Promesas De Un Traidor by Ros R Ramirez at Inkitt
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Promesas de un traidor

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Summary

En el convento Saint Ekavine, Janne vive recluida esperando su muerte, hasta que conoce a Josh y encuentra un motivo para pelear contra los espíritus que la atormentan desde que era niña. En Credoss, Poppy se acerca cada vez más a Lu, el nuevo pretendiente de su madre. Día a día su relación se hace más fuerte, mientras que en el pueblo suena una alarma: el lobo ha matado de nuevo. En Adewrin, William huye de las brujas del bosque, al mismo tiempo que sus sentimientos por Lif, su nueva y misteriosa amiga, se hacen más fuertes. A medida que sus destinos se entrelazan, surge una sospecha. Quizá todos están siendo parte de algo siniestro: de una oscura maldición hecha por aquellos traidores del pueblo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1➳Janne

La brisa de la mañana fue un respiro para Janne. Era justo lo que necesitaba para olvidar sus días de encierro y la cara de amargura de su padre. 

Caminó un poco y disfrutó de la frescura de la hierba a través de sus pies descalzos, hasta que llamó su atención un cuervo atrapado en la rama del único árbol del jardín.

Sin dudarlo, subió una a una las ramas y suspiró conforme por el vestido simple que llevaba y que le permitía moverse con gran agilidad.

Una vez tuvo al animal herido entre sus manos, sintió el calor que de este emanaba y el constante palpitar del diminuto corazón. Tras examinarlo un poco, se dio cuenta de que tenía un ala lastimada y llena de sangre. Si quería ayudarlo, debía llevarlo a la casa, así que se quitó uno de sus guantes para hacerle un abrigo adecuado y colocó con cuidado al animal en la canasta con lana.

—¡Papá, Janne salió de nuevo al jardín! —gritó una niña desde la puerta.

Janne se sobresaltó, bajó del árbol y corrió a la casa con la canasta en la mano.

—¿No tienes otra cosa que hacer, Lina?

—Papá dijo que no te perdiera de vista y eso hago —sonrió con burla—, es gracioso que yo deba cuidar de ti.

Lina arrebató de las manos de Janne la canasta y se fue corriendo en busca de su madre. Lo que la niña no esperaba era encontrar al cuervo ensangrentado entre las telas.

Janne trató de alcanzarla, pero cuando entró a la casa se topó con su hermana llorando y las miradas horrorizadas de sus padres.

—Lo volviste a hacer —dijo su padre y se acercó a ella—. Primero las voces y ahora traes animales muertos a la casa.

—¡Te juro que solo quería ayudar al cuervo! —gritó y vio que su madre y hermana abandonaban la cocina—. Y en cuanto a las voces, aún sigo escuchando…

No pudo terminar, ya que fue empujada al suelo y solo alcanzó a taparse la cara mientras su padre la golpeaba con el cinturón una y otra vez. Era el tercer castigo en la semana y pensó en gritar que ya tenía dieciocho años, que ya era adulta y que ya no podía castigarla más.

En lugar de eso, se enterró las uñas en el antebrazo y ahogó sus sollozos.

Tuvo que soportar unos cuantos golpes más hasta que su padre se alejó, lanzando maldiciones.

Janne se levantó como pudo y corrió escaleras arriba, viendo todo borroso por las lágrimas. Una vez dentro, sujetó con fuerza la cruz de madera que colgaba de su pecho y se puso a rezar tal y como le habían enseñado.

Sin embargo, unas voces muy cerca de su puerta la alertaron y prestó atención a la plática de sus padres.

—Querido, ¿no has pensado en darla en matrimonio? —dijo su madre, tratando de no elevar mucho la voz.

—Ya lo hemos hablado antes, ningún hombre en su sano juicio querría lidiar con ella.

—Solo inténtalo —insistió—, estoy segura de que si se casa, parará de una vez por todas con las tonterías que hace para llamar la atención.

Janne se alarmó y pensó en aquel hombre mayor que la visitaba cuando tenía quince años y que en varias ocasiones le había tocado las piernas.

Ahogó un grito y se apresuró a tomar papel y una pluma de la mesa. Debía escribir una carta a la única persona en la que podía confiar, en la única amiga que tenía y que no había visto en tres años. A pesar de eso, seguían en contacto por cartas y por esta razón, Beck se había convertido en su confidente.

Cuando escribió la primera oración, un tacto frío en su cuello la sobresaltó y paró de inmediato.

¿De nuevo la golpeó, señorita?

Janne ignoró esa voz en su oído y comenzó a rezar, abandonando la idea de escribir en ese momento.

—Ellos no la entienden, venga con nosotros.

Esta vez ella no lo soportó y se levantó de golpe mientras se tapaba con ambas manos las orejas y rezaba cada vez más y más fuerte. Cerró los ojos con fuerza, sabiendo que si los abría, se encontraría con la cara pálida de aquella anciana.

Señorita, abra los ojos por favor, no nos ignore más.—La voz esta vez era la de una niña.

Janne creyó que con los rezos y con no salir de su casa por todos esos años, esas visiones y voces se irían. Y sí había funcionado por un tiempo, sin embargo, habían regresado junto con el invierno.

Sucedió algo muy malo, señorita. La sangre tiñó el agua de la tina y ahora todo gotea carmesí.

“Sangre en la tina” fue lo único que entendió Janne esta vez y un mal presentimiento se alojó en su pecho. Casi era de noche y su madre siempre tomaba un baño, era su costumbre.

Sin pensarlo, abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba sola. Los fantasmas se habían ido y solo quedaban unas huellas de sangre en el piso.

Intentó respirar normal, pero no lo logró y su mirada se fijó en las huellas que salían de su habitación y se dirigían al cuarto de baño.

Su madre estaba en problemas, así que no dudó en salir corriendo y, con las manos temblando, empujó la puerta del baño y entró. Todo parecía normal, por lo que caminó directo a la tina que estaba al lado de la puerta y distinguió algo rojo.

Con el corazón latiendo a mil y sin poder creerlo, caminó más rápido hasta que resbaló con el agua y cayó de rodillas sobre el suelo mojado. Su falda blanca se fue volviendo poco a poco roja, al igual que sus manos.

Se puso de pie de un salto y quedó cara a cara con el cuerpo desnudo de su madre.

Tenía un enorme golpe en la frente y yacía recostada en la tina de una forma poco normal: sus manos y piernas salían al exterior y su cabeza caía de lado, haciendo que le fuera más fácil al agua mancharse con la sangre del golpe.

Janne lanzó un grito y se desplomó contra el suelo. Sin parar de gritar, trató de llegar gateando a la puerta y antes de siquiera tocarla, esta se abrió y le dio un fuerte golpe en la cara que la mandó directo al suelo de nuevo.

Esta vez pudo sentir como el agua con sangre mojaba su espalda y su cabello.

Se trataba de Lina, quien se quedó como piedra viendo a su madre y Janne supo que no tenía tiempo que perder.

Las explicaciones se quedaron ahogadas en su garganta y se forzó a levantarse. Debía hacer algo, debía pedir ayuda a su padre.

Como un acto de impulso, corrió hasta el despacho, topándose con alguien de estatura baja en medio del oscuro pasillo. Por el vestido azul rasgado y las marcas de ataduras en sus brazos, pudo reconocer a la niña que la observaba desde siempre.

¿Eso será suficiente para que venga con nosotros, señorita?

Janne se dio la vuelta y presa del pánico, decidió cambiar de dirección, saldría de la casa y le pediría ayuda a algún vecino.

Antes de que saliera del pequeño jardín de la entrada, unas manos la sujetaron de los tobillos y la mandaron directo al suelo.

Janne comenzó a gritar mientras era arrastrada por la anciana y la niña, las cuales eran invisibles a los ojos del único vecino que la miraba, completamente aterrado.

Cuando estuvo de nuevo dentro de la casa, los espectros la dejaron tirada en medio de la cocina justo en el momento en el que su padre entró.

—¿Janne? Por Dios, ¿qué fue lo que pasó?

Ella intentó hablar, decirle lo que había pasado, pero le fue imposible moverse por las manos que la sostenían contra el suelo. La anciana le metió los dedos mugrosos en la boca, provocándole arcadas y que su desesperación por zafarse fuera aumentando.

Lina se acercó un poco a ella y la vio con asco justo en el momento en que Janne comenzó a toser y logró que la anciana sacara los dedos de su boca.

—Mamá… la tina…

Su padre corrió por la casa y siguió el rastro de sangre, temiendo lo peor. Un grito desgarrador fue lo que se escuchó después, seguido de varias maldiciones.

El hombre salió corriendo en busca de algún doctor y cuando pasó por la cocina se dirigió con desprecio a Janne:

—Eres un engendro de Satanás —dijo el hombre y salió dando un portazo.

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