Morítz, el alcalde de Stuttgart
Las muchas vivencias de Morítz y la vasta experiencia que le otorgaban sus 40 años de vida no lograban quitarle lo ensimismado que se hallaba; se le arremolinaba la mente al ver su carrera política conminada al fracaso. Aquellos grandes inversionistas habían logrado postrarlo en una penosa situación: se marcharon sin cumplir el compromiso adquirido con él, como el alcalde del ayuntamiento de Stuttgart. El ayuntamiento estaba afrontando una situación alarmante. La línea que trazaba y a la que se llegaría era que la crisis se agudizaría, se extendería y llegaría a cada rincón de la ciudad.
Entonces, pensó: “Ferdinand Kissinger acaso se comportaría como lo están haciendo los grandes inversionistas en quienes yo puse toda mi confianza. Él no hubiese abandonado el barco que se hundía cuando el agua ingresaba por la proa”. En medio de la crisis, los grandes inversionistas depusieron del capital ofrecido, desestimaron de continuar con el plan de gobierno que formuló Morítz a partir de la propuesta de aquellos mismos inversionistas, basada en el crecimiento exitoso de las grandes metrópolis en Alemania. Transcurría el año 1911; la corriente predominante a nivel mundial se centraba en obtener la hegemonía entera en países europeos, como en la gran nación de América del Norte.
Edmund Braun, el papá de Morítz, imponía una gran injerencia en torno a las decisiones que tomaba su hijo. Él fue impetuoso en desestimar la propuesta de Ferdinand, como uno de los líderes que agrupaba a los pequeños empresarios y productores locales. Él no creía en el modelo de participación directa de ninguna concentración de empresarios de la ciudad, deseaba aquel otro modelo. Morítz tenía en mente convocarlos para trabajar solo con ellos por pedido expreso de Ferdinand; eso denotaba el pliego que presentó a la alcaldía.
Ferdinand Kissinger surgió desde un sector que era considerado inferior. No ostentaba estudios superiores de preparación para sostener el pliego que presentó a la alcaldía en la que se incluía al sector que dirigía él y muchos como él. Fue una propuesta que surgió tras la elección de Morítz como alcalde.
Edmund poco a poco logró apartar a Ferdinand. Supo persuadir a los concejales para que todo plan de gobierno municipal presentado sea hecho necesariamente por especialistas con grado de estudios superiores. Morítz, como alcalde, al consultarles le fueron brindando modelos de gobiernos con resultados, y del mismo modo elaborados por profesionales. Así, la idea predominante que se impuso fue la de un plan de gobierno que se corroboraba en ciudades como Berlín, Frankfurt e incluso Bon. Ferdinand intentaba un modelo innovador para llevar a buen destino la ciudad de Stuttgart por un buen grupo de comerciantes que se llamó ’La asociación de comerciantes de Stuttgart” y estaba en crecimiento. Pero su idea original que presentaron fue relegada a que los inversionistas los incluyeran implícitamente en un estrato subyugado a ellos.
El papá siempre había intentado que su hijo fuera a tomar distancia de Ferdinand. Cuando Morítz asumió en el cargo se agudizó el hecho de confrontación entre ellos. El interés genuino de Ferdinand por llevar a buen destino la ciudad de Stuttgart fue diluyéndose: cada día había alguna novedad en torno al plan a elegirse. En la etapa final en la cesión en pleno de regidores y concejales, estando el alcalde reunido con ellos, descartó el plan elaborado por la asociación que lideraba Ferdinand. Se eligió el modelo de los grandes inversionistas.
Fueron dándose los primeros pasos; se empezó por reactivar la economía. Para ello era necesario confluir esfuerzos. Entonces, fue necesario llevar las tratativas de incluir el pliego de la asociación de comerciantes; pero a medida que lo intentaban, fueron a encontrarse con enormes vacíos que no contemplaron el debido proceso. Al poco tiempo de haber intentado el crecimiento sostenido del ayuntamiento se estancó completamente. El formato de los grandes capitales foráneos estaba dando chasquidos sin llegar a resolverse. A partir de allí los involucrados: los grandes inversionistas y el aparato municipal que no resolvían cómo continuar para sacar a flote la gestión fueron a resolver la participación que por decreto habían firmado. Así, el alcalde tuvo que lidiar en implantarlo con recursos del aparato municipal; asumiendo un costo originalmente no previsto.
Una actuación poco plausible, al tener claro que Ferdinand nunca se habría comportado de ese modo. El alcalde no quiso que aquel embrollo fuera a llevarse a los tribunales porque asumió que se extendería por mucho tiempo. Al percibir el error cometido; quiso encontrar a Ferdinand para llevar a cabo el plan que sugirió la asociación, pero no lo halló.
Los desencuentros entre el papá de Morítz y Ferdinand tuvieron su desenlace cuando los regidores negaron el ingreso a Ferdinand al palacio municipal. Esto conllevó a una confrontación verbal entre Ferdinand y el papá de Morítz. Y al llegar a oídos de él como alcalde, tuvo que tomar la drástica decisión de apartar definitivamente a Ferdinand.
La posición antagónica en ambos no tuvo otro modo de resolverse. Ferdinand llevaba a consolidar a los menos favorecidos a través del gobierno local directamente al convocarlos; mientras que el papá, con el modelo de las grandes metrópolis alemanas, desarrollaba este trabajo a través de los grandes inversionistas, capitales foráneos, que les darían cabida.
Con los recursos limitados y la escasez de productos de primera necesidad el gobierno local empezó a utilizar los recursos de programas venideros y endeudarse para mantener el equilibrio. Pero el equilibrio aparente que tenían pronto se quebraría y se preveía que el presupuesto del siguiente año no se aprobaría. Era necesario reponer los recursos de capital que dejaron de otorgar al incumplir aquellos inversionistas.
Morítz Braun como alcalde había dispuesto por resolución su implantación. Unos meses después se tuvo estos nefastos resultados. El modelo innovador de Ferdinand no se había puesto en marcha antes en ciudad alguna. Los que intentaron con modelos similares no estaban con él para darles el alcance necesario.
Aunque luego, Morítz trató de convocar a este gran sector indicándoles que nunca los apartó; solo les había dado otro modo de participación y siempre entrarían a tallar. Explicó que sabía que cualquier modelo resultaría, el de grandes capitales y el de su participación, con el debido proceso de tratamiento. No obstante, la asociación de comerciantes fue convocada por la administración de una ciudad cercana colindante; y al haber respondido a este llamado se encontraban comprometidos fuera de la ciudad.
No se tomó en consideración el auge de los productores locales; eso se puso de manifiesto tras generarse el problema con aquellos grandes inversores de fuera. Aunque se sabía que Ferdinand y todos ellos deseaban afrontar una salida para Stuttgart; al darse el acercamiento por parte del alcalde. La asociación, no pudo hacer frente a la crisis precisamente por el alejamiento. Morítz no pudo hallarlo a él; habló solo con quienes permanecían en la ciudad. En cierta medida, la especie de exilio que afrontaba Ferdinand por su salida abrupta haría que permaneciera fuera de todo lo que intentaba Morítz sin poder tomar una decisión aquellos instantes.
Susanne la esposa de Morítz, con la agudeza propia de una mujer, pudo ver los duros momentos que su esposo atravesaba, la calamitosa situación que se desencadenaría más adelante también. Cansada de ver el semblante abatido de su cónyuge fue a conversar con él, intuía ser el momento oportuno para dar a conocer algo que había mantenido en secreto.
Lo halló con la mirada perdida en el horizonte, en el ocaso del día de trabajo, uno de los días para el olvido, se le acercó y le mencionó.
— Parece que no tienes la convicción de como te iniciaste en la política. Ya no se asoma en ti el hombre de los días de esplendor que se veía en tu juventud, la robustez de tus anhelos que siempre mencionabas. —Morítz pensó un poco antes de responder, pero no indujo claramente a que venía. Por eso casi ni se inmutó.
— Hola Susanne, no te vi entrar. —Repuso casi sin verla.
— Dime si continúas instigando a los inversionistas para que vuelvan. —En este momento fue a verla de frente.
— A qué viene todo esto, Sussane.
— No ves que aún hay tiempo de revertir el desastre que está por llegar. —y logró concitar toda su atención.
— Es fácil mencionar algo así cuando no se está involucrado directamente. —Él ya se mostraba mortificado, pero ella repuso.
— ¿Por qué no intentas acercarte nuevamente a Ferdinand?
— ¡Él no quiere verme! Si logro encontrarlo tampoco me querrá escuchar.
No sabía mucho de él. Ferdinand estaba con el grupo de pequeños productores en aquella ciudad colindante cuyo alcalde los acogió. Su esposa permanecía allí, el silencio cubría el ambiente de forma inoportuna, hasta que ella pudo romper el hielo que se creó en aquel instante.
— Me contaste que tu incursión en la política fue gracias a tu amigo Ferdinand. —Y él nuevamente entró en calma.
— Sí, Susanne es correcto. No puedo decir que mi papá haya sido determinante. —luego de una pausa indujo que podía ser esclarecedora la conversación que tenía con ella— En cierto modo mi papá me educó, pero no lo habría logrado sin Ferdinand. —Se mostraba arrepentido de que Ferdinand se encuentre como en el destierro.
— Entonces, de algún modo fue tu papá quien se inmiscuyó. No debiste dejar que tu papá le arrebatase ese derecho.
— No, no quiero que digas algo así. A Ferdinand le debo el haberme convertido en político, pero no puedo abandonar a mi padre. —Y concluyó con estas palabras— La educación que me otorgó mi papá hizo posible acercarme de buen modo a Ferdinand. —Entonces, ella supo que si ahora no mencionaba este secreto que guardaba nunca lo haría.
— Tengo el programa de gobierno de Ferdinand, creo que él sabía que sin el grupo de pequeños productores y empresarios locales no resultaría el programa que implementaste y por eso quiso entregármelo.
— Espera un poco, estás diciendo que te lo dejó así, sin más.
— Sí, me lo entregó en las manos. No quiso que te lo mencionara hasta que realmente lo necesitaras. —Morítz, intuyó que a partir de allí se darían las nuevas medidas que tanta falta hacían.
Su esposa lo llevó para revisar el plan que tenía consigo, era el borrador completo que había preparado Ferdinand y junto a ellos el sector que componía ‘La asociación de comerciantes de Stuttgart’. Lo primero que notaron fue que incluía a un gran grupo que había permanecido desactivado. Este importante grupo no fue tomado en cuenta para ir a la ciudad contigua. En ella se preveía el reactivarse por el alcalde en cualquier instante. De algún modo Ferdinand se supo reponer de aquel duro revés por parte del papá, Edmund Braun. El plan estaba bien detallado; parecía haber tenido asesoramiento para prepararlo: contenía los documentos, los compromisos, las evaluaciones, los historiales del sector que permanecía en Stuttgart, los requerimientos en cifras de participación, los costos de su implantación, toda una evaluación detallada que podía sacar a flote la crisis que atravesaban. Y pensó “Esto les debió tomar mucho tiempo realizar ¿Cómo pudo prever que lo necesitaríamos?”. El asombro le reflejaba intensamente en el rostro.
Muchos que no se marcharon tampoco lo sabían; debía hallar a Ferdinand para que por él se ponga en marcha. Pero antes debía convocar a una cesión de concejo. De este modo, prepararía las medidas y el capital para su disposición.
Susanne había tenido dudas acerca de Ferdinand porque tenía cerca al papá de Morítz. Ella había escuchado en algunas conversaciones su posición acerca de las personas sin estudios y lo decía cuando se refería a Ferdinand. Sin embargo, tenía el testimonio de su esposo que era difícil sostener debido a que tenían este prejuicio que calaba muy hondo.
Pese a todo, ella cumplió la voluntad de Ferdinand de reservar para este momento el pedido de entregar el contenido de su programa y fue a entregarlo de este modo a su esposo.
Edmund Braun, el papá de Morítz, tenía reparos en la amistad que se dio entre su hijo y Ferdinand desde el comienzo porque aquel amigo se había iniciado siendo un comerciante de periódicos. Tuvo un quiosco cerca de la municipalidad y su hijo compraba el diario de su agrado allí, hicieron una amistad que fue robusteciéndose poco a poco. Edmund siempre había mostrado altivez cuando estaba con Ferdinand a pesar de que su hijo se lo impedía. Para Morítz la amistad había superado esta fase inicial cuando Ferdinand logró surgir a partir de aquel negocio. Ahora era representante de un gran grupo de comerciantes y productores locales.
Cuando Morítz aún era un joven y se le veía usando su bicicleta para todo; muy común en los años 1890’s, finales del siglo XIX en Europa. Apenas con unos 20 años, solía vérsele yendo al trabajo trasladándose de esta forma singular que lo hacía desde adolescente. Él lleno del deseo de poder sostenerse por sí mismo gracias a la carrera que estudiaba en la universidad; la que no distinguía si la eligió por él mismo o por su padre. Todavía cuando la vida no lo había tratado mal en el cargo de alcalde. Estaba, él, en su primer trabajo con apenas unos días de haber empezado en la municipalidad de Stuttgart. Pero como practicante en su localidad. Él solía decir que se desenvolvería allí toda la vida. Ya en esas fechas se iba formando como el político que deseaba ser, aunque no daba aquel paso que lo haría ver en la dirección correcta.
Se formó en las aulas, pero donde halló realmente la convicción para gobernar su ciudad fue al conocer a Ferdinand.
El área donde se desempeñaba en la municipalidad, su primer trabajo, estaba relacionada a su carrera. Tomó este desafío para aprender y ver lo necesario cuando llegue el momento de tomar decisiones más grandes. Era el punto de partida para conseguir ser el hombre realizado que anhelaba: ser el gobernante que necesitaba su ciudad y su nación, el alcalde que fuera a conducir a la población de la mejor forma. Pese a haber oído demasiadas cosas en su contra, al percibirse manejando una bicicleta como medio de transporte y no un automóvil como suele tener en mente muchos para que alguien aspire a gobernar. Cosas así, que a cualquiera le quitaría las ganas de continuar. Pero él tenía la certeza que se presentaría en algún instante la oportunidad aun tuviera que esperar mucho tiempo y sea cual fuese la realidad que afrontaría sabría aprovecharla.
Ahora esto no lo hacía ser indiferente a darse algunos gustos y algo que le agradaba era leer un periódico que lo encontraba muy interesante. Estando en el trabajo, percibió que con su sueldo le alcanzaba para comprar todos los días el periódico que a veces se le había dificultado adquirir. Y fue así como se percató que cerca de donde trabajaba se hallaba un quiosco, al hallarse frente a los diarios sacó cuentas y decidió comprar también una de las revistas de tiraje mensual, en ella se hacía un buen análisis del acontecer político nacional.
Aquel día, uno de los primeros luego de entrar a trabajar en el municipio, estaba por realizar la compra cuando llegó un reclamo inoportuno, se trataba de alguien que trabajaba con él; el reclamo airado se basaba en su falta de experiencia. Ante ello él no se desacomodó, ni mucho menos devolvió la dosis similar que había recibido. Ferdinand que atendía en aquel puesto de diarios notó lo que sucedía, no fue a verlo contrariado, vio a un Morítz que supo manejar la situación con cordialidad, a aquel amigo airado pronto se le vio marcharse tranquilo. Le notó cualidades para resolver la situación de forma diplomática. Y aquí fue el punto de partida de la amistad entre ellos que perduraría siempre.
Ferdinand que apenas lo conocía y que antes no había tenido una experiencia similar frente a su quiosco no desestimó en mostrarle cordialidad al atender la venta. Morítz mencionó que, en cierta forma aquel compañero de trabajo tenía razón; el problema que surgió fue por su falta de experiencia al significar estar en su primer trabajo. Añadió: “lo resolveré a mi retorno”. Luego mencionó que volvería para comprar aquel diario cada día y cuando esté disponible la revista también, y se despidieron. El trato apacible y llevadero de Morítz hizo que siguieran dándose conversaciones entre ellos.
Él aun siendo joven usaba un traje no muy llamativo. Y fue a darse luego de unas semanas de aquel impase frente al quiosco, que al acercarse a comprar el diario en el quiosco de Ferdinand. Él quiso decirle algo que había notado de Morítz, se le acercó al ir arreglando por fuera los diarios que se exhibían.
— ¿Sueles desplazarte siempre en bicicleta? —Morítz que parecía no oír bien lo que dijo, respondió.
— ¿Notaste que utilizo una bicicleta para llegar al trabajo? —Algo de malestar se notaba en su rostro.
— Sí,.. bueno, no suelo hacerlo porque no hablo con nadie que compra aquí como lo hago contigo. Pero luego que volviste un par de veces noté que por la mañana aparcas tu bicicleta al lado del estacionamiento de vehículos —y señalándole con el dedo le hizo notar que desde allí se notaban las bicicletas aparcadas.
— Eres algo perspicaz para mencionar algo así… y supongo que dirás algo ahora que notas mi traje mojado por la llovizna.
— No quiero ser impertinente, pero fue por eso mismo que pensé que te desplazabas así. Quise notar a quienes llegan en bicicleta por la mañana para confirmar mi sospecha. No te sientas mal son muchos en traje que se movilizan como tú.
Ellos se rieron un poco y continuaron hablando cosas solo de ellos. Sabían que no debería perderse el respeto entre ambos. Así, Ferdinand se mostraba atento a las peticiones de Morítz por el respeto que le daba los estudios por culminar y el cargo en el municipio. Para él, normalmente los que iban a comprar solían ser lectores que lo hacían a prisa y se marchaban, pero Morítz era una persona diferente.
Esto lo siguió corroborando cada vez que él se acercaba, parecía que sacaba conclusiones de todos los diarios y revistas que se mostraban; como que entre todos los periódicos él hiciera una síntesis y luego de hacerlo se iba indiferente a todo lo que ocurría o porque el presupuesto austero no le permitía comprar algo más. Llevaba siempre el mismo diario y cuando llegaba la revista igualmente. Quizás la austeridad le hacía lograr la síntesis de las noticias de las primeras planas y le era suficiente con la compra que hacía.
Ferdinand no tenía algo interesante para llamar su atención, por lo que colocaba enteramente su atención en Morítz.
O llegaba por la mañana, o en otras ocasiones al mediodía. Su rutina era la misma, llegó el momento en que fueron a salir temas de conversación espontáneamente, aunque no eran largos solían ser llevaderos. Morítz tenía claro que aquel amigo no significaba ser un simple vendedor de quiosco de los muchos que se encuentran en la ciudad. Y Ferdinand sabía que su amistad con él podría servirle para tener mayor éxito en proyectos que nunca se había decidido a empezar. Ambos tenían inspiración el uno por el otro.
Al estar con él se le abrían los pensamientos, ideas que habían permanecido consigo obteniendo luces que podrían aclarárseles hasta echarlas a caminar.
Un tiempo después, cuando se acercó al quiosco de siempre notó de que el diario no estaba en la posición de siempre; este hecho poco significativo entorpeció la lucidez que solía tener. Aquel amigo para sobrellevar lo incómodo del momento repuso: “el otro diario que coloqué necesita mejor promoción en este lugar, pero si a ti no te agrada, puedo buscarle un lugar en el lado opuesto”. Y Morítz consideró una jugarreta bien dispuesta por parte de él. Sin embargo, encontró en su amistad hacer su rutina de trabajo estresante menos monótona.
Para convertirse en político: es necesario hacer análisis estadístico, analizar el pensamiento del gobierno del lugar y como repercute estos hechos para tomar decisiones en torno a llevar mejor los destinos de la población. Así los pobladores piensan que todo lo hace el alcalde cuando en realidad es todo un conjunto de personas que trabajan con él. Incluso personas trabajando con algún grado de cercanía no entiende las decisiones del gobernante. No comparten la forma en que lo hace y no aprecian los resultados que parten desde las medidas que se toman.
Ferdinand vio un poco de esto al hablar con él, pudo comprender que los alcaldes buscan lo mejor para la población aún no lo vaya a comprender casi nadie, solo su grupo que prevé las medidas a implantar. Solía conocer algo por los diarios que allí vendía, pero fue con él que consiguió surgir verdaderamente. Solían interesarse por el armisticio de muchas naciones de Europa y de América, de los motivos de la guerra que se iba a dar y que su nación, Alemania, afrontaría. La primera guerra de connotación mundial.
Stuttgart significaba ser un lugar apartado de Alemania, se percibía una quietud característica de poblaciones pequeñas, sin embargo, las noticias indicaban que podía quebrantarse la paz que allí se respiraba. No obstante, a la gente no le parecían tan ciertas las informaciones. Pero a medida que salían a la luz las intenciones del armisticio bélico, cobraba fuerza que se desencadenaría algo devastador. No solo para su país sino para el mundo entero. Aunque no estaban en una ciudad aglutinante, como la ciudad ruidosa y estrepitosa de Berlín o Bon incluso Frankfurt, sabían que una guerra lo cambiaría todo.
En una ocasión fueron a tomarse unos tragos a un bar y sostuvieron una conversación en torno a la guerra por el armisticio bélico que se desarrollaba significativamente en Alemania. Morítz dijo.
— ¿Crees que participaremos en esta guerra?
— Al comienzo no, pero luego de tantas noticias sobre eso… no cabe duda de que estallará cuando menos lo esperamos.
—Debemos vivir con tranquilidad. Cuando la paz se haya roto se verá, cada cosa a su momento. No, yo no dejo que me perturben más de lo que debería. En ningún sentido.
— Qué pasará con nosotros… quizás cada uno vaya por su lado… ¿O si nos llaman a ir a los campos de concentración?
— Te estás preocupando mucho. Es verdad que nos pueda pasar algo, pero debemos guardar tranquilidad aún está por definirse. —Entonces, ambos se tomaron un respiro para luego Ferdinand decir.
— Es claro que podríamos perder la vida.
— ¡No podemos hacer nada! Son los que gobiernan quienes toman las decisiones. Dicen que los primeros lugares que sufrirán son las grandes ciudades y la nuestra es una pequeña parte. Es probable que no sea considerada blanco de los ataques bélicos.
— Aunque así fuere, quizás no nos veamos más. Cualquiera de nosotros podría perder la vida; también nuestros familiares. ¿Tú eres estadista o un activista? Como sea, tu cargo en la municipalidad ayudará en saber si Alemania participará.
— Seré abogado dentro de poco, siento estar haciendo mi trabajo, y las medidas que de allí se den nos dará luces. No te preocupes. Debemos confiar en que saldremos bien de todo esto.
Ellos habían absuelto sus dudas en una noche de copas. No habían tenido reparos en mostrarse abiertos a dialogar. Compartían, se divertían, trabajaban y el aspecto político del funcionario fue a desarrollarse mejor. Ferdinand solía notar en Morítz aptitudes para convertirse en político. Quizás él también tenía algo de eso, pero quiso que él lo desarrolle. Él tenía otros proyectos que giraban en torno al comercio que tenía y otros que observaba estar a su alcance.
Edmund, el papá de Morítz, tenía una enorme implicancia en las decisiones que tomaba su único hijo. Desde que era pequeño había notado el don de relacionarse con facilidad; por lo que decidió formarlo en diplomacia o en la política. Al concluir la secundaria comenzó estudios para convertirse en abogado en la ciudad de Stuttgart. Esto les significó salir de la casa en que su papá había permanecido con él desde pequeño porque el poblado de donde provenían estaba algo alejado. Aquello supuso afrontar duros momentos; la mamá había fallecido antes que Morítz cumpliera un año.
Morítz y Edmund, vivían juntos cuando empezó a trabajar en la municipalidad. Para el papá, el hecho que su hijo llevara una estrecha amistad con Ferdinand le significó un obstáculo porque las ideas que desarrollaban iban por vientos de cambio no muy aceptadas por la sociedad. Stuttgart tenía una economía local distante de las grandes ciudades y de la economía nacional.
Aún así temía que estas ideas terminaran por llevarlo por el comunismo que más tarde se extendería por Europa y Asia. Pero nada de eso pasaba por la cabeza de ellos. Y los rumores de la guerra significaban ser de proporciones mundiales jamás antes vista, quizás por la tecnología que había acrecentado el poder destructor de las armas y equipamiento destructor. También porque naciones armadas fuertemente se disputaban la hegemonía mundial.