Como si fueran los 80

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Summary

Jazmin tiene muy claro lo que quiere de su verano. Tranquilidad, alguna que otra fiesta y, preferiblemente, no quemarse. El amor no estaba entre sus planes, ¿pero qué pasará si su verano perfecto solo pudiese ocurrir atrapada en una montaña sin cobertura? Dos meses de desconexión. Dos meses de verano. Dos meses para hacer amigos. Dos meses para enamorarse.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La casa de campo

POV: Jazmin 🌺

No iba a desenredar mi pelo en años. Pero la otra opción era derretirme dentro del coche, así que decidí sacrificar mi pelo por el bien mayor.

Papá me había dicho que cerrara la ventanilla. Yo solo la había subido un par de centímetros. Para él era fácil decirlo, el aire acondicionado le daba de lleno. Para los que estábamos atrás cerrar la ventana no era opción.

Además, tener la ventana abierta tenía sus ventajas más allá de evitar pegarnos a los asientos. Papá tenía que subir el volumen de la música para escucharla bien con el aire, y la música a todo volumen era el primer indicador del verano.

Segundo indicador del verano: el olor del aceite. Podía parecer raro, pero para mí el olor del aceite de oliva equivalía a la expectación de los mejores días del verano.

Muchos odiaban ese olor, David no paraba de quejarse. Yo estaba tan acostumbrada que ahora lo asociaba con las vacaciones.

Recogiendo mis rizos en una coleta, observé desde el espejo retrovisor la sonrisa de mi padre al escuchar como mi madre y mi prima Miriam comenzaban a cantar al son de la música. Ninguna sabía cantar, pero la energía positiva llenaba el vehículo, eso era lo más importante. Era la razón por la que siempre hacíamos una playlist del verano aunque ninguno coincidiéramos en gustos, el espíritu de positividad.

—Dios, qué temazo —exclamó Miriam insistiéndole a mi padre para que subiera el volumen.

Mi madre imitó el energético e improvisado baile que hacía, ambas aun cantando a todo pulmón.

Mi hermano las miraba con cierta vergüenza. Siempre se quejaba de mí por ser tímida, pero él no se quedaba atrás. Los dos queríamos mucho a nuestra familia, pero tenía el presentimiento de que al igual que a mí la idea de pasar dos semanas enteras con toda la familia en la casa de campo de nuestra tía le incomodaba en parte.

La familia de mamá siempre había sido mucho más tranquila, más estricta. Mi madre era el alma loca de la familia. El lado de papá tenía sus puntos estrictos, pero por lo general era mucho más abierto y extrovertido. Mi padre era el más tranquilo de todos, pero tenía a mi madre para ayudarle en todas las reuniones familiares. Por suerte para mi padre, momentos donde toda la familia se reuniera había pocos.

Las navidades siempre las pasábamos juntos, pero aparte de eso, solo coincidíamos en algún puente. Mi tía Virginia vivía con su marido y sus hijos en un pequeño pueblo de Jaén, por lo que no era muy frecuente que la viéramos. Mis padres y yo éramos los que más los veíamos. Mi tía siempre nos ofrecía ir a su casa de campo en verano y siempre aceptábamos. Sospechaba que a mis tíos les gustaba que fuéramos porque así mis padres se podían encargar de mis primos y ellos podían disfrutar de tiempo a solas en el pueblo con la excusa de trabajar. Si era así, mis padres nunca habían puesto pegas. Les encantaba pasar tiempo con mis primos y a pesar del calor la casa tenía piscina.

Lo peor de la casa era que estaba en medio de la nada. No había cobertura y nadie había contratado nunca un servicio de internet para dos meses que duraba el verano. Ir allí era desconectar al cien por cien. Era el aislamiento de toda sociedad como lo llamaba mi madre, los mejores días del año como los llamaba mi padre.

Cuando íbamos a casa de mi tía siempre éramos mis padres y yo. Este verano era diferente. Íbamos a ir toda la familia por dos semanas porque a pesar de tener nuestras peleas como en cualquier otra echábamos de menos el tiempo juntos y por una vez habíamos podido cuadrarnos entre todos.

A mis primos y mi hermano no les apasionaba estar dos semanas aislados de todo y sin internet. Yo estaba acostumbrada a pasar tiempo de mi verano sin conexión, por lo que iba preparada. De hecho, me gustaba. Mi momento favorito del verano siempre habían sido las noches tumbada bajo las estrellas con música de fondo junto a mi prima Ángela y mi padre hablándonos del origen del mundo.

—Mirad los móviles, porque va a ser la última vez que tengáis cobertura en dos semanas —comentó mi padre.

—Pero bajaremos algún día al pueblo, ¿no? —preguntó Miriam, inundando su vista en el teléfono.

—Siempre bajamos —la calmó mi madre.

—La idea es pasar tiempo todos juntos, no estar con el teléfono —molestó mi padre.

—Sigo sin saber cómo vamos a estar dos semanas sin cobertura —replicó Miriam.

—Bañándote en la piscina, haciendo rutas por el campo, leyendo un libro. Hay muchas opciones —contestó mi padre, pero ella no parecía muy convencida—. Jazmin, ¿qué es lo último que te ha dicho tu prima?

—Me escribió hace media hora que ella y Max ya iban al "chalet" —de chalet en condiciones tenía poco, pero les gustaba decir que su casa de campo era uno—. Me dijo que dejaría la puerta abierta. Supongo que ya estarán allí, porque le he escrito al entrar y no ha recibido el mensaje.

—¿No están tus tíos con ellos? —quiso saber mi madre.

—No, están trabajando.

—Mejor. Más tranquilidad —murmuró mi padre.

Yo sonreí al escucharle. Agradecía su hospitalidad, pero era, cuanto menos, algo difícil tratar con ellos. La única razón por la que mis primos habían terminado siendo como eran y no como sus padres eran las constantes visitas de mis padres.

Les escribí un mensaje a mis amigas despidiéndome de ellas, prometiéndoles que les escribiría en el momento en el que volviera a tener algo de cobertura.

"Suerte en el cuchitril" había escrito Judith.

"Quiero fotos desde los barriles" le siguió Cecilia.

No pude evitar reír ante el último mensaje. Les había dicho que había unos barriles de agua en lo más alto de la casa en los cuales, a veces, solo a veces, llegaba algo de cobertura. Solía ser suficiente para recibir un par de mensajes, pero nunca para enviarlos por lo que seguía bastante incomunicada.

Comprobé que Judith iba a escribir algo más cuando paró de repente. Me di cuenta entonces de que habíamos abandonado el pueblo y estábamos ya muy adentrados en el campo como para recibir cualquier rastro de cobertura.

Mentalizándome ante la idea de estar incomunicada por dos semanas, puse el móvil en modo avión. Había aprendido que la batería duraba más si lo mantenía en este modo, porque así no se pasaba las horas tratando de buscar una cobertura que nunca llegaría.

Mi padre condujo con cuidado por los caminos del campo, yendo despacio para que los otros coches le siguieran sin problema. Había varias bifurcaciones y sería fácil perderse si no iban con cuidado. No es que fuera la primera vez que el resto de mi familia iba a la casa de campo de Virginia y Lucas, pero sí llevaban bastante tiempo sin visitarla.

Mi padre giró en uno de los caminos que presentaba la carretera adentrándose aún más entre olivos y tierra. Tocó el claxon, asegurándose de que mis primos abrirían la puerta si no lo habían hecho ya, y al comprobar que lo estaba se introdujo en la parcela aparcando el coche.

Lo primero que vi a través de mi ventana fue a mi prima saludándonos desde la terraza. Contemplé como bajaba corriendo las escaleras y llegó al rellano justo cuando yo salía del coche.

Corrí. Corrí viendo como ella hacía lo mismo en mi dirección. Nuestros cuerpos se encontraron, uniéndose en un abrazo que se sintió como una de las mejores sensaciones del verano.

Ángela era cuatro años menor que yo, pero eso no impedía que fuese mi prima favorita. Yo siempre la llamaba mi hermana pequeña de broma. Mis padres solían traerla con nosotros a nuestras vacaciones para que no tuviera que estar en el pueblo. Los veranos los pasábamos más juntas que separadas y verla allí, sentirla, era un golpe de realidad de que el verano había empezado.

—Te he echado de menos —murmuré contra ella.

—Y yo a ti.

—¿A mí no me abrazas? Qué feo está eso.

Mi sonrisa no se perdió cuando me separé de Ángela y fui corriendo a su hermano.

Noté que estaba mojado. No me importó. Corrí hasta él en el borde de la piscina y saltando dejé que me abrazara mientras rodeaba su cintura con mis piernas.

Max era el más cercano en edad a mí. Nos llevábamos 10 meses y él, al igual que yo, estaba estudiando en Málaga, lo que provocaba que quedásemos a menudo por la ciudad.

—A ti te veo casi todas las semanas.

—Pero llevamos casi un mes sin vernos.

—No es mi culpa que terminaras los exámenes hace nada. Ni que la última vez que te vi estuvieses tan ocupado.

—No me sirve de excusa.

Él no me soltó, pero sí cambió mi posición cargándome como a una novia en las películas. No tuve tiempo de reaccionar antes de darme cuenta de sus intenciones. De mi garganta salió un grito ahogado, sofocado por el agua en el momento en el que me tiró a la piscina.

Hacía pie a duras penas. El peso extra de mi ropa y zapatos hizo que me costara salir del agua más de lo normal. Conseguí apoyarme en el suelo y retrocedí vagamente tratando de mantener el equilibrio. Mi espalda chocó con algo en el acto y no pude evitar girarme, confusa porque no creía haber retrocedido tanto como para encontrarme en el bordillo.

—Hola.

La voz del chico frente a mí estaba acompañada de una gran sonrisa. No tardé en averiguar que la razón de aquella sonrisa se debía a que el acto de mi primo le habría hecho reírse con anterioridad. El pequeño rastro de diversión en la palabra me lo dejaba claro.

—Hola —contesté tratando de devolverle la sonrisa al ritmo que me recomponía-. Lo siento -aclaré ante la cercanía de ambos, separándome levemente de él.

—No te preocupes, no es... nada.

Su frase quedó interrumpida en el momento en el que Max se lanzó a la piscina, con tanta fuerza que el agua me empujó de nuevo hacia el chico rubio que tenía frente a mí.

Noté que a pesar de estar metido en la piscina su pelo apenas estaba mojado salvo por las pequeñas gotas que le debían haber caído cuando tanto Max como yo caímos en la piscina. Contemplando la red de voleibol que dividía la piscina, supuse que él y mi primo debían haber estado jugando hasta aquel momento.

Cuando escuché a mi primo emerger del agua estaba dispuesta a enfrentarlo. De nuevo, no tuve ocasión. Se colocó a mi espalda y siendo más alto que yo no tuvo que hacer mucho esfuerzo para hundirme nuevamente.

—Para —grité cuando conseguí volver a la superficie.

—Venga, no te enfades.

Yo hui en respuesta, tratando de colocar al chico rubio entre nosotros para usarlo de barrera, pero mi primo era más rápido.

Max me agarró por la cintura, abrazándome por la espalda mientras me atraía hacia a él.

—Asume que no te vas a salir si no es porque yo quiera.

Suspiré, luchando por soltarme de su agarre sin éxito.

Max comenzó a hacerme cosquillas en respuesta. La intención quedaba oculta por el agua que nos cubría, pero el acto consiguió sacarme una risa igualmente. Conseguí separarme de sus brazos en un momento y, pensando rápido, me coloqué tras su amigo, subiéndome a su espalda para evitar que mi primo me pudiera coger de nuevo.

—Yo también te he echado de menos, pero para —pedí aún subida en aquel chico.

Agradecí que aquel al que había elegido como mi barrera humana fuera musculoso, porque pudo con los dos sin problemas cuando se movió esquivando a Max una vez él decidió atacar de nuevo.

—Me voy a hundir —me advirtió.

Cogí aire ante el comentario, sintiendo el agua cubrirme. Noté como aquel chico me colocaba a su espalda, subiéndome a sus hombros y ajustándome contra su cuerpo para confirmar que no me caería.

Cuando volvimos a la superficie observé como habíamos pasado al otro lado de la piscina, dejando a Max en el extremo contrario separado por la red.

—No es justo que os aliéis contra mí.

A su amigo no pareció importarle mucho la queja. Asegurándome en sus hombros nos movió unos centímetros hasta alcanzar la pelota de voleibol. Pensé que haría algo con ella. En su lugar me la ofreció sin perder la sonrisa.

—Haz que deje de llorar un rato.

Imité su expresión de inmediato. Traté de recolocarme un poco, buscando una postura en la que mi equilibrio fuera mayor. Al hacerlo no dudé. Lancé la pelota contra mi primo, dándole en la cabeza con la fuerza justa para que no le doliera realmente.

El chico que me sostenía se unió a mi risa al observar la exagerada queja de mi primo.

—Buen tiro. Aunque si yo fuera tú me saldría de la piscina antes de que venga a este lado —comentó hundiéndose para que pudiera bajarme.

—Gracias.

Nadé hasta las escaleras y salí acercándome a unas hamacas colocadas algo más allá. Cogí la toalla de mi primo cuando la reconocí, ignorando sus palabras replicándome el que la estuviera usando.

En ese momento agradecí como nunca mi impaciencia por el viaje, porque antes de salir de casa me había puesto el bikini.

Observé como mi familia subía y bajaba con bolsas, dejando sus pertenencias en sus habitaciones y hablando entre ellos. Ángela me hizo una señal para indicarme que dejaría mis cosas en mi habitación y es que, aunque nadie me lo había dicho, yo sabía que dormiríamos juntas.

Cuando desapareció por el interior de la casa decidí arriesgarme y volver a la piscina tras quitarme la ropa mojada, esta vez simplemente sentándome en el bordillo mientras ignoraba la sugerencia de mi madre respecto a echarme crema solar.

—Ni se te ocurra tirarme —advertí a Max cuando reposaba sus brazos sobre mis piernas.

—Tranquila. He pensado que si os vais a aliar contra mí, al menos presentaros. Este es Adrián, el cabrón que se fue a estudiar a Sevilla y me dejó plantado en Málaga —a pesar de sus palabras se notaba el cariño entre ambos—. Y ella es mi prima Jazmin, que se vino a estudiar a Málaga conmigo porque ella sí me quiere.

—Yo no apuntaría tan alto. Te soporto como mucho.

—Ja, ja. En realidad ya os conocisteis, en la comunión de Ángela. No sé si os acordáis.

Sí, me acordaba. ¿Lo iba a admitir? En absoluto. Había tenido un crush con ese chico como por tres meses después de la comunión de mi prima. Seguía igual de guapo a como lo recordaba, pero con un aire más maduro en él. Por aquella época los chicos estaban empezando a interesarme, así que sí, lo recordaba porque fue uno de los primeros amores platónicos que tuve. Ahora bien, era más que consciente de que decirlo en voz alta no me ayudaría en nada.

—La comunión de tu hermana fue hace como siete años —dijo Adrián.

Estaba claro que él no lo recordaba. Mejor para mí.

—Lo único que recuerdo de esa comunión fue a tu madre reservando una escuela de hípica para que pudiéramos montar a caballo cuando nadie había montado a caballo en su vida —comenté.

—¡Oh, cierto! De eso sí me acuerdo. Tu madre siempre ha sido muy dramática en ese sentido.

—Lo sé, es mi madre —dijo Max con una mueca que dejaba claro que él tampoco lo aprobaba del todo.

—No es por sonar borde ni nada, pero ¿qué haces aquí? —pregunté a Adrián sacando un tema de conversación que alejara las ideas de mi primo por tirarme al agua de nuevo—. Para soportar a toda mi familia hay que estar mentalmente preparado. Son mi familia y yo nunca lo estoy.

—Yo tampoco —coincidió Max—. Cuando se juntan se vuelven todos más...

—¿Más gilipollas? —completé cuando vi que él no encontraba la palabra.

—Sí —confirmó arrancándonos una risa a los tres-. Pero en el buen sentido. Suerte que solo los vas a tener que aguantar dos semanas. Se va a quedar aquí todo el verano.

—Mi madre tiene un congreso en Guatemala y luego se quedará allí hasta septiembre por trabajo —explicó su amigo cuando comprobó mi confusión—. Me podría quedar solo, pero cuando su madre se enteró me ofreció quedarme aquí con Max. Y entre estar en el pueblo solo y aquí con piscina esta opción era mejor.

—¿Vais a estar aquí dos meses sin cobertura?

Yo era la primera a la que no le importaba pasar unos días sin internet, pero dos meses era mucho tiempo para estar incomunicado.

—Tenemos coche, podemos bajar al pueblo de vez en cuando —dijo Adrián encogiéndose de hombros—. Además, tampoco me importa mucho pasar un verano más tranquilo.

—¿Por qué tengo la sensación de que vuestro verano va a ser de todo menos tranquilo?

Ellos se miraron por un segundo, y compartiendo una sonrisa, se giraron a mí de nuevo hablando al mismo tiempo.

—Porque tienes razón.

Yo negué mientras soltaba una pequeña risa. Mientras me incluyeran en sus planes de esas dos semanas yo no tendría problema. Ya Max me había advertido que me trajera ropa para salir un par de noches.

—Max —llamó nuestro tío Ignacio desde la terraza—. ¿Dónde os dejamos la carne que hemos traído?

—¿No está Ángela allí?

—Ella no sabe dónde va.

—Siempre hace lo mismo —lo oí murmurar mientras salía de la piscina para ayudar.

—Yo debería ir a organizar mis cosas —comenté levantándome con cuidado.

—Y yo debería quitar la red —dijo Adrián apoyándose en el bordillo para salir—. Si Lucas la ve nos mata.

—Me ha sorprendido que la tuvierais puesta.

Mi tío era muchas cosas. Entre ellas, un fanático de las normas, en especial cuando se trataba de cosas que se podían hacer en la piscina. Jugar a la pelota no era una de ellas, y menos con una red.

—Hay que aprovechar cuando no está. No es muy partidario de la diversión, ¿no?

Yo negué, dándole la razón. Más bien era estricto, pero en verano los dos términos eran sinónimos.

Dejé a Adrián guardando la red, dirigiéndome a la última habitación de la planta baja porque en todos los años que había ido allí siempre había dormido en aquella habitación y no tenía intención de cambiarlo.

Vi un colchón en el suelo al entrar. Salté sobre él y llegando a dónde mi prima había dejado mis cosas saqué uno de los libros que había traído conmigo. Ahora sí, las vacaciones comenzaban a sentirse como verano y estaba dispuesta a disfrutarlo.