Capítulo 1
Era casi medianoche cuando una ligera llovizna se transformó en un impetuoso diluvio. El ensordecedor sonido de los truenos, imitando disparos incesantes, trajo consigo una violenta caída de agua sobre los pastizales. El terreno fue inundándose de manera gradual, formando grandes charcos lodosos. Un intenso viento otoñal embestía con furia todo lo que encontraba a su paso. Los árboles se doblegaban ante el temporal, desprendiéndose grandes trozos de cortezas y ramas, las cuales salían disparadas para aglomerarse y formar parte del vendaval que arrasaba sin piedad.
El destello de un relámpago iluminó el rostro pálido de Dina, una adolescente de cabello largo y ondulado, ahora empapado por la tormenta. Un par de iris color violeta se posaban sobre sus ojos ovalados, que en ese momento se entrecerraban por la cortina de lluvia que la golpeaba de frente. Su respiración se entrecortaba a medida que aceleraba el paso de forma desesperada y sin rumbo marcado. Las piernas entumecidas por el frío, dolían, pesaban y se helaban tanto como sus brazos. Su vestido blanco y largo hasta un poco más arriba de las rodillas, lo llevaba salpicado con manchas de barro y pegado al cuerpo por la humedad, y su única fuente de abrigo era un abultado saco de gabardina negra. Un relicario de color turquesa rebotaba contra su pecho, reluciendo con cada centella que iluminaba sus pasos.
Dina huía usando todas sus fuerzas, volteando la mirada una y otra vez. Intentaba ver con dificultad, si aquello que parecía perseguirla a lo lejos aún estaba a la vista. Los incontables kilómetros que había corrido le pesaron de repente cuando sintió que sus pulmones quemaban y pedían a gritos por una bocanada más de oxígeno. La fatiga la estaba consumiendo, llevándola a detener sus pasos, pasando de un ligero trote a una caminata lenta y cautelosa, dificultada por la lluvia y los fuertes vientos que golpeaban su rostro como una bofetada.
A lo lejos, a cientos de metros de distancia, una tenue luz parecía señalar que se encontraba próxima a una zona que podría servirle como refugio. Tal vez un pueblo, una ciudad, una aldea. No lo sabía pero sentía que esa era la dirección que debía seguir. Aunque ese pálido y dorado punto en la lejanía no se encontraba inmediato, se sintió aliviada de que había dejado muy atrás aquello de lo que estaba escapando. Sin embargo, su calma duró un lapso de escasos segundos. Algo la hizo quedarse de pie, petrificada por la escena que presenció cuando una centella iluminó el prado. Alrededor de diez siluetas estaban de pie frente a ella, a pocos metros de distancia. Estas figuras la esperaban en silencio, inmóviles, como si se tratara de estatuas bizarras que adornan un paisaje macabro. Un nuevo resplandor mostró los rostros humanos que la observaban con una mirada tan penetrante como vacía, ojos tan blancos como la luz de los relámpagos, se torcían al son de sus cabezas, tomando posturas imposibles para un ser humano.
Dina sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. En sus dieciocho años, nunca había visto a una persona retorcer la nuca de una forma tan espeluznante. Sin embargo, ya no tenía escapatoria. Sea lo que sean esos «individuos», eran su única opción ahora, ya que ella no volvería por donde había venido. Ellos eran su salvación o el fin de su viaje. Para bien o mal, con las piernas temblorosas y un hilo de voz, exclamó lo único que pudo en ese momento:
—¡Ayúdenme, por favor! —Ninguna voz respondió a su petición —¡Tengo que alejarme cuanto antes de aquí, por favor, ayúdenme!
Un nuevo relámpago anunció un fuerte estruendo que resonó a pocos metros de aquellas siluetas inmóviles que observaban a la joven desconcertada. Dina alternaba su mirada entre cada uno de ellos, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Correr? ¿Volver a pedir ayuda desesperadamente? ¿Esperar la muerte? Pensamiento tras pensamiento en medio de la incertidumbre, el frío y la penumbra, estaban a punto de hacerla sucumbir.
—¡Por favor! ¡Ayúdenme, hace horas que estoy huyendo de...! —sus palabras fueron interrumpidas por una oración que salió arrastrada de entre los dientes de una voz masculina. Sonaba tan distinta a cualquier otra lengua que haya escuchado alguna vez. El sujeto no articulaba, tenía la boca inmóvil y mostraba los dientes apretados formando una mueca de desagrado. Emitió un fuerte silbido que formó palabras serpenteantes que viajaron por el aire.
—Es una Manusia —exclamó uno de ellos, rotando su cabeza de manera antinatural hacia su costado izquierdo.
—Cría de manusia —respondió el otro sujeto sin dejar de penetrar con sus ojos vacíos la mirada aterrada de Dina.
—Atrápenla —ordenó de forma determinante quien estaba de pie en el medio de la agrupación. Dina se quedó paralizada por un instante. No podía creer lo que estaba escuchando. Volvía a ser una presa, pero ahora de una amenaza nueva. Su respiración se detuvo al terminar de procesar esta información. Debía correr y el momento para actuar era ahora.
Los relámpagos habían cesado y ya no había forma de iluminar a quienes la acorralaron, por ende la penumbra y la escasa visibilidad de la tormenta no le daban una guía de por dónde huir. Retrocedió unos metros y tomó impulso con las pocas fuerzas que le quedaban. Encaró su carrera hacia la derecha de la formación, intentando desviarse sin retroceder ni avanzar hacia ellos. Una gran parte de su ser sabía que correr era inútil, la alcanzarían, pero no se iba a entregar sin antes intentar luchar por su vida.
Había avanzado unos pocos metros cuando volteó la mirada y se percató que nadie la perseguía. Los sujetos se habían quedado inmóviles, pero con la cabeza girada ciento ochenta grados. La habían seguido con la mirada sin mover otro músculo además que su cuello. Definitivamente, algo no estaba bien, esas cosas no eran humanas. Tenían cuerpo y rostro humanos, y aunque no movían la boca en lo absoluto, emitían palabras que Dina podía entender.
Volteó la vista hacia el frente otra vez, intentando ignorar algo que nadie podría dejar pasar. Lo importante ahora era escapar, sobrevivir, llegar a algún lugar seguro. Su vida era la prioridad, no era momento de detenerse por nada en el mundo. De forma inconsciente volteó la mirada otra vez y no pudo evitar soltar un alarido del susto que se llevó al ver lo que estaba ocurriendo.
Una docena de extremidades se dirigían a toda velocidad hacia su ubicación, como si se trataran de brazos sin manos, tan largos y elásticos como los tentáculos de una criatura marina. Estos lograron alcanzarla, se expandieron rodeándola y envolviéndola con rudeza, como si enlazaran un animal desde el cuello. Las extremidades provenían de estas criaturas que aún se encontraban tiesas en la misma ubicación donde ella las vio. Eran extensiones que se desprendían de sus cuerpos, con aparente vida propia y tan ágiles que hasta el más rápido de los guerreros podría verse en problemas de escapar a tiempo de su amarre.
Dina hizo una mueca de dolor cuando los tentáculos habían alcanzado y sujetado sus piernas, torso y cuello. La tenían amarrada, inmóvil y suspendida en el aire. Pero eso sería lo de menos, ya que nada pudo evitar que grite de forma desgarradora cuando sintió cientos de pinchazos atravesando la piel de todo su cuerpo, como afiladas agujas penetrando por cada poro. Aquellas extremidades portaban miles de diminutos filamentos que traspasaban el tejido y causaban un dolor inaguantable a todo lo que era alcanzado y rodeado con ellos.
El sufrimiento era insoportable y ya no encontraba punto en su cuerpo que sintiera algo parecido al alivio. Sintió como si un choque eléctrico estuviese torturando y sacudiendo cada célula de su cuerpo, junto con la sensación de un frío helado y un calor infernal invadiendo sus sentidos al mismo tiempo. Estaba completamente entumecida y ya no tenía manera ni fuerza siquiera para gritar. Iba a morir, ya no había más nada que hacer, el dolor parecía quitarle la última voluntad que le quedaba. Cerró sus ojos presionando sus párpados y apretó los dientes con ímpetu.
De repente, aun suspendida en el aire y envuelta por tentáculos que infligían tanto daño como nadie podría imaginarse, el tiempo se detuvo y desde su pecho algo empezó a brillar con intensidad. Algo que colgaba de su cuello resplandeció. El colgante que llevaba con ella causó una luz cegadora que podría haberse visto a kilómetros a la redonda. Dina se envolvió en un halo luminoso semitransparente, al mismo tiempo que su cuerpo empezó a emanar una especie de vapor denso, despedido a presión desde cada poro de su piel.
El episodio transcurrió de una forma tan fugaz que aquel resplandor vino acompañado de quejidos, gemidos de agonía, una fuerte explosión y un repentino alivio en su cuerpo. Ella no abrió los ojos en ningún momento, ya no tenía fuerzas para nada. Solo sintió como se liberaba y salía despedida hacia la oscuridad del temporal. Lo último que escuchó fue un fuerte chapoteo cuando impactó contra la superficie del arroyo que estaba a unos metros, sumergiéndose en las profundidades del cuerpo acuoso, perdiéndose en la corriente y en el silencio de las tinieblas.
La tormenta había desaparecido con el arribo de un nuevo amanecer. Durante el transcurso del día, el cielo se fue aclarando tanto que llegado el mediodía ya no había ninguna nube que se interponga entre los rayos del sol. La temperatura había subido pero la brisa de otoño se encargaba de mantener el frío característico de la estación.
Unas casas de madera en ruinas junto a estructuras roídas de lo que alguna vez fueron establos, decoraban el escenario de lo que era un pueblo abandonado hace muchos años. El moho se había apoderado de la mayoría de los tablones de las escasas estructuras que quedaban de pie. Entre una de ellas, de unos diez metros de alto, se levantaba una torre de madera perteneciente a un molino. Esta se mantenía erguida y estable en comparación con el resto de las edificaciones abandonadas.
No se percibía rastro alguno de vida por esa zona. A excepción de tres visitantes que habían llegado al lugar hacía unas pocas horas atrás. Uno de ellos, un joven de extrema delgadez se posaba en la cima de la torre y luchaba por mantener de forma vertical una estructura metálica con varias extensiones. Su cabello lacio y largo revoloteaba por el viento y amenazaba con enredarse con el extremo más largo del caño férreo que formaban algo parecido a un peine cromado, y que a duras penas lograba sostener en la altura.
—No, no. Si algo pasa me obligarán a cortármelo —dijo para sí mismo haciendo malabares con toda la estructura, unos cables y un listón negro que usó para amarrarse el cabello. Una vez atado, quedaron visibles las dos mitades en que se dividía el color de su larga melena, la mitad era rubia platinada y la otra castaña oscura. Ahora con ambas manos libres y sin mechones estorbando, ajustaba con gran habilidad la base que usaría para montar una firme y pareja estructura metálica: una antena.
—¡Aniqui! ¡Ya terminé aquí! ¿Necesitas una mano? —le preguntó alguien desde más abajo. Era un hombre de unos veintitantos años, alto como el vano de una puerta, de gran contextura y espalda ancha. Observaba con ojos penetrantes al joven menudo que maniobraba con destreza el armazón desde lo alto de la torre.
—¡Todo bajo control, Augus! —respondió Aniqui sin desviar la atención de su labor.
—Eso dijiste la última vez y casi morimos culpa de esa bendita antena—dijo Augus. Su tono de voz denotaba seriedad, firmeza y poca predisposición para bromear. Portaba una lanza y un cuchillo largo de doble filo en su cintura. Su aspecto rudo hacía juego con su corte de cabello al ras y su expresión imperturbable.
Habían pasado un poco más de cuarenta minutos cuando Aniqui finalmente se disponía a empezar su descenso desde lo alto del molino. Con una agilidad envidiable sorteaba sus pasos entre un tirante y otro, alternando algunos brincos hasta llegar a tierra firme con un rollo de cable colgando en su hombro izquierdo.
—¡Listo! Ahora solo queda realizar la conexión en el interior y podremos montar todo —dijo Aniqui refiriéndose la pequeña edificación de madera aledaña a la torre del molino.
—¿Ha quedado bien firme esta vez? —preguntó Augus mirándolo con suspicacia.
—Firme como pata de elefante, jefe —respondió guiñándole un ojo en señal de aprobación —. ¿Has terminado de recolectar las hierbas que te pidió Irui?
—Todo. Solo nos queda esperar a que llegue Take y nos largaremos de aquí. No podemos perder mucho tiempo más —Augus observó en todas direcciones entrecerrando los ojos por los rayos del sol que lo golpeaban de frente —. Te ayudaré con la conexión aquí abajo, vamos. Cuanto antes terminemos, mejor.
—A la orden —respondió antes de que ambos se perdieran de vista, adentrándose en la rústica cabaña de madera.
Había pasado un cuarto de hora cuando un fuerte estruendo rompió con el silencio del asentamiento abandonado. Aniqui y Augus salieron con prisa para ver qué estaba ocurriendo, topándose con una escena que los puso en alerta.
A unos cien metros de su ubicación, dos siluetas se acercaban a toda velocidad hacia ellos. Pero no iban a la par, era una persecución y quien iba delante, huyendo por su vida, resultaba ser uno de sus compañeros.
—Es Take. Ese idiota atrajo a una medusa —Augus rechinó los dientes y echó a correr a su encuentro —. Aniqui, corre en dirección a la muralla. Intentaré salvarle el pellejo a Take y te alcanzaremos luego.
—De acuerdo.
—Quédate en la zona escalonada, cercana a la arboleda del pasadizo —ordenó Augus.
—Entendido —Aniqui asintió y corrió tomando un sendero pedregoso que comunicaba, a poco más de un kilómetro, con la periferia de lo que aparentaba ser una muralla que rodeaba una ciudad. En ese preciso momento, Augus fue al encuentro directo contra quien perseguía a su compañero. Una criatura humanoide cuya cabeza se rodeaba por una especie de domo traslúcido. Dos extensiones que se salían desde la espalda revoloteaban intentando alcanzar a un joven de cabello negro, quien lograba esquivar cada uno de los tentáculos brincando de un lado a otro sin desviar la mirada de su atacante.
—¡Take, por aquí! —le indicó Augus señalándole un establo en ruinas cercana a su ubicación.
Cuando Take, un muchacho de tez morena y ojos pequeños estaba a pocos metros de ser alcanzado, el fuerte estruendo de un latigazo reverberó en el aire, haciéndolo caer al suelo por el golpe.
—¡Me dieron! ¡Me dieron, Augus! ¡Ayúdame! —exclamó gimiendo de dolor mientras se sujetaba la pantorrilla izquierda. Sus gritos desesperados venían acompañados de un rostro cubierto de lágrimas. Aquella criatura ya estaba muy cerca y a punto de abalanzarse contra él.
—¡No te muevas ni te levantes! —gritó Augus a la vez que flexionaba su pierna izquierda, apoyando con fuerza la planta del pie contra el suelo. Y con el brazo del lado opuesto, tomó impulso y arrojó su lanza con destreza en dirección a la criatura, que ya estaba a escasos metros de su presa. La punta afilada de la jabalina se incrustó de lleno en la cabeza del persecutor, causando una explosiva salpicadura que dejó un diámetro de sangre en el suelo, y a tal ser espeluznante desparramado con el arma clavada.
Augus se apresuró al encuentro con su compañero, quien miró horrorizado el cadáver ensangrentado a pocos centímetros de él.
—¡Rápido, vámonos! Aniqui nos espera en la muralla escalonada. Nos volvemos a Nungar —pasó un brazo por detrás de su espalda y lo ayudó a ponerse de pie —. ¿Puedes correr?
—Creo que sí, esa porquería me alcanzó la pantorrilla. Me duele como el demonio pero creo que puedo seguirte el paso —contestó Take haciendo una mueca de dolor y viendo el moretón violáceo que tenía en la pierna. Un hematoma que no parecía ser del tipo que uno se hace ante un golpe fuerte y repentino, sino más bien a una marca de podredumbre gangrenosa y pestilente que se posaba sobre el tejido de su miembro inferior.
—Te dije que no te alejes tanto, todavía no estás listo para luchar contra ellos. ¡Te recalqué que no salgas hacia el norte de estas ruinas! Si bien no aparecen tanto durante el día, siempre hay algunos rezagados en determinadas zonas.
—Ya lo sé, lo siento. ¿Podrías sermonearme cuando lleguemos al Gremio? —le contestó Take frunciendo el cejo y sacándose el brazo de Augus que lo ayudaba a estar de pie —Apresurémonos, mi vida corre peligro, me tienen que tratar, no quiero morir.
—No morirás —a trote lento y constante siguieron el camino que Aniqui había tomado momentos antes. La zona en la que se encontraban era un paraje árido, de caminos de tierra pedregosos e inestables. El suelo seco del trayecto ahora estaba embarrado por la tormenta de la noche anterior y su difícil tránsito cada tanto los hacía tropezar al hundírsele un pie sobre una porción de lodo.
Su camino culminó cuando se toparon con la parte de una muralla que parecía haberse derrumbado hacía tiempo. Tenía la suficiente altura como para que a cualquier le cueste subirla, pero más arriba algunos escombros habían tomado la forma de una precisa secuencia escalonada de ladrillos, ayudando a que se pueda ascender mucho más rápido hasta la zona más alta del muro. En la cumbre de esta, a pocos metros de donde habían subido, una zona lindaba con una extensa arboleda que camuflaba gran parte de un trayecto entre las copas de los árboles.
Entre las ramas frondosas cubiertas de verde se encontraba Aniqui, quien no pudo evitar hacer una mueca de alivio al ver llegar a sus dos compañeros.
—¿Se encuentran bien, muchachos? —preguntó este.
—No, Aniqui, todo va muy mal. Larguémonos de aquí —respondió Take de forma grosera mientras avanzaba pisando con dificultad. Aniqui frunció el cejo ante la respuesta, y sin más avanzaron en fila tan rápido como pudieron por la estrecha parte superior del muro. Tenía el ancho suficiente como para que circule una persona a la vez.
Dejaron atrás el paisaje árido para ir encontrándose a sus costados con una zona un poco más poblada de vegetación, pequeñas lagunas y a unos metros, un canal de agua conectaba ambos lados de la mampostería, circulando tímidamente entre pastizales. Aniqui, quien iba al frente, enfocó la vista hacia la zona de la orilla del arroyo, cercano al límite con la ciudad.
—¡Augus, hay alguien allá abajo! —exclamó.
—No nos detendremos ahora, estoy herido. Mi pierna es más urgente que un cadáver tumbado en el agua —se quejó Take.
—Nos detendremos. Tenemos que cerciorarnos si sigue con vida —dijo Augus sin vacilar. Y ante el amago de Take por retrucar sus palabras, este se adelantó —. Es una orden.
Se detuvieron, clavaron una estaca en el muro y sujetaron una soga para ayudarse a bajar. Aniqui fue el primero, le siguió Take y por último Augus. Una vez en tierra firme, se acercaron de manera sigilosa hasta la orilla. Apresuraron sus pasos cuando vieron que una figura recostada sobre el pasto mojado tosió de forma violenta, expulsando agua por la boca por cada espasmo.
Una joven de cabello ondulado, vestida de blanco y cubierta con un saco de gabardina negra, se encontraba boca abajo, con los brazos apoyados sobre la tierra y medio cuerpo dentro del agua. Era Dina, quien respiraba con dificultad e intentaba abrir los ojos con las escasas fuerzas que tenía.
—Es humana. Aniqui, ven dame una mano —Augus la sacó del agua, la apoyó en el suelo y le despejó el cabello mojado del rostro. Dina luchaba por abrir los ojos, pero el cansancio extremo no la dejaba siquiera articular palabra.
—¡Oigan! Dejémosla aquí, debemos apresurarnos y vaya a saber uno si realmente es humana, mírenla —cuando Take exclamó estas palabras, ambos lo fulminaron con la mirada.
—Sí, lo es —contestó Augus con firmeza—. Mira, tiene cortes sin cicatrizar en todo su cuerpo y a pesar de estar en el agua, sigue inconsciente.
—Irui podría atender sus heridas, llevémosla cuanto antes —exclamó Aniqui con un dejo de preocupación.
—Exacto. Ya empezará a caer la tarde y será mejor que nos alejemos de aquí cuanto antes —Augus cargó a Dina sobre su hombro, y se encaminó hacia la soga que colgaba del muro —. Nos volvemos al Gremio. ¡Apresurémonos!