Capitulo 1. Vendimia.
La estación de cosecha había llegado a la región, era el momento más esperado del año. Los viñedos rebosaban de riquezas, sería la mejor y más grande cosecha que se levantaría en la hacienda Reznic desde hacía ya muchos años. Habían sido meses de arduo trabajo, pero todo el esfuerzo iba a ser recompensado, ya que traería enormes ganancias para todos; incluso los jornaleros estaban felices, porque esto significaba que su remuneración seria mayor el resto del año.
Las labores de recolección comenzaron al disiparse la humedad de la mañana y el fruto se dividió en dos partes, una porción seria usada en la producción de vino de consumo general, y la otra parte, que se recolectaría al bajar el sol, serviría para el vino selecto.
Cosechaban, empacaban y trasladaban a las bodegas, los descansos prolongados no estaban permitidos, solo breves pausas para comer y debían tomarlos por turnos.
Todo era movimiento y todo ese movimiento provocaba celos en dueños de otros latifundios, quienes solo se limitaban a ver con recelo como la riqueza de los Reznic iba en aumento; después de todo ¿Qué más podían hacer?La hacienda de los Reznic era la más extensa, la de mejor tierra, la más rica de todas, la más vasta y el pueblo adoraba a los Reznic; ya que ellos habían hecho crecer y mejorar los hogares de los lugareños con sus inversiones. Era tan solo cuestión de tiempo para que Arthur Reznic, propietario de todo, decidiera estar al frente del pueblo como un futuro alcalde…
Pero había algo en boca de todos en el pueblo además de la gran cosecha, y era el compromiso del futuro de los Reznic.
Arthur no tenía un heredero varón, él y su esposa Elizabeth, solo habían concebido un hijo, una jovencita que estaba en sus diecisiete años; y aunque varios estaban interesados en hacer una petición de matrimonio a la joven, lo pensaban dos veces, ya que se corría el rumor de que la señorita Reznic no era una chica del todo ordinaria. Se decía que tenía un carácter muy difícil, algunos hablaban de que era caprichosa, otros que era mal encarada y solo algunos que era una bruja, sin embargo, todos estaban de acuerdo en algo, y es que la señorita era atractiva, orgullosa y sus ojos… sus ojos eran de un color que jamás se habían visto en otro ser humano. Pero ese año, alguien tendría que dejar todos los rumores de lado y tomar valor para intentar tener la mano de la joven y así ser los herederos absolutos de todo lo que los Reznic poseían.
Con motivo de celebrar la buena fortuna que les traería la cosecha, el señor Reznic y su esposa, organizaron una enorme reunión en la cual invitarían a los conocidos de la región, sus amigos más queridos y a todos los socios de Arthur, aquellos que también lo habían acompañado y apoyado durante años para hacer crecer aún más su patrimonio. La reunión se efectuaría en la misma hacienda en el salón principal de la casa grande, de manteles largos y espléndidos platillos. La señora Reznic estaba muy entusiasmada, ya que pensaba que sería el momento adecuado para que su hija pudiera conocer a un joven que la llevara al altar. Llamo a la mejor costurera de la localidad y le encargo confeccionar un vestido despampanante, pidió que mandaran a limpiar los aretes de zafiro que su esposo le había obsequiado años atrás y se cercioro de que cada detalle fuera perfecto, estaba segura de que esa noche seria especial para su querida hija, Lydia.
— ¿Dónde está Lydia? — pregunto Elizabeth, su madre — tiene que probarse el vestido para que lo tengan listo esta tarde.
La señora Reznic, con ayuda de sus sirvientas, buscaron a la joven por toda la casa, pero ella no se encontraba ahí…
En realidad, la señorita Reznic no era en su mayoría lo que se decía, simplemente había sido criada de manera distinta a lo que se acostumbraban las jóvenes de la época. Su padre le enseño el valor del trabajo en el campo, a pesar de nacer en sabanas finas y le enseño que ellos no serían nada sin las personas que laboraban en la hacienda, pero no solo la educo con trabajo, también la había hecho estudiar con maestros particulares. Arthur esperaba que su hija fuera una mujer muy preparada, para poder enfrentar cualquier problema, todo debido a que las leyes eran muy específicas y solo podían heredar los hombres; esto le preocupo mucho y desde que su hija había sido una niña, comenzó a educarla para que pudiera administrar la hacienda de manera correcta y así, quien fuese su futuro marido, no destrozara el trabajo de años y de todos sus ancestros. Por supuesto, habría un acuerdo prenupcial con el elegido, en el cual, todas las decisiones finales serian tomadas por ella. Lydia, había sido educada para pensar y actuar como los hombres solían hacerlo en aquel entonces y debía sentirse a la altura de cualquiera, no obstante, al contrario de los rumores, no era soberbia, incluso tenía momentos de timidez, sencillamente trataba con la misma educación con la cual era tratada…
Agazapada en los establos junto a “chocolate”, su caballo favorito, Lydia contemplaba un sobre que tenía en las manos, dudando en si debía abrirlo o no.
—Sería mejor no abrirlo, si contiene noticias negativas me ahorrare el disgusto o la desdicha —decía al caballo con la intención de convencerse a sí misma— pero ¿y si son buenas noticias?, me las perderé y probablemente papá se enfadaría por no haber abierto la carta para enterarnos.
Continúo pensando en que decisión tomar, ya era tanto el tiempo que había tenido el sobre en las manos que se veía maltratado.
— ¿Qué tal si yo lo abro y tú lo lees por mí? — se dirigió nuevamente al animal.
“Chocolate” trataba de comer a pesar de que las interrupciones de su dueña lo irritaban, así que relincho un poco y sacudió la cabeza en negativa a su pregunta
— ¡Vamos!, como si no te hubiera sorprendido tantas veces leyendo los tabloides — reclamo al equino —bien, si no quieres ayudarme tendré que pedirle a “relámpago” que lo haga.
El caballo enseño sus dientes en forma de risa.
—Sí, claro, te burlas solo porque “relámpago” no sabe leer y solo se come los tabloides que tú lees.
— ¡Señorita! ¿Qué está haciendo aquí otra vez? —Pregunto uno de los trabajadores.
—Estaba hablando con “chocolate”.
—Eso es absurdo, los caballos no hablan, si continua así, podría darle un susto algún día.
— ¿De qué hablas?, el me responde siempre, de hecho, es muy sarcástico y locuaz cuando se lo propone.
—Señorita, no me asuste con eso, yo paso mucho tiempo en los establos.
—Tranquilo, no debes temer, ellos son caballos no comen personas.
—Prefiero que me coman a que me respondan —El hombre hizo una pausa y luego recordó porque había ido al establo —por cierto, señorita, la está buscando su madre por toda la casa grande.
— ¿A ocurrido algún problema? —pregunto mientras seguía observando el sobre.
—No lo sé, la señora realmente requería su presencia, parecía importante.
—Lo que es importante para mi madre me pone de nervios, en fin, averiguare que desea esta vez —respondió mientras se sacudía la ropa al levantarse. —Antes de irse, ¿podría darle una manzana a “chocolate”, se le han antojado con la cosecha.
—Pero no cosechamos manzanas.
—Lo sé, pero tampoco le daría vino al caballo.
Lydia fue directo a la casa grande, no uso la entrada principal, se decidió por la puerta que llevaba a la cocina. Antes de entrar se quitó las botas con lodo y se quedó en medias, y así camino hasta la cocina donde solo encontró un puñado de mujeres atareadas corriendo de aquí para allá
— ¡¿Está mi madre por aquí?! —Pregunto alzando la voz para llamar la atención de estas.
—Creo que está en su alcoba, señorita —Respondió Catalina, la cocinera principal.
— ¿En la alcoba de quién? —Volvió a preguntar Lydia.
—En su alcoba.
— ¿En la mía?
—No, en la alcoba de ella.
— ¿De ella quién?, ¿de Natasha? —Pregunto señalando a otra mujer de la cocina.
—No, no señorita, en la alcoba de….
La mujer se detuvo al darse cuenta de que estaba jugando con ella.
—¡Se aprovecha de nuestra desgracia señorita! ¡¿No ve que estamos muy ocupadas?!
La joven Reznic se comenzó a reír, tomo uno de los panecillos recién horneados y salió de ahí como una niña después de hacer una travesura, mientras Catalina lanzaba un alarido al ver que se había llevo el panecillo.
Fue subiendo por las enormes escaleras de madera, con una mano comía el delicioso pan y con la otra se acomodaba la carta en uno de los bolsillos. Camino por el corredor hasta el final, justo donde estaba la puerta de la recamara de sus padres y toco dos veces seguidas.
—Adelante.
Dentro de la habitación se encontró no solo con su madre sino con su nana Abigail y la costurera, las cuales tenían montado un circo en medio de todo.
— ¿Querías verme, mamá? —dijo con la boca llena del último bocado.
— ¡Al fin estas aquí, ¿Dónde te habías metido?! Bueno no importa, ven aquí —dijo su madre, apresurada y sacudiendo la mano —debemos medirte el vestido. La chica camino con desgano, y rápidamente su madre y Abigail comenzaron a quitarle sus prendas para colocarle el vestido.
— ¡¿Por qué no traes zapatos?!
—No quería manchar el piso, todas han limpiado desde muy temprano.
—Abigail, tráele unas zapatillas a Lydia —La mujer fue corriendo a cumplir con la orden, mientras la otra solo se quedaba quieta como una figurilla, se irguió en sus largas piernas y extendió un poco los brazos.
La señorita Reznic tenía una figura estilizada y con un buen tono muscular, producto de la vida y las actividades del campo.
—Me ha llegado una carta de la capital —comento a su madre, mientras esta la seguía vistiendo.
— ¿Y qué dice la carta? —pregunto sin mucho afán, colocando agujas en las áreas que se tenían que corregir.
—En realidad, es una carta de la facultad.
— ¿Te aceptaron?
—No lo sé, no la he abierto.
—Lydia, sé que eso es importante para ti, pero esto también lo es, así que trata de mantenerte erguida.
Elizabeth presiono con algo de fuerza la espalda de su hija para poder enderezarla.
—Lo lamento, madre no quiero trivializar tu esfuerzo con esto, pero estoy nerviosa ¿Qué tal si no me aceptaron?
La señora de la casa puso sus dos manos en la cara de su hija y la giro hacia la suya.
—Escucha, Lydi—le llamaba de cariño —aunque no lo creas esto es muy importante, tarde o temprano te tendrás que comprometer con alguien y tiene que ser el mejor de todos, el mejor para ti y el mejor para la hacienda, sin embargo, lamentablemente la mayoría de los hombres no se fijan en el hecho de que una joven vaya o no al colegio, así que hay que apostar por tu juventud y belleza.
— ¿Debería yo comprometerme con un hombre que piense de esa manera?, ¿Un hombre que me pida matrimonio porque soy joven y bonita? ¿No es una idea vacía?
—El mundo y las personas no son como uno desea que fueran, ojalá pudiéramos crearnos a las personas a nuestra manera.
— ¿A caso papá se casó contigo solo porque eras joven y bonita?
—No lo sé, considero que eso es algo que deberías preguntarle a él, ¿no crees?, y de paso enseñarle esa carta, ahora por favor ¡ponte derecha! —exclamo.
Lydia decidió quedarse callada para terminar con ese asunto lo más rápido posible.
Más tarde, siguiendo el consejo de su madre, se dirigió al despacho de su padre y se paró frente a la puerta. En la mano izquierda sostenía el sobre y con la derecha intento tocar, pero dudo un par de segundos antes de hacerlo. Finalmente, tras respirar profundamente, golpeo la madera.
— ¿Quién es?
—Lydia ¿puedo pasar?
—Claro, ven, entra.
Ingreso a la oficina, una habitación larga, con un par de sillones y una mesita frente a la puerta, al fondo dos grandes ventanas detrás del escritorio y muebles llenos de libros en una de las paredes.
Lydia se fue acercando al desordenado escritorio, Arthur estaba con la pluma en alto y la mirada atenta a lo que redactaba, no había puesto atención a su hija quien tranquilamente se sentó en el sillón frente a la mesa de madera. Lydia quiso esperar a que su padre terminara sus asuntos, pero este la interrogo antes.
—Dime, ¿Qué necesitas? —pregunto sin levantar la mirada.
—Me llego una carta… —Antes de que pudiera continuar su padre rápidamente intervino.
—Ven, quiero que veas esto, son las cifras de la cosecha, se terminaron de contabilizar, aunque aún no se ha terminado la copia de los libros, ¡¿no te parece excelente?!
—Eh… si papá, creo que esta cosecha ha sido un éxito total, pero quería hablarte de la carta…
—Olvide decirte, que el próximo mes viajare a la capital, deberás ir conmigo, haremos un recorrido en la fábrica…
— ¡Papá! —alzo la voz para que su padre se concentrara un poco en lo que trataba de decirle. — ¡Me ha llegado una carta de la facultad!
— ¿Y por qué no lo mencionaste antes?, ¿Qué es lo que dice?, ¿te han aceptado?
—No la he abierto aún.
—¡¿Qué esperas?! ¡ábrela!
Antes de romper el sobre pensó por un momento en lo otro que su madre le había dicho, y antes de perder la atención de su padre nuevamente lanzo su pregunta con un poco de vergüenza.
—Papá, ¿por qué te casaste con mamá?
Arthur enmudeció por unos segundos, se acomodó en su silla tallándose los ojos, ya que lo había confundido su cambio de tema.
— ¿A qué viene esa pregunta?, ¿todo está bien?
—Solo es… curiosidad.
Arthur se levantó de su asiento, dio unos pasos lentos hasta quedar frente a su hija y tomo aire para poder responder.
—Me case con tu madre, por ser una mujer con clase, cariñosa y muy hermosa.
— ¿Esas son las cualidades que viste en ella para ser tu compañera de toda la vida?
—Bien, considero que una mujer refinada es una mujer educada en todos los sentidos, además cada hombre busca en una dama las cualidades que cree pertinentes —miro a su hija pues le parecía raro que hiciera esas preguntas de la nada — ¿acaso todo esto es porque esperamos que te comprometas pronto?
—Temo que mi futuro esposo solo este conmigo por mi juventud o peor aún, por querer ser el futuro dueño de la hacienda, ¿y que será de nosotros después?, ¿charlaremos sobre las mismas cosas? O solo pensara que soy un adorno…
—Tranquila, no debes estar nerviosa, no eres una niña tonta ni banal y sé que tú misma tendrás la sabiduría de aceptar a quien creas el mejor…
—El mejor para la hacienda… —Suspiro.
—El mejor compañero de vida —Afirmo Arthur.
La señorita Reznic sonrió ante el comentario de su padre y le di un abrazo, sin embargo, no consideraba que fuera un argumento con la suficiente fuerza. Ella sabía que en el fondo a su padre le preocupaba el futuro de las tierras…
Las horas pasaron y el sol estaba a unos minutos de ocultarse, Lydia estaba sentada a espaldas de su espejo, se mantenía en silencio y sumergida en sus pensamientos mientras Abigail la peinaba. Tenía puesto el vestido que se había probado por la mañana y su joyería se encontraba en el tocador, esperándola para dar el último toque como la cereza en un pastel.
— ¡Listo! —dijo la nana orgullosa de su trabajo.
La joven se giró para quedar frente al espejo.
— ¡Señorita, se ve usted muy hermosa!, estoy segura de que las miradas de los jóvenes la seguirán por toda la velada.
No podía creerse, su vestido de seda azul ultramar contrastaba con su piel blanca, sus labios rosas y su cabello rojo, recogido por la parte de atrás como si fuera una rosa con sus pétalos desplegados y por el frente caían algunos mechones cortos; coronaban todo el trabajo de Abigail un par de broches de plata lo suficientemente discretos para no opacar los aretes de zafiro. Lydia realmente se veía hermosa y probablemente era la primera vez que ella misma se sentía así.
—Muchas gracias —dijo a Abigail sin poder dejarse de ver al espejo tratando de reconocerse.
La otra asintió con la cabeza, muy contenta y se retiró para seguir ayudando al resto de la servidumbre.
La joven se despabilo al escuchar las primeras carretas llegar a la casa y rápidamente bajo las escaleras, sus padres ya estaban en la entrada del salón recibiendo a los invitados y de una manera poco discreta se colocó a un lado de ellos.
Desfilaron familias, parejas, colegas y en efecto muchos hombres jóvenes quienes se arriesgaban a pedir el primer baile a la señorita Reznic, a lo que ella respondía:
—Lo lamento, pero ya me han pedido la primera pieza —decía esa mentira a todos por igual.
En un momento en el que los invitados eran menos frecuentes su madre llamo su atención.
— ¡Lydia, deja de estar mintiendo, al final se darán cuenta que los rechazaste porque no te verán bailar con ninguno!
—Quizás yo este reservando ese primer baile para quien realmente considere, no tengo porque bailar con el primero que me haga la invitación.
—Se lo que estás haciendo, pon un poco de tu parte, hija; tal vez te lleves una sorpresa con alguno de ellos —argumento su padre —por cierto, ¡olvide mi discurso! ¡creo que lo deje en mi despacho! —comento nervioso palpando su bolsillo.
— ¿No lo sabes de memoria? —Pregunto su esposa.
—Sí… pero me da seguridad el saber que lo traigo conmigo.
—Pediré a alguien que lo traiga.
—No es necesario, yo puedo ir por el —sin esperar respuesta, Lydia se apresuró pues sabía que le dirían que no.
Corrió hacia el despacho y se dirigió al escritorio. El señor Reznic era muy desordenado, sin embargo, por fortuna, su hija sabía muy bien donde estaba cada cosa por qué pasaba tiempo en la oficina con su papá. Abrió el cajón del lado derecho y ahí se encontraban unas tarjetas con el discurso, tuvo la intención de regresar a la fiesta, pero algo llamo su atención de repente, era la carta del colegio, la había dejado ahí en la mañana sin siquiera abrirla así que se le ocurrió hacerlo en ese momento. Se sentó en ese mismo sillón y con cuidado rompió el sobre, y comenzó a leerla despacio.
“Estimada Señorita Reznic:
Se hace llegar esta carta a usted en respuesta a la solicitud que ha enviado para ingresar a nuestra casa de estudios.
Hemos revisado el ensayo que envió, así como las notas y recomendaciones de sus profesores particulares y será un honor contar con su presencia a finales del próximo verano, para tomar los cursos de preparación de nuevo ingreso. Es imperativo que envié a los siete días de recibir esta carta la documentación solicitada a este remitente.
Atentamente
La coordinación de aspirantes”.
Lydia se sintió muy emocionada y feliz de saber que había sido aceptada, de un salto se levantó y corrió para darle las buenas noticias a sus padres, pero su emoción no duro por mucho. Coloco su mano en la manija de la puerta y se llevó una gran sorpresa al darse cuenta de que había sido cerrada bajo llave y solo así se podía abrir. El señor Reznic dio la orden de cerrar todas las puertas que no fueran necesarias y Lydia al estar sumergida en la carta no los había escuchado pasar. Tiro de las manijas aun sabiendo que no serviría de nada y a continuación la invadieron los nervios, comenzó a tocar la puerta y a hablar en voz alta por si alguien estuviera del otro lado, aún tenía el discurso de su padre en las manos y temía no llegar a tiempo; continúo pidiendo ayuda, pero no hubo respuesta, incluso se dirigió y dio vueltas por las ventanas, las cuales estaban protegidas por rejas de metal. Pasaron los minutos y su preocupación se acrecentaba cada vez más, se sentó junto a la puerta y siguió tocando, pero antes de que su esperanza muriera una voz respondió.
— ¿Se encuentra alguien ahí?
Era una voz masculina, una voz con la que no estaba familiarizada en absoluto.
— ¡Si! —Dijo con desesperación —¡me he quedado encerrada! ¡¿podría buscar al ama de llaves?! Hace un tiempo que debo estar en la celebración.
—Con gusto le ayudare, pero dígame, ¿Qué hacía usted en el despacho de Arthur?
—Vine a buscar algo que me solicito y no me percate que cerraron la puerta detrás de mí.
—De acuerdo, espere un momento.
No escucho ruido alguno por unos segundos, e intuyo que el hombre había ido en busca de alguien que tuviera la llave o simplemente la había abandonado. Al poco tiempo pudo ver como se giraba la manija y era liberada de la habitación, entonces empujo la puerta despacio y pronto se encontraría con el rostro de su salvador.
Un completo desconocido, un hombre alto, apuesto y sumamente elegante; quizás le faltarían un par de años para llegar a los cuarenta, pero su rostro reflejaba que disimulaba su edad, lo que lo delataba, eran sus ojos y su expresión de madurez, aunque curiosamente su cabello era de un negro intenso y no tenía ni una sola cana. Lydia pudo analizar cada detalle de el en un instante, su piel pálida, sus labios delgados, su nariz perfilada y masculina, sus cejas negras pobladas y debajo de ellas unos ojos que a la luz de las lámparas daban un destello rojizo como la granada.
— ¿Se encuentra bien? —Pregunto el majestuoso caballero que también la observaba fijamente.
—Sí, muchas….
— ¡Señorita!, ¡¿no debería estar en el salón?! —Interrumpió una de las sirvientas que recorría los pasillos.
La joven no pudo evitar girar la cabeza hacia la empleada al escucharla.
—…Enseguida estaré ahí, solo quería darle las gracias a el Señor —Pero cuando volvió al caballero, este ya no estaba y se quedó boquiabierta. — ¡¿Acaso viste a donde se fue?! —cuestiono a la sirvienta.
— ¿De quién habla, Señorita? solo estamos usted y yo.
—N… no, olvídalo.
Prefirió no indagar más en el asunto y de inmediato se dirigió a entregar el discurso.
Cuando entro al salón, intento buscar a su padre con la mirada, pero le fue imposible no desviarla ante la belleza de la decoración, los candelabros con cristales colgando de ellos, las cortinas de terciopelo rojo con los bordes en hilo de oro, los manteles largos y blancos; colocados debajo de los deliciosos bocadillos y las copas destellantes, los músicos que estaban hasta el final del salón en la parte superior e incluso las damas adornaban el lugar con sus hermosos atuendos, parecía algo digno de la realeza, era más que evidente que todos se habían esforzado mucho para esa noche.
Su madre la encontró primero y se acercó a ella.
—Lydi, ¿Dónde estabas? —susurro.
—Disculpa, tuve un contratiempo, aquí traigo el discurso de papá.
—Bien, yo se lo entregare, tú debes acercarte a la pista, la señora Fischer me comento que su hijo, Lucas está muy interesado en bailar contigo.
El comentario provoco una mueca de desagrado en ella, mas no respondo, solo se limitó a darle las tarjetas a su madre pues confiaba que encontraría la mejor y más discreta manera de entregárselas a su padre.
Lydia solía disfrutar de los bailes y las fiestas, no obstante, sabía que esa noche tenía un doble propósito, por lo tanto, lucharía contra su propio ser para no concederle una pieza a nadie y no darle aliento a su madre de que pensar algo más. Camino al centro hasta que su mamá la perdió de vista, avanzo por detrás de las demás jóvenes y se mantenía en movimiento constante para evitar ser abordada, rodeo el salón hasta instalarse al lado de los bocadillos y sin cautela tomo uno, tenía mucho apetito pues desde el medio día no había probado bocado, trato de conservar los modales, sin embargó el hambre hacía que comiera sin masticar lo suficiente. Y mientras casi engullía, no vio venir a uno de los jóvenes que se acercó a ella, era el hijo de los vecinos más próximos a la hacienda, lo conocía desde niño, pero nunca habían entablado una amistad más allá de las escasas visitas entre las familias.
—Señorita Reznic —dijo acompañado de un saludo en forma de reverencia.
Ella correspondió de la misma manera mientras aún tenía comida en la boca.
—Es grato encontrarla y debo decir que para mí fortuna encontrarla a solas, he deseado invitarla a bailar toda la noche.
Lydia abrió los ojos de asombro y de golpe trago el bocado, tomo una copa que estaba cerca y le dio un sorbo, quería rechazar su invitación de una manera educada, para no sonar pedante.
—Sería un honor bailar con usted señor Fischer, pero… —Antes de poder concluir la frase ella alcanzo a ver que su padre hacia un gesto llamando su atención —¡mi padre solicita mi presencia! con gusto será en otro momento, con permiso.
Hizo otra reverencia y se dirigió hacia su padre que estaba reunido junto a su madre y otros tres hombres a los que solo podía ver de espaldas.
—Caballeros quiero presentarles a mi hija, Lydia.
Cada uno hizo reverencia seguido de un saludo verbal.
—Lydia ¿recuerdas al teniente, Gerhard Phillip?
Refiriéndose al hombre de color que llevaba un uniforme impecable y medallas relucientes.
—Claro.
—Y ellos son, el señor Vladimir Delacroix y su asistente, Lewis.
Fue una sorpresa para ella notar que el señor Delacroix era quien la había ayudado a salir del despacho.
El caballero y “salvador” alzo una ceja y a continuación intervino.
—En realidad él es Walter Sullinger, una disculpa por no haberlo introducido anteriormente.
—Lo lamento, generalmente es Lewis quien te acompaña cada vez que nos reunimos —dijo Arthur.
—Sí, pero en este momento mi estimado amigo está apoyándome con otros negocios en la capital, sin embargo, envía sus afectos a la familia Reznic.
—Mi tía que vive en la capital me ha dicho que han sucedido muchas tragedias últimamente —comento Elizabeth.
—La capital es una gran urbe y es normal que haya situaciones que en otros lugares parezcan inusuales —dijo el teniente.
Lydia giro la mirada hacia el señor Delacroix, quien estaba atento a la conversación y de inmediato, salto a su asistente, Walter; este lanzo un gesto a ella que le pareció incomodo así que manifestó su desagrado con una mueca y volvió la mirada a la charla.
—He leído en los tabloides que se mencionan decesos muy frecuentemente, y que son perpetrados de maneras desagradables —Intervino Lydia.
—Algunas personas circulan noticias amarillistas con intención de desestabilizar al gobierno.
El teniente Phillip era un hombre muy patriota, se le había inculcado desde pequeño él no contradecir al régimen y provenía de una familia con una extensa lista de historia militar.
—Es bueno saber que el gobierno tiene todo “bajo control” —Respondió Lydia.
Su comentario ocasiono una ligera sonrisa en el señor Delacroix, quien fue el único en detectar la intención en sus palabras.
—Le decía a mi esposa que no debía preocuparse en lo absoluto, que todo saldrá bien el mes entrante que viajemos a la capital.
—Sí, esperamos poder celebrar el compromiso de nuestra hija estando ahí —Continuo Elizabeth.
Lydia se sintió abochornada por ese comentario y sin nada de sutileza interrumpió a su madre.
—Así es, mis padres estarán dichosos de celebrar un compromiso si es que me llego a comprometer en ese transcurso de tiempo, pero, será complicado encontrar un prospecto que pueda esperar a mi regreso ya que estaré ausente un largo periodo.
— ¿A qué te refieres, querida? —pregunto su madre.
—Acabo de ser aceptada por “El Colegio de estudios profesionales” que se encuentra en la capital y me llevara unos años concluir mi formación ahí.
Su madre palideció, estaba contenta y al mismo tiempo molesta por la noticia, su padre, por el contrario, se alegró de las palabras de su hija.
— ¡Esto es algo más que se debe celebrar esta noche!
Arthur Reznic enseguida se dirigió ante los músicos para pedirles silencio ya que daría su discurso antes de lo planeado, el hombre se sentía inspirado.
Lentamente se fueron acercando los invitados mientras Arthur comenzaba a hablar:
— ¡Queridos amigos, nos hemos reunido aquí para celebrar… —Hizo una breve pausa y decidió cambiar un poco sus palabras —¡Dios ha sido generoso conmigo y con mi familia, este año la hacienda se regocija porque hemos tenido la mejor vendimia de todos los tiempos, incluso hemos superado la histórica cosecha en la que estuvo al frente mi bisabuelo, el gran Vincent Reznic, en sus últimos años de vida! ¡Este hecho nos ha beneficiado a nosotros, pero queremos compartir ese beneficio con los que más lo necesitan ya que mi esposa, Elizabeth y yo, hemos decidido donar una parte de nuestras ganancias para la construcción de un futuro hospital…!
Los invitados aplaudieron y dieron aliento ante el anuncio del señor de la casa, algunos aplaudieron por hipocresía, otros porque realmente los apreciaban y consideraban su gesto de lo más generoso.
— ¡Nuestros habitantes ya no tendrán que viajar hasta la capital o ciudades aledañas para recibir una atención de calidad, nuestro pueblo, nuestra gente, merece estar a la altura de cualquier otra ciudad! —volvieron a aplaudir con derramamiento.
Todos aplaudían menos Lydia, no acostumbraba a celebrar esos hechos públicamente, se enorgullecía de sus padres a su modo, en silencio. No obstante, había a su lado otra persona que no se exaltaba con el discurso, era el señor Delacroix, quien parecía tener la mirada perdida. Giro la cabeza lentamente para observarlo y un par de segundos después, el hizo lo mismo, la miro fijamente a los ojos y así permanecieron mientras el señor Reznic continuaba hablando. La voz de su padre parecía alejarse, así como la presencia de los invitados desaparecía y aunque Vladimir se encontraba a unos pasos de distancia, sentía como si él la estuviera rodeando, casi podía oler su perfume; de pronto, Lydia se ruborizo y rápidamente aparto la mirada, pero aún lo podía percibir e incluso sentir, que la seguía observando, aquella situación no demoro y se percató del momento en el que él dio un paso al frente para intentar acercarse a ella.
Finalmente fue su padre quien esparció la sensación al mencionar en voz alta su nombre durante el discurso. Con gran júbilo compartió con los invitados el hecho de que su única hija partiría a la universidad el próximo año.
Cuando la joven alzo la cabeza al escucharlo, sus ojos volvieron a hacer contacto, pero esta vez con Lucas Fischer que parecía estar preparado para ir por ella una vez terminado el discurso. Lydia estaba perdida, debía huir del joven Fischer y de la penetrante mirada del señor Delacroix.
Una vez terminado el discurso se retiró hasta la terraza contigua al salón, ahí permaneció mientras volvía en sí, se concentró en las estrellas y el brillo de la luna, hacia frio y aun con su escote no le importo mucho, ya estaba más tranquila con la brisa nocturna y el olor a humedad de la tierra proveniente de las plantas que rodeaban la terraza; las cortinas de terciopelo le daban algo de privacidad, la mayoría de los invitados pasaban sin notar su presencia, así que lentamente cerro los ojos y respiro el aire puro del campo.
Pero su tranquilidad se vio interrumpida al poco tiempo.
—Señorita Reznic, pescara una pulmonía si permanece aquí —era el señor Delacroix.
Lydia lo miro como un relámpago, era de el quien traba de alejarse y finalmente la alcanzo, se mantuvo serena y permaneció en su lugar.
—Valdría la pena arriesgarse un poco con tal de presenciar tan linda noche, con estrellas tan brillantes y aromas deleitables.
—Es por eso o quizás ¿prefiere arriesgarse a pescar una enfermedad y no un compañero de baile?
El comentario provoco una discreta sonrisa en la joven.
—Ahora que recuerdo, señor Delacroix, no le pude dar las gracias por haberme ayudado a salir del despacho de mi padre.
Vladimir tomo asiento y se fue acercando hasta quedar a lado de ella.
—No tiene que agradecer, fue un placer, me da gusto saber que logro salir justo antes de las emotivas palabras de su padre, quien por cierto siempre habla de usted.
Ella se sorprendió ante su comentario.
—Me parece curioso, a usted jamás lo había mencionado antes, ahora resulta que son colegas desde hace algún tiempo. Mi padre me ha presentado a todos sus socios e incluso amigos, pero es la primera vez que le veo o escucho del señor Delacroix.
—Bien, para todo hay una primera vez y ahora sabe que existe un señor Delacroix que conoce a su padre.
Ambos permanecieron en silencio por unos segundos fingiendo que miraban al cielo mientras se buscaban por el rabillo del ojo.
—Dígame, señorita Reznic, ¿se siente usted nerviosa por su cambio de vida a la capital? —Claramente Vladimir buscaba su atención.
—No, en lo absoluto —respondió cortante.
—Suena muy segura, ¿no ha pensado en las cosas que podría enfrentar?, las cosas nuevas y diferentes pueden asustar a muchos.
La joven suspiro y volvió la mirada al cielo.
—Desde que llegamos a este mundo todo resulta nuevo para nosotros, la vida está plagada de retos y frustraciones, si cada individuo viviera temiendo a lo nuevo o evitando aquello que es diferente, la humanidad no habría llegado a este punto. No tengo una idea concreta con respecto a lo que me espera en la capital durante ese tiempo, pero jamás sabré si soy capaz de enfrentar lo que suceda a menos que lo viva por mí misma.
—Interesante, no le perturba vivir en un lugar al que no está acostumbrada, sin embargo, se oculta de los que la desean como compañera de baile.
Lydia soltó una risa sutil debido al comentario.
—Parece que ha mal interpretado la situación, pero no lo culpo, en verdad pareciera que me doy mis aires y me esfuerzo por mantenerlos alejados; es necesario que sepa que en otras reuniones he aceptado bailar porque es algo que me gusta, es solo que esta celebración tiene un doble propósito para algunos y no deseo dar falsas ideas a nadie.
— ¿Huye de su posible compromiso?
—Trato de evitarlo.
— ¿No desea contraer nupcias?
— ¡No!
Ella hizo silencio un par de segundos y bajo la mirada al darse cuenta de que comenzaba a alterarse ante las preguntas del caballero.
—…Sí, me gustaría casarme algún día, pero me siento indispuesta para eso.
Vladimir se acercó y nuevamente clavo sus ojos en los de ella.
—Usted no está indispuesta, simplemente no se ha enamorado, desea casarse con alguien a quien ame y la ame por igual, no obstante, se siente presionada por sus padres, quiere complacer a su familia y también desea su propia felicidad.
Lydia estaba sorprendida pues ni ella misma hubiera podido describir mejor lo que sentía.
— ¡¿Es acaso un experto?! ¡me ha interrogado con mucha insistencia en el tema! ¡¿Qué es lo que desea saber exactamente?! ¡¿O solo busca que le hable de mi desdicha para burlarse?! ¡Imagino que usted y la señora Delacroix llevan un matrimonio feliz que no fue arreglado!
Había tocado una fibra sensible en ella y eso le disgusto, en cambio el otro se conservó impávido.
—No hay una señora Delacroix, Señorita Reznic, al igual que usted mi corazón no posee dueño. Mis años me han hecho conocer la desdicha de un amor no correspondido, de un amor falso, la ausencia de este en relaciones por acuerdo, y el vacío de la soledad.
La joven no pudo evitar sentir la tristeza que transmitían sus palabras, era el corazón hablando y no el hombre. Aun mantenían sus ojos uno en el otro y a ella la volvió a invadir aquella sensación que tuvo durante el discurso, pero esta vez no parecía poner resistencia, dejo que su cuerpo fuera libre sin control y sin darse cuenta ya estaban muy cerca uno del otro.
De repente se escuchó el relinchar de los caballos y Lydia giro en dirección a la caballeriza, al parecer algo se suscitaba, los peones iban corriendo en aquella dirección acompañados de antorchas y azadones. Sabiendo que aquello no era buena señal, de un brinco, la señorita se levantó del lugar y se enrollo las faldas para correr, dejando a Vladimir a un lado sin ni siquiera despedirse de él. Este último, también alarmado, fue tras ella.
Lydia corrió a toda prisa y para cortar camino no tomo la vereda de tierra seca, en su lugar, atravesó por el pastizal y la tierra húmeda.
Al entrar en el edificio de madera y piedra, encontró por lo menos a cinco trabajadores tratando de calmar a los animales que parecían sumamente alterados, siendo “chocolate” el más asustado de todos. Ella fue a donde su querido amigo para intentar tranquilizarlo y termino encontrándose con un hecho horroroso, en el corral contiguo yacía lo que parecía el cadáver tasajeado de “relámpago”. Había partes del animal regadas en el suelo, al igual que un charco de sangre y eses, Lydia estaba aturdida contemplando la terrible escena, cuando de repente “chocolate” rompió la puerta de su corral. Inmediatamente intento sujetarlo, pero el equino estaba fuera de sí y corrió como una ráfaga por el establo, ella no lo soltaba y luchaba por lograr montarlo, “chocolate”, alterado, encontró la salida por una ventana y sin soltarse, la señorita Reznic solo pudo bajar la cabeza para que las astillas no entraran a sus ojos.
El caballo desbocado atravesó todo el campo llevándola con medio cuerpo arrastras y dejando la hacienda atrás, la llevo por el camino serpenteante que bajaba al arroyo. Después de varios intentos, Lydia logro subir al animal, se sujetó de la crin e intento tener control sobre él, pero algo hizo detener a “chocolate” de manera abrupta y se levantó sobre sus patas traseras. Lydia no pudo mantenerse y cayo de él, rodó por la elevación de tierra, entre la maleza y los árboles de los alrededores, quedando tendida e inconsciente junto al arroyo.
No paso mucho tiempo para que despertara, abrió sus ojos lentamente y se encontró sobre otro caballo en movimiento, alzo la mirada y se dio cuenta que el jinete era el señor Delacroix, quien la llevaba por delante. Estaba confundida y por un minuto se quedó ahí, recostada sobre su pecho inhalando su aroma, descansando de la travesía. Rápidamente las imágenes de “relámpago” muerto, la revolcada de “chocolate” y la caída, cruzaron por su cabeza cuando se incorporó.
— ¡Despertaste! —Dijo Vladimir, sorprendido — ¿Te encuentras bien?
Lydia no se dio cuenta que el caballero le hablaba de manera informal.
— ¡¿Dónde está?!
— ¿Quién?
— ¡“chocolate”! ¡¿Está bien?!
— ¿Te refieres al caballo?, él está bien, obsérvalo por ti misma —tiro de un cordel y con eso “chocolate” se movió a un lado, estaba caminando detrás del otro caballo guiado por Vladimir, se veía cansado, pero tranquilo.
Ella suspiro al ver a su querido amigo sano y salvo, y sin darse cuenta se recostó nuevamente en el Señor Delacroix.
— ¡Disculpe usted! yo….
—No te preocupes, puedes volver a hacerlo si estas cansada —Lydia se ruborizo al escuchar su invitación. —A decir verdad, me sorprende que estés con vida.
—Las personas del campo somos más resistentes —fue lo único que contesto y le había parecido una idiotez. —Vio de pronto que se acercaban a la casa grande y entonces se puso nerviosa. — ¡Por favor, déjeme bajar, no quiero que mis padres me vean y se preocupen!
— ¿Dónde sugiere que me detenga?
—En el establo.
—No creo que esté en condiciones para caminar de regreso.
—¡Puedo hacerlo, no se preocupe! Además, quiero encargarme de “chocolate”, el me necesita.
Vladimir no quiso discutir con ella, así que la complació en su petición llevándola directo al establo sin pasar por el salón donde se encontraba la reunión. Los peones la ayudaron a bajar y a llevar a los caballos a distintos corrales, Lydia acaricio a “chocolate” y se aseguró de que bebiera agua, su amigo se veía más triste que agotado. Delacroix se quedó junto a ella en todo momento, contemplaba como la joven acariciaba al equino con afecto, incluso noto lagrimas saliendo de sus ojos llenos de enfado y las vio correr por sus mejillas raspadas, ella se las limpiaba con los antebrazos de su vestido desgarrado, lleno de lodo y sangre.
—Señorita, ¿cree pertinente que debamos avisar a su padre de lo que sucedió? —pregunto uno de los hombres.
— ¡Por supuesto!, respondió firmemente —pero sean discretos, el aún tiene invitados y no querrá alterar a nadie más de lo debido, yo por el momento me retiro para no darle algo más en que pensar, quiero que los restos de “relámpago” sean enterrados bajo el roble que esta antes de los viñedos, ahí le gustaba pastar junto a “chocolate”.
Lydia dejo tranquilo a su caballo y abandono el establo, se dirigió a casa y entro por la puerta cerca de la cocina, fue ahí que se percató de que Vladimir aun la seguía y se detuvo.
—Le agradezco su preocupación y sus atenciones, sin embargo, hasta aquí puedo manejarme sola.
El ignoro lo último y se acercó con atrevimiento, con su pulgar y el índice tomo su rostro lastimado desde el mentón y lo examino.
—Debe lavar sus heridas, tome asiento traeré agua limpia.
—No es necesario, yo…
Vladimir tomo un poco de agua tibia en un pocillo limpio y saco su pañuelo que brillaba de lo blanco, como si fuera nuevo.
— ¡¿Acaso me está escuchando? ¿o debo dejarlo de pie?!
—Te he escuchado perfectamente, te he puesto más atención de la que piensas y es por eso por lo que no puedo dejar que te vayas así —contesto mientras remojaba y exprimía la tela, —no quiero que sean las lágrimas las que quiten la tierra de tu rostro.
Ella estaba cansada y se sentía vulnerable como para oponerse, además, sentía muy agradable su presencia.
Vladimir, con mucha delicadeza pasó el pañuelo húmedo por su rostro, era muy sutil en los raspones para no lastimarla y solo tocaba ligeramente esas zonas.
—Estaré bien por la mañana —dijo para romper el silencio mientras el continuaba. —Cuando era niña trepaba a los árboles y las caídas eran muy frecuentes al igual que los golpes y los raspones, pero para el siguiente día era como si no hubiese pasado nada.
El caballero sonrió ante su anécdota, como si estuviera disfrutándola. Él llego a la frente de la señorita y se detuvo a contemplarla.
—Tus ojos… —Se acercó aún más y el corazón de Lydia comenzó a latir más rápido. —Tus ojos son, inusualmente hermosos, no podría describirlos fácilmente, no podría afirmar que color poseen, pero sí, lo que transmiten.
Era claro lo que pasaba, estaban a un par de centímetros de distancia, ambos mirando los labios del otro, sin embargo, algo los interrumpió nuevamente, era Walter quien tocaba en el marco de madera de la puerta abierta, Lydia retrocedió rápidamente al verlo. Vladimir solo exhalo y viro un poco su cabeza hacia su asistente con una expresión de enfado contenido.
Walter aclaro su garganta antes de pronunciar alguna palabra.
—El señor Reznic me pidió que lo buscara, le han informado que hubo un accidente en los establos y requiere su presencia para apoyarlo.
—Enseguida estaré con el —respondió cortante, aun dándole la espalda. Cuando volvió su mirada a Lydia esta ya había abandonado el lugar.