Una esclava más

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Summary

Erlea fue vendida por sus propios padres y marcada como beta , una clase inferior destinada a la obediencia. Pero era un error ella era alfa , y su espíritu nunca se rendiría. Cuando la joven duquesa Julieta la compró en el mercado de esclavos, Erlea pensó que su sufrimiento terminaría, pero su infierno apenas comenzaba. Aunque ahora vivía en un castillo, seguía siendo una prisionera, con cadenas invisibles que la ataban a su dueña y un tatuaje que la perseguiría toda la vida. Los años pasaron, y algo inesperado ocurrió: Julieta comenzó a enamorarse de Erlea. Pero, ¿cómo podía una noble amar a su esclava? La distancia entre ellas era abismal, no solo por sus clases sociales, sino por todo el dolor que las separaba. Sin embargo, el corazón no entiende de reglas ni prohibiciones. ¿Se atrevería Julieta a desafiarlo todo por Erlea? ¿Y Erlea podría verla algún día más allá de los grilletes que la aprisionaban? Un amor estaba prohibido por nacer.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El aire denso del mercado de esclavos se mezclaba con el hedor del sudor y la desesperación. Cuerpos temblorosos y miradas vacías esperaban su destino, mientras los comerciantes gritaban ofertas como si vendieran simple ganado. Entre ellos, una joven de cabello oscuro y ojos encendidos de furia se mantenía de pie, desafiante, aunque sus muñecas estaban atadas con gruesas cuerdas.

Erlea.

Su nombre ya no le pertenece. Su vida tampoco. Había sido vendida como una beta, condenada a servir y obedecer. Pero dentro de ella, la verdad ardía como una llama imposible de apagar. Ella no era una beta. Era un alfa. Su instinto lo gritaba, su sangre lo exigía. Pero nadie lo creyó. Sus padres, aquellos que debían protegerla, la entregaron por unas diez monedas.

Mercader- ¡La joven es fuerte y obediente! ¡Una gran compra para cualquier amo exigente!

Vociferó el mercader, jalandola hacia adelante.

Los postores la observaban con ojos fríos. Algunos murmuraban entre ellos, evaluando su utilidad y su cuerpo, sin importarles el alma atrapada en ese cuerpo. Pero entonces, una voz distinta resonó entre la multitud.

Julieta- Yo la compraré.

El silencio se extiende como un manto. Todos voltearon a ver a la dueña de aquellas palabras: una joven de porte elegante, con una mirada inquebrantable y un vestido fino que la distinguía de los demás.

La duquesa Julieta .

Erlea alzó la vista y encontró un par de ojos verdes observándola con algo que no supo identificar en ese momento. ¿Lastima? ¿Curiosidad? ¿O algo más peligroso?

Julieta- Doscientas monedas de oro.

Anunció Julieta, sin titubear.

El mercader entusiasmado, satisfecho por el alto precio.

Mercader- Vendida.

Erlea sintió cómo el mundo a su alrededor se desmoronaba, y con él, cualquier esperanza de ser libre. No imaginaba que, aunque sus cadenas fueran de seda en vez de hierro, su infierno apenas comenzaba.

Mercader- Pero como reglas del lugar tenemos que marcar al producto, por si se le ocurre devolver. tendríamos que educarla nuevamente, para que obedezca a su próximo amo.

¿Está bien con eso?

Preparó el hierro de marcar, lo estaban precalentando para que esté al rojo vivo.

Julieta- Me da igual, háganlo rápido.

Erlea sintió el pánico recorrerle la piel como un veneno helado. Sabía lo que venía. Lo había visto antes en otros esclavos: el grito sofocado de dolor, la carne quemada, el olor a piel chamuscada impregnando el aire.

Sus muñecas temblaban, pero no por miedo, sino por rabia. Si tenía que soportar ese destino, lo haría con la cabeza en alto, sin darle a nadie el placer de verla quebrarse.

El mercader asintió con una sonrisa satisfecha ante la indiferencia de Julieta y ordenó a uno de sus ayudantes que trajera el hierro al rojo vivo. El sonido del metal siendo sacado del fuego llenó el aire, seguido por una ola de calor que hizo que algunos de los presentes se alejaran instintivamente.

Mercader- No te resistas, niña. Será más fácil si te quedas quieta.

Susurró el mercader, sujetándola con fuerza.

Erlea alzó la vista hacia Julieta. La duquesa seguía ahí, observándola sin emoción, como si estuviera evaluando un mueble caro y no a una persona. Aquello la enfureció más.

Julieta- Hazlo rápido, mi tiempo es oro.

Ordenó de nuevo, sin un atisbo de compasión en su tono.

Erlea sintió cómo la empujaban de rodillas sobre la plataforma. Su camisa fue rasgada en el hombro, exponiendo su piel al aire frío. La marca estaba a punto de ser estampada en ella, un recordatorio imborrable de su condición de esclava.

El hierro descendió.

El dolor fue un relámpago ardiente que la recorrió de golpe. La piel siseó al contacto con el metal al rojo vivo, liberando un hedor nauseabundo que hizo que algunos de los presentes apartaron la vista. Pero Erlea no gritó. Se mordió el interior de la mejilla hasta que la sangre llenó su boca, pero no dejó escapar ni un solo sonido. No les daría esa satisfacción.

Cuando por fin apartaron el hierro, su piel quedó marcada con el símbolo de un búho. Un símbolo de sumisión. Erlea sentía la piel latir con dolor, pero solo apretó los dientes y miró con desafío al mercader.

Mercader- Tienes una voluntad fuerte.

Murmuró el hombre, divertido.

Mercader- Veremos cuánto tardas en regresar.

Julieta avanzó un paso, con su mirada clavada en la marca humeante sobre la piel de Erlea. Algo en su interior se agitó al ver la escena, pero se negó a prestarle atención. Aquella esclava era solo eso: una posesión, un objeto útil. Nada más.

Julieta- Terminemos con esto.

Dijo la duquesa, dándose la vuelta.

Julieta- Llévenla a la mansión.

Dos guardias se acercaron y la sujetaron con firmeza, llevándola lejos del mercado, lejos del fuego y el hierro, pero no del infierno que le esperaba.

Y aunque Julieta no lo supiera, aquel día, al comprar a Erlea, había sellado su propio destino también.

Estuard- Ya estamos fuera de la vista de la jefa.

Cristofer- Afirmativo.

Erlea los miró con el ceño fruncido, el dolor punzante en su hombro palpitaba, pero su mente estaba más ocupada intentando descifrar lo que acababa de escuchar.

Estuard se inclinó hacia ella, sacando de su cinturón una pequeña daga. Por un momento, su corazón latió con fuerza, temiendo que quisiera hacerle daño. Pero en lugar de atacar, cortó las cuerdas que ataban sus muñecas. La piel enrojecida y maltratada quedó al descubierto, pero ella no se movió ni dijo nada.

Cristofer miró alrededor, asegurándose de que nadie los estuviera observando.

Cristofer- No te podemos liberar, pero no por eso te trataremos peor que un animal.

Erlea se frotó las muñecas, sin dejar de observarlos con cautela.

Su tono era bajo, pero firme, caminaron tranquilamente hasta la mansión.

Estuard- Solo te estamos dando un respiro antes de que entres a esa jaula dorada. Escucha bien, en la mansión debes mantener la cabeza baja. No respondas, no desafíes, no pienses, no respires sin que la jefa te de la orden.

Erlea apretó los puños. Su orgullo rugía en su interior, pero su instinto le decía que callara, que escuchara.

Erlea- Pero yo no soy una beta.

Murmuró Erlea entre dientes.

Estuard la miró con dureza.

Estuard- Lo sabemos, somos omegas.

¿Y qué crees que pasará si lo descubren? ¿Que te van a pedir disculpas y a tratar como mereces?

No, niña, te cazarán como a un animal. Debes entender esto ahora, o terminarás muerta.

Erlea sintió una punzada en el pecho. La impotencia la carcomía, pero no tenía opción.

Cristofer le tendió un pedazo de tela.

Cristofer- Cúbrete la marca. No dejes que los demás sirvientes la vean en carne viva.

Ella tomó la tela sin rechistar, envolviendo su hombro con ella. La sensación ardiente seguía ahí, recordando que su vida ya no le pertenecía. Pero Erlea no era una simple esclava. Ella lo recuperará todo. Sin importar cuánto tardará.

Estuard y Cristofer intercambiaron una última mirada antes de volver a sujetar, esta vez sin la fuerza de antes, pero lo suficiente para mantener las apariencias.

Estuard- Ahora camina

Ordenó Estuard.

Cristofer- Bienvenida a tu nuevo hogar, Erlea.

Tu nuevo infierno.

Y con esas palabras, cruzaron las imponentes puertas de la mansión de la duquesa Julieta, donde el verdadero infierno apenas comienza.

Erlea dio un paso dentro de la mansión, el peso de la marca en su hombro quemaba como un recordatorio constante de lo que había perdido. El lugar era grandioso, pero la opulencia de los pasillos de mármol y los muebles finos solo la hacían sentir más pequeña, más atrapada. Cada paso que daba la acercaba más a la jaula dorada en la que estaba a punto de quedar encerrada.

Los sirvientes se apartaron a su paso, algunos la observaban con curiosidad, otros con indiferencia. No podía predecir si eso era peor o mejor. La duquesa Julieta había ordenado que la llevaran directamente a sus habitaciones, pero el silencio en el aire era denso, como si el destino de Erlea ya estuviera marcado, incluso antes de que entrara.

Estuard y Cristofer la acompañaron a lo largo de los pasillos, hasta que llegaron ante una puerta horrible y llena de moho.

Estuard- Esta será tu habitación, recuerdalo.

La puerta crujió al abrirse, dejando escapar un aire mustio y viciado que hizo que Erlea frunciera el rostro. La habitación, si se podía llamar así, estaba desprovista de cualquier lujo, en total contraste con el resto de la mansión. El suelo de piedra estaba húmedo y sucio, y la única ventana estaba tapiada, como si quisieran evitar que se escapara incluso la luz. El aroma a humedad y encierro le atacó las fosas nasales, y el sentimiento de claustrofobia la invadió al instante.

Estuard empujó la puerta, haciendo que un extraño crujido resonara a través de las paredes frías de la habitación.

Estuard- Aquí es donde estarás, lejos de los ojos de la jefa.

Erlea no respondió. Sabía que cualquier palabra que saliera de su boca sería ignorada, incluso castigada. Sin embargo, no podía evitar sentirse humillada por esa habitación, ese “hogar” que le daban. Sabía que en algún momento tendría que enfrentarse a Julieta, pero por ahora, solo se concentró en lo que podía controlar: su propia fuerza interior.

Los dos sirvientes la empujaron suavemente dentro de la oscura celda, y la puerta se cerró con un sonido sordo que la hizo estremecer.

En ese momento, la risa fría de Julieta resonó en su mente. La duquesa siempre había sido una figura distante y dominante, pero ahora, con Erlea bajo su poder, su verdadero rostro comenzaba a asomarse. Aquella mujer que parecía tan seria, tan calculadora, también era cruel y despiadada. Si alguien pensaba que Julieta podría ser una salvadora para Erlea, se equivocaba profundamente. Julieta era una mujer que trataba a todas como piezas en un tablero de ajedrez, dispuesta a manipular y destruir a quienes no le servían.

Erlea no se iba dejar humillar, ella tenía un plan para que Julieta se arrepintiera.

Desde ese momento comenzó a limpiar su habitación, porque si iba a vivir ahí no iba a vivir en esas condiciones.

Al día siguiente, cuando Erlea ya había terminado de limpiar, escuchó pasos acercándose. El sonido de tacones agudos resonó por el pasillo, cada golpe del zapato sobre el suelo de mármol vibraba en su pecho como una amenaza.

La puerta se abrió sin previo aviso. Julieta apareció en el umbral.

Julieta- ¿Qué tal tu nuevo hogar?

Dijo con una sonrisa de suficiencia, pero esa sonrisa se desvaneció cuando vio que aquel horrible lugar, ahora parecía una habitación impecablemente limpia, mirando a Erlea como si no fuera más que un insecto bajo su bota.

Erlea no dijo nada. Solo sonrió, pero las palabras que hervían en su interior eran como una llama que nunca se apagaría.

Julieta comenzó a caminar alrededor de la habitación, observando cada rincón como si estuviera inspeccionando algo sin valor. Sin embargo, su tono de voz nunca dejó de ser frío y distante.

Julieta- Tendrás que aprender a mantener la cabeza baja. No toleraré que me desafíes, no toleraré que me mientas.

La amenaza se deslizó en el aire con la misma naturalidad con la que respiraba.

Erlea la miró fijamente, sin ningún miedo. Julieta notó su desafío, y una sombra de irritación pasó por su rostro.

Julieta- Qué graciosa.

Dijo, sin una pizca de simpatía.

Julieta- Crees que tu resistencia tiene algún valor. Te he comprado, te he marcado, y te he dado un lugar. No eres más que un juguete caro ahora, y mis juguetes saben que deben seguir mis reglas. ¿Te queda claro?

Erlea mantuvo la mirada, sin una palabra más. Julieta sonrojándose, complacida por su control, y con una última mirada de superioridad, salió de la habitación.

Julieta- Prepárate. Te enseñaré a ser útil.

Y la puerta se cerró con un golpe seco.

A lo largo de los días, Julieta comenzó a mostrar el verdadero alcance de su crueldad. Cada orden era dada con la certeza de que Erlea no podría rechazarla. La duquesa no dudaba en humillarla frente a los sirvientes, y lo hacía con una indiferencia escalofriante. Si alguna vez Erlea cometía un error, no tardaba en recibir un castigo. Julieta disfrutaba de controlar cada aspecto de su vida, y se aseguraba de que Erlea supiera su lugar.

La opresión que Erlea sentía a cada momento era casi física, como si las paredes de la mansión se cerraran alrededor de ella. No solo las marcas en su piel, sino el peso invisible de ser tratado como nada más que una propiedad, la reducían. El control absoluto de Julieta sobre cada aspecto de su vida la hacía sentir como una sombra de sí misma, y ​​su rabia solo crecía, alimentada por la humillación y el sufrimiento.

Pero, en el fondo de su alma, Erlea sabía algo que Julieta jamás comprendería: ella no era una beta. Jamás lo había sido. Y no importaba cuantas veces la duquesa la intentará quebrarla, no conseguiría doblegar su espíritu. No podía. Erlea era un alfa, y aunque su cuerpo estaba marcado, su mente y su corazón seguían siendo libres, y esos eran los más poderosos de los vínculos que tenía.

Una tarde, mientras limpiaba el pasillo de la mansión, escuchó el sonido de pasos decididos acercándose. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Julieta. La duquesa siempre la observaba, siempre la evaluaba, como si estuviera buscando una debilidad, un resquicio por donde pudiera infiltrarse en su dominio. Erlea levantó la cabeza, mirando a través del polvo que cubría sus manos. No iba a temerle.

Julieta apareció, su presencia llenando el espacio como una tormenta. Su vestido resplandecía en el resplandor de los candelabros, su rostro impasible, como una estatua de mármol. Se acercó lentamente, cada paso resonando con el peso de su poder.

Julieta- Tienes 2 días libres, puedes irte.

No intentes salir del pueblo, estarán vigilados.

Todos mis sirvientes tienen que salir de la mansión una vez al mes.

Todos ya salieron, solo me faltaba avisarte a ti.

Dijo de una manera tranquila y serena, raro de ella.

Erlea apenas había tenido tiempo de asimilar la inesperada noticia de sus días libres cuando un aroma espeso y embriagador de la lavanda comenzó a llenar el aire. Al principio, creyó que su mente le jugaba una mala pasada, que era solo una fragancia entre tantas en la opulenta mansión. Pero entonces sintió cómo su propio cuerpo reaccionaba. El aroma se filtraba en su pecho, se enroscaba en su estómago y aceleraba su pulso.

Julieta, que hasta entonces había permanecido impasible, tambaleó un poco sobre sus tacones y llevó una mano a su propio cuello, como si de pronto no pudiera soportar el calor que la invadía. Su respiración se volvió errática y su cuerpo tembló imperceptiblemente. Erlea la observó con cautela, su instinto afilándose como una daga.

Julieta estaba entrando en celo.

La duquesa frunció el ceño, su compostura impecable tambaleándose. Por un momento, la furia encendió sus ojos esmeralda al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Había perdido el control, y para alguien como Julieta, eso era inaceptable.

Julieta- Largate.

Susurró entre dientes, con la mandíbula apretada.

Erlea no se movió. Sus sentidos estaban agitados, su propia biología gritándole que reaccionara, que respondiera a la llamada que Julieta emitía involuntariamente. Pero aún más fuerte que sus instintos era la incredulidad que comenzaba a invadir. El aroma de Julieta, dulce y embriagador, exigía una respuesta, y lo que más le sorprendió fue que su propio cuerpo quería responder.

Julieta respiró hondo, intentando estabilizarse. Erlea notó cómo sus pupilas estaban dilatadas, cómo su piel parecía más caliente, más sensible. La duquesa trató de dar un paso atrás, de apartarse, pero entonces, su mirada se posó en Erlea con una intensidad nueva, feroz, casi desesperada. Algo en su interior comenzó a caer en cuenta.

Julieta- No.

Susurró Julieta, sus ojos entre cerrándose, llenándose de una mezcla de confusión y pavor.

Julieta- No puede ser.

Erlea la miró en silencio. Ahora lo entendía. Su vida entera había sido una mentira, su destino impuesto por la ignorancia de quienes la rodeaban. Siempre la habían llamado beta. Siempre la habían tratado como si fuera inferior. Pero ahora, frente a Julieta, su verdadero ser estaba saliendo a la luz. Su naturaleza se alzaba con una certeza innegable.

Erlea no era una beta.

Era un alfa.

Y Julieta, en ese instante de vulnerabilidad absoluta, lo supo.

El pánico cruzó el rostro de la duquesa por apenas un segundo antes de que la máscara de frialdad volviera a caer sobre ella. Pero era demasiado tarde. Erlea lo había visto. Lo había sentido. Julieta estaba luchando consigo misma, tratando de negar lo evidente, de resistir su propia biología.

Julieta- Tú.

Julieta tragó saliva, con una mezcla de rabia y miedo pintada en su rostro. Dio un paso atrás, como si alejarse pudiera evitar el inevitable reconocimiento de la verdad.

Julieta- ¿Desde cuándo lo sabes?

Erlea la miró fijamente, sin responder. En ese momento, no eran una esclava y una ama, ni una duquesa y una sirvienta. Eran simplemente dos seres enredados en un destino que no habían previsto, en un lazo que ninguno de los dos había pedido, pero que ahora ardía en el aire entre ellas.

Julieta apretó los puños, su orgullo en guerra con la evidente necesidad que se apoderaba de su cuerpo. Su aroma seguía intensificando, enredándose con el de Erlea, provocando algo peligroso en el aire.

Erlea se acercó un paso, con la cabeza en alto. Ya no era la muchacha encadenada por una marca de esclavitud. Ya no era la sombra que Julieta podía manejar a su antojo. En ese momento, por primera vez, Julieta la veía de verdad. Y eso la aterraba.

Julieta- No te acerques más, aléjate.

Ordenó Julieta, su voz temblando levemente.

Pero Erlea no necesitaba moverse. Julieta ya estaba atrapada en su propio deseo, en su propia necesidad. Lo veía en sus ojos, en el leve rubor de su piel, en la forma en que su pecho subía y bajaba agitado. Por primera vez, Julieta no tenía el control.

Y Erlea sonrió.

La tormenta entre ellas acababa de comenzar.

Julieta respiró hondo, su pecho subía y bajaba de manera errática. Se aferró a la pared con los dedos crujientes, como si necesitara un punto de apoyo para no perderse en el torbellino de sensaciones que la atacaban. Su cuerpo exigía, su mente ordenaba resistencia.

Erlea, en cambio, permanecía inmóvil. La fragancia de Julieta la envolvía como un velo de seda, envolvente, tentadora, exigiendo algo que no estaba dispuesta a dar. Su mandíbula se tensó. Sus manos se cerraron en puños.

Erlea no quería esto.

No quería sentir el ardor en su piel. No quería que su instinto le gritara que debía acercarse, protegerla, reclamar lo que por derecho de su naturaleza le pertenece. Pero su cuerpo traidor ya respondía.

Julieta levantó la mirada, su gesto endurecido por el orgullo, pero su mirada brillaba con un dejo de súplica que ni ella misma parecía notar. Algo en su interior se suavizaba, volviéndose más dócil. Erlea podía verlo. La duquesa, tan cruel y despiadada, ahora parecía vulnerable, incluso indefensa.

Pero Erlea no podía ceder.

Con una fuerza que casi le resultó dolorosa, dio un paso atrás.

Erlea- No.

Julieta parpadeó, con la respiración entrecortada.

Julieta- ¿Qué?

Erlea- No voy a hacerlo.

Su voz sonaba más áspera de lo que pretendía.

Erlea- No soy como tú. No voy a aprovecharme de esto.

Dio una leve mirada hacia atrás, Julieta vio que sus ojos antes azules ahora estaban dorados, dando a entender que su celo también había llegado.

Continuará.