Epilogo
Dicen que en lo infinito todo es posible. Que cada pensamiento no dicho, cada decisión evitada, cada mentira susurrada al viento y cada promesa rota, flotan como semillas de realidad en un jardín sin fronteras. Así brotan los universos: caprichos de dioses, delirios de mortales, pesadillas que respiran y sueños que lloran. El multiverso no es uno ni muchos. Es todo lo que fue, lo que es, y lo que podría ser si alguien, en alguna parte, se atreviera a imaginarlo.
Entre esa maraña de realidades, parpadea uno que brilla como fuego de campamento en la noche eterna: Eulendor. Un mundo tejido con magia, fe y acero; forjado en la fragua de pactos divinos y sangre de héroes. Aquí, cada era ha dejado cicatrices y leyendas que tiemblan vivas en la memoria de sus gentes.
Primero fue la Era de la Fundación -cuando los dioses primigenios araron el vacío y plantaron montañas, mares, bestias y almas que aprendieron a soñar. Luego llegó la Edad del Arcano, un tiempo de gloria y arrogancia. Los mortales desafiaron a sus propios dioses, levantaron imperios que devoraban estrellas, rasgaron los secretos de la magia hasta despertar terrores sin nombre. Fue entonces cuando la Calamidad rugió, arrasando con la soberbia y sepultando imperios bajo polvo y fuego. De aquel cataclismo surgió la Divergencia: un pacto de retirada divina, una frontera invisible que reinicio la vida inteligente, sellando artefactos y secretos más peligrosos que la muerte misma.
Y tras las cenizas, brotó la Era de la Reclamación. Una era de esperanza y héroes, aquellos que protegieron los reinos y la vida, héroes que caminaron entre los cielos e incluso pelearon y sellaron las cuatro esferas del inframundo, haciendo que sus hazañas quedaran en la memoria.
Al final de la gloriosa Era de la Reclamación, parecía por fin respirar. Las guerras antiguas se habían vuelto canciones. Las ruinas, cimientos de nuevos mundos. Los grandes héroes ya no empuñaban espadas, sino que inspiraban generaciones con sus leyendas.
Por primera vez en siglos, se hablaba de una nueva era. Una era de descanso. De paz. De dejar atrás la sangre en el campo de batalla y mirar hacia las estrellas sin miedo. Y durante un tiempo... así fue.
Pero el multiverso no tiene memoria. Ni compasión. Y cuando los mundos se alinearon más de lo que debían -por un error tan mínimo que no merecería siquiera nombre-, el velo entre las realidades se desgarró.
No fue un portal.
No fue una invasión.
Fue peor.
Fue un virus.
Algo salido de otra existencia, ajena a la lógica de este mundo. Una plaga sin rostro, sin conciencia, sin motivo... sólo propósito. Una sombra que se filtró como un susurro, como un sueño enfermo, y encontró en Eulendor un nuevo hogar.
La noche en que llegó fue hermosa. Un cielo roto en luces danzantes, como una aurora jamás vista. Los sabios pensaron que era un regalo. Los clérigos dijeron que era un mensaje. Y lo era... pero no de los dioses.
Era una advertencia.
Al día siguiente, ya era tarde.
Primero cayó una aldea costera. Luego, el bosque susurrante dejó de hablar. La plaga no llegó como una tormenta... sino como una grieta. Y cuando esa grieta se abrió del todo, ya no hubo cura. Sólo hambre.
La gente no murió. No realmente. Cambiaron. Mutaron. Se retorcieron en carne y hueso, deformados por una enfermedad que no entendía ni respetaba la magia. Ni conjuros, ni encantamientos, ni maldiciones pudieron frenarla. La magia no era una solución. Era irrelevante.
Porque el virus no distinguía entre magos, dragones o campesinos. Para él, todo era lo mismo: carne.
Así fue como la tan esperada nueva era... fue aplastada antes de nacer.
Y lo que surgió de sus cenizas no fue paz. Ni gloria. Ni reconstrucción.
Fue la oscuridad. El caos. La ERA MALEDECTUM.