Wanted!

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Summary

Cass La Serpiente Crow es un forajido astuto, coqueto y sin escrúpulos cuya única lealtad es el dinero. Cuando Silas Holt, el sheriff implacable de Rustyrose, lo captura, Cass se convierte en su única oportunidad para localizar a los seis hombres que marcaron la infancia de Holt con un abuso sexual que jamás olvidó. Pero después de tantos años, esos criminales ya no son lo que eran, y Holt deberá enfrentarse a la incómoda verdad: ¿Está buscando justicia o simplemente venganza? Bienvenidos a Rustyrose, donde el pasado nunca muere y cada bala tiene un nombre.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sin chicos guapos, pero con balas.

Las calles polvorientas de Rustyrose nunca traían algo positivo. Solo promesas rotas y hombres toscos con el alma tan seca como la tierra que pisaban. El calor y la miseria eran los amigos favoritos de este desierto perdido en la nada. Y quizá el alcohol, muchísimo alcohol.

El viento arrastraba polvo rojizo entre los edificios de madera, desgastados y torcidos como viejos a punto de desplomarse. El único sonido era el crujido de las puertas golpeando contra sus marcos, el lamento de las bisagras oxidadas y el aleteo de los cuervos sobre el techo del saloon. La cantina y la iglesia eran los únicos lugares donde la gente se reunía, ya fuera para beber o para rezar en silencio y en Rustyrose, Dios solía perder contra el whisky. Incluso los niños sabían que si mamá o papá tomaban una botella era para culminarla.

Y ciertamente, los pocos habitantes que quedaban caminaban con la mirada baja, las botas cubiertas de polvo y la piel quemada por el sol. Aquí nadie preguntaba por el futuro. En estas tierras desérticas, la gente solo se preocupaba de llegar al día siguiente sin un agujero en la cabeza, o sin la sangre escurriendo por el cuerpo.

Entonces, el galope irrumpió en el letargo del pueblo. Primero lejano. Luego más fuerte. Un ritmo seco, brutal, como el latido del corazón de un gigante junto a la risa de una hiena salvaje. Y luego, una silueta emergió de la polvareda.

Un jinete sobre un corcel oscuro, montando con la desesperación de un condenado o la insolencia de un hombre que cree que el destino le debe una buena mano o que incluso Dios le tiene deudas jodidas. A su espalda, un saco de monedas tintineaba con cada salto del caballo.

Los cuervos graznaron al unísono cuando cruzó la calle principal.

Las primeras puertas se cerraron de golpe. Una mujer arrastró a su hijo dentro de casa, mientras una anciana se apresuraba a meter los tablones en su ventana. Desde la cantina, un borracho entrecerró los ojos y escupió en la tierra.

-Mierda -gruñó, sacudiendo la cabeza-. Nunca se puede vivir tranquilo en este pueblo de mierda.

Cass “La serpiente” Crow había vuelto a hacer de las suyas.

Y su rostro mal dibujado estaba en un viejo cartel de “Se busca, vivo o muerto”. Aunque claro, lo de “mal dibujado” lo decía él mismo. Porque nadie, nadie, podía contener su belleza en una simple pintura barata según él.

Porque, vamos, ¿Qué clase de insulto artístico eran esas manchas borrosas con narices torcidas y ojos sin vida?

Su rostro era puro arte en movimiento: rasgos afilados, sonrisa de serpiente, cabello negro cayendo con el descuido calculado de un hombre que sabía exactamente lo bien que se veía. Y esos ojos, oscuros y afilados como cuchillas, con ese brillo astuto que hacía que la gente dudara si le debía dinero o un beso de lengua bien delicioso.

Pero no. Ahí estaba ese dibujo inmundo, en el tablón del sheriff, su cara destrozada por una tinta barata y unas manos torpes.

-Maldita sea -murmuró, recordando esa abominación cuando ya se encontraba lejos de Rustyrose, llegando a una parte más despejada donde solo se veían las dunas del desierto y el sol atronador-. ¿Cómo carajo alguien puede fallar tanto en algo tan perfecto? O sea, hay que esforzarse para que algo tan bien hecho salga tan mal.

Suspiró con resignación dramática, dejando que su caballo avanzara con calma sobre la arena.

-Espero que al menos mi cadáver salga mejor en la próxima.

-Quizá no tengas que esperar tanto.

Cass parpadeó.

El frío tacto del revólver en su nuca le arrancó una sonrisa torcida, algo entre diversión y resignación.

-Ay, mi amor, Silas...-murmuró, cerrando los ojos con falsa inocencia y una sonrisa juguetona-. Siempre tan oportuno. ¿Esperando que esté a solas para dar rienda suelta a tus más bajos instintos?

Abrió un ojo, midiendo su reacción, y luego chasqueó la lengua.

-Déjame ponerme perfume al menos, mi vida.

El hombre detrás de él suspiró.

Silas Holt.

El sheriff de Rustyrose.

Un hombre que no se aguantaba tonterías. Fornido como un toro, ojos azules fríos, con más cicatrices que piel intacta, y un temperamento que hacía temblar hasta a los más valientes: No tenía aprendices que lo aguantasen mucho, porque era el tipo de persona que se tomaba en serio todo; no había cosa que entrara o saliera de Rustyrose que él no se enterara.

Era un hombre acabado según Cass: Su cabello negro ya comenzaba a llenarse de canas y su cuerpo estaba más cubierto de vello que un maldito oso. La barba frondosa lo hacía parecer un viejo a punto de retirarse, pero solo un idiota se atrevería a llamarlo “viejo” en su cara.

Y Cass, por supuesto, era justo ese tipo de idiota.

-Tómate esto en serio, maldita serpiente, o te juro que me voy a cobrar todas las molestias.-El gruñido de Holt tenía el peso de una promesa.

Cass inclinó la cabeza con aire pensativo.

-¿Y cómo piensas hacerlo, mi amor? -su voz se deslizó como la de un cortesano-. Sorpréndeme.

Se giró apenas, mirándolo de reojo, con una sonrisa de serpiente.

-Pero por favor... usa la otra pistola. Tú sabes cuál.

El sheriff cerró los ojos un segundo. Respiró hondo. Contó hasta diez. Por algún maldito milagro, no le voló la cabeza ahí mismo. Lo necesitaba, cierto, por eso aún no lo mataba.

Cass ladeó la cabeza con aire casual.

-¿Me necesitas, amor? -su voz era pura delicia ponzoñosa-. ¿Quieres que te lustre el rifle?

Holt apretó la mandíbula.

-...

Cass alzó una ceja, satisfecho con su propia impertinencia.

-Tengo tiempo libre y soy muy discreto.

El gatillo crujió.

Cass parpadeó.

-Uy.

Holt no dijo nada. Solo empujó el cañón del revólver con más fuerza contra su nuca. Cass rió. Dios, cómo le encantaba joderlo. Pero entonces la voz de Holt se deslizó afilado como una daga:

-Háblame del viejo Crow.

El aire se volvió más denso. ¿El viejo Crow? Cass se quedó en silencio un instante demasiado corto. No porque le importara la pregunta. Sino porque no tenía ni puta idea de qué responder. ¿Qué carajo iba a saber de un anciano decrepito del cual su padre solo hablaba cuando recordaba que le debía dinero?

El sheriff lo notó.

-No juegues conmigo, serpiente. -Su voz era un gruñido seco, estaba enojado, más de lo habitual-. Tu tío. ¿Dónde está?

Cass parpadeó, recomponiéndose rápido. Oh. Así que era eso. La suerte lo había metido en líos antes, pero esta vez el destino había decidido encadenarlo a una bizarra maldición familiar de la cual ni estaba enterado. Conocía a su tío, pero era un hombre de mala muerte al cual había visto escasamente su vida. Pero claro, eso no era lo que Holt quería escuchar.

Y Cass no era tan idiota como para decir la verdad.

Así que fingió.

-Ahhh... el viejo Crow...-murmuró con un suspiro teatral de falsa nostalgia-. Tantos recuerdos... me compró un caballo de madera, seeeh... qué recuerdos, je, y me hizo beber mi primera cerveza. Ah, qué tipo tan simpático. El alma de la fiesta.

El cañón del revólver se clavó más fuerte en su nuca.

-No me hagas perder el tiempo.

-¿Y si te digo que lo busqué porque quería que me preste dinero, pero que el muy cabrón nunca se deja encontrar?

Holt no respondió.

-¿O si te digo que sé más de lo que crees, pero que no voy a soltar ni una palabra hasta que me trates con el amor que me merezco?

El sheriff gruñó, sin moverse. Cass sonrió.

Lo supo, iba a librarse de eso, porque si Holt lo hubiese querido matar, ya lo habría hecho. Había conseguido tiempo.

-¿Sabes qué, Holt...?-su tono se volvió suave, casi digno de un cómplice-. Me gustas. Creo que podríamos entendernos bien si me tratas con un poquito de cariño.

Silas Holt suspiró y sin decir nada tomó a la serpiente. Cass sintió un tirón brusco en la muñeca.

Antes de poder reaccionar, una cuerda lo inmovilizó en un nudo fuerte.

-¡¿En serio?! -se quejó Cass, forcejeando-. ¿Así tratas a un hombre que está apunto de abrir su corazón? ¿Alguien que te dedicaría poemas dulces? ¿Alguien que te iba a esperar con la carita empapada?

-Tú no tienes corazón, maldita serpiente.

Cass chasqueó la lengua.

-Qué cruel, sheriff. Y yo que iba a contarte todo lo que quería saber...

Holt lo subió de un empujón a su caballo y ató la cuerda al cuerno de la silla. Cass suspiró, resignado.

-¿A dónde me llevas?

-En donde deberías haber estado desde hace tiempo.

Cass arqueó una ceja.

-¿En tu cama?

El golpe que recibió en la cabeza no fue fuerte, pero lo suficiente para hacerlo callar.

-A una celda, imbécil. Fría y austera, me encargaré de que estés solo como un perro hasta que te dignes a decir algo.

Cass sonrió, recostándose contra el caballo con toda la comodidad de un hombre que no tenía remedio.

-Al menos dime que me darás visitas conyugales cuando esté preso.

Holt ni se molestó en responder. Ese cabrón iba a estar en una celda.

Y lo prometido es deuda.

______

El sonido del papel deslizándose sobre la mesa de madera fue lo único que rompió el silencio en la oficina del sheriff.

Holt se había quitado su estrella brillante de sheriff, observando su reflejo en ella.

Había pasado mucho tiempo. Años, cicatrices, arrugas, sueños podridos enterrados bajo polvo y whisky barato. Pero los rostros en esos viejos documentos... esos nunca cambiaban. Viejos forajidos. Cuerpos decadentes en ilustraciones gastadas. Rostros que aún calaban en su memoria, trayendo consigo el eco de gritos y súplicas ahogadas en pólvora y tierra. Algo que ya había pasado, pero eran recuerdos que aún calcinaban su mente. Holt cerró los ojos con fuerza. No. No debía pensar en eso.

Respiró hondo. Pasó la página con la lentitud y el dolor de un hombre que había aprendido a tomarse las cosas con calma. Porque si no, alguien iba a terminar con un balazo en la cabeza.

El problema era que ese alguien seguía respirando.

Y no dejaba de hablar.

-Oye, sheriff...

Holt cerró los ojos un segundo.

No lo escuches. Déjalo hablar solo. Mantén la maldita calma.

-Dime, ¿cuánto te costó esta celda de mierda? ¿Es nueva?

Holt no respondió. Cass suspiró con fingida decepción.

-Es algo decadente, las he visto mejores. ¿Y dónde está mi borracho reglamentario de compañero?

Holt siguió sin levantarla vista.

-Me siento solo, Holt.

Cass arrastró los pies por el suelo de la celda, dramatizando su miseria.

-Tráeme a un viejo más decadente que yo para conversar o pelearnos, esto se siente feo.

Sonido de nudillos crujiendo. Holt apretó el puño, mientras trataba de contener su ira.

-No quiero hacer caer mi jabón y que nadie me diga que lo recoja.

Cass suspiró teatralmente.

-¿Qué gracia tendría?

Holt cerró los ojos. Inspiró. Exhaló. Sintió una vena latir con furia en su cráneo. Lentamente, con la calma de un hombre que estaba a cinco segundos de cometer un asesinato señaló con un dedo a la serpiente.

-¿Nunca te callas?

Su voz era baja, pesada. Sus dedos se apretaron en su cabeza, como si pudiera sostener su propia paciencia antes de que se hiciera trizas.

Cass sonrió.

-Oh, Holt... ¿acaso soy la música que necesitas en tu vida? Si me das una armónica hasta te saco unas melodías prohibidas.

Holt golpeó la mesa con la palma, sin levantar la vista.

-Cállate, Cass.

-¿No? ¿Ni una flauta?

-No.

Cass suspiró con dramatismo.

-La cárcel de Blackrose tenía una. Era bonita. La llamé Carmen María.

El sheriff supo que no tenía más tiempo que perder, sostuvo las viejas ilustraciones y se las puso en frente a Cass, que pestañeó varias veces confuso, ladeando la cabeza como un perro confundido.

-Mira bien estas ilustraciones y dime si reconoces a alguien.

-Ay no. ¡Qué feos!

Holt apretó los dientes.

-No es un concurso de belleza, Cass.

-Bueno, menos mal. Porque si lo fuera, tendrías que darles un premio por llevarse toda la fealdad del condado.

El sheriff golpeó la mesa con un dedo.

-Concéntrate.

Cass suspiró dramáticamente y se apoyó en los barrotes como una damisela cayendo.

-¿Y si no quiero?

-Entonces haré que quieras.

Cass sonrió como si la amenaza le hiciera gracia.

-Qué rudo. Me haces sentir cosquillas en lugares indebidos, sheriff.

-¡Mira las malditas fotos, Crow!

Cass parpadeó de nuevo, luego se inclinó con fingida seriedad. Estudió la primera imagen. Luego la segunda. Holt esperó. Cass arrugó el ceño. Holt esperó más. Cass ladeó la cabeza de nuevo, pensativo. Holt se tensó.

Finalmente, Cass suspiró.

-Pues mira, el de la derecha tiene la misma nariz que mi tío. Pero yo siempre fui más guapo.

Holt cerró los ojos con fuerza. Debía ser paciente, no podía dejarse llevar por algo tan banal.

-No me interesa si eras más guapo, Crow.

Cass chasqueó la lengua.

-Pues debería.

Holt inspiró hondo.

-Sé honesto... ¿Conoces a alguno?

Cass se encogió de hombros.

-Solo a mi tío. Y la verdad, ni lo traté tanto. O sea, lo recuerdo más viejo, tampoco es que fuésemos tan unidos, sheriff.

-¿...Viejo?

-Pues sí, esas imágenes, ¿de cuándo son? 25 años mínimo, no sé, sheriff, yo creo que mucha de esa gente ya usa bastón o están demasiado seniles para reaccionar. Mi tío mismo debe estar jodidísimo si sigue con vida.

-...Aún así, la vejez no es excusa para dejar de lado la justicia.

-La venganza es mala, sheriff, mata el alma y la envenena -dijo Cass, bromeando, mientras alzaba los hombros, pero pudo ver algo en la mirada de Holt, algo que sus profundos ojos azules jamás expresaban: ira desbordante con dolor -. ¿Esto... es más que una búsqueda incesante de simples forajidos, no?

-Fue una banda... eran seis -contó el sheriff -. Y yo no tenía mas de diez años, tu tío estaba entre ellos. Recuerdo sus rostros, sus manos, sus sonrisas torcidas... Todo. ¿Y me pides que los perdone solo porque son viejos?

Cass tragó saliva. Se pasó la lengua por los labios, secos de repente. Algo en su pecho se sintió incómodo, como si lo hubieran metido en una situación donde de repente no tenía el control. Odiaba esa sensación.

-Bueno... tienes un punto, son unos cabrones hijos de puta -asintió la serpiente.

-Voy a matarlos, uno por uno, pero para eso necesito saber dónde están. La vieja banda se dispersó y tengo pensado reunirlos, de la peor forma posible. -esta vez Holt sonrió, en una sonrisa que el forajido temió, no era el usual rostro de contención del sheriff, o su mirada analítica, era un placer puro que se estuvo gestando desde el sadismo.

-¿Y cómo carajos los vas a encontrar?

-Bueno, he estado investigando estos años. Pero acabo de llegar con lo más cercano a una fuente: -señaló Holt a la serpiente que puso un rostro de sorpresa, al punto de señalarse a sí mismo -. El sobrino de uno de los miembros.

-¿Y qué te hace pensar que voy a ayudarte, galán?

-Tampoco es que tengas muchas opciones, serpiente, con tu historial, tu cuello se vería excelente en una horca. La pena de muerte en tu caso hasta sería un evento predecible.

-¿...Qué?

-Eso que acabas de oír.

Cass soltó una risa seca, pero no tenía nada de divertida. Se pasó una mano por el rostro, intentando recomponerse. ¿Pena de muerte? Bueno, qué sorpresa, qué novedad, qué maldito desastre.

-Oh, Holt, cariño, me halaga que creas que soy tan útil como para intercambiarme por una banda de viejos degenerados. -Se apoyó en los barrotes con su mejor sonrisa de serpiente, pero no había esa seguridad descarada de antes, no cuando el sheriff lo miraba así, con esa calma que olía a sentencia, a algo inevitable-. Pero, ¿qué te hace pensar que tengo la menor idea de dónde está mi querido tío?

Holt se encogió de hombros, despreocupado.

-No lo sé. Pero tengo tiempo para averiguarlo. Tú, en cambio... -dejó la frase en el aire, haciendo un símbolo de cuchillo con el dedo en el cuello y con la obvia amenaza flotando entre ellos.

Cass sintió un escalofrío en la nuca. No era el Holt que conocía. No el hombre que tenía un código, una línea que no cruzaba. No, este cabrón era otro, como si su serio pero encantador paladín de la justicia hubiese sido reemplazado por un hijo de puta.

-Entonces, ¿cuál es el trato exactamente? -preguntó con una sonrisa forzada.

-Tú me ayudas a encontrarlos. No solo a tu tío, a todos. Me das nombres, me das rutas, me das cualquier jodido indicio que me acerque a ellos.

-¿Y si no sé nada?

Holt inclinó la cabeza con esa misma calma perturbadora.

-Aprenderás.

Cass soltó una carcajada falsa.

-Dios, qué rudo. Y si lo hago... ¿qué me das a cambio?

Holt sonrió apenas, pero era la clase de sonrisa que helaba la sangre.

-Tu vida, Crow.

Cass dejó de sonreír.

-¿Eso es todo? ¿Así de simple?

-Así de simple.

Se hizo un silencio denso. Cass desvió la mirada un segundo, mirando la celda en la que estaba metido. Su celda. Su destino sellado. Si no aceptaba, tarde o temprano lo sacarían de allí para colgarlo en la horca como un perro.

Suspiró.

-Tienes que admitir que la ironía es deliciosa.

-¿Cuál?

-Que la única forma en la que salgo vivo de aquí es ayudándote a vengarte. -Se pasó una mano por el cabello, dejando escapar una risa baja-. El destino tiene un sentido del humor podrido.

Holt cruzó los brazos.

-¿Vas a ayudarme o no?

No tenía opciones.

Lo peor era que ni siquiera sabía si podía encontrar a su tío. Su familia era un desastre, nunca tuvo contacto con ese bastardo, y de repente el sheriff lo estaba poniendo entre su cuello y la soga de la horca.

Sonrió de lado.

-Bueno, sheriff... si la otra opción es morir, me parece que acabamos de cerrar un trato.

Holt asintió, pero antes de decir algo más, se levantó para aclarar algo, levantando un dedo y hablando con su voz más profunda y clara.

-Y no es venganza, imbécil.

Es justicia.

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