La Inocencia Que Se Tiño De Rojo
«Nací con el demonio como mi patrón a un lado de la cama cuando vine al mundo y ha estado conmigo desde entonces»
Dr. Henry Howard Holmes
La infancia…
¿Qué es la infancia?
La primera etapa de la vida. Comprende desde el nacimiento hasta la adolescencia. Quizás el mejor periodo de la vida de un ser humano. El periodo de mayor felicidad en el cual es protegido y amado, rebosando de inocencia y de una verdadera pureza del alma.
Pero, ¿acaso en un infante no hay rastro de maldad?
No, claro que no. Eso es lo que responderá la mayoría.
Oh, craso error…
Risas por doquier, el sol brillante, un espléndido día de verano. Perfecto para una tarde de juegos y así es como lo pasan los niños en un parque. Excepto uno. Un pequeño paria apartado del resto, dueño de una mirada aburrida, carente de emoción. Él solo observa su entorno. Toda su vida desde que recuerda ha sido así, solo, aunque tiene a ambos padres, son los peores padres y él es listo, demasiado listo.
Él sabe que no es normal. Hay algo muy oscuro dentro de sí.
Los demás niños le temen, no lo comprenden. Los adultos lo aburren.
Así que, lo mejor que puede hacer es leer tranquilamente bajo la sombra de un árbol. Después de todo nadie es interesante. Conoce a todos los niños o eso creía. Hay alguien nuevo. Su vista se fija en ese pequeño ser brillante, lleno de energía que sonríe de forma sin igual, es como si el sol se reflejara en él brindándole alegría a los demás. Es pequeño, quizás el niño más pequeño, sin embargo, todos lo siguen. Un líder nato. Atrapa miradas y, sobre todo, es alguien nuevo.
Se pasa los minutos viéndolo. Analizando cada gesto, cada explosión de energía. Por primera vez es sorprendido. El pequeño se le ha acercado.
—Hola — su sonrisa parece sincera, aunque lo que más impacta son sus ojos — lo he notado, me has estado observando — señala — ¿quieres jugar?
—Paso — responde tranquilo, sin dejar de ver esos ojos de un azul tan único — además… ¿tus padres no te han enseñado a no hablar con desconocidos? Pequeño chibi — sonríe burlón.
Frunce su ceño.
—No soy un chibi, soy Chuuya — se cruza de brazos — y tú también eres un chibi, tonto. Ambos somos niños.
—Soy Osamu — se levanta — y soy más grande que tú.
—¿Hah? Estoy en crecimiento, solo tengo siete años…
—Yo también tengo siete — sonríe y le saca la lengua.
—Tonto — murmura.
—Me agradas — le coloca un mechón rojizo detrás de la oreja — eres alguien fascinante.
—No digas esas cosas — se ruboriza — solo ven a jugar…
—Con una condición.
—¿Eh? ¿Cuál?
—Que solo seas tú.
Frunce el ceño pensándolo mientras hace un puchero.
—Bueno, está bien — sonríe y levanta su pulgar — vamos — toma su mano y lo jala para salir corriendo.
Sonríe, por primera vez, de forma sincera.
Un niño que nunca antes había tenido sentimientos. Un pequeño sumido en la oscuridad sintió un poco de empatía, fascinación. Por fin la vida le había mostrado un poco de luz que anidó en su cuerpo. Una luz que lo fascinaría hasta lo inimaginable, que jamás lo abandonaría.
Juegan en su propio mundo, ignorando a los demás.
Atrayéndose mutuamente como imanes. Se toman de las manos disfrutando del calor que los invade. Se sienten propios, como uno solo. Forman un lazo invisible que con el tiempo puede que se enrede, se tense, pero no se romperá.
—Osamu — están balanceándose con suavidad en los columpios sin soltar sus manos — ¿mañana volverás?
—Por supuesto — el castaño observa como el resplandor del atardecer le brinda una belleza etérea a Chuuya — lo prometo.
—Entonces, yo también — sonríe.
Ambos se levantan. Chuuya divisa a su madre que lo saluda a distancia con una sonrisa.
—Debo irme — juega nervioso con su ropa — mi mamá ya me está llamando.
—Entiendo — acomoda un suave mechón rojizo detrás de la oreja — nos veremos mañana.
—Sí — se acerca y le besa suavemente en la comisura de sus labios. Un gesto lleno de inocencia que se graba en sus pieles.
Osamu observa como parte su nuevo y único amigo. Ya está oscureciendo. Todos los demás niños se están marchando con sus padres mientras él permanece solo.
Las constantes de su vida: el frío, la soledad y la oscuridad.
Regresa a su hogar, aunque está seguro que no se le puede llamar así. No cuando sus padres no son precisamente como los demás. Ellos esconden oscuros secretos, él lo sabe, aunque no dice nada ni pregunta. Es lo mejor. Su madre no tolera verlo a los ojos y su padre simplemente pasa de él.
Toda acción genera una reacción. Esas mentes contaminadas solo necesitan un leve empujón que lo detone todo.
¿Qué es la humanidad?
¿Qué es la maldad?
Una no puede coexistir sin la otra. Para que el bien exista el mal debe estar presente y el ser humano es un individuo lleno de maldad, de egoísmo, de la más profunda oscuridad.
El silencio reina su hogar. En la oscuridad de su cuarto analiza los acontecimientos de la tarde y sonríe inconscientemente al recordar a Chuuya. Una paz momentánea. Ya quiere que amanezca para volver a verlo, pero los planes no siempre resultan.
Sus padres abren la puerta de la habitación y extrañado los observa. No demuestra el miedo que lo invade, sabe que eso podría ser un grave error. Mantiene la máscara de indiferencia.
—Ya te lo digo — su madre lo observa con desprecio — él puede ser un excelente sujeto de pruebas…
—Es nuestro hijo — por un instante la mirada de su padre refleja duda — podemos conseguir otro.
—Ese niño no es normal — ella se acerca y lo toma del brazo con fuerza — ¿ves? ni se inmuta. No habrá nadie mejor.
Él sabe que si demuestra el dolor ella solo continuará. Es más fácil que se aburra si lo hace aburrido.
Su padre es igual.
Ambos fingen bondad pero todo es mentira. Son tan repugnantes. Ellos son unos monstruos que engendraron a uno peor.
—¿Y qué se supone que diremos cuando pregunten por él?
—Que necesitaba tratamiento especializado, así que lo mejor fue internarlo en una clínica…
Por fin lo suelta. Una marca de delgados dedos adorna la piel de su brazo.
No lo vuelven a ver. Él sabe que si no los detiene no habrá marcha atrás.
Quizás fue el instinto de supervivencia.
Quizás el anhelo de la luz.
Ellos se van de su habitación. Su conversación se hace difusa a medida que se alejan. Observa una vez más la luna, las estrellas. Toda acción genera una reacción. Ellos lo saben y no debieron olvidarlo. Ese fue su error, esa fue su perdición.
Baja de su cama con pasos silenciosos.
Nadie se percata. Conoce bien su camino. La oscuridad y el silencio, sus amigos.
Ha memorizado los hábitos de sus padres. Ellos se han ido a dormir, así que, no faltará mucho para que estén en lo más profundo de la fase de sueño.
¿Quién será el primero? He ahí la cuestión.
Ha llegado a su destino. Observa su entorno buscando un objeto común, pero letal. Algo que no sea llamativo, que nadie se dé cuenta. Cubre los espacios vacíos. No te precipites, Osamu, todo termina hoy.
Busca en el primer cajón. Ahí está. Limpio, ligero y brillante.
El único que no pertenece a un juego.
—Ellos lo merecen — susurra.
Regresa por el mismo camino por el que llegó, sin hacer ruido, todo en silencio. No siente nervios, ni duda. No siente nada.
Nunca siente nada. Solo vacío. Solo soledad.
Hasta hoy.
Chuuya le dio una emoción. Le sacó del pozo de desolación.
Unos pasos más. Solo la puerta cerrada se interpone.
Los minutos pasan. Como un centinela observa fijamente la puerta, no hay ruido tras ella. Avanza. Está cerrada.
Un nuevo reto.
Comienza a trabajar con la cerradura en silencio hasta que un suave clic le indica que el trabajo está hecho. De nuevo una pausa y respiraciones acompasadas, tranquilas, como si sus manos no estuviesen manchadas.
Uno, dos, tres…
Cuatro, cinco, seis…
Aún no está lo suficientemente cerca.
Siete, ocho, nueve…. Diez.
No sonríe. No teme. No duda.
Sujeta con firmeza el cuchillo. No es pequeño, pero tampoco grande. Un tamaño perfecto para las manos de un niño.
La carne de la garganta es más blanda de lo que pensó. No tiene suficiente fuerza para cercenarla por completo, aunque es suficiente. El líquido rojo mana a borbotones.
Una última mirada con el temor plasmada en ella.
Lleva su dedo índice de la mano libre a sus labios, un gesto indicativo de silencio. Aunque si el hombre quisiera hablar no podría, no cuando han cortado su cuello. La vida se le va en segundos.
La bella mujer de corazón de hielo reconoce el olor a óxido y se remueve, buscando a tientas el interruptor de luz, pero antes de que llegue a él, el ardor recorre su brazo. Una herida, duele, pero no es mortal.
Acuna su brazo cerca de su pecho. No sabe que está pasando. Intenta despertar a su esposo, pero solo siente una humedad pegajosa.
Antes del final, lo observa.
Ojos vacíos sin emociones. Movimientos precisos.
Con toda la fuerza que tiene le clava el cuchillo en su garganta y lo retira. Ella intenta gritar, pero solo logra una tos con estertores, se está ahogando con su propia sangre.
—Tenías razón. No soy normal — le susurra — no me mires así, eres mi madre…
Le clava el cuchillo en su ojo izquierdo, un espasmo de dolor convulsiona el cuerpo y sigue con el otro ojo.
—Solo soy el monstruo que ustedes crearon…
Gritos.
Siempre es lo mismo.
Gritos y llanto.
Su padre siendo violento. Su madre intentado sonreír para tranquilizarlo, susurrándole suaves palabras de aliento, de como su pequeño príncipe debe sonreír para que mamá sea feliz.
Esta vez es distinto. Algo dentro de sí lo dice. Algo le grita que actúe, que la ayude.
“No puedo. Solo soy un niño” le responde a esa bestia llena de ira que clama venganza en lo profundo de su mente, que alienta el horror, que anhela sangre y destrucción.
Su padre alguna vez fue bueno, sonreía y jugaba con él. Ahora solo huele a alcohol, grita y golpea a su madre. Ella siempre se interpone para que no lo dañe a él. Su madre es hermosa, todos lo dicen, casi tan hermosa como la tía Kouyou, aunque más frágil. Ella sonríe, aún cuando en su rostro permanece el rastro de la ira desmedida, del desprecio.
Ella lo sabe. Su olor grita peligro. Le ocultó en un pequeño mueble mientras le decía “no salgas, bebé”.
Él no puede verlo, pero Chuuya lo ve todo. Lo escucha.
Escucha los insultos dirigidos a su madre. Su padre la culpa porque él es un omega, pero no es malo ser omega. Su mamá es omega y es muy linda. Además, tía Kouyou es alfa y siempre dice que su mamá es una gran mujer omega.
Al ver la sangre se decide a ayudar, saliendo de su escondite y empujando a su padre. De dónde sacó la fuerza para mover al alfa, no lo sabe.
—Mami… mami — está llorando — vámonos, por favor. Tía Kouyou puede ayudar…
—Chuuya… te dije que no salieras — su voz apenas audible, le acaricia el rostro — siempre sonríe. Bebé, vete…
—No, no te dejaré — frunce el ceño, sus ojos azules brillan llenos de determinación — no te dejaré…
—Ella te ayudará… déjame — jadea, su rostro está desfigurado por los golpes.
Antes de que pueda responder, su padre lo toma del cabello con fuerza apartándolo. Se golpea contra la pared.
—Quédate quieto, omega asqueroso y observa lo que le pasa a tu madre por puta… — un comando, una orden de la que no puede huir.
Era un niño, un inocente, su hijo….
Sus ojos azules clavados en ellos, en sus padres, los que deben protegerlo y darle amor. Y ahora su padre está matando a golpes a su madre. Quiere ayudar, desea poder detenerlo. No quiere quedarse sin su madre. Ella es buena, ella lo ama.
Llora en silencio, no se mueve de su lugar. Cuando su padre se agota simplemente se aparta del lugar y se va a dormir.
Parpadea un par de veces y se acerca gateando. Su madre apenas y respira.
—Mamá, no me dejes — musita — por favor, no me dejes, te amo…
—Yo también te amo — murmura, antes de comenzar a toser sangre.
—Perdóname, yo quería ayudar — se recuesta a su lado, quedando su rostro a la altura de su madre.
Ahogando un gemido de dolor, ella gira su rostro para observarlo.
—Te amo. No es tu culpa…
Una última sonrisa, un último aliento.
Una noche lo cambió todo. Corrompiendo y contaminando. La tristeza corrompe un alma pura. La marca de por vida. La ira se arrastra hasta las entrañas más profundas, arraigándose, echando raíces para desatar el infierno.
Chuuya durmió toda la noche al lado de su madre muerta. No importó el frío de la noche ni como su cuerpo perdía la calidez. Él solo no quería abandonarla, no podía.
—No te la lleves — jadea, intentando detenerlo tomándole de su pantalón.
¿Qué obtuvo? Una patada para alejarlo.
El dolor no le impide seguirlo. Se levanta y corre tras él.
—Si estás tan empeñado en venir, pequeño omega inútil, no veo por qué oponerme — sonríe con malicia.
Mete el cuerpo de la omega en una bolsa negra. Afortunadamente, es bastante pequeña y de contextura delgada. La echa en el maletero del auto, junto con un par de palas y otra botella de licor.
Suben al auto, conduciendo sin detenerse hasta llegar a una zona boscosa. Adentrándose lo más profundo que pueden, bajan del auto y le entrega a Chuuya una de las palas.
—Ya que te empeñaste en venir, servirás de algo — destapa la botella de licor — comienza a cavar y no pares, aunque te sangren las manos…
Osamu, por otro lado, observó paciente hasta que sus padres morían desangrados entre espasmos de dolor, ahogándose con su propia sangre. La noche era larga y él no tenía prisa.
La mañana llegó. Para uno con un empujón, con un par de golpes y palabras hirientes, mientras observaba al monstruo llevarse el cuerpo inerte de su madre, jurándose a sí mismo un día vengarse. Un día haría lo que no pudo hacer la noche anterior.
En la otra casa, Osamu esperó pacientemente la mañana. Ahora que el sol se alzaba en el cielo. Medita que hacer con ese par de cadáveres que alguna vez fueron su familia. Los observa un poco más. Tanto que no se percata que alguien más ha llegado a su casa, una visita inesperada. El problema radica en que nunca nadie los visita. Solo una persona y es, prácticamente, porque sus padres lo invitan a cenas lujosas y ese es su jefe, Ougai Mori.
El silencio es sospechoso para el médico. Sus colaboradores son de hábitos fijos, nunca llegan tarde, nunca faltan, menos aún cuando le llevarán mercancía. En el momento en que no llegaron a primera hora, antes siquiera del amanecer, supo que algo no andaba bien.
Así que, sin retrasar más el asunto fue directamente al hogar de ellos. Su auto estacionado en el lugar, todo en silencio. Una vez frente a la puerta principal, la abre. Parece como si no hubiese nadie. El primer lugar al que se dirige es a la habitación del pequeño hijo de los Dazai. Según informes un pequeño genio. Nada, una habitación vacía.
Con pasos firmes, va a la habitación principal. Su instinto nunca falla. Sabe que este es solo el telón para lo aberrante. Empuja la puerta que se encuentra entreabierta, palidece un momento, ni siquiera él se imaginaba tal escena. El pequeño demonio prodigio frente a él ni se inmuta ante su presencia. Sus ojos vacíos no muestran ira, no hay dolor, solo un vacío. Es lo que lo hace más aterrador.
—Bienvenido, Doctor Ougai Mori — sonríe juguetón.