Capítulo 1
¿Por qué la vida adulta tenía que ser tan complicada?
Sujetó fuertemente el tubo metálico de los asientos frente a ella y metió su mano libre en el bolsillo del pantalón para sacar su teléfono. Ignoró los golpes y empujones de quienes iban bajando para aprovechar el tiempo sin movimiento y aumentar el volumen de la música. Estaba empezando a estresarse.
Se disculpó con el joven junto a ella luego de haberlo golpeado —gracias al arranque— y guardó nuevamente su celular con movimientos entorpecidos.
El trayecto al trabajo siempre era lo peor, ese día solo había dos cosas buenas: llegaría temprano, y podría pasar por un café.
Llevaba días muy emocionada por ir a la cafetería que descubrió en su nueva ruta. Cada vez que podía, pasaba frente al lugar y veía un poco de lo que había dentro, como la chica que casi siempre limpiaba las mesas por la mañana y a la que seguramente encontraría al llegar.
Ya había decidido esperar a que al menos una de sus amigas tuviera algo de tiempo libre para que la acompañara, ya que entrar sola a lugares como ese siempre le provocaba un sentimiento desagradable que se calmaba solamente hasta estar a metros del sitio. Sabía que evitar todo ese estrés era lo mejor para su mente.
Tristemente, su terapeuta pensaba lo contrario.
Una vez que bajó del autobús y mientras daba pasos pequeños solo para no estorbar a las personas tras de ella. Redujo un poco el volumen de su música y acomodó sus audífonos descubriendo una de sus orejas, solo lo suficiente para poder poner atención al ruido a su alrededor sin dejar de escuchar la canción que ya se reproducía una y otra vez.
No era una canción que otras personas consideraran relajante, pero en momentos estresantes era la única que podía mantenerla un poco calmada.
Y aún le faltaba soportar a personas desconocidas y groseras que seguramente terminaría ayudando a atender aunque no fuese su responsabilidad.
Una vez preparada, se encaminó rápidamente en dirección al café.
La nueva ruta era más larga, pero también la más tranquila, una calle repleta de tiendas de ropa, algunos locales de comida, consultorios y una que otra papelería escondida. Solo algunos de ellos ya se veían abiertos al público para la hora en la que ella pasaba, incluyendo la cafetería a la que se dirigía.
Caminó recto lo más que pudo hasta que el frío comenzó a afectarle. El sol de la mañana únicamente tocaba la acera contraria y a pesar de lo incómoda que se sentía, prefería no tener que soportar el aire helado de la temporada al ir bajo la sombra durante casi diez manzanas.
Cruzó la calle en cuanto el semáforo lo indicó y continuó su camino manteniendo la mirada sobre el piso, solo levantándola ocasionalmente al llegar a alguna esquina, o cada vez que veía de reojo algún objeto con el que pudiese chocar, aunque eso no haya logrado impedir que su ropa quedara enganchada en la rejilla de alguna ventana por no haber medido adecuadamente la distancia entre ella y los muros.
Ojeó alrededor y desenganchó su suéter de la manera más discreta que pudo, en caso de que alguien pudiera observarla desde los autos.
Retomó su camino y pronto la música que escuchaba pasó a un segundo plano, los pensamientos que la habían estado molestando anteriormente nuevamente aparecieron.
Su hermano se mudaría pronto por su nuevo trabajo y aún no sabía cómo se las arreglaría sola, no había logrado tener una reunión con sus amigas desde hacía mucho tiempo y se acercaba una temporada alta en ventas, lo que significaba menos horas de sueño y menos tiempo para comer.
Comenzaba a sentir que necesitaba al menos una videollamada para poder desahogarse y tener una sesión completa de llanto. Ser adulta merecía agendar al menos un día a la semana para quejarse de la vida o llorar acompañada.
Pensar en sus amigas le generaba algo de culpa, ir sola al café después de haberles pedido que la acompañaran y hubiesen aceptado, se sentía por completo como una traición, aunque siguieran sin establecer una fecha. ¿Y si se molestaban con ella?
Tal vez alguna, además de ella misma, había estado esperando la oportunidad para visitar juntas el lugar y se había adelantado.
¿Debió avisarles que iría? ¿Tendría que fingir después que aún no conocía el lugar?
Tal vez debería pasar de largo y esperarlas para ir otro día.
Su interior debatía sobre cual era la mejor de sus opciones: retractarse y seguir de largo, pasar frente al café como hacia cada día e irse directa y puntualmente a arreglar las flores que la esperaban, o mantenerse y cumplir con su -pequeño y nada improvisado- plan de entrar.
Sin ser completamente consciente de ello, paso mas de tres calles tratando de ver los pros y contras de cada opción, quería elegir sabiamente, aunque eso significara pasar el doble de estrés por sobre-pensar todo.
Detuvo su paso bruscamente una vez que estuvo cerca, gracias a la repentina aparición de una sensación nada agradable en su pecho. Alcanzó a parar justo antes de pisar frente a la ventana gigante del local que permitía ver las mesas del interior.
Retrocedió algunos pasos y cerro los ojos al darse cuenta de lo que estaba pasando. Se dio el tiempo para respirar profundamente, sacudió su cabeza un poco para despejarse antes de que su mente se nublara y se reprendió a si misma pensando que sería algo muy estúpido incluso para ella el entrar en una crisis por algo así.
Recurrió a la técnica de los sentidos que su terapeuta le recomendó, antes de que el sentimiento desagradable de su pecho se hiciese más grande y el pánico le impidiese pensar mejor.
Ya estaba allí, iba temprano y tenía que aprovechar el poco ánimo que le quedaba para hacerlo. Con solo pensar en que la gente alrededor podría aumentar, se motivó lo suficiente para no quedarse quieta más tiempo.
Tratando de disimular el gesto de angustia en su rostro, giró su cabeza de un lado a otro para comprobar rápidamente la cantidad de gente que había circulando. Se alivió y relajó un poco su expresión al ver las tiendas aún cerradas y solo a un señor caminando todavía a la distancia.
Se enderezó, tomó la correa de la mochila que colgaba de uno de sus hombros y se encaminó hacia la entrada con la mirada en el piso, tratando de parecer lo más relajada posible en caso de que ya hubiera clientes por allí que pudieran notarla.
Empujó la puerta con disimulado esfuerzo, aún con la cabeza agachada y su mente conflictuada, disipándose una vez dentro. La sensación desagradable desapareció casi por completo de su pecho, y su mente paso pronto del conflicto al asombro.
El aroma del café y el pan recién horneado la envolvieron, mezclándose con la música del local. Acomodó los audífonos correctamente sobre sus orejas y sacó su celular para reiniciar la única canción que se mantenía en la lista.
«Última y ya.»
Con su melodía de fondo, pudo concentrarse en los olores que percibía, disipando sus pensamientos y reemplazándolos con imágenes de los tipos de postres que estarían horneando.
No había nadie a la vista, ningún cliente en las mesas y ninguna persona detrás de la barra que pudiese recibirla. Al recorrer el lugar con la mirada, se percató de las repisas con libros a su derecha. No los había podido notar desde fuera, así que decidió echar un vistazo antes de que alguien apareciese para sacarla de su disfrute.
Los colores olivos de las paredes que anteriormente veía a través de la ventana habían sido reemplazados por rosados tonos pastel. Le parecían muy lindos, aunque contradecían los colores oscuros y elegantes de la fachada combinaban muy bien con el mostrador pintado de blanco, donde las vitrinas a medio llenar con algunas galletas resaltaban aún más.
Pero las estanterías y repisas a los costados llenas de historias varias atraían mucho más de su atención, no era como aquellos lugares que solo tenían cuentos infantiles y revistas.
Giró su cuerpo para acercarse y leer mejor los títulos de los libros junto a ella. Veía novelas de misterio, drama, romance, fantasía y algunos otros cuyos títulos apenas reconocía por algunos vídeos de reseñas con los que se topaba.
Buscó entre estos alguno que ya hubiese leído por completo, paseando su mano frente a ellos, pasando de un nombre a otro, esperando reconocerlos de algo más que reseñas ajenas.
Tal vez debía aprovechar y retomar sus lecturas, ya que estaba en un ambiente tan prestado para ello. Mantendría su mente ocupada e iría recuperando sus viejos hábitos, y sobre todo, no tendría que preocuparse tanto por lo que haría al llegar a su casa, aunque elegir qué leer no solía serle tan sencillo.
Su interés y gusto en los libros era tan variado como el que tenía en música y programas de TV. Su playlist era un desastre que ni siquiera podría pensar en reproducir frente a otras personas que no fuesen de su entera confianza.
«Tal vez uno de romance.»
—Buen día.
La tenue voz que escuchó a través de los auriculares —que amortiguaban un poco el ruido—, interrumpió bruscamente sus pensamientos, sorprendiéndola.
Giró su cabeza en dirección a aquel sonido y vio a quien tal vez llevaba ya un rato observándola.
A pesar de ya no tener música puesta que le impidiese escuchar sus pasos, no se percató en qué momento había llegado hasta allí. Había estado tanto tiempo concentrada que no había notado el momento en que se había acercado, o en el que se llenó por completo la vitrina con postres.
Paseo rápidamente su mirada por el mostrador, pasando desde los llamativos postres, las cajas con figuritas y stickers junto a ellos, hasta quien se encontraba recargando su peso sobre aquella barra, mientras la miraba.
Sus ojos melosos se encontraron con los suyos un instante, sintió el calor subir a sus mejillas y una corriente eléctrica atravesando su cuerpo.
Enmudeció hipnotizada mientras los nervios se apoderaban de ella y la vergüenza se hacía cada vez más difícil de disimular. Se bajó los cascos y escondió sus manos rápidamente entre su ropa.
Se alejó algunos pasos del librero y se colocó de frente al mostrador con la cabeza sutilmente agachada, nerviosa y avergonzada, evitando el contacto visual lo más posible y sintiéndose como si hubiese sido atrapada haciendo una travesura.
Debió actuar con calma y devolver el saludo, una situación así era justamente la que quería evitar. Era una sola persona, pero podría recordarla fácilmente por ser una distraída y grosera que no daba los buenos días. Sí lo hacía, y debía de hacerlo también en ese momento, pero la verguenza se lo estaba impidiendo.
Sus nervios eran tales que no se percataba de la manera en que la observaban.
Se balanceaba de un lado a otro inconscientemente y se reprendía mentalmente por haber actuado de esa manera. Estuvo a punto de sacar a relucir su mejor imitación de abuela amigable cuando el sonido de una suave risa invadiendo sus oídos interrumpió sus pensamientos. Levantó un poco su mirada y aquellos ojos pronto conectaron nuevamente con los suyos.
—Bienvenida —le dijo sonriente, mientras esa voz profunda y amable se instalaba en ella al igual que un raro y repentino sentimiento. La presión que sentía en su pecho y su corazón agitado la estaban confundiendo... Igual que esa linda sonrisa.