Encuentro inesperado
Sofía no esperaba que esa noche lluviosa fuera a cambiar su vida. Había salido de su departamento en el centro de la ciudad con prisa, olvidando el paraguas sobre la mesa de la cocina. La lluvia caía en gruesas gotas cuando dobló la esquina de una calle poco transitada. Estaba exhausta, el día en el trabajo había sido un desastre y ahora su auto se negaba a arrancar. Con el teléfono sin batería y la esperanza de encontrar un taxi disipándose con cada minuto, soltó un suspiro frustrado.
En ese momento, una mujer emergió de la cafetería cercana, también sin paraguas, apretando su chaqueta contra el cuerpo. Sus ojos se encontraron fugazmente bajo la tenue luz del farol. Sofía reconoció el rostro de la extraña, aunque no recordaba de dónde. Fue la otra mujer quien habló primero.
—¿Necesitas ayuda?
Sofía dudó. No le gustaba depender de nadie, mucho menos de una desconocida, pero la tormenta empeoraba y la posibilidad de quedarse atrapada ahí toda la noche no era nada atractiva.
—Mi auto no arranca —dijo, encogiéndose de hombros.
—Puedo intentarlo —respondió la otra mujer, dando un paso hacia ella. Su voz era firme, pero amable.
Sofía asintió con resignación y le dejó espacio. La vio inclinarse sobre el capó, revisar con agilidad, mientras la lluvia empapaba su cabello largo y rebelde. Tras unos minutos de intentos fallidos, la mujer sacudió la cabeza.
—No creo que arranque sin asistencia profesional. Pero vivo cerca, si necesitas un lugar para esperar.
Sofía dudó otra vez. Algo en la presencia de la extraña la inquietaba, aunque no de una manera negativa. Había una familiaridad en su mirada que la hacía sentir expuesta. Sin embargo, el frío era insoportable. Asintiendo con cierta reticencia, la siguió.
Llegaron a un pequeño apartamento de paredes cubiertas de libros y velas a medio derretir. La atmósfera era acogedora, con un aroma a café recién hecho. La mujer le entregó una toalla sin preguntar y le ofreció una taza caliente.
—Soy Camila —se presentó finalmente.
—Sofía.
El silencio se extendió entre ellas mientras sorbían el café, escuchando la lluvia golpear contra la ventana. Había algo en la manera en que Camila la miraba que la incomodaba, como si pudiera ver más allá de su fachada autosuficiente. Después de esa noche, Sofía intentó evitarla. No quería reconocer que su corazón latía diferente cuando la recordaba.
Pero el destino tenía otros planes.
