Bob Calloway

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Summary

Bob Calloway es un barista con un instinto innato para el juego de la seducción y el misterio. En un café elegante, una mujer de porte imponente captura su atención de una manera que ninguna otra lo ha hecho antes. Su presencia es un enigma, un desafío que Bob no puede ignorar. Lo que comienza como un simple intercambio de miradas y palabras calculadas se convierte en una obsesión que lo lleva más allá de su rutina. A medida que se adentra en su mundo, Bob descubre que hay más de una jugadora en la partida. Entre noches envueltas en deseo, encuentros inesperados y secretos cuidadosamente guardados, se ve inmerso en un juego de poder donde las reglas son difusas y los riesgos, demasiado altos. Lo que parecía solo una atracción peligrosa pronto se convierte en una red de manipulación y estrategias donde cada movimiento puede ser el último. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para no perder?

Status
Complete
Chapters
9
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1: Café y Obsesión

Capítulo 1

CAFÉ Y OBSESIÓN

Bob Calloway se encontraba trabajando como barista en aquel café. A pesar de ser el chico nuevo, conocía a la perfección el entorno: los clientes apresurados, las parejas que se susurraban al oído, los ejecutivos que pedían un café sin mirarlo a los ojos. Todo era rutina y aburrido.

Una mujer se deslizó por la puerta, con una confianza que exigía espacio sin pedirlo. Una cascada de ondas oscuras con reflejos dorados caía con la precisión de alguien que no deja nada al azar. Vestía de negro, como si el color le perteneciera. Un abrigo largo de lana blanca cubría su figura esbelta; no era una mujer frágil. Su porte era firme, su postura erguida.

Lo que más le llamó la atención a Bob, fueron sus ojos.

Fríos, afilados, con un tono ámbar profundo que parecía atravesarlo con un solo vistazo. Eran los de alguien que había aprendido a estar sola, porque el mundo rara vez estaba a su altura.

La expresión en su rostro no reflejaba prisa. Observaba la fila con la calma de quien siempre tiene el control.

Bob parpadeó. Había visto muchas mujeres atractivas en el café, pero ninguna como ella.

Un tipo en la barra llevaba un traje caro, un reloj de marca y un tono arrogante en la voz. Le exigía al barista del turno anterior que le repitiera su café porque no estaba “a la altura de sus expectativas”. Era una de esas personas que necesitaban pisotear a otros para sentirse importantes.

El empleado intentó explicarle que su café estaba bien preparado, pero el hombre insistió. Su voz subió de tono y los clientes empezaron a mirar.

Bob ya había visto esto antes. Gente con dinero que trataba como basura a los empleados solo porque podían. Normalmente, él ignoraría la escena. Pero esta vez, ella estaba ahí.

La mujer de la fila, con una mano sosteniendo su bolso y la otra en el bolsillo del abrigo. No miraba la escena con incomodidad o vergüenza. La miraba con curiosidad. Como si estuviera esperando algo.

Bob sintió algo extraño en el pecho. No era miedo, no era duda. Era curiosidad.

¿Qué haría un hombre como él si supiera que ella estaba observando?

Entonces, salió de detrás del mostrador, se acercó al cliente molesto y tomó su café sin decir una palabra.

El tipo lo miró, sorprendido.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Bob giró la taza entre sus manos, como si estuviera evaluando su temperatura. Y sin inmutarse, derramó el café en el suelo, justo entre los zapatos de cuero brillante del hombre.

Hubo un silencio absoluto en el café.

Los empleados contuvieron la respiración. Los clientes dejaron de teclear en sus laptops. Incluso la máquina de espresso pareció detenerse.

La mujer lo observó con atención.

El hombre del traje lo miró, incrédulo.

—¿¡Acabas de derramar mi café!?

Bob sonrió, tranquilo.

—Ahora sí pueden hacerte otro. Gratis, como te gusta, la altura de tus expectativas.

El hombre se puso rojo de ira, pero antes de que pudiera responder, la mujer dirigiéndose a Bob.

—Un espresso doble. Sin azúcar.

Su voz fue clara y firme. Con un tono que no pedía permiso ni daba opciones, dejó en el aire una orden silenciosa: la escena había terminado.

El tipo del traje aún parecía a punto de explotar, pero Bob ya lo había relegado al olvido. Detrás de la barra, preparaba el espresso con la precisión de alguien que hubiera nacido para hacerlo.

La mujer no apartaba la mirada. No era una observación casual ni una simple curiosidad, era un escrutinio calculado; pareciera que midiera cada rasgo de Bob con la precisión de quien sabe leer más allá de las apariencias. Sus ojos, de un ámbar profundo, recorrían el rostro de Bob sin prisa, deteniéndose en la línea de su mandíbula que marcaba con una barba apenas visible perfectamente cuidada; en el sutil movimiento de sus manos al preparar el café. No sonreía, no reaccionaba. Solo lo miraba. Y en esa mirada había algo peligroso; no deseo, no interés, sino la certeza de que, si quería, podría desarmarlo sin decir una sola palabra.

Bob sentía el peso de aquella mirada sobre su piel. No de la manera en la que un hombre se siente observado por una mujer, sino como una presa que, sin saberlo, acaba de entrar en el campo de visión de un depredador.

Vertió el café en la taza sin apartar la vista de aquellos ojos color ámbar que tampoco cedían. Su mano era firme, pero en su cabeza una pregunta latía con insistencia: ¿por qué lo estaba mirando así?

Cuando terminó de servir, deslizó la taza sobre la barra, con la confianza de quien no está acostumbrado a recibir órdenes, pero, decide obedecer solo porque le place.

—Aquí tienes.

Ella no tomó la taza de inmediato. En su lugar, deslizó los dedos sobre la cerámica caliente; estaba midiendo algo más que la temperatura del café.

—¿Siempre haces esto? —preguntó bajando el tono de su voz.

Bob entrecerró los ojos.

—¿A qué te refieres?

—Jugar.

Bob inclinó ligeramente la cabeza, su mirada descendió con calma por el abrigo de lana blanca de la mujer, deteniéndose apenas un segundo en la cadena dorada que colgaba de su bolso. Hermès, edición limitada. No cualquiera sabe reconocerlo.

—Lo mismo podría preguntarle a usted —respondió con una media sonrisa—. No muchas personas vienen a un café con un Birkin en piel de cocodrilo.

La mujer alzó una ceja, apenas un indicio de sorpresa, aunque su expresión seguía impenetrable.

—Vaya, no esperaba que un barista supiera ese tipo de cosas.

Bob sostuvo su mirada, con la misma calma de siempre.

—Digamos que me gusta notar los detalles.

Ella deslizó los dedos por la cadena dorada de su bolso; estaba considerando algo. Entonces, tomó la taza con delicadeza y la llevó a sus labios sin apartar la vista de Bob mientras bebía el primer sorbo.

El aire entre ellos se tensó por una fracción de segundo. No había coquetería en su mirada. No había aprobación, ni interés evidente. Sin embargo, Bob sintió que algo en su interior se agitaba.

Ella dejó la taza sobre el platillo con un sonido suave. Lo aprobó en ese instante, pero no se molestó en aclararlo.

Sin decir una palabra más, puso 10 dólares en la barra, giró sobre sus tacones y se marchó del café.

Bob exhaló. No se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

La observó marcharse desde la barra, con su andar impecable, su abrigo de lana ondeando. La puerta del café se cerró tras ella con un sonido hueco y preciso. Pareciera que el universo hubiera marcado el punto final de una escena calculada al milímetro.

No preguntó su nombre. No lo necesitaba. Lo sabría pronto.

Sus ojos recorrieron la barra hasta el billete de diez dólares que ella había dejado. Bob lo tomó y lo giró entre sus dedos. Seguía tibio.

Sintió algo extraño al verla irse. Algo que no era atracción, ni curiosidad, ni obsesión. Algo en su mirada había sido demasiado calculado. Demasiado peligroso.

Bob alzó la vista. El vidrio empañado del café reflejaba su silueta en la barra, pero su mirada fue más allá, hacia el exterior, donde ella, caminando segura, volteó a verlo y le regaló una sonrisa. Ella no sonrió del todo, apenas dejó que sus labios esbozaran una insinuación de sonrisa.

Bob se quedó inmóvil detrás de la barra.

—Aprendes demasiado rápido el arte del café. Impresionante para alguien que acaba de llegar —comentó su compañero, apoyando un brazo en la barra y mirándolo de reojo—. Aunque más impresionante es que una mujer así te haya notado.

La voz de su compañero lo sacó en seco de ese trance.

— Bob. ¿Qué demonios fue eso?

Bob pestañeó y soltó una risa corta, aunque no estaba seguro de qué era lo gracioso.

—No tengo idea.

Pero sí la tenía.

Había logrado que una mujer elegante, madura y hermosa e inaccesible se detuviera a observarlo. No como se observa a alguien atractivo, sino como si lo estuviera considerando.

Bob sabía que volvería a verla.

O, mejor dicho, ella se aseguraría de que así fuera.