MARTHEA

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Summary

En un mundo donde las guerras nunca terminan y las líneas del tiempo son solo un límite frágil, Marthea siempre ha sabido cuál era su propósito: proteger, luchar y desaparecer. Como viajera del tiempo, ha cruzado universos, combatido en guerras y visto morir a miles, pero jamás había encontrado un lugar al que pertenecer hasta que conoció a Elena. Elena era un soldado. Dura, indomable y acostumbrada a perderlo todo. Hasta que Marthea irrumpió en su vida como un incendio descontrolado, obligándola a descubrir que, incluso en medio del caos, podía existir algo más que solo batallas y sangre: amor. El amor entre ambas no debería existir, pero cuando dos almas están destinadas a encontrarse, ni siquiera el tiempo, el espacio o la guerra pueden separarlas.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Llamas y mareas

El rojo de Marte no es solo un color. Es una esencia, una cicatriz que corre por mis venas como fuego líquido, una identidad que arde con cada latido. Es mi hogar, mi razón de ser, mi guerra y mi refugio.

Soy Marthea, la guerrera de Marte, la única de mis hermanos que aún habita en su planeta de origen. No como ellos, que han encontrado cobijo en otros mundos, atados a causas que no siempre comprendo.

Mi planeta es árido, es cruel, es inquebrantable. Y es perfecto. Porque Marte no miente, Marte no pretende ser algo que no es. Aquí no hay hipocresía, no hay falsas promesas de progreso, no hay humanos jugando a ser dioses y destruyendo todo a su paso. Aquí hay fuego, polvo, ruinas de lo que alguna vez fue glorioso. Marte es un guerrero caído, pero jamás sometido. Y yo... Yo soy su heraldo.

A veces me pregunto si mis hermanos sienten lo mismo por sus mundos. Si los aman con esta ferocidad primitiva, si se queman por dentro cuando los nombran. Pero ellos han sido forzados a mezclarse con los humanos, a jugar a ser sus salvadores, a proteger criaturas que no merecen ser protegidas e incluso a enamorarse. Yo los odio. No lo oculto ni lo endulzo con palabras diplomáticas. Los desprecio con cada parte de mi ser. Son débiles, son ruines, son el veneno de la existencia misma. Y sin embargo, siempre somos nosotros quienes debemos salvarlos. Siempre.

¿Qué sería del universo sin ellos?

Mejor.

Más puro, más limpio. Si yo tuviera el poder para erradicarlos, si no fuera por la maldita lealtad que me ata a mis hermanos, ya habrían desaparecido de la historia del cosmos. Pero no puedo. No porque no quiera, sino porque mi destino, impuesto o no, es proteger lo que no merece ser protegido.

He combatido en más guerras de las que puedo contar, he visto civilizaciones caer por su propia codicia, he quemado ejércitos enteros con la voluntad de mi fuego. Y aun así, el ciclo se repite. Humanos luchando contra humanos. Humanos destruyendo lo que no entienden. Humanos clamando por ayuda cuando se han condenado a sí mismos. Y aquí estoy yo, la guerrera de Marte, la bestia en la sombra, lista para derramar sangre en su nombre una vez más.

Pero no por ellos. Nunca por ellos. Lo hago por mis hermanos. Porque aunque no comparto sus decisiones, aunque no entiendo por qué se aferran a lo indefendible, los amo con una lealtad inquebrantable.

Y eso nadie me lo puede quitar.

Hoy, como todas las veces antes de esta, el llamado ha llegado. Un nuevo conflicto, una nueva guerra, un nuevo desastre provocado por la estupidez humana. Y yo, Marthea, tendré que decidir si responder. Si marchar una vez más a un mundo que no es el mío, a salvar seres que detesto, a seguir la condena que me fue impuesta desde que desperté a mi destino.

Marte me habla. Marte me llama. Y esta vez, no estoy segura de que quiera irme.

Pero la conexión con mis hermanos es inquebrantable. Puedo sentirlos, aunque estén lejos. Y ahora, la presencia de Venerya brilla con intensidad. No es un simple eco en mi mente, es un grito que atraviesa el tiempo y el espacio. La decisión está tomada antes de que pueda procesarla: voy a la Atlántida.

El viaje a través de las líneas temporales es un salto, un destello de fuego en la inmensidad del tiempo. No me cuesta, es tan natural como respirar. El tiempo se tuerce a mi alrededor, las eras se desvanecen y la realidad se fragmenta en millones de reflejos hasta que de golpe, el mundo se estabiliza bajo mis pies.

Atlántida.

Antes de su hundimiento. Antes de su olvido.

El aire es más húmedo, más denso de lo que estoy acostumbrada. El sonido del océano se filtra en cada rincón de la ciudad, que brilla con una magnificencia que jamás volverá a existir en el mundo. Es un lugar que parece respirar, como si la propia Atlántida supiera que su final está escrito en el agua.

Camino entre sus calles, guiada por la presencia de Venerya. Es fácil saber dónde están mis hermanos. Nuestra conexión es una brújula en mi mente, una voz silenciosa que me llama con precisión. Y por primera vez, estoy en la casa de Venerya y su amante.

Pero antes de que pueda avanzar más, noto una mirada clavada en mí. Una chica de cabello corto me observa con extrañeza, con una mezcla de confusión y desconcierto.

—¿Dónde está mi hermana? —le pregunto, sin rodeos.

La chica parpadea, su expresión se quiebra y de repente, comienza a dar vueltas sobre sí misma, murmurando preguntas entrecortadas.

—¿Cómo llego aquí? ¿Qué está pasando?

Frunzo el ceño. Está entrando en un estado de histeria y, sinceramente, no tengo paciencia para eso. Me acerco a ella, extendiendo una mano para sujetarla y sacarla de su crisis.

Pero antes de que mis dedos la rocen, una presión firme detiene mi movimiento. La mano de Venerya.

—No la toques —ordena con frialdad.

Me vuelvo hacia ella, molesta por su tono.

—¿Qué te pasa? ¿No ves que parece una enferma?

Los ojos de Venerya arden con un fulgor amenazante y en un instante, sus manos están en mi cuello, apretando con una fuerza que pocas veces he visto en ella.

—No voy a permitir que le llames así... Odias a los humanos, lo sé, pero no a ella.

Parpadeo, sorprendida. Su reacción es excesiva, incluso para ella. Pero en lugar de responder con violencia, levanto las manos en un gesto de rendición. No porque tema a Venerya, sino porque no quiero pelear con mi hermana. Lentamente, llevo una mano a mi propio cuello, masajeando la zona donde sus dedos dejaron su huella.

—¿Qué demonios te pasa? —pregunto, mi voz cargada de incredulidad.