Chapter 1
Start writiLos grilletes eran un asco. No solo por lo incómodos que eran—porque, mierda, lo eran—sino porque eran la prueba verídica de que lo habían atrapado. A él. A Katsuki, el maldito Bakugo. Como si fuera un civil cualquiera, un don nadie que no podía defenderse.
El orgullo se le retorcía en el estómago como una bestia herida, rugiendo con furia, exigiendo venganza. Pero no iba a darles el gusto de verlo afectado. Así que permanecía ahí, sentado con la espalda recta, los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de puro veneno en el rostro. Sus ojos carmesí brillaban en amenaza latente mientras recorrían a cada uno de los malnacidos que lo rodeaban.
La Liga de Villanos.
Un grupo de idiotas que creían tenerlo bajo control solo porque le habían encadenado las manos. Como si eso fuera suficiente para domarlo.
—Si van a matarme, háganlo de una vez, bastardos —gruñó, su voz llena de veneno, retandolos a hacerlo. A tomar su vida como los cobardes inferiores qué eran.
No había miedo en sus palabras, ni un solo atisbo de duda. Solo rabia pura, una furia implacable que prometía que, si lograba liberarse, haría que cada uno de esos desgraciados lo lamentara.
Dabi, elevó una ceja, estaba recostado en el sofá con los pies descansando sobre la mesa, como si estuviera en su propia casa y no en un escondite lleno de criminales con tendencias psicópatas. Sus labios se curvaron en una media sonrisa antes de soltar una carcajada seca, ronca, llena de burla.
—¿Matarte? Nah —dijo con desdén, jugueteando con una chispa azul entre sus dedos Eres demasiado entretenido.
Bakugo entornó los ojos, su ceño frunciéndose aún más, si es que eso era posible.
—¿Perdón?
Antes de que pudiera lanzar alguna amenaza o un gruñido de advertencia, Toga apareció en su campo de visión, acercándose con su típico andar ligero, dando saltitos como si estuviera a punto de recibir un regalo de cumpleaños. Pero su sonrisa… esa maldita sonrisa afilada le decía que algo tramaba. Algo que no le iba a gustar ni tantito.
—Kacchan, Kacchan —canturreó, ladeando la cabeza con ojos brillantes de emoción— tienes un crush, ¿verdad?
El aire pareció volverse más denso, como si de repente el oxígeno escaseara. Bakugo sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, un mal presentimiento instalándosele en el pecho como peso muerto.
—¿De qué mierdas hablas? —espetó, con la mandíbula tensa y la voz más grave de lo normal.
Pero Toga solo se rio, y Dabi sonrió de lado, disfrutando cada segundo de la incomodidad de su rehén.
—Ohhh, no te hagas el tonto —canturreó Toga con voz melosa que solo lograba crisparle los nervios a Bakugo. Se dejó caer a su lado, demasiado cerca, inclinándose hasta que su aliento rozó su oído— Nos lo dijiste hace rato.
Bakugo endureció la mandíbula.
—¿De qué carajos hablas?
—Vamos, no te hagas —continuó ella, con una sonrisa juguetona— Cuando estabas atado y gruñendo como un perro rabioso, te preguntamos en qué pensabas… y ¡bam! Dijiste su nombre.
El mundo pareció detenerse por un segundo.
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero lo que realmente lo traicionó fue el calor ardiente que le subió al rostro. Sus ojos se abrieron apenas un poco más, en una reacción mínima pero delatadora.
Mierda.
No.
No había manera de que hubiera sido tan estúpido.
—Deku, ¿eh? —Shigaraki intervino con su tono rasposo, sin siquiera molestarse en mirarlo mientras examinaba sus uñas con absoluta indiferencia— Vaya, vaya. El héroe de héroes, la gran esperanza de la sociedad… y resulta que su mayor rival está enamorado de él.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
La sangre le rugía en los oídos y cada fibra de su ser le exigía negar todo de inmediato, gritarles que se fueran al diablo, volarles la cara con una explosión. Pero no podía hacer nada de eso. Porque, de alguna forma, la maldita Liga de Villanos había metido el dedo en una herida que ni siquiera él sabía que tenía.
Katsuki apretó los dientes con tanta fuerza que casi pudo sentir la presión en sus encías.
—No estoy enamorado de él.
—¿Ah, no? —Dabi arqueó una ceja, su sonrisa burlona ampliándose como si acabara de encontrar su nueva forma de torturarlo— Porque la forma en la que te pusiste a hablar de sus ‘hipnotizantes ojos verdes’ y de lo ‘malditamente terco que es pero de una manera tan ahhhg” nos dice otra cosa.
El mundo entero pareció volverse más pequeño, como si el aire conspirara para asfixiarlo.
No.
No, no, no.
Mierda.
Bakugo quiso qué la tierra se abriera bajo sus pies y que se tragara de una vez. O mejor aún, que alguien le volara la cabeza en ese preciso instante y pusiera fin a su miseria.
—¡Eso fue—! ¡Fue porque ustedes me drogaron con quién-sabe-qué mierda! —soltó con desesperación, aferrándose a la única excusa que tenía.
—Nah, no lo hicimos —replicó Dabi con absoluta tranquilidad, cruzándose de brazos como si estuviera disfrutando de un espectáculo de primera fila— Eso fue puro tú.
—¡Váyanse a la mierda!
Toga, lejos de molestarse, aplaudió como si acabaran de revelarle el secreto de estado, sus ojos brillando con emoción pura.
—Awww, es adorable. ¿Por qué no le has dicho nada, Kacchan?
Bakugo sintió una punzada en el pecho, una que no tenía nada que ver con la humillación del momento. Se tensó, endureciendo la expresión, su voz saliendo baja, cortante.
—Porque no es asunto suyo.
Pero incluso él pudo notar que su tono carecía de la fuerza habitual. Porque la verdad, la maldita verdad, era que ni siquiera él tenía una respuesta para eso.
—¿Le has confesado que te gusta? —preguntó Dabi con absoluta tranquilidad, ignorando por completo la mirada asesina que Bakugo le estaba lanzando.
—¡Por supuesto que no, idiotas! —espetó Katsuki, sintiendo el calor subirle al rostro, más de furia que de vergüenza.
Dabi y Toga intercambiaron una mirada, como si acabaran de descubrir un nuevo entretenimiento con el que podían divertirse a costa suya.
—¿Y por qué no? —insistió Toga, inclinándose hacia él con una sonrisa curiosa— Digo, si realmente te gusta, deberías intentarlo.
Bakugo resopló, apartando la mirada como si eso pudiera disipar el tema de una vez por todas.
—Es complicado.
—Nada es complicado con un cuchillo en la mano —canturreó Toga, sacando una navaja y girándola entre sus dedos con una facilidad escalofriante.
—¡Eso es homicidio, enferma! —soltó Katsuki, mirando el arma con el ceño fruncido, como si fuera a volarle la cabeza en cualquier momento.
Toga se rió, sin inmutarse en lo más mínimo.
—Bueno, bueno, relájate, Kacchan. Solo digo que podríamos ayudarte con tu problemita.
La forma en la que lo dijo hizo que Bakugo sintiera un escalofrío recorrerle la espalda. Conociendo a esos malnacidos, no había manera de que su idea de “ayudar” fuera algo remotamente normal.
Bakugo iba a protestar, a gritarles que dejaran de decir estupideces y a recordarles que, en caso de que lo hubieran olvidado, estaba secuestrado pero antes de que pudiera abrir la boca, la conversación tomó un giro aterradoramente absurdo.
Para su absoluto horror, la Liga de Villanos había convertido su cautiverio en un maldito Consejo del Amor
Dabi, con su actitud de sabelotodo y una expresión de aburrimiento se encogió de hombros antes de soltar su veredicto.
—El truco está en la indiferencia misteriosa Bakugo. Nada atrae más que el desinterés bien. Lo mantienes en la cuerda floja, sin darle la seguridad de que te importa, pero tampoco alejándolo por completo. Básicamente, lo tratas como si no existiera hasta que empiece a preguntarse por qué carajos no existía para ti antes.
—Eso es una completa estupidez —bufó Bakugo, fulminándolo con la mirada— Y ni de jodida casualidad voy a hacer eso.
Shigaraki, que no había despegado los ojos de sus uñas en toda la conversación, soltó un suspiro antes de intervenir.
—Tienes una mentalidad demasiado básica, Explosion Boy. Lo que necesitas es una declaración dramática, algo digno de una película de acción. No una de esas confesiones cutres y aburridas, sino algo que lo haga sentir que el mundo entero podría derrumbarse si no están juntos. Si no sientes que te estás jugando la vida en el proceso, entonces no vale la pena.
—¿Te escuchas hablar? —Bakugo chasqueó la lengua, frunciendo el ceño con hastío— Dios, están enfermos.
—Hablando de estar enfermos… —canturreó Toga con una sonrisa inquietante, ladeando la cabeza como si estuviera considerando el asunto muy seriamente— ¿Y qué tal una carta de amor? Pero no cualquier carta, no, no. Una carta de amor con un detallito especial. Corazones de sangre. ¡Súper romántico!
Bakugo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eres una maldita lunática.
—¡Aww, Kacchan! Eso es lo más bonito que me has dicho en todo el día —se rió ella, dándole un empujoncito en el hombro.
Bakugo, masajeándose las sienes como si pudiera borrar de su cerebro cada palabra que había escuchado, dejó escapar un gruñido cansado.
—Esto es ridículo.
Antes de que pudiera terminar de procesar el absoluto desastre en el que estaba metido, la puerta explotó con una fuerza brutal, sacudiendo todo el cuarto.
El sonido retumbó en sus oídos mientras una nube de polvo y escombros cubría la habitación. Se escucharon gritos, órdenes siendo vociferadas con urgencia. Un destello de luz verde eléctrico iluminó el caos.
Y entonces, Midoriya irrumpió en la escena.
—¡Kacchan!
La voz de Deku resonó como un golpe en su pecho, más fuerte que la propia explosión. Estaba ahí, de pie en medio de la nube de polvo, con la mirada encendida de furia y una intensidad en los ojos que hizo que Bakugo sintiera algo extraño en el estómago.
Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, Toga levantó las manos en el aire con fingida inocencia.
—¡Oh, qué sorpresa! Justo estábamos en el medio de nuestra intervención romántica!
—¡¿Qué?! —Deku parpadeó, desconcertado.
Dabi, con su maldita llena de descaro se acomodó más en el sofá.
—Nada, nada. Solo que a tu explosivo amigo le vendría bien un poquito de ayuda en el departamento del amor.
Midoriya miró a Bakugo como si esperara algún tipo de explicación.
—Kacchan… ¿qué demonios está pasando aquí?
Y entonces ocurrió.
No sabía si era la humillación, la resignación o la completa y absoluta locura del momento, pero Bakugo, sin decir una palabra, se dejó caer en un cojín, tomó la taza de té que Toga le extendía con una sonrisa, y le dio un sorbo.
Silencio.
Deku parpadeó. La Liga de Villanos lo observó con algo que, por primera vez, parecía una especie de respeto y entretenimiento genuino.
Bakugo, con una calma que no sentía en absoluto, bajó la taza y exhaló.
—¿Sabes qué, Deku? No tengo ni una puta idea.
La puerta se abrió con un suave crujido, y Aizawa apareció en la entrada, arrastrando a Shigaraki como si fuera un saco de papas, pero lo que más llamó la atención de todos fue el tic en su ojo. Claramente, había llegado en el momento menos oportuno.
Su mirada pasó rápidamente por la escena, haciendo una pausa dramática cuando sus ojos se posaron en Bakugo, quien estaba, por alguna razón incomprensible, tomando té. Con los villanos.
—¿Por qué... Bakugo está tomando té con los villanos? —preguntó, su tono tan lleno de incredulidad que casi podía tocarse en el aire.
—¡No estoy tomando té con ellos! —gruñó Bakugo, alzando la voz más de lo necesario, como si el simple hecho de estar en esa situación fuera un insulto personal.
Midoriya, que se había quedado en la esquina, observó la mesa de manera. La tetera de cerámica, la taza perfectamente alineada con la mesa y la tenue bruma de vapor que ascendía del té. Sin siquiera pensarlo, soltó:
—Kacchan... eso es literalmente té.
—¡ESTABA SECUESTRADO, MALDITA SEA! —gritó Bakugo, su rostro teñido de un rojo tan brillante que habría sido capaz de incendiar todo a su alrededor si pudiera.
El silencio que siguió a su explosiva respuesta fue más pesado que cualquier bomba que Bakugo hubiera lanzado en toda su vida. Los miembros de la Liga de Villanos observaban con diversión y picardía, mientras Midoriya, con la mirada perdida, procesaba lo que acababa de suceder.
Aizawa cerró los ojos, respirando profundamente y se masajeó la sien como si lo estuviera haciendo para evitar un estallido emocional.
—Vamos a casa. Ahora. —Su tono era tan firme y directo que no dejaba lugar a objeciones.
Pero antes de que Bakugo pudiera protestar o tratar de defender su honor de alguna manera, los villanos comenzaron a gritarle, con la actitud de un grupo de adolescentes traviesos a punto de hacer un último comentario en la despedida.
—¡Suerte con tu crush, Kacchan! —gritó Toga, con su voz chisporroteante de entusiasmo.
—¡Te entendemos, hermano! —añadió Dabi, aún recostado en su asiento con la pierna cruzada, sonriendo como si hubiera sido el día más divertido de su vida.
Y con eso, Bakugo, de la mano de Aizawa, fue arrastrado fuera de la habitación. Midoriya lo siguió en silencio, sin poder apartar la vista de su amigo, que estaba rojo de furia pero incapaz de decir una palabra más.
Mientras avanzaban por el pasillo, con Shigaraki aún arrastrado por las vendas, Bakugo no podía evitar pensar en lo que acababa de ocurrir. Estaba seguro de una cosa: jamás, jamás, iba a superar esa humillación.