Mis ojitos tristes
De entre los cientos de colegialas me pareciste como un lunar que se comía la luz que reflejaban todas las demás. Me atrapaste como un hoyo negro hace con las galaxias: inevitable, irresistible, total. Y tú, sin darte cuenta del magnetismo que generabas, te quedabas sentada en las escaleras del colegio como hipnotizada por un balón de fútbol que viajaba de esquina a esquina. Te observé varias veces durante las tardes de calor, cuando me sentaba fuera del mostrador esperando a que el aire llegara a mi silla. Qué locura la mía, quedarme prendido de una niña.
A la quinta tarde ya me veía caminando hacia el enrejado para ver si volteabas hacía mí, para llamarte, para sonreírte, para ofrecerte una paleta de limón, para lo que fuera. Me quedé parado un rato, mirándote dejar la mirada fija en algo, para luego ser testigo de cómo dejabas esos ojos negros completamente deshabitados. ¿Cómo llamar tu atención? Me regresé a la tienda con una mano metida en el bolsillo y la otra restregando mi cabello, pensando, deseando... ¡Eres tan diferente a las demás! Caminar lejos de ti te llamó mas la atención que verme caminar hacia ti.
—Oiga, —me llamaste—, ¿Me puede vender un raspado o una agüita congelada?
¡Demonios! No estaba preparado para oír tu voz a mis espaldas, para oírte hablarme de usted dejando expuestas nuestras diferencias. Hice como si no te oyera y me seguí de frente hasta quedar protegido detrás del mostrador.
En la noche, después de lavarme, me miré al espejo comparando la imagen que tenía de mí con la que proyectaba mi edad. Concluí que me veía mucho mejor que mis amigos ya casados y cargados de hijos, que veinte años más que los tuyos en realidad no eran muchos.
Dejé pasar unos días. Esperaba que tú llegaras a la tienda sin muchos deseos de que en realidad sucediera; es que no quería que me vieras servir, atender las peticiones de los mocosos que ignoraban tu belleza. Tuve suerte... y no, jamás pusiste un pie en la tienda.
Esperaba con ansias la hora del recreo, volteaba a ver el reloj hasta que marcaba la hora en la que estarías en el patio para luego imaginarme, tras el mostrador, lo que tus ojitos tristes estarían viendo. Me alentaba a mi mismo a salir de la tienda e ir a buscarte. No sabes las veces que tuve que razonar conmigo respecto a que a mi edad ya no estaba para penas o disimulos y menos tratándose de una mujercita de secundaria.
Jamás olvidaré el día que nos vimos de frente, con una reja de por medio.
—¿Cómo te llamas? —te pregunté.
—Juana.
—¿Y por qué no estás jugando? ¿No tienes amigas?
—Porque estoy hablando con usted.
—¿Y ayer?
—Usted qué sabe.
—Desde mi tienda se ve todo.
—No creo que se vea todo porque varias veces me he parado aquí para pedirle algo de la tienda y por más señas que le hago, no me pela.
—¡Ah! ¿Qué se te ofrece?
—Hoy nada. ¿Y a usted qué?
—Yo..., yo sólo quiero conocerte.
—Pues ya me conoció. ¿No le da miedo?
—¿Miedo?
—De que lo miren conmigo y le hablen a una patrulla por andar corrompiendo menores.
—Y si llegara la patrulla, ¿qué les dirías?
Te me quedaste viendo, examinándome de arriba a abajo hasta que lograste ponerme incómodo. Me preguntaste mi nombre, luego mi edad. Sin ninguna expresión en el rostro, me acabaste diciendo.
—Les diría que eres mi tío. Adiós tío.
Me dejaste ahí parado como imbécil. No podía creer que de ti no saliera ni espanto ni miedo ni burla ni nada, salvo la profunda tristeza que manaba de tus ojos.
Te esperé a la hora de la salida. No me acerqué hasta estar seguro de que nadie más te esperaba. Caminé dos cuadras a tu lado sin decirte nada y te dejé marchar. No volteaste a verme ni una sola vez, era como si en la acera sólo caminaras tú.
Al día siguiente ya estaba cerca de la reja mucho antes de que sonara la chicharra anunciando el descanso. Bajaste las escaleras despacio haciéndolas lucir eternas. Volteaste hacia mí y ya no volviste a quitarme la mirada de encima hasta que pusiste las manos en la reja.
—Me dejaste sola ayer.
—No creí que desearas que estuviera más tiempo contigo.
—No me hablaste.
—Tú tampoco.
—Yo soy una niña.
—Por eso mismo... Aunque niña ya no eres, no puedes siquiera miras como una.
—¿Cómo miran las niñas?
—Con alegría. ¿Qué te ha pasado a ti para que no sonrías?
—Nada.
—¿Así has sido siempre?
—No sé.
Tus ojos cerraron el paso hacia a ti, de tajo los desconectaste del mundo; parecía como si no hubiera luz que entrara por ellos.
—Juana...
Volviste.
—¿Quieres algo de la tienda?
—Sólo tengo un peso.
—Yo te lo compro, ¿no te acuerdas que soy tu tío?
Esperaba una sonrisa después de esa pregunta que tendía cierta complicidad entre nosotros. Esperé mucho, ahora lo sé.
—¿Me traes una paleta de hielo?
—Ahora vuelvo, no te vayas.
Corrí. La posibilidad de darte algo me hacía no sentir el piso, ni mirar nada de lo que sucedía alrededor. Mi mundo se reducía a ti, a mí y a lo que deseabas.
Ni con la paleta en la boca tus ojos dijeron otra cosa.
—Gracias. ¿Por qué me hablas?
—Porque me llamas la atención. Porque eres bonita. ¿Por qué tú no le hablas a nadie?
—No sé que decirles. Creo que no hay nada interesante que pueda decir. Además no me hablan.
—¿Y por eso estás triste?
—No. No estoy triste.
—A ver, sonríe.
Tu boca se movió pero tus ojos siguieron igual. No hubo modo de hacer que sonrieras desde adentro. Te esperé a la salida. Esta vez caminamos hasta tu casa. Un departamento de interés social decorado con tendederos y macetas con flores secas.
—Aquí vivo.
—¿Está tu mamá?
—Sí, ha de estar dormida como siempre.
—Pero si es la hora de la comida. ¿No te la prepara ella?
—Ella no come mucho, prefiere estar en la cama.
—¿Y tu papá?
—No tengo.
—¿Se murió?
—No sé. Mi mamá no sabe quién es.
—¿Quién las mantiene?
—Lavo la ropa de los vecinos —me dijiste apuntando con tu dedo todos los tendederos.
Ahí mismo se me rompió algo adentro que no he conseguido pegar desde entonces. Me volví ideando una forma de ayudarte simplemente porque no podía ignorarte. No supe qué hacer. Me sentí un inútil.
A la hora de los descansos cerraba la tienda y te esperaba con tu paleta, una de diferente sabor cada día. Me hubiera gustado que me dijeras qué sabor era tu favorito porque todas te las comías igual. Lo único que saqué en claro al mirarte, era que te gustaba morderlas para que se te adormecieran las encías. Eso era, te gustaba no sentir.
Después de muchos días pude preguntarte por qué tu mamá dormía tanto tiempo, una parte de mí no quería saberlo.
—Está enferma. Cuando la vio el doctor dijo que tenía que ir al hospital, pero no tenía como llevarla ni manera de pagar. Mi mamá dijo que lo olvidara, que se le iba a pasar. Ya van dos años y sigue igual.
Quería ayudarte, de veras. Pero cargar con los gastos de hospital era mucho. Tal vez si esperara a que fueras mayor de edad y quizá en ese tiempo si tu mamá optaba por dejar de molestar, podría casarme contigo. También pensé en robarte, pero dejar a una mujer tendida en una cama era demasiado para mi conciencia. Ni todos los dulces de la tienda te podrían hacer sentir mejor cuando te aguardaban fuera de la escuela kilos de ropa sucia y una mujer que atender. Cómo crees que me sentía al ver que tu adolescencia se te estaba yendo sin ningún gozo, igualito que a mí mis días tras un mostrador.
Me pasó por la cabeza darte dinero, pero ¿qué iban a pensar de ti tus vecinos? Porque si hubiera sido tu tío, habría pasado a ver a tu madre desde el primer día. Pasó el tiempo, pensé mil cosas y nunca hice nada.