Dacrifilia | Chestappen

Summary

Max ama hacer llorar a sus parejas en el sexo. Y Checo ama el sexo duro, ama que lo humillen. Un dúo perfecto, ¿no?

Genre
Erotica/Drama
Author
☼ L
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Único




Max se consideraba a sí mismo como alguien especial, no como un bicho raro. Sus antiguas parejas sexuales siempre le terminaban gritando aquello solo por tener preferencias un poco especiales.

Cuando se lo comento a su amigo Carlos, este le dijo que era algo muy normal en comparación de otras filias y que no debía preocuparse. Que pronto iba a encontrar a alguien que lo entendiera en la cama. No era su culpa al final de cuentas, fue algo que nació en él inconscientemente.

Amaba hacer llorar a sus parejas sexuales, hacerlos llorar mientras los denigra con fuertes insultos o en ocasiones golpees. Le encantaba que le rogaran que se detuviera cuando en realidad querían más. Lo que el hacía no era violación, ya que había consentimiento de por medio.

Pero siempre sus parejas se enojaban por ser tratadas así, como “putas”. Max buscaba a alguien al que pueda hacer llorar, que lo entienda con sus preferencias y no lo juzgue como el chico que se estaba yendo del departamento en esos momentos.

Escucho la puerta ser cerrada fuertemente, reflejando la molestia que sentía el chico. Pero Max no lo entendía. Él había sido muy claro con ese castaño cuando le dijo que le excitaba hacer llorar a sus parejas sexuales, y que, si aceptaba acostarse con él era porque aceptaba sus términos. Pero tal parece que el chico era muy delicado como para aguantar algunos insultos.

Anteriormente había intentado tener relaciones sexuales sin hacer llorar a la otra persona, pero no se sentía bien. No se excitaba, su pene siempre se encontraba flácido al momento de la acción y aquello terminaba siendo de lo más aburrido. Por ello había dejado de esconder sus preferencias en la cama, si aceptaban sus gustos, excelente y si no se perdían de una gran follada.

Con ese lindo castaño al menos ya era la séptima persona que se iba de su departamento en medio del sexo. Max ya estaba dentro suyo embistiendo cuando comenzó a soltar insultos y darle algunos golpes. En conclusión, estaban teniendo sexo duro, muy duro hasta el punto de hacer llorar al otro. Pero tal parece que al castaño no le gustó pues empujo a Max lejos y se vistió deprisa saliendo del departamento mientras insultaba al dueño por aquel asqueroso e incómodo momento.

Max no iba a ir detrás del chico pidiéndole disculpas por ello, él no era así y no haría excepciones con ese chico. Más cuando fue advertido desde un inicio como él era, fue su culpa no haber puesto atención.

El rubio se levantó de la cama retirando el condón que estaba en su polla, le hizo un nudo y lo tiró en la papelera del baño; se miró en el espejo y acomodo su cabello. Entro a la ducha abriendo la llave del agua caliente, la cual no tardo en generar vapor debido al calor que hacía. El agua estaba hirviendo, justo como le gustaba y sin más se metió dentro de esta comenzando una ducha pacífica, pensando si pronto encontraría a alguien que le guste ser denigrado a la hora del sexo. Había muchas personas y ninguna le tocaba a él. Injusto.

Salió de la ducha con la toalla en su cintura, y otra alrededor de su cuello. Camino hasta la mesita de noche y agarro el control de las persianas, picando este para que se abrieran y dejarán ver el bonito sol que recién salía. Era muy temprano por ello apenas comenzaba a salir el sol.

Suspiro frustrado, en verdad necesitaba divertirse un rato, pero tal parece que la persona indicada no aparecía y él se estaba comenzando a hartar. Tener sexo de por sí era algo difícil de conseguir, pero desde que decidió aceptar que tenía Dacrifilia todo se complicó aún más.

Término de ponerse los boxers cuando escucho su celular sonar, agradeció que estuviera en la cama ya que no deseaba caminar mucho.

—¿Que ocurre? —pregunto sin ánimos.

—[¿Si nos vamos a ver en la cafetería?] —la voz de su mejor amigo sonaba curiosa.

—Si, aunque no sé porque me llamas si ya habíamos confirmado ayer —agrego poniendo la llamada en altavoz—. Y la cita quedó hasta las diez de la mañana, apenas son las siete si no me equivoco.

Max acababa de colocarse su playera roja, ya traía sus pantalones siendo estos un pans gris cómodo. No quería vestirse elegante para su amigo, el iría vestido cómodamente y de acuerdo a su edad. Un señor de 26 años, algo viejo, pero no tanto como Carlos. Su mejor amigo casi se moría de vejez, tenía 30 años y ya no aguantaba para más. O eso siempre decía Max cada que podía.

—[Lo sé, pero tenía curiosidad. ¿Cómo te fue con el chico?] —Verstappen rio por lo metiche que era su viejo amigo.

—Creo que deberías saber la respuesta —se encogió de hombros—. Aunque por primera vez se me hizo extraño, digo, Lando trabaja en un bar, creía que estaba acostumbrado a eso.

—[La vida está llena de sorpresas] —asintió por las palabras de su amigo, mientras cepillaba su cabello con cuidado.

—Por cierto, ¿ya tomaste tu medicina, viejo? —rio al escuchar el suspiro frustrado a través de la línea.

—[Max solo nos llevamos tres años de diferencia. No es mucho, además ya te dije que me dio gripa] —aclaro su amigo.

—Tienes razón, lo siento —comento y se quedó callado por unos segundos—. Por cierto, felicidades.

—[¿Felicidades? ¿A qué te refieres?]

—Felicidades por sobrevivir a una gripe, a tu edad eso podría ser mortal.

—[Ya sé porque tus parejas sexuales te rechazan, porque tus comentarios son horribles] —Max comenzó a reírse.

—Nos vemos Carlos, te veo en tres horas. No te duermas o no podrás levantarte a tiempo para nuestra salida, y si no llegas, iré a tu casa a mojarte con agua fría.

—[Si, tranquilo. Nos vemos haré de comer y veré unos capítulos del anime que empecé. Adiós Max.]

—Adiós Anciano.

La llamada finalizó y Max sonrió, como amaba molestar a Carlos con el tema de su edad. Y le agradaba más saber que tampoco se iba a enojar porque estaba acostumbrado a sus tontas bromas. Eran un gran dúo.

Max camino hasta la cocina del departamento y abrió el refrigerador, buscando algún bocadillo para comer, pero noto que este estaba vacío. Y solo había leche y unas berenjenas hasta abajo. Hizo una mueca y cerró la puerta del aparato. Debía ir de compras.

Agarro las llaves que estaban colgadas y salió del departamento, tenía su teléfono en una de las bolsas del pans y su dinero estaba en su carro. Agradecía vivir en una zona transitada donde había muchos centros comerciales, debido a que había varias escuelas cerca. Mientras pasaba por una de estas, noto que iba un lindo pelinegro en sentido contrario de la entrada de la escuela.

Traía un lindo uniforme con una falda azul algo corta, llevaba una gran sudadera negra. Se veía muy tierno, pues llevaba una mochila de conejitos mientras daba pequeños saltitos para caminar. Haciendo que su trasero rebote un poco.

‘Lindo’, pensó Max siguiendo con su mirada al pelinegro.

Escucho el ruido de los carros de atrás pidiendo que avance, así que sin más remedio tuvo que hacerlo. No muy feliz debido a que ya no podía ver a ese niño que irradiaba inocencia. Inocencia que le gustaría corromper.

Suspiro y siguió con su camino hacia el centro comercial, estacionando su carro en el estacionamiento del establecimiento. Agarro su cartera, su sudadera que estaba botada en el asiento del copiloto y salió de su carro activando la alarma de este.

Entro al establecimiento y comenzó a hacer sus compras de lo más normal, llevaba algunas botellas de vino tinto para disfrutar en la noche, más golosinas y la despensa que siempre llevaba.

Iba tan distraído pensando en que golosinas debía llevar que no noto al pelinegro que estaba delante de él haciendo que ambos choquen y las cosas que el menor traía en sus manos cayeran al piso.

—¡Disculpé señor no lo vi! —Max dirigió su vista hacia la persona sorprendido al ver al inocente pelinegro.

—No te preocupes, y no me llames señor no estoy tan grande —dijo ayudando al menor a levantar los paquetes de gomitas.

—Muchas gracias...

—Max Verstappen, ¿y tú lindo? —pregunto con una coqueta sonrisa, notando el fuerte sonrojo en las mejillas pecosas del menor. Oh, como le gustaría corromperlo contra cualquier superficie cercana.

—Sergio, pero dígame Checo —sonrió, desviando su vista al carrito del mayor—. ¿Tendrá una fiesta en la noche?

—¿Fiesta? —pregunto confundido mirando igual su carrito de compras.

—Son muchas botellas de vino para usted solo, por eso pregunto... lamento si fue descortés —dio una reverencia en forma de disculpa.

Max se quedó callado por un momento, una fiesta era una pésima idea. Odiaba estar rodeado de cuerpos sudorosos que solo buscaban bailar sin descanso, y la música muy fuerte lo estresaba. Él era más de fiestas personales, algo elegantes. Sonrió ante la idea que cruzo por su cabeza.

—Tienes razón son muchas botellas para mí solo. ¿No quieres venir a mi departamento a tomar junto a mí? —el pecoso lo miro con los ojos abiertos, pero termino sonriendo.

—¿Cuántos años tiene usted? —pregunto antes de aceptar, pegando las gomitas más a su pecho.

—26, ¿y tú bonito? —Verstappen se acercó un poco más al menor.

—¡Oh por dios! ¿Sabe que puede ir preso por estar con alguien como yo? —preguntó con una sonrisa juguetona, el rubio sintió su cuerpo temblar de excitación. Ese chiquillo no era tan inocente—. Tengo 16 años, y con gusto acepto ir a tu departamento Max Verstappen

Oh, tal parece que el destino se encargó de encontrarle una pareja sexual muy pronto. Eso era una verdadera sorpresa.




• ″. * •. ° .




A duras penas pudo estacionar el auto a fuera de su casa, debido a que el pelinegro estaba en su regazo repartiendo besos en su cuello. Mientras él apretaba el bonito culo del menor escuchaba jadeos y gemidos bajitos por los toques, aquello le excitaba, pero no tanto como poder verlo llorar, en verdad quería ver llorar al pequeño pecoso.

—Checo bajemos, allá dentro podemos seguir con lo que iniciamos —el menor asintió listo para bajarse del regazo del rubio, pero este abrió la puerta y salió con él, agarrando sus piernas y enredándolas en su cintura.

—No sabía que eras así de fuerte Maxie —soltó Checo.

—Eres muy pequeño, hay muchas cosas que no sabes —vio el puchero en los bonitos labios abultados y dejo un besito—. Pero antes de seguir, debo decirte algo.

Sergio soltó un leve sonido en modo afirmativo, y fue dejado delicadamente en un sofá negro muy cómodo. Max salió por las compras que seguían en el auto y las dejo en la barra de la cocina. Regreso con el pelinegro que veía todo muy curioso.

Se sentó a un lado y con sus manos lo acercó para dejarlo de nuevo en su regazo, sentando su bonito culo justo en su entrepierna y agarrando la delgada cintura con algo de fuerza. Negándose a dejarlo ir.

—¿Que me quieres decir Maxie? —Checo pregunto mirando fijamente a los ojos del mayor, con una mirada coqueta.

—No nos hagamos tontos, ambos sabemos que queremos al otro, ¿o me equivoco? —el menor negó—. Muy bien, pero debes saber que a mí me gusta mucho el sexo duro, me encanta hacer llorar a mis parejas sexuales, así que dime bonito. ¿Crees poder soportarlo?

El pelinegro abrió sus ojos con sorpresa, pero no sé negó y comenzó a mover sus caderas en círculos de modo juguetón.

No podían culparlo. Checo era joven para tener ese tipo de encuentro, pero a sus dieciséis años ya no era virgen, ya había tenido relaciones varias veces y había descubierto que a su coñito le encantaba ser usado. Odiaba que lo tratarán con delicadeza, él no era una princesa a la cual debías hacerle todo lento. Él amaba lo rudo, lo brusco. Y tal parece que ese apuesto y sarcástico rubio le iba a dar lo que deseaba.

—Tal vez no lo soporte, y me encantaría no hacerlo —susurro en los labios del otro, iniciando así un beso apasionado.

Max bajo sus manos hasta el redondo y pomposo trasero del menor, comenzando a apretarlo con fuerza asegurándose de dejar marcas de sus manos. Checo se encargaba de mover en círculos sus caderas, mientras soltaba gemidos entrecortados y seguía comiendo la boca del mayor. Quien había metido su lengua en su cavidad bucal y no era nada cuidadoso, probando cada espacio de su boca.

Checo dio un saltito cuando sintió que el rubio alzaba su falda, dejando expuestas sus bragas blancas que ya estaban muy húmedas debido a la excitación. Max era muy rápido y siento sus movimientos torpes. Supuso que el mayor no había tenido relaciones por un buen tiempo.

—Maxie, déjame ser tu depósito de semen —murmuró a penas el beso acabo, quería ser destruido hasta que su coñito estuviera estirado y rojizo.

—¿Eso quieres pequeño? —el menor asintió dando brinquitos, ansiando esa gran polla.

—S-Si, por favor —gimió, sentía su coñito necesitado.

Max inició un nuevo beso, pero ahora se levantó y lo llevo hacía su cama. No planeaba ensuciar su costoso sillón por cosas hormonales, prefería corromper al niño en su cómoda y espaciosa cama.

A penas llegó a la cama, lanzo al menor rompiendo la guerrita de lenguas que habían iniciado.

Y ahí, el rubio pudo apreciar el perfecto desastre que tenía delante suyo.

Un lindo pecoso con la respiración agitada, el sudor escurría por su frente y cuello, su faldita estaba húmeda debido a la exagerada cantidad de flujos que salían de su coño, su sudadera estaba desarreglada al igual que su cabello, sus labios abiertos de un rojo intenso por los besos, sus ojitos llorosos y sus mejillas de un intenso rosa.

—¿Cómo es que eres tan perfecto pequeña puta? —sonrió feliz cuando el menor gimió ante el apodo—. ¿Te gusta que te llame así?

—S-Si, por favor —gimió rogando por más. Salían pequeñitas gotas de sus ojos y eso a Max le encantó.

—Usaré tu asqueroso coño hasta que mi polla esté satisfecha, hasta que me pidas que pare llorando —escuchar los gemidos necesitados del menor lo hacían entender que estaba más que de acuerdo.

Este sería un gran día... El viejo Carlos se quedará plantado en la cafetería porque ni loco dejaba ir a ese bonito niño que rogaba por su polla como si fuera lo que más deseará en su vida.




• ″. * •. ° .




—Dime, pequeña puta, ¿te gusta que mi polla entre y salga de tu sucio coño?... Te gusta que te golpee, ¿verdad?

Checo estaba acostado boca arriba con Max entre sus piernas, este embestía fuertemente su entrada buscando solo su placer. Una de sus piernas estaba en el hombro del rubio, y las manos del mayor apretaban fuertemente su cuello, impidiendo que respirara. Sus grandes tetas se movían fuertemente por el ritmo de las embestidas al igual que la cama.

Su cuello estaba rojo, marcado por las manos del mayor quien seguía penetrándolo como si no hubiera un mañana. Sergio no se molestaba en bajar el volumen de sus gemidos, estos salían de su boca inconscientemente por el fuerte placer que sentía al igual que sus lágrimas.

Max Verstappen lo follaba tan bien, quería tener ese pene dentro suyo por mucho más tiempo. Tocaba su punto dulce con tan solo entrar y salir de nuevo, era la polla más grande que había tomado y que mejor lo hacía sentir.

Sintió un fuerte jalón en su cabello, haciendo que mire al rubio que embestía fuertemente su coño. Tenía marcas rojizas y moradas por todo su cuerpo, dejando en claro que le pertenecían a aquel adulto.

—Llora para mí... —la voz de Max salió en un susurro, uno muy caliente—. Llora bonito, quiero que llores y me pidas que me detenga, quiero ver qué tú coño no aguante más.

—¡P-Por favor Maxie! —sus lágrimas escapaban de sus lindos ojos castaños con destellos verdosos—. D-Dame más. Así me encanta. ¡Mhg!

Se sentía tan lleno, sentía que iba a explotar por el inmenso placer que sentía en esos momentos. Necesitaba liberarse. Y no faltaba mucho para hacerlo.

Faltaron unas embestidas más para sentir su orgasmo cerca, su estómago comenzó a tener descargas eléctricas y los dedos de sus pies se cerraron. Y justo cuando iba a tener un placentero orgasmo el pene dentro suyo se detuvo, abandonando su interior.

—¿Mmm? —pregunto con desilusión—. ¡Maxie ya me iba a correr!

El rubio sonrió al notar la desesperación del más bajo, pero aún quería denigrarlo más. Quería sacar lo peor del menor, quería corromperlo de todas las maneras. Se levantó de la cama dejando su pene expuesto, este se encontraba erecto y de su cabeza caían gotas de presemen. Desde los ojos del menor se veía muy sensual aquella escena.

—Siéntate en el sillón con tus piernas abiertas —Checo lo miro confundido, pero hizo caso, sentándose en el pequeño sillón gris que estaba en el cuarto del mayor—. Muy bien pequeña puta, escúchame bien. No puedes emitir ningún gemido, por cada gemido que salga de tus labios te daré un golpe ¿Entiendes?...

—Mgh —soltó un quejido cuando Max se arrodilló, quedando frente de su coñito húmedo. Ambos manos se colocaron en sus muslos obligando a sus piernas a permanecer abiertas, mostrando su intimidad.

El rubio escupió saliva en el coñito del pelinegro, y alineó dos de sus dedos en la entrada de este. Sonrió cuando observo que el menor mordía su labio inferior para evitar soltar algún gemido. Metió dos de sus dedos sin cuidado alguno, sintiendo el cuerpo más delgado tensarse. No espero ningún momento más y comenzó a sacarlos y meterlos en un ritmo rápido, brusco.

Los ojos de Checo se abrieron y mordió su labio más fuerte, los dedos en su interior se movían frenéticamente de un ritmo rápido que a duras penas le dejaba respirar. Le estaba costando no gemir, cuando los dedos tocaban su punto dulce de una forma exquisita haciéndolo ver las estrellas. Estaba más que fascinado con el movimiento de los dedos del mayor, y cuando no esperaba más sintió el tercer dedo entrar.

—¡Ahhh! ¡Max! —no se molestó en callar aquel gemido.

Momentos después sintió como la mano libre del rubio golpeaba una de sus tetillas, no era un golpe violento como tal, aunque si dejaría una marca.

Aquel golpe solo demostraba que el sexo que ellos tenían era brutal, duro. Así como a ambos le gustaba. Lágrimas de placer y dolor salían de sus ojos en una gran cantidad, no sentía las marcas y moretones que quedarían en su cuerpo por los golpes de Max le había dado.

—Te dije que silencio —Verstappen seguía arremetiendo fuertemente en el agujero del menor, mientras que su otra mano apretaba y golpeaba una de las tetas.

Checo se sentía bien, no se encontraba satisfecho porque deseaba más. Su coñito ya estaba estirado y muy mojado por la estimulación que le estaba dando, pero deseaba de nuevo aquella gran polla. Quería asfixiar ese pedazo de carne con su coñito.

Abrió los ojos y soltó un grito de dolor. Max había metido de golpe sus cinco dedos, dentro suyo sin avisar. Seguía moviendo su mano con rapidez, mirando con atención las muecas y los intentos inútiles del menor por callar sus gemidos.

—¡M-Maxie! —gimió apretando con fuerza el sillón—. M-Me voy... me voy a correr ¡Mhg!

—Vamos pequeño, suelta tu chorro. Muéstrame que tan puta puedes ser —susurro con malicia, sacando sus dedos y llevándolos a su boca chupándolos. Degustando el sabor del pecoso. Para segundos después volver a meter sus dedos en el coñito estirado del pequeño.

Momentos después el pelinegro tuvo un gran y largo squirt, manchando el piso y el torso desnudo del mayor. De sus ojos no dejaban de salir lágrimas, se sentía bien.

—Como supuse, sabes tan bien —dijo con una sonrisa, lamiendo sus labios lentamente. Cargo al más pequeño nuevamente y lo aventó a la cama—. Ahora pequeño, me vas a montar, quiero ver tus lindas lágrimas salir. Porque esto va para largo...

Checo aún con sus piernas temblando hizo caso, sus caderas estaban listas para dejarse caer y recibir de golpe lo que tanto anhelaba, la rica polla del mayor nuevamente. Sus manos estaban entrelazadas con las de Max, quien lo miraba atentamente esperando que el coñito necesitado se abra nuevamente para él.

Sergio se dejó caer con un sentón, comenzando a mover sus caderas con ayuda del rubio. Las lágrimas eran un conjunto de emociones que tenía, se sentía tan lleno que lo hacía algo doloroso. En su abdomen podía apreciar perfectamente un pequeño bulto sobresaliente, sorprendiéndose.

—¡Maxie!... Tan lleno... Duele —murmuró, había dejado de montarlo, ahora era Max quien hacía todo el trabajo por él.

Sentía su cuerpo cansado, llevan alrededor de dos horas y media teniendo sexo desenfrenado, su cuerpo y coño le pedían un descanso urgente. Pero el mayor todavía tenía muchas energías, para más. Se sentía sobre estimulado, aunque le encantaba, era cansado.

—¿Te duele pequitas? —murmuró con sarcasmo—. Hace mucho que no disfruto un coño como el tuyo, así que dejaré tu coño desbordando de mi semen.

Y Checo rogo porque fuera una mentira, porque su coñito ya no daba para más.




• ″. * •. ° .




Max sonrió al ver al pelinegro durmiendo a un lado suyo, aferrándose a su cintura y sacando babita de su boca. Se veía muy tranquilo después de haber soportado cuatro horas seguidas de sexo duro. Aunque su carita era una linda e inocente imagen, su cuerpo era otra cosa muy diferente.

Solo una sábana tapaba su delgado cuerpo, el cual estaba lleno de moretones, mordidas y algunos arañazos hechos por Max. De su coño todavía había rastros de semen, y otros flujos.

Sus ojos rojos e hinchados eran una muestra de orgullo para Max. Había conseguido por fin a la persona que tanto rogó encontrar y no la iba a dejar ir por nada del mundo.

Rio al recordar la llamada que tuvo con Carlos hace algunas horas atrás. Lamentable para su amigo que lo espero en la cafetería por varias horas.




_