Proyecto Magic Dance

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Summary

Un grupo de amigos de la universidad comparten un montón de sentimientos, sueños y miedos por un futuro incierto. Crespo, Jana, Val, Lucy, Lei y David abandonaran sus vidas tal y como las conocían para verse inmersos en una partida de D&D en una Cantabria mitológica para principiantes de la que no saben nada. Siempre con la inestimable compañía de la gata Bastet. ¿Preparados? La partida va a comenzar.

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
n/a
Age Rating
18+

Intro

La habitación estaba tranquila y en silencio. El sol traspasaba las cortinas verdes, creando un juego de colores sobre la pared que daban reminiscencias de la naturaleza. En ella, fotos pegadas con chinchetas, algún artículo de revista, unas estanterías cuajadas de libros... A veces, algún bichito que cazar, si tenía suerte.

Se desperezó, estirando las patitas y bostezando a la vez. Notó la mano cálida de su humano, Nael -aunque todos le llamaban por su apellido, Crespo-, sobre el lomo y se tumbó unos minutos más para disfrutar de las caricias.

Los sonidos procedente de la cocina y el olor del café recién hecho hicieron que el chico se levantara. Ella volvió a estirarse bien, arqueando el lomo y moviendo el rabo de manera espasmódica. Manu, el otro humano con el que vivían en el piso de estudiantes, era siempre muy ruidoso. Para todo. Bastet había aprendido a ignorarlo la mayoría de las veces. El riesgo de acabar con un esguince de oreja al moverlas cada vez que lo escuchaba era real. O así lo sentía, al menos.

La gata se sentó y observó cómo Nael comenzaba su ritual de todos los días, poniéndose una camiseta vieja, abriendo cortinas y ventana, y saliendo a traspiés de la habitación, guiado por el fragante aroma del desayuno. Ella se quedó en la cama sentada, dando un metódico baño al pelaje negro y brillante antes de decidirse a comer algo de pienso seco del que siempre tenía en su comedero. Estaba bien, pero habría preferido alimentarse todos los días de las latas esas que sabían a magia o del pescado fresco que a veces conseguía rapiñar antes de que lo cocinaran los humanos.

Subió al alféizar de la ventana con un salto ágil y observó el paisaje desde allí. Aquel lugar tenía unas vistas espectaculares: toda la bahía se abría delante de sus ojos, con Peña Cabarga y el resto de montes y montañas al fondo. A veces, cuando soplaba el sur, se podían ver los Picos. Nael se tomó la molestia de explicárselo todo cuando se mudaron. Apreciaba que el humano creyera que entendería lo que decía, puesto que así era. Él, en cambio, no entendía nunca lo que ella trataba de contarle. Ni modulando los sonidos con maullidos.

Inspiró cerrando los ojos y notó el salitre que movía la brisa en la mañana. Vivía en una ciudad que le encantaba observar, con una familia de humanos que la querían y la habían rescatado de una muerte segura del arcén de la autopista siendo un cachorro lactante. Se lo contaba Nael de vez en cuando; ella no lo recordaba, por supuesto. Algo pasó volando a apenas dos metros de su cabeza y se puso automáticamente en posición de caza.

«¡Pajarito!» pensó, conteniendo la respiración.

Tras la reacción instintiva, recordó que tenía que tener cuidado: había mucha altura hasta desde el piso hasta el suelo. Incluso para ella. Del anterior ya se cayó por la ventana en una expedición por las cuerdas del tendal, pero era una buena altura para caer sobre las almohadillas. La experiencia se saldó con magulladuras y el susto en el cuerpo. El piso en el que vivían durante el curso desde hacía dos años, tenía una altura considerable. Dudaba de si podría aguantar la caída con solvencia y tampoco tenía intención de comprobarlo. Era una gata precavida.

Nael no tardó en regresar y ella se giró con un maullido lastimero. Siempre le hacía carantoñas antes de vestirse para ir a clase en la universidad. Puso «Los días raros» de Vetusta Morla en el móvil y cerró la puerta para no molestar. Le gustaba escuchar música mientras se preparaba para la uni, formaba parte de su ritual mañanero, como el de ella lamerse hasta donde pudiera contorsionar el cuerpo.

—Métete dentro, anda, Bastet. Cualquier día llega una gaviota y te da de comer a sus crías —dijo, con cariñosa condescendencia. Ella respondió restregando la cabeza contra su mano.

A veces parecía que entendía sus maullidos, pero sabía que era una ilusión bastante torpe. En momentos como aquel la gata sentía con claridad meridiana que lo único que necesitaba era poder comunicarse con su humano en algún idioma que ambos comprendieran. Ojalá poder experimentarlo algún día.