Chapter 1
Atravesar las barreras del tiempo no es solo un don, es mi razón de existir. Cada salto es una puerta abierta hacia lo desconocido, una prueba de mi voluntad, un nuevo escenario esperando ser explorado. He caminado por civilizaciones extintas, he respirado el aire de mundos que ya no existen y he tocado lo que otros solo han imaginado en sus sueños. Para una viajera del tiempo, cruzar cada línea no es una elección, es una necesidad.
Por eso, cuando Sateriel y Uraelle, mis hermanos, me mostraron la visión de una Atlántida esplendorosa y majestuosa, simplemente no pude resistirme. Un mundo ahora hundido, perdido en el olvido, una ciudad mítica cuyos secretos desafían a la historia misma. Viajar allí era una tentación imposible de ignorar.
El salto temporal fue suave, como un susurro en el tejido del cosmos. Cuando mis pies tocaron tierra firme, me encontré en una ciudad de arquitectura imponente, con altas torres de obsidiana y zafiro, iluminadas por orbes flotantes de luz dorada.
Atlántida.
Estaba aquí.
Y sin embargo...
Fruncí los labios, observando las calles con una mezcla de curiosidad y desilusión. Esperaba algo diferente. Más épico. No sé, al menos que tuviera un aire de magia palpable, criaturas majestuosas, un encanto irreal. Pero no. Las calles eran pulcras, la gente vestía con elegancia, pero todo tenía un orden demasiado estructurado, demasiado perfecto.
—Si es así de decepcionante, entonces no habrá una sirena que me encante... ¡Qué triste! Pensaba ponerme a prueba— reflexioné con un suspiro. Justo cuando estaba por darme la vuelta, sentí un tropezón.
—¡Hey! —exclamé, tambaleándome hacia atrás.
Delante de mí, una chica se ajustó los anteojos con aire molesto. Tenía el cabello extremadamente corto, negro como la noche, y una expresión tan serena como analítica. Sus ojos, de un azul profundo, se clavaron en los míos con un escrutinio irritante.
—¿De verdad creíste que había sirenas? ¡Qué estupida! —soltó sin el menor titubeo.
La miré mal.
—Oye, no me conoces ni siquiera para llamarme así —repliqué, sintiéndome molesta por su actitud.
La chica no pareció afectada en lo más mínimo. De hecho, me analizó con un aire que me hizo sentir como si fuera un experimento de laboratorio.
—Izara es mi nombre, significa estrella que guía ¿cual es el tuyo?—dijo finalmente, siguiéndome cuando intenté alejarme de ella.
—¡Estoy ocupada, déjame en paz!
—Aún no me has dicho tu nombre —respondió, un poco molesta ahora.
Me detuve y la miré con exasperación.
—¿Para qué quieres saberlo?
Izara me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo sentir pequeña, como si pudiera ver a través de mí.
—Soy Venerya —admití, cruzándome de brazos.
Izara no reaccionó como el resto de la gente al escuchar mi nombre. No hubo sorpresa, admiración ni interés especial. En cambio, frunció el ceño y con la misma brutal honestidad que había mostrado antes, dijo:
—Venerea.
Parpadeé.
—¿Qué?
Izara se ajustó los lentes y comenzó a hablar con la rapidez de alguien que estaba citando información enciclopédica.
—Venerea. Enfermedad causada por la infección por ciertas bacterias, virus u otros microorganismos, y que se transmite de una persona a otra a través de la sangre, el semen, las secreciones vaginales u otros líquidos corporales durante el sexo con un compañero infectado.
La miré, atónita.
—¿Qué demonios pasa contigo?
Izara simplemente se encogió de hombros.
La indignación burbujeó en mi pecho. Sin pensarlo, la empujé con el hombro y me alejé a paso firme, sintiendo mi frustración aumentar con cada zancada. ¿Qué clase de persona dice algo así al conocer a alguien por primera vez?
¿Cómo se atreve a decirme esas cosas? Gruñí mentalmente. Mi nombre no era una simple palabra. Era una declaración de lo que soy, de lo que fui destinada a ser. Inspirado en Venus, la diosa del amor, la pasion y la belleza,y en mi planeta, mi nombre tenía una historia, una fuerza que trascendía el tiempo.
Y ahora, según esa chica molesta, también era una enfermedad.
—Estúpida —murmuré entre dientes.
Pero a pesar de mi enojo, algo en ella me dejó inquieta. Esa mirada afilada, esa honestidad despiadada. Ella era diferente. Y eso, de alguna manera, me irritaba tanto como me intrigaba.
Caminé por las calles de Atlántida, observando sus construcciones, los mercados llenos de piedras preciosas y tecnologías que no deberían existir en esta era. Cada esquina era un misterio, pero mi enojo seguía latente. Sin pensarlo mucho, comencé a subir una colina que terminaba en un acantilado con vista al mar. Desde allí, el océano se extendía hasta donde la vista alcanzaba.
—¿Será que ya está inundado?—me pregunté, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.
Entonces, una voz familiar interrumpió mis pensamientos.
—Eres la tercera persona que llega aquí y se pregunta lo mismo. ¿Por qué creen en las sirenas? ¿O incluso que mi hogar se inundará?
No volteé. Sabía exactamente quién era. Por instinto, dejé que mi poder se deslizara hacia ella. Intenté tocar sus emociones, moldearlas, hacer que sintiera lo que yo quisiera. Pero falló. No hubo asombro, ni deseo, ni confusión. Izara simplemente se ajustó los anteojos y me observó con la misma frialdad del principio.
—¿Qué eres?— le pregunté.
Izara sonrió levemente.
—Soy Izara. Tengo 26 años. Soy una racional científica, y a veces una matemática que trabaja en los primeros cálculos para la teoría del tiempo. Mi nombre significa estrella que guía. No apesta como el tuyo.
Algo caliente se agitó dentro de mí. No poder desaparecer en ese instante era una maldición. Esta chica era realmente intrigante y exasperante.
—¿Qué demonios pasa contigo? Mi nombre no apesta. Ni siquiera sabes su verdadero significado —repliqué, molesta.
Izara se detuvo también, giró levemente la cabeza y esbozó una media sonrisa.
—Oh, lo sé muy bien. ¿Quieres que te lo repita?
Mi paciencia estaba llegando a su límite.
—¿Eres tonta o qué?
Izara se ajustó los lentes con absoluta calma y respondió con una tranquilidad desarmante:
—No, no soy tonta. Solo tengo autismo nivel 1.
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a alejarse, como si la conversación ya no tuviera ninguna importancia para ella.
Me quedé mirándola mientras se marchaba, observando la forma en que su figura se perdía entre las calles de Atlántida. Y de pronto, todas las dudas que había tenido sobre ella parecieron responderse de golpe.
Y sin embargo, en vez de sentirme satisfecha, solo me encontré más intrigada que nunca.








