Capítulo 1
Nicolás se acurrucó bajo las ásperas sábanas de su cama y cerró los ojos con fuerza, tenía que dormir algo, su cuerpo lo necesitaba. Sin embargo, no podía conciliar el sueño, pues todavía le ardían los músculos de las piernas y los antebrazos después de la exhaustiva jornada de entrenamiento. No era el único, por supuesto. Podía escuchar el murmullo nocturno de La casa del Salvador, la institución que acogía a los huérfanos de guerra y les ofrecía una oportunidad para convertirse en miembros respetables de la sociedad. Los quejidos, los sollozos y los lamentos eran una melodía habitual, una que se extendía por los fríos pasillos de piedra e irrumpía en las habitaciones donde se agolpaban numerosas literas.
—Deja de moverte...—dijo el compañero de Nicolás, Samuel, quien dormía en la cama de abajo—. Es la última vez que te lo digo.
—No me estoy moviendo, imbécil...—respondió Nicolás por su parte y, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa y se giró bruscamente con la intención de agitar la litera.
Samuel soltó un gruñido y golpeó la parte inferior de la cama de Nicolás con la planta del pie, levantando el delgado colchón.
Nicolás dejó escapar un grito por la sorpresa y eso alertó a sus compañeros, quienes no demoraron en reclamar por los ruidos intencionados. Después de todo, aunque estuvieran acostumbrados a la enemistad entre ambos jóvenes, ninguno de los presentes permitiría que sus pocas horas de descanso físico y mental fueran arrebatadas.
Pronto, se escucharon pasos en el pasillo. La suela de una bota golpeaba rítmicamente la piedra del suelo. Todos los niños sabían lo que eso significaba y, aunque Nicolás todavía sentía la adrenalina por el inicio de un conflicto con Samuel, se mordió el labio inferior y se tensó bajo las sábanas, poniendo todo el esfuerzo posible para aparentar estar dormido.
A través de la fina tela, pudo distinguir la sombra de un hombre, alto y fornido, podría haber sido un espectro de la noche, pero no, se trataba de uno de los vigilantes, la escasa luz de los candelabros que colgaban desde las paredes, le permitieron distinguir la silueta del característico uniforme, una boina negra y una chaqueta que marcaba los hombros cuadrados.
El hombre permaneció de pie bajo el umbral y no se movió por varios minutos. Nicolás podía escuchar su corazón retumbando en sus oídos y, aunque intentaba aguantar la respiración para no hacer ningún ruido, sentía que su conciencia, el estar despierto, era lo suficientemente ruidosa para alertar al uniformado. Tenía miedo, no sería la primera vez que, por no estar durmiendo, el hombre lo arrastraba fuera del cuarto, por los fríos y húmedos pasillos, hacia las salas de castigo.
Sin embargo, después de unos cuantos minutos, los que parecieron una eternidad, el hombre siguió su camino. Sus pasos se escucharon como una anhelada despedida, desapareciendo gradualmente entre los murmullos de la noche.
Nicolás volvió a respirar y, recién en ese momento, sintió que podría caer dormir, agotado por todo.
( . . . )
—¡Te dije que tuvieras cuidado, mugrienta alimaña!—exclamó un hombre rechoncho, quien le había ordenado a Nicolás cargar un saco de papas recién cosechadas y trasladarlas hasta un carro, el cual tendría que llevar hacia el mercado.
Nicolás se disculpó con la cabeza baja, el cabello rubio estaba enredado y endurecido por la mezcla de la tierra de las cosechas y el sudor.
No era fácil ser uno de los niños de La casa del Salvador. Cada vez que tenían que visitar el centro del reino para cumplir con los deberes ocasionales, las personas se volteaban con el rostro comprimido en expresiones de disgusto y no intentaban disimular el rechazo en el trato que les ofrecían. Pero no podían hacer nada al respecto. La reconocida institución enviaba a los niños a hacer trabajos menores en el centro del reino, era parte de la formación que tenían. No estaban siendo entrenados únicamente para proteger a la ciudad de las criaturas más despreciables y peligrosas de la tierra, las brujas, sino que también estaban construyendo un sentido de pertenencia, el principal objetivo de La casa del Salvador era que los jóvenes priorizaran el bien del reino. El reino ante todo.
Nicolás nunca cuestionó su educación, ni siquiera cuando algunas personas le ofendieron con palabras crueles, insultando sus orígenes desconocidos y su apariencia, tan diferente de los nacidos dentro del territorio protegido por el Gobernador, ni cuando lo intentaron agredir físicamente por haber cometido algún error. Nunca lo hizo, porque estaba convencido de que, en un futuro cercano, cuando pudiera alcanzar el ascenso prometido y fuera reconocido como uno de los Guardianes del reino, las personas le dedicarían amplias sonrisas y palabras cargadas de aprecio.
—Lo siento, señor—dijo Nicolás, recordándose nuevamente el motivo por el que se esforzaba en el entrenamiento diario y en los trabajos ocasionales: tenía que ser el mejor para ser reconocido.
—Le diré a tu capataz que no te voy a dar la paga completa.
Nicolás cerró los ojos, sabiendo que eso significaría un castigo seguro.
( . . . )
La jornada laboral concluyó y los jóvenes tuvieron que volver a casa.
Nicolás no había recibido ninguna reprimenda por parte de su capataz, pero estaba seguro que lo haría.
Todavía podía recordar la última vez que recibió un castigo. No pudo evitar encogerse ante el recuerdo. Sintió la bilis subiendo por la garganta. Recordaba la vergüenza por su estado de desnudez, las humillantes palabras del capataz, los latigazos de agua fría que golpearon su piel y dejaron huellas que desaparecerían eventualmente de su carne, pero no de su memoria. Prefería recibir los golpes con la fusta, aunque dolía, eran rápidos y no implicaban nada más que ese momento efímero.
Suspiró, tembloroso en el asiento duro de una de las carretas que la institución utilizaba como transporte.
Pensó que debería disfrutar de esos pocos minutos, antes de ser sentenciado a un castigo, pero no pudo hacerlo, a medida que avanzaban, podía distinguir el alto edificio al final del camino de tierra, oscuro y sin vida. La vegetación crecía abundante alrededor del camino, pero se detenía precisamente en las rejas que rodeaban la propiedad de La casa del Salvador.
Nicolás intentó ser fuerte, como siempre les inculcaban en clases, pero aunque tenía doce años, no podía evitar sentirse como un bebé, anhelando el abrazo protector de una figura fraternal y derramar lágrimas hasta caer dormido.
( . . . )
De acuerdo con el horario, los jóvenes debían llegar al edificio, tendrían que bañarse en las tinajas compartidas, vestirse con los uniformes de la institución e ir al comedor para el almuerzo. Después de esto, tendrían unas horas de estudio, ese día les tocaba una lección sobre la historia del reino, y, finalmente, después de una hora de descanso, empezarían los entrenamientos.
Nicolás terminaba tan cansado y adolorido que no tenía oportunidad de fantasear o profundizar en pensamientos que le llegaban durante el día.
«¿Realmente vale la pena todo esto?»
Se golpeó las mejillas con ambas manos y se regañó mentalmente a sí mismo por cuestionar su vida. No tenía otro propósito además de servir al reino y a su Gobernador. Si no se convertía en un Guardián, sería undonnadie.
Nicolás se despojó de sus prendas de trabajo y las dejó dentro de las cajas de madera donde se depositaba la ropa sucia. Los cubículos estaban repletos y, aunque intentó no prestar mucha atención, pudo identificar salpicaduras de sangre en algunas de las prendas. Probablemente, en algún momento, si la mancha no salía, le tocaría vestirla así, con la evidencia de la agresión que recibían sus compañeros y él por parte de las personas que tendrían que proteger en un futuro.
«¿Realmente vale la pena todo esto?»
Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos y caminó desnudo hacia una de las tinajas. Quería disfrutar de aquellos últimos minutos antes de que su capataz lo buscara para comunicarle su castigo.
Escogió su favorita, la que estaba cerca de una pared, la que le permitía apoyarse contra el muro de piedra para entrar sin resbalarse. Dentro de ella había dos muchachos, los reconoció inmediatamente, eran Saúl y Ken. Les dedicó una sonrisa como saludo y se sumergió dentro del agua caliente.
—Tienes demasiada suerte, imbécil—dijo Ken, mientras se recostaba contra la pared interna de la tinaja y extendía sus brazos a través de los bordes de madera.
Nicolás sabía que el insulto no era más que un apelativo que pretendía ser cariñoso. No estaban acostumbrados a tratarse de otra forma. Por esa razón, solo enarcó una ceja, sin comprender si su compañero se estaba burlando de él por lo ocurrido con el agricultor o había sucedido algo más, así que simplemente levantó uno de sus dedos en un gesto ofensivo —que había aprendido de los aldeanos— y comenzó a frotar su piel para eliminar la suciedad.
Ken soltó una fuerte carcajada y salpicó un poco del agua sobre el rostro de Nicolás.
—No, en serio, eres un maldito suertudo—insistió Ken y, con la mirada sobre Nicolás, se impulsó desde su posición y comenzó a deslizarse a través del agua hasta situarse frente a él—. ¿Cómo lo convenciste?
Nicolás no entendía de qué estaba hablando y Saúl pareció percatarse de ese detalle, así que decidió interferir en la conversación.
—Sam recibió tres pagos—explicó, manteniendo su rostro tranquilo, como siempre—. El infeliz no importa adónde vaya, logra cautivar a todo el mundo y, no se sabe cómo, en esta ocasión, no le dieron pago doble, sino que triple.
Nicolás abrió la boca, sorprendido por la noticia, y sin poder evitarlo, pudo sentir la envidia deslizándose por debajo de su piel, agria y venenosa. Apretó los puños por debajo del agua y frunció profundamente el ceño.
Samuel siempre conseguía resaltar sin ningún esfuerzo.
—Al parecer...—continuó Saúl—, ofreció parte de la ganancia para pagar tus descuentos. Dicen por ahí que, supuestamente, no quería escucharte gimotear después del castigo, así que ofreció parte de su ganancia para cubrir tus pérdidas del día.
Nicolás levantó la cabeza como un resorte y observó incrédulo a Saúl.
—¿Qué? Eso no es verdad.
—Sí lo es, maldito suertudo—respondió Ken y volvió a salpicar agua sobre el rostro de Nicolás—. Ojalá Sam fuera mi compañero de litera, con tal de dormir un poco más, cubriría mis pérdidas y no tendría que recibir castigos nunca más.
Nicolás seguía sin creérselo.
No era la primera vez que sus pérdidas no recibían castigo, pero sí era la primera vez que escuchaba un rumor similar.
—Ahora le debo algo al maldito engreído...—dijo, intentando parecer desinteresado.
Pero Nicolás no lo estaba. La posibilidad de que su rival hubiera actuado en su favor, independientemente del motivo, para ayudarlo y evitar que pudiera repetir una de sus pesadillas, removió algo en su interior.
Ken y Saúl se rieron por el comentario y la conversación siguió un curso diferente.
Sin embargo, Nicolás no pudo dejar de pensar en Samuel y en que ahora tendría que agradecerle.
Levantó la mirada y observó a su alrededor con disimulo. Entonces, encontró su objetivo. Samuel estaba en una tinaja al otro extremo del amplio espacio, recostado contra la pared interna, con los ojos cerrados y la cabeza reclinada hacia atrás. El cabello negro se le pegaba a la piel pálida, la que parecía un poco ruborizada por la temperatura del agua.
Nicolás se relamió los labios y desvió la mirada.
De pronto, sentía que el corazón le latía muy rápido.
( . . . )
El comedor era un amplio salón donde se reunían todos los jóvenes de La casa del Salvador. Había cuatro mesas largas, cada una pertenecía a un nivel diferente. En la primera, la que estaba frente a los ventanales que tenían vista hacia el campo de entrenamiento, se reunían los jóvenes del primer nivel, quienes tenían entre doce y trece años. Seguidamente, en la mesa contigua, la que pertenecía al segundo nivel, se reunían los jóvenes de catorce y quince años. Después, en la mesa siguiente, la que pertenecía al tercer nivel, se reunían los jóvenes de dieciséis y diecisiete años. Y, por último, en la mesa que pertenecía al cuarto nivel, el último antes de la graduación, se reunían los jóvenes de dieciocho y diecinueve años.
Nicolás siempre había mirado esa última mesa con ardiente anhelo. Deseaba llegar prontamente al cuarto nivel para poder graduarse y convertirse en alguien, una persona digna de respeto.
Los jóvenes se ubicaban detrás de sus asientos asignados y se mantenían de pie mientras el director de la institución ofrecía un discurso sobre la lealtad y la devoción que deberían brindarle al reino. Los jóvenes tenían que repetir las palabras que el hombre ordenaba, así que, después de un monólogo extenso, los jóvenes comenzaban a corear frases de agradecimiento al reino y al gobernador, por recibirlos en sus territorios, por acogerlos después de la guerra, por darles un propósito a sus existencias sin valor y por compartir la comida que cultivan en sus tierras.
—Todo por el reino, todo por el gobernador.
Se escuchó la sentencia final y se les permitió a los jóvenes sentarse para comer.
Tenían que hacerlo en silencio, así que, mientras se escuchaba el murmullo de los cubiertos, Nicolás levantaba la mirada y se perdía en las pinturas que decoraban las paredes. Los muros estaban cubiertos por obras que mostraban a los Guardianes sometiendo a las brujas, criaturas de dientes afilados, piel grisácea y ojos blancos. Se decía que eran animales peligrosos, criaturas sin raciocinio, que utilizaban la magia, algo tan aberrante y alejado de Dios, para cumplir sus caprichos, los cuales siempre consistían en sangre y carne de inocentes.
La verdad es que Nicolás nunca había visto una bruja de verdad, solo había leído sobre ellas en los libros de clases y las había visto en las pinturas de la casa. También las había visto en las obras de la calle que se realizaban en las celebraciones del reino, pero esas eran personas disfrazadas que caricaturizaban a seres infernales.
Nicolás suspiró, mientras jugueteaba con una zanahoria hervida.
Ellos, los niños de la institución, eran guardianes del reino, cazadores de brujas, tenían que proteger el territorio del gobernador e impedir que esos seres pudieran arrebatar la tierra que, por orden divina, fue entregaba al gobernador.
«¿Realmente vale la pena todo esto?»
Nicolás nunca había visto una bruja de verdad y siempre se preguntaba cuándo lo haría y cómo reaccionaría.
( . . . )
Nicolás sacó un pedazo de la última página de su cuaderno de notas. Sabía que, más adelante, alguno de los instructores le preguntaría respecto a la hoja desgarrada, pero estaba seguro que, para entonces, se le ocurriría una buena excusa que lo salvaría de los golpes de la fusta. Ahora mismo, necesitaba hacer algo al respecto para calmar la inquietud que le transmitía la presencia de Samuel. Después de todo, dentro de unas horas, tendría que compartir litera con el muchacho.
Escribió rápidamente las palabras que quería compartirle, las que no podía decir en persona. Después, mientras el instructor señalaba las fases de conquista a los pueblos de las brujas, guardó el papel en el bolsillo delantero de sus pantalones y suspiró aliviado cuando nadie se percató del acto.
Las horas transcurrieron entre lecturas y anotaciones sobre las fechas importantes, hasta que la campana sonó, anunciando el término de las lecciones y el inicio de la tan esperada hora de receso. Los jóvenes se levantaron y se despidieron con una reverencia al instructor. Entonces, solo cuando el hombre hizo la señal, todos abandonaron sus lugares y caminaron en orden hacia la salida.
Tenían permitido estar en el patio delantero del edificio, pero no podían deambular por los pasillos ni escaparse a las habitaciones. La hora de receso solamente podía aprovecharse en el espacio asignado, bajo la mirada cargada de escrutinio de los vigilantes. Por supuesto, los jóvenes estaban acostumbrados y ni siquiera cuestionaban la libertad reducida que les ofrecía la institución.
Sin embargo, existían ocasiones en las que Nicolás se cuestionaba, porque había visto a los jóvenes de la aldea y ellos no tenían un vigilante respirando constantemente cerca de sus nucas. Asumió que se trataba de protección, ellos estaban ahí para protegerlos de cualquier peligro. Era mejor pensar en ello que profundizar en las posibilidades.
«¿Realmente vale la pena todo esto?»
Ignoró la pregunta que se repetía insistentemente en su cabeza y se encaminó hacia sus amigos.
Ken y Saúl estaban sentados cerca del muro que delimitaba el terreno de la casa. La ausencia de árboles convertía el receso en un suplicio, pues no había muchos espacios que los protegieran del calor abrasador del sol. Sin embargo, existían alternativas forzosas, como el muro de ladrillos.
—¿Qué tal?—preguntó Nicolás, sentándose a un lado de Saúl, bajo la escasa sombra.
Ambos muchachos respondieron con un gruñido, demasiado cansados como para formar oraciones coherentes. Nicolás los entendía y asintió como única respuesta, como única señal de comprensión.
La verdad es que también prefería guardar silencio durante aquella hora de descanso. Después de todo, cuando el entrenamiento comenzara, necesitaría toda su energía para soportar el nivel de exigencia. Ese día les tocaría con Francisco, el peor de todos los instructores.
Recorrió con la mirada el campo abierto del patio delantero, los jóvenes estaban dispersos, conversando en grupos. Algunos no parecían afectados por el calor, otros estaban acurrucados contra los estrechos espacios que ofrecían sombra. Entre la multitud, para Nicolás, un joven destacó.
Samuel estaba sentado en una de las bancas, no le cubría la sombra, pero no parecía afectado por ese hecho. Lo conocía muy bien, sabía que ese ceño fruncido y la mueca de disgusto en su boca se debía a las dos jóvenes que se sentaban cerca, una a cada lado de él.
Nicolás se demoró unos instantes, pero después reconoció a ambas muchachas y no pudo evitar sentir una punzada de desilusión en su pecho. Se trataba de Natalia y Lidia, ambas jóvenes pertenecían también al primer nivel y no disimulaban su interés por Samuel.
Natalia era especial para Nicolás, cuando llegó a La casa del Salvador, ella fue la primera en recibirlo. Le ofreció compañía durante las primeras semanas. Recordaba haber estado asustado, porque no sabía dónde se encontraba. Había sido trasladado desde la iglesia del reino, donde se acogían a los menores de doce años, sin haber recibido una advertencia o explicación sobre su situación. Por eso, ella significó una luz esperanzadora, una que espantó las sombras que consumían su camino.
Sin embargo, luego descubrió que la joven parecía tener un especial interés por su compañero de litera. Nicolás lo comprendió rápidamente, cuando el rostro de Natalia se volvía tan rojo como su ondulado cabello. Ella parecía iluminarse cada vez que aparecía Samuel.
Fue entonces que comprendió que Samuel, el joven tranquilo y taciturno que creyó que podría convertirse en su amigo, encajaba mejor como su rival, el que siempre le arrebataba cualquier posibilidad de victoria, en todo aspecto, incluso en el romántico...
—Te ves patético, amigo—dijo Ken, interrumpiendo el hilo de pensamientos de Nicolás.
—Cállate, no quiero hablar, ni pensar...
Saúl soltó una carcajada por esa respuesta y Ken chasqueó la lengua.
—En serio, es patético verte sufrir todavía por Natalia. Dicen que Samuel y ella se besaron en las tinajas el otro día.
Nicolás cerró los ojos, intentando calmar el dolor punzante.
¿Por qué se sentía traicionado siempre que le llegaban rumores de Natalia y Samuel?
Natalia no era su pareja, ni siquiera era su amiga. Samuel era...
Nicolás no sabía lo que era Samuel para él, porque llamarlo rival en su cabeza, no significaba que el muchacho lo considerara como tal. Al final, cualquier vínculo con esos dos era incierto. Ciertamente, era ridículo sentirse mal por dos personas que no lo consideraban como alguien relevante en sus vidas.
Sin poder evitarlo, palpó el bolsillo delantero de sus pantalones, recordando el mensaje que le había escrito a Samuel.
Ahora se sentía ridículo por haberlo hecho.
( . . . )
Después del segundo baño del día, todos los miembros de la institución caminaron hacia sus respectivas habitaciones para tener un merecido descanso. Sin embargo, como todas las otras noches, pocos podrían conciliar el sueño con el punzante dolor que atenazaba sus cuerpos en crecimiento, estaban condenados a terminar todos los días desgastados por el trabajo y el entrenamiento.
Samuel no recordaba el momento en que se cansó de intentarlo y simplemente avanzó por inercia. A veces pensaba que la poca preocupación que le dedicaba a todo, cumpliendo con lo que debía para escapar de los castigos, le ofrecía un poco de tranquilidad mental y eso mejoraba su rendimiento. Pero era una vil mentira. La rutina era angustiante y lo asfixiaba, pero había aprendido a aprovecharse de lo que tenía para sacar ventaja dentro de un sistema que solo quería consumirlo lentamente.
Iba a entrar en la habitación, como el resto de sus compañeros, pero alguien lo detuvo. Uno de los instructores palpó cariñosamente su nuca, en una silenciosa despedida.
Samuel asintió simplemente y retomó su camino. Sabía que algunos instructores tenían cierta preferencia con él, pero todavía no entendía el motivo.
Finalmente, entró en el cuarto sin mirar al hombre.
Entonces, observó a sus compañeros, los jóvenes estaban preparándose para dormir, algunos estaban subiéndose a sus camas y otros, acomodándose sobre los delgados colchones. Los conocía a todos, cada uno de esos rostros redondos, eran parte de lo que había aceptado como su hogar. Sin embargo, dentro de poco, en un par de meses, cumpliría catorce años y sería ascendido al segundo nivel.
Samuel observó con disimulo a Nicolás. Estos serían los últimos meses que podría estar tan cerca de él.
La punzada en su pecho surgió tan pronto como apareció el pensamiento. Aunque se había estado haciendo a la idea de separarse de él, no podía evitar que su cansado corazón pusiera algo de resistencia a lo único que rompía con esa angustiante rutina.
Iba a extrañarlo, pero jamás se lo confesaría.
Samuel suspiró, resignado ante todo.
Se subió a la litera y observó la parte inferior de la cama de Nicolás. Podía ver el peso de su cuerpo hundiendo el colchón ligeramente. Sabía que si extendía una mano y presionaba el dedo índice contra la superficie acolchada, Nicolás lo sentiría y soltaría algún grito indignado, sin importarle nada. Porque Nicolás era así, impulsivo, como el fuego que consumía rápidamente el bosque y destruía todo a su paso.
Samuel nunca pensó que se sentiría atraído por alguien que le recordaba al fuego, el mismo que le arrebató su hogar y a su familia. Pero así era. Le gustaba Nicolás.
Samuel se cubrió los ojos con el antebrazo e intentó dormir, esperando que, en su mundo de inconsciencia, pudiera prolongar un poco más el tiempo y evitar la inminente separación.
Sin embargo, antes de que pudiera caer completamente, escuchó a Nicolás, estaba llamándolo.
—Sam...—dijo Nicolás, intentando que solo él pudiera escucharlo—, debajo de tu almohada.
—¿Qué?
—Debajo de tu almohada, imbécil.
Samuel separó los labios, dispuesto a responder el insulto, pero después comprendió lo que Nicolás estaba diciéndole e inmediatamente se dio la vuelta y metió ambas manos debajo de la almohada. Ahí encontró un trozo de papel.
Sintió que su corazón se aceleraba y las mejillas se le ponían rojas.
Inhaló profundamente y, entonces, comenzó a desdoblar el papel. En el interior, había un mensaje con la pésima letra de Nicolás, pero lo que decía reavivó algo dentro de él.
«Gracias... Ya sabes por qué».
Samuel no pudo contener la sonrisa y, por culpa de Nicolás, perdió completamente el sueño.