Capítulo 1
Frank Bartomeu caía en picada desde catorce mil pies de altura. Bajo él, la ciudad de Nueva York se extendía como una maqueta inanimada, un relieve de la ajetreada urbe que alguna vez fue holandesa, luego inglesa y finalmente se convirtió en el centro cultural y económico de una emergente nación de protestantes y masones. Su trazado octagonal, con calles rectas y angulosas, resultado del Plan De Los Comisionados de 1811 que buscaba una ciudad más ordenada y eficiente comenzó a develarse a la vez que Frank se acercaba a la superficie a una velocidad vertiginosa.
Encima de él, un sol radiante, casi al alcance de la mano, salpicaba todo con un dorado intenso mientras unas nubes rocosas se apilonaban bajo la bóveda translucida de la atmósfera terrestre. Era un hermoso día de primavera, despejado y cálido, ideal para andar cayendo al vacío con la gravedad reclamando su cuerpo a unas doscientas millas por hora. Frank Bartomeu recordó entonces a Gibreel Farishta haciendo piruetas y volantinas mientras caía sobre el canal de la Mancha y cantaba “Para nacer de nuevo, primero tienes que morir,” y a Saladdin Chamcha, con los brazos pegados a los codos, cayendo en perfecta vertical, tieso como una esfinge. A diferencia de los pintorescos personajes de Salman Rushdie, Frank Bartomeu sintió que ese no era su día, que al menos esa decisión la podía tomar por voluntad propia en un mundo poco dejado al libre albedrío. Mirar al Hades a la cara y decirle “Hoy no” era un verdadero deleite. Entonces abrió el paracaídas de un jalón, sintió el tirón que lo empujó hacia arriba y comenzó a descender suavemente como una espora de diente de león.
Frank Bartomeu recogía su equipo de paracaidismo cuando un reluciente Cadillac Escalade frenó a unos pocos metros de él, ignorando por completo la advertencia de no dañar el césped. Tres hombres, con cara de una seriedad milenaria y embutidos en unos trajes Brooks Brothers hechos a la medida, tan negros e impolutos como el auto, desembarcaron frente a él con precisión quirúrgica.
–Profesor Bartomeu –Preguntó el más joven de la triada, como si no hubiese pasado horas detrás de una computadora estudiando hasta el más minucioso detalle de su objetivo. No solo conocía sus datos personales básicos, sino también su historial de búsqueda en línea, compras y preferencias, lugares frecuentados, patrones de movilidad, comportamiento financiero, historial médico, contactos frecuentes y hasta su sabor favorito de helado. Todo gracias a la prodigiosa invención moderna de los macrodatos, tan útil para las compañías publicitarias como para las agencias gubernamentales.
Frank asintió con un cabeceo. Era obvio a qué organización pertenecían aquellos desembarcados. Desde el auto hasta la expresión hermética de sus rostros y los trajes perfectamente lustrados y ajustados, era parte de un cliché explotado hasta el cansancio por el cine, la literatura y hasta los cómics. Una organización, para mayor sorpresa, fundada por un sobrino nieto del mismísimo Napoleon Bonaparte para combatir gangsters italianos que contrabandeaban licores en la época de la Prohibición.
–¡FBI! –continuó el joven, mostrando unas credenciales tan trilladas que podías encontrar una réplica en un mercado al por mayor por menos de cinco dólares– queremos hacerle algunas preguntas, digo si tiene tiempo.
–¿Acaso podría negarme? –respondió Frank con ironía. Era obvio que al Tío Sam poco le interesaba si uno tenía tiempo para responder a sus preguntas. Si se negaba, en el mejor de los casos, terminaría arrestado bajo cargos de resistencia a la autoridad o interrogado en un lugar mucho menos placentero que aquel descampado a las afueras de la ciudad.
–El profesor Atkins –prosiguió el agente, sin necesidad de mencionar el nombre completo del reconocido Theodore Cornelius Atkins II, director del Museo Smithsoniano, catedrático honorífico de la Universidad de Cambridge y figura de culto en el mundo de la arqueología y el arte antiguo– lo ha recomendado a usted como el mayor experto en la civilización sumeria del país.
Frank no pudo evitar maldecir al recordar las proféticas palabras de vendetta del profesor Atkins tras perder contra él trece partidas de Zenet, juego similar al Backgammon que se inventó en Egipto alrededor del tres mil antes de Cristo. Indudablemente el viejo Atkins se estaba desquitando inmiscuyéndolo en alguna tediosa investigación gubernamental sobre contrabando de antigüedades. Nadie mejor que el octogenario catedrático sabía que él estaba muy lejos de ser el mayor conocedor de la cultura sumeria del país, un título que probablemente nadie podría adjudicarse debido a la gran gama de expertos en el tema. Su mayor mérito, en algún caso, sería el de ser el catedrático más joven en dirigir el centro de Estudios de Juegos de Mesa del Mundo Antiguo de la Universidad de Columbia.
–Me siento alagado por las recomendaciones del viejo Atkins, pero no veo cómo mis conocimientos pueden ser útiles al FBI –prosiguió Frank, sin ganas de inmiscuirse en asuntos del gobierno.
–Le sorprendería saber las muchas formas en que alguien con sus conocimientos nos podría ser útil ¿Me puede explicar qué es esto por ejemplo? –el joven agente extendió una fotografía que Frank agarró de mala gana.
–Eso lo podría responder hasta un entusiasta, es el cuchillo de Grbel El-Arak, que si mal no recuerdo se encuentra en el Louvre.
–Bueno, resulta que eso mismo pensaba el mundo entero hasta que lo hallamos antenoche clavado en el pecho del reconocido genetista e investigador Charles Olivier aquí mismo en Nueva York.
–¡Imposible! ¿Quién se tomaría la molestia de evadir la seguridad del Louvre para traficar una reliquia de tan alto calibre solo para usarla en un acto tan mundano como apuñalar a alguien en el pecho?
–Por esa misma razón necesitamos su ayuda profesor Bartomeu. Este es un caso excepcional –sentenció el joven agente alcanzándole otra media docena de fotografías de una escena del crímen donde un cincuentón, con un poco de sobrepeso y una incipiente calvicie coronaria, se hallaba boca arriba en medio de un charco de sangre, con el cuchillo de Grbel El -Arak clavado en el mediastino medio.
Frank tomó su tiempo para observar cada imagen con la curiosidad de un investigador de CSI en busca de pistas. No todos los días se escuchaba la noticia de un apuñalamiento con una reliquia de más de seis mil años de antigüedad. Sin lugar a dudas aquel era un caso excepcional.
–La víctima no parece haber opuesto resistencia, no habían señales de forcejeo ni lucha en la habitación, lo que indica que el atacante debía de ser alguien conocido del profesor –
–Hoja de silex, mango de marfil con el dios El tallado entre dos leones. “Maestro De Las Bestias,” un motivo muy extendido en el arte antiguo…¿Pero qué les hace creer que no es una réplica?
– Nuestros expertos ya lo han analizado y tenemos el reporte del Louvre de la reliquia robada hace dos semanas.
Frank Bartomeu sintió que debía sentarse para procesar aquella inaudita historia. Jamás había oido algo tan absurdo. Un asesino que se tomaba tantas molestias debía de tener razones muy personales… o ser un verdadero excéntrico y un poco desquiciado también.
–¿Pero, no cree usted que en realidad lo que necesita es consultar a un experto en el Egipto Antiguo? Este artefacto es parte de la prehistoria Egipcia, alrededor del tres mil quinientos antes de Cristo, probablemente confeccionado en la ciudad de Abydos.
–Usted mejor que nadie entiende los lazos de este artefacto con la civilización sumeria, y creemos que ahí esta la clave.
–¿Por qué está tan seguro de eso?
–También encontramos en el departamento del profesor Olivier unas tablillas cuneiformes que datan de la Edad de Bronce Temprana, lo cual solo puede provenir de las primeras ciudades construidas por el hombre:Uruk, Eridu, Ur o Nippur –añadió el agente señalando una de las fotografías donde dos tablillas, de un color entre beige y marrón, descansaban sobre el escritorio de la víctima.
Ante ojos inexpertos, aquellas invaluables piezas arqueológicas podían pasar por simples pedruscos garabateados o excéntricos portapapeles, pero Frank comprendía mejor que nadie el valor de aquellas tablillas que podrían alcanzar hasta el millón de dólares en el mercado negro de antigüedades. Claramente el desorden de la habitación era solo un intento del agresor por disimular sus intenciones. Aquello no parecía ser un simple robo, sino un ajuste de cuentas.
–¿Las tablillas también eran robadas del Louvre? –preguntó Frank atrapado por completo por aquella historia.
–No, es la primera vez que se registra su existencia. Son originales, analizadas también por nuestros expertos. Probablemente recién descubiertas e introducidas ilegalmente en los Estados Unidos.
Frank Bartomeu presintió que aquella telaraña de objetos arqueológicos y situaciones improbables se iba enredando cada vez más. La Ariadne que tejía aquellas redes lo hacía de un modo enigmático, incomprensible… o tal vez se trataba de un simple caso del Principio de la navaja de Occam, atribuido al filósofo Medieval Guillermo de Occam, el cual dicta que no debemos de complicar innecesariamente una explicación cuando una más simple puede ser suficiente.
–¿No han considerado que el profesor Olivier podría haber estado envuelto en un tráfico de reliquias que salió mal y terminó pagando con su vida?
–Altamente improbable. El profesor Charles Olivier era uno de los mejores genetistas del mundo, un gran conocedor de las ciencias exactas, nada tenía que ver con la arqueología o el estudio de la historia, quizás la más inexacta de las ciencias.
Frank no podía estar más de acuerdo. El estudio detallado de la historia indicaba que siempre eran los ganadores quienes la escribían por lo que la acumulación de inexactitudes, fuentes sesgadas y contradictorias e interpretaciones subjetivas llamaban a dudar de todo lo “históricamente correcto.”
–¿Entonces, qué relación puede tener un genetista con objetos arqueológicos robados?
–Bueno, todo lo que le diré ahora es estrictamente confidencial por lo que divulgarlo o repetirlo puede ser considerado un delito federal.
–¿Puedo elegir no escucharlo? –preguntó Frank con sarcasmo.
El agente esbozó una risita cínica. Frank Bartomeu sabía que a esas alturas de la conversación eso no sería una opción. En el país se la libertad, cuando el Tío Sam tocaba a tu puerta, todos tus derechos podías metértelos por el cul…
–El profesor Charles Olivier era la cabeza de un grupo de científicos que trabajaban para un proyecto ultra secreto del DARPA.
–¡El DARPA también envuelto en todo esto! –Frank no pudo evitar interrumpirlo.
La Agencia De Proyectos De Investigación Avanzados De Defensa es la punta de lanza del ejército norteamericano. Responsable de tecnologías punteras y envuelta en un sinfín de conspiraciones y proyectos turbios que le quitan el sueño hasta a los menos paranoicos. Por otro lado, la humanidad tiene que agradecerle muchos de los prodigios de la ciencia moderna como son la internet, los satélites, el GPS, los sistemas de hipertexto y mucho más. Frank tenía sentimientos encontrados con agencias como esa. No era la primera vez que se inmiscuían en asuntos arqueológicos en busca de conocimientos perdidos. Sin éxito aparente, lo único que habían logrado al inmiscuirse era destruir y contaminar tesoros arqueológicos irremplazables. Varias teorías conspiranóicas los acusaban de manipular descubrimientos arqueológicos importantes para evitar que la humanidad descubriera conocimientos que podrían desafiar nuestra comprensión actual de la ciencia.
–¿De qué tipo de investigación estamos hablando?
–Hasta ahí llega mi jurisdicción, profesor Bartomeu. Ni siquiera el FBI tiene acceso a los detalles del proyecto. Nuestro trabajo llega hasta su asesinato. Es de entender que el gobierno tenga un marcado interés por el asesinato de un científico de tan alto calibre, una personalidad crítica.
–Me está pidiendo que de un salto de fe. Resolver un enigma sin todas las piezas del rompecabezas.
–Lamentablemente, es todo lo que le puedo decirle. El gobierno de los Estados Unidos necesita de su conocimiento. Hemos localizado el sitio arqueológico del que se extrajeron las tablillas. Creemos que tiene algo que ver con el crímen. Con respecto al DARPA, ellos mismos se pondrán en contacto con usted para proporcionarle mas información.
–Si lo que me dice es cierto, ese sitio debe de estar en Irak.
–Exacto. Su presencia en el sitio arqueológico es imprescindible. Lo pondremos en contacto con el INSCOM para que sea trasladado de inmediato.
–¿El INSCOM? –espetó Frank sin creer que podrían sorprenderlo aun más –¿Ahora qué tiene que ver la Agencia de Inteligencia y Seguridad del Ejército de los Estados Unidos en todo esto?
–El sitio arqueológico está en territorio hostil, profesor Bartomeu. La zona está bajo constantes ataques de grupos insurgentes. Por tal razón el sitio esta bajo la protección del Ejército.
–¿Entonces de más estaría decir que no puedo dar un no por respuesta?
–Solo diré que sería lamentable para su carrera profesional. Echarse al gobierno de los Estados Unidos de enemigo no es buena idea –recalcó el agente con un tono amenazador– su vuelo lo espera en la base McGuire. Tiene cuarenta y ocho horas para poner todos sus asuntos en orden.