Lo Que Piensas de Mí

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Summary

En un pequeño pueblo donde todos se conocen, el clima parece tener vida propia. Cuando Nerea, la protagonista, está triste o se siente sola, la lluvia empapa las calles como si el cielo llorara con ella. Cuando se ilusiona, el sol brilla aunque sea invierno. Nerea es una chica de 16 años, insegura, inteligente, con una sensibilidad que oculta tras una sonrisa forzada. Trata de ser amable con todos, aunque por dentro se siente como un cero a la izquierda. Tiene un mejor amigo, Bruno, con quien comparte gustos por libros raros, música indie y largas caminatas bajo la lluvia. Durante una presentación en clase, Nerea comete un error hablando y algunos chicos del grupo popular se ríen. Ella siente que todo el instituto se burla de ella. En su casa, lloviendo, se encierra en su habitación, se mira al espejo y dice en voz alta: "Ojalá pudiera saber lo que piensan de mí. Así sabría qué hacer para ser como ellos." En ese instante, un trueno sacude el cielo, y algo cambia. A la mañana siguiente, empieza a oír pensamientos ajenos, como si fueran susurros. Al principio la asusta, pero pronto se da cuenta de que puede usar esa información para adaptarse a lo que otros esperan.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
13+

NADIE ME VE

Nadie te enseña cómo ser tú cuando tienes dieciséis años. Nadie te dice qué hacer cuando todo el mundo parece saber dónde encaja, menos tú. Nadie te prepara para los silencios incómodos en los pasillos, para las miradas que no llegan, para el reflejo en el espejo que no reconoces.

Nerea se miraba cada mañana intentando encontrarse. Pero solo veía una chica normal. Pelo castaño, a veces ondulado, a veces encrespado, según lo decidiera la humedad. Ojos marrones que no destacaban, labios que no sabían qué decir. No era fea, tampoco bonita. Era... neutra. Y en un mundo donde todos gritaban por atención, ella era un susurro que nadie escuchaba.

Su habitación era un pequeño universo donde sí podía existir. Estaba llena de libros que ya había leído, de dibujos que nunca enseñaba, de notas con letras minúsculas donde escribía cosas que no se atrevía a decir. Tenía un rincón junto a la ventana donde le gustaba sentarse cuando llovía. Como ahora.

A su lado, dormido sobre una manta, estaba Trufo, su perro mestizo de orejas caídas y ojos más humanos que los de muchos. Lo habían adoptado cuando Nerea tenía diez años. Desde entonces, él se había convertido en su compañero fiel, su confidente silencioso. Cuando nadie más la escuchaba, Trufo sí. No interrumpía. No juzgaba. Solo estaba.

Al otro lado de la pared, sus hermanos hacían ruido. Siempre lo hacían. Marc, el mayor, era una celebridad en el instituto. Capitán del equipo de fútbol, novio intermitente de Claudia —la diosa del lugar— y mejor amigo de Lucas, el chico que Nerea miraba cuando nadie la veía. Marc era todo lo que ella no. Incluso cuando se equivocaba, el mundo le sonreía.

Lola, en cambio, era la pequeña estrella de casa. Tenía un don para todo. El tipo de chica que publicaba una foto en Instagram y recibía cien me gusta en minutos. Su risa llenaba los espacios. Su opinión era escuchada en la mesa. Y aunque solo era un año más joven, Nerea a veces sentía que había entre ellas un océano entero.

En la cocina, su madre preparaba café con una mano mientras respondía un correo en el móvil con la otra. No levantó la vista cuando Nerea entró.

—Buenos días —murmuró Nerea.

—¿Tienes el desayuno hecho? —preguntó su madre sin mirarla.

—Sí, mamá.

—Recuerda que hoy tengo la reunión con el proveedor. No estaré para comer. Deja algo para tu hermana.

Nerea asintió. No le molestaba que su madre no tuviera tiempo. Lo que dolía era que nunca parecía tener tiempo para ella. Como si fuera un estorbo funcional, un extra.

Marc entró en la cocina, radiante como siempre. Llevaba la chaqueta del equipo de fútbol colgada del hombro.

—¿Qué hay de desayunar? —preguntó, abriendo la nevera.

—Lo que encuentres —respondió la madre, sin levantar la mirada.

—¿Otra vez yogur y tostadas de hace tres días?

—Compra tú, si tanto te molesta.

—Buah, tranquila —dijo Marc, cogiendo la tostadora—. ¿Dónde está el moño triste?

Nerea levantó la vista justo cuando él la señalaba con la barbilla. Lola, que acababa de entrar, soltó una carcajada.

—Qué horror de peinado, en serio. ¿Lo haces a propósito o te levantas así?

Nerea bajó la cabeza.

—Me gusta así.

—Ya, claro —dijo Lola, sentándose a la mesa con su móvil—. Súper estético.

Trufo se acercó a Nerea y le rozó la pierna con el hocico. Ella se agachó para acariciarle detrás de la oreja. Su madre soltó un suspiro al fondo, exasperada.

—¿Puedes no tocar al perro mientras comemos?

—Ni estoy comiendo ni estoy en la mesa —murmuró Nerea.

—¿Perdón?

—Nada, mamá.

No dijo nada más. Ni cuando Marc se fue con un portazo. Ni cuando Lola dejó el plato sucio en el fregadero y salió sin despedirse. Ni cuando su madre se encerró en su despacho con el teléfono pegado al oído. Nerea cogió su mochila, se puso la capucha y llamó a Trufo con una mirada. Él la siguió hasta la puerta y se quedó ahí, quieto, mirándola como si supiera que la mañana ya pesaba demasiado.

—Te quiero —le susurró.

Y se fue.

El camino al instituto era húmedo, gris, silencioso. Nerea se puso los auriculares, pero no puso música. Le gustaba fingir que estaba escuchando algo, solo para que no le hablasen. A veces pensaba que si pudiera hacerse invisible de verdad, lo haría sin dudar.

Bruno la esperaba en la parada del autobús, como siempre. Él sí la veía. Aunque Nerea no siempre se dejaba ver. Siempre la había visto. Desde niños, cuando jugaban con barro en el parque y él la llamaba “bruja buena” porque siempre sabía cómo hacer llover en sus juegos. Bruno tenía esa calma que da saber quién eres, aunque no te aplaudan por ello. Le gustaban las cosas que a nadie le importaban: los cómics en blanco y negro, los documentales de volcanes, las canciones tristes con letras en francés. Y aunque nunca lo dijo, Nerea sabía que él la miraba diferente. Con esos ojos que no juzgan, que no esperan. Solo están.

Bruno ya estaba allí. Llevaba la bufanda azul que Nerea le había regalado el invierno anterior. Tenía las manos en los bolsillos y una expresión tranquila, como si el frío no le afectara.

—Buenos días, fantasma —dijo, sonriendo.

—Hola.

—¿Has dormido algo? —preguntó, ajustándose la mochila.

Ella se encogió de hombros.

—Lo justo para sobrevivir.

Él sonrió, de esa forma en que solo él sabía. Con ternura, sin juicio.

—¿Quedamos al salir? Puedo llevarte ese libro que te dije. El de las historias raras.

—No sé si podré. Tengo que estudiar... y no sé si me apetece.

Bruno asintió, sin enfadarse.

—Vale. Lo que quieras. Hoy hay presentación de Lengua, ¿no?

—Sí —dijo Nerea, tragando saliva—. Lo llevo preparado, pero... ya sabes.

Bruno asintió. No necesitaban explicarse tanto. Él sabía que no se trataba solo del texto. Que lo difícil no era decirlo, sino decirlo delante de ellos. De los que se reían, de los que juzgaban, de los que decidían quién importaba y quién no.

Subieron al autobús en silencio. Ella se sentó junto a la ventana. Miró hacia afuera mientras el mundo pasaba.

Y entonces, la vio subir.

Claudia.

Vestida como siempre, con el abrigo beige que parecía de catálogo, el pelo recogido en una coleta alta, los labios brillantes. Tenía esa forma de andar que hacía que todo el pasillo del autobús se hiciera más estrecho a su paso.

Antes, años atrás, Claudia no era así.

Antes, cuando tenían ocho o nueve años, era su mejor amiga.

Jugaban juntas en el parque, hacían pulseras con hilos de colores, inventaban historias de princesas y dragones. Dormían una en casa de la otra, se reían hasta la madrugada. Se prometieron ser inseparables.

Pero luego llegó el instituto. Claudia empezó a gustarle a la gente. A ser admirada, seguida. Y de repente, sin explicación, dejó de contestar sus mensajes. Empezó a reírse con otras chicas. A mirarla con la misma condescendencia que ahora.

Una vez, en primero de secundaria, Nerea se armó de valor y le preguntó qué pasaba. Claudia le sonrió con pena.

—Es que ya no tenemos nada en común.

Nada. En común. Como si los años compartidos fueran una mochila que se podía soltar y dejar tirada.

Desde entonces, Nerea evitaba mirar a Claudia. Pero esa mañana, sin querer, sus ojos se cruzaron. Solo un segundo.

Claudia apartó la mirada, como si no la hubiera visto nunca.

Cuando llegaron al instituto, el aire tenía ese olor metálico que anuncia la tormenta. Todo parecía más denso, como si el mundo mismo respirara con dificultad.

La mañana pasó como en cámara lenta. Nerea se sintió atrapada en un bucle. Escuchaba risas que no eran para ella, miradas que la atravesaban sin detenerse. Se preguntaba cómo hacían los demás para sentirse tan seguros de sí mismos. Cómo era posible que hablar en público no los paralizara. Cómo soportaban ser vistos.

Cuando llegó su turno en Lengua, sus piernas temblaban. Subió al frente de la clase con las hojas en la mano, dobladas, arrugadas por el sudor de sus dedos.

Bruno le sonrió desde su sitio, dos filas atrás. Ella no pudo devolverle la sonrisa.

—Buenos días...“La literatura es la memoria emocional de los pueblos...”. —empezó, con voz débil.

Las primeras palabras salieron bien. Pero entonces, vio a Lucas. Sonriendo. Apoyado en su silla, murmurando algo a Claudia. Y eso fue suficiente. La mente se le nubló. Se equivocó en una frase. Tartamudeó. Intentó corregirse, pero la voz ya no le obedecía.

Y entonces, las risas.

No fueron muchas. Apenas unas cuantas. Pero suficientes.

Suficientes para que se le rompiera algo por dentro.

Terminó como pudo, sin mirar a nadie. Volvió a su sitio y se encogió, deseando desaparecer. Bruno la miraba con tristeza. Quiso hablarle, pero no podía soportar su compasión. No hoy.

El día siguió, como siguen los días incluso cuando tú no quieres seguir. Nerea apenas comió. No habló en las demás clases. Nadie pareció notarlo.

Cuando sonó el timbre final, salió corriendo. No esperó a Bruno. No miró a nadie. Solo caminó bajo la lluvia, dejando que la empapara entera.

Llegó a casa sin saludar. Se quitó los zapatos en la entrada. Nadie estaba. Su madre había dejado una nota en la mesa: “Cena tú sola, vuelvo tarde. Hay sobras en la nevera. No despiertes a Lola.”

Subió las escaleras y se encerró en su cuarto. Trufo la esperaba en su cama. Se lanzó sobre él, abrazándolo como si se fuera a romper. Se dejó caer en el suelo, bajo la ventana, con la cara pegada a su pelaje tibio. Fuera, el cielo lloraba con ella.

No gritó. No rompió nada. Solo lloró en silencio. Como siempre.

Se sentía vacía. Invisible. Rota.

Miró su reflejo en el cristal empañado. Le habló a la sombra de sí misma.

—Ojalá pudiera saber lo que piensan de mí... —susurró, sin saber por qué—. Ojalá pudiera entender qué hago mal. Qué quieren que sea. Para poder serlo.

Y entonces, el trueno.

Un estallido repentino, brutal, que hizo temblar la casa entera. Una ráfaga de luz blanca iluminó su rostro por un segundo. Luego, oscuridad.

El silencio después del trueno fue absoluto.

Y en ese silencio, algo cambió.

Nerea no lo sintió al principio. Pero más tarde, cuando se durmió sin querer, con los ojos aún húmedos, soñó con voces. No eran palabras claras. Eran como corrientes subterráneas, emociones sin filtro, pensamientos sin piel.

Y aunque no lo sabía aún, esa noche su deseo fue escuchado.

Y concedido.