatídico en que desaparezca para los demás, venga a buscarme. Que durante su ausencia del cielo, se acerque a mi ventana y me ofrezca una función privada. ¿Soy un necio por anhelar exclusividad en una fuerza tan indómita? Sí, y lo asumo. Pero no hay amor más verdadero que el irracional.

Mi amor por ella no es posesivo. No quiero encerrarla ni dominarla. Eso le robaría su encanto, su brillo, su esencia caótica que admiro cada noche. Su danza libre entre las estrellas.

Oh, otra contradicción mía, digna del hipócrita más ruin. Digo no querer encerrarla, pero al verla bailar en compañía de las estrellas, la envidia me corroe. ¿Por qué ellas pueden tocarla y yo no? ¿Por qué debo conformarme con ser un espectador leal, jamás un compañero? ¿Por qué ellas nacieron bendecidas por su calor? Son preguntas sin respuesta, porque en mi incomodidad habita un abismo de terror. Terror a lo desconocido, a lo incontrolable.

Y entonces, en el cenit de la noche penumbrosa, cuando la oscuridad abraza mis pensamientos más íntimos, ella irrumpe. Brilla de nuevo, sin aviso, como siempre. Vuelve con su resplandor habitual a iluminar la negrura. A devolverme la mirada vidriosa cada vez que contemplo su elegante danza solitaria.

Y así, en mi ciclo infinito, me pregunto: ¿Alguna vez tendré el honor de tomar tu mano y bailar un vals bajo tu fulgor, como en aquellos días?

Oh, mi querida dama, otro callejón sin salida. Pero esta vez albergo esperanza, mi brillante luna. Porque de ti he aprendido algo: no te importa cuánto debas ausentarte, y a mí no me importa cuánto deba esperar para verte de nuevo.

Este es nuestro destino trágico. Y como al inicio de este monólogo, imploro a Dios que haga eco de mi voz para que sepas cómo te veo. Pero ni siquiera eso bastaría para que entendieras tu lugar en mi vida. Mi luz, mi guía, mi lucero del alba... Serás eternamente el recuerdo que ilumina lo que me queda de esta vida transitoria y lacerante sin ti. En este cerro donde nos conocimos. Me despido cerrando los ojos, sin saber si mi deseo se cumplirá: una segunda oportunidad para danzar nuestro vals eterno, entrelazando dedos. A lo lejos, con los ojos cerrados, vislumbro el brillo de tu sonrisa mientras extiendes tu mano invitándome a un beso. Y juro escuchar al viento imitar tu voz.

“Vivimos para ser el recuerdo de alguien amado”.

Escucho tu frase mientras abro los ojos y regreso a mi vida fugaz. Mi luna querida, que marcó mi existencia con esas palabras antes de despedirnos para siempre. Antes de que soltaras mi mano y nunca más la tomaras.

Y de nuevo, como todas las noches, me hallo en monólogo, llorando y susurrando al cielo cuánto te extraño. Mi esposa Alba.

Oh, Dios... Solo Él sabrá cuánto duele tu partida.