PRÓLOGO
INSTITUCIÓN NURIA.
ZONA ESPECIAL.
PACIENTE: ELIZABETH DE SIMONE.
DIAGNÓSTICO: DELIRIOS, ALUCINACIONES, DEPRESIÓN.
El día había empezado gris, el cielo estaba cubierto de nubes plomizas, afuera de las instalaciones no había paisaje de menos agrado que una lluvia torrencial; la fuerza de las gotas al caer dejaba una vista borrosa, los árboles que apenas y se podían seguir manteniendo visibles al ojo humano, parecían quererse arrancar del suelo con los fuertes vientos, parecía más el presagio de una furia incontrolable, antes que la llegada de una inofensiva lluvia no había nada de inofensivo en su embate.
En el gran salón se escuchaban viejos susurros, algunos ancianos hacían mención de la fuerte lluvia que afuera les gritaba, no les parecía que ya era hora de que la naturaleza se diera un baño lleno de gozo. Más bien les parecía un reclamo de viejos amigos, que en la noche anterior habían muerto, dejando viejos sueños jóvenes atrapados en las paredes de la sala en la que se habían reunido por meses, o alguno que otro año.
-- De seguro es la vieja Agnese, se habrá marchado resentida de no haberme ganado ni una sola vez en ajedrez
En sus palabras no se vislumbraba ni un ápice de tristeza. Sabían que su destino final los aguardaba en el mismo edificio que había visto partir a tantos otros. Preferían imaginar que los días soleados que disfrutaban en el patio de Nuria eran el regalo de las almas que partieron en paz, quienes habían superado el abandono de sus familias o habían hallado consuelo en una última conversación. Decidieron dejar su legado en Nuria en sus últimos momentos, desatando la furia de sus ingratos hijos y algunos nietos. Era la peculiar tradición de los desheredados, un pequeño grupo que había sido acogido en Nuria en busca de atención médica, y que dejaba tras de sí solicitudes de reunión tras su partida. Los familiares acudían al edificio para brindar compañía a los ancianos, en un último acto de amor hacia sus viejos amigos.
La historia de Elizabeth era un rompecabezas incompleto. En sus años de juventud y plenitud matrimonial, engendró tres maravillosos hijos. Sin embargo, dos de ellos se encontraban distantes desde hacía años. Ettore, el primogénito, se había entregado por completo a su pasión por la cultura asiática, embarcándose en un viaje sin retorno a Tailandia. Para Elizabeth, su partida representaba un conflicto de amor y dolor: su hijo se había lanzado en busca de sus sueños más profundos, dejándola atrás con el peso de su ausencia. Por otro lado, Marta, la benjamina, decidía seguir los pasos de su hermano mayor, seducida por la diversidad cultural que el mundo ofrecía. Su anhelo era recorrer cada rincón del planeta y capturar cada experiencia en su libro de viajes, deseando algún día compartir sus hazañas con sus nietos en un ancianato como Nuria.
Por otro lado, Simone, el segundo hijo, encarnaba una polaridad completamente distinta. Elizabeth no podía evitar compararlo con ella misma, llegando incluso a decir que era la reencarnación de su madre, solo que ahora como hijo de su propia hija. Simone, con su singular arrogancia y aura de influencia, no compartía los sueños exagerados de sus hermanos. Más bien, se dedicaba a escribir poesía para almas solitarias, reflejando el miedo a la pérdida y la esencia de la vida. El amor, para él, se había esfumado cuando su primera y única esposa que le fue infiel.
Cada grupo de ancianos contaba con la guía de un psicoterapeuta asignado, ofreciendo un bálsamo para controlar la inevitable melancolía que acarreaba la distancia de sus familias. Aunque se programaban reuniones grupales, la mayoría prefería las sesiones privadas, donde la emotividad podía fluir sin restricciones. Estos encuentros colectivos a menudo se convertían en un crisol de risas y desahogos contra los ingratos hijos.
...
Hoy, Elizabeth se preparaba para su sesión privada con Clarice, su psicoterapeuta. Clarice, una mujer de treinta y tantos años, irradiaba elegancia con su cabellera rubia y su esbelta figura, aunque las huellas del tiempo empezaban a hacerse notar en su rostro. A pesar de ser amada por todos sus pacientes, las mujeres mayores solían regañarla por su elección profesional. Para muchas, pasar horas escuchando a ancianos parecía una pérdida de tiempo. Sin embargo, Clarice veía su trabajo de manera distinta. Sabía que aún le faltaban años para comprender a profundidad la tristeza que acompañaba a las almas envejecidas, pero su vocación la llevaba a preferir el consuelo de esas viejas almas llenas de experiencias y emociones.
Elizabeth esperaba a su terapeuta, sentada en medio de una solitaria habitación. La oficina carecía de decoración, todo en tonos marrones; las paredes eran un aburrido beige, aunque las sillas, afortunadamente, eran de un marrón más vibrante, al igual que el escritorio. Un gran cuadro de un jinete colgaba en una de las paredes, ventanas medianamente grandes que mantenían una maravillosa vista de la lluvia en el exterior. Si no fuera por su próxima sesión con Clarise, Elizabeth habría considerado animar la habitación. Nuria quizás no tenía la mejor decoración para alegrar a un grupo selecto de ancianos, pero a pesar de la simplicidad del entorno, no había ninguna queja con los cuidados que les brindaban a los ancianos.
Una vez más, Elizabeth recordaba aquel día de su infancia, cuando era una niña pequeña e inocente. Se encontraba sentada en la alfombra de su habitación, coloreando papeles al azar mientras la lluvia caía con fuerza fuera. Evocaba con nostalgia aquel momento de felicidad, cuando su única preocupación era completar sus maravillosas obras de arte y ansiar salir al patio de su casa para revolcarse en la arena mojada.
Añoraba aquel sentido de inocencia de los primeros años de su vida más que cualquier otra cosa; más que un buen vino añejo, más que la compañía de su difunto esposo. Sin embargo, fue sacada de sus pensamientos al escuchar la puerta abrirse y cerrarse tras de sí. Se removió en su silla y esperó a que la mujer tomara asiento al otro lado de la mesa. Era Clarise, su terapeuta, la única en el hospital que parecía no aburrirse con sus extravagantes historias, aunque bien sabía que ese parte de su trabajo.
Clarise colocó una grabadora sobre la mesa y luego miró sonriente a la anciana frente a ella. La expresión de su rostro parecía transmitir una especie de alegría por encontrarse en esa habitación tan vacía, teniendo solo a Elizabeth como compañía.
— Estoy muy emocionada, Elizabeth — dijo Clarise con una sonrisa.
Elizabeth no compartía la misma emoción. En los últimos meses, la nostalgia de su pasado la había abrumado tanto que se vio obligada a tomar antidepresivos para lidiar con las complicaciones emocionales. A raíz de estas dificultades, Elizabeth había buscado ayuda para preservar fragmentos de su memoria, anécdotas que sus hijos e incluso futuros nietos podrían escuchar en su ausencia, asegurándose de que nunca se sintieran solos. Decidió comenzar con pequeños fragmentos de su vida, desde su huida de casa hasta su ingreso en el hospital; lo único que consideraba digno de ser recordado.
— Elizabeth, ¿cómo te sientes hoy? ¿Hay algo en particular que te esté preocupando?
— Bueno, Clarise, la verdad es que me siento un poco insegura. Hay partes de mi pasado que son muy difíciles de hablar, incluso aquí, contigo.
— Entiendo, Elizabeth. No tienes que apresurarte a compartir nada que no te sientas lista para compartir. Estoy aquí para escucharte cuando estés lista.
— Gracias, Clarise. Creo que necesito empezar desde el principio... Cuando tenía 15 años, mi madre me echó de casa.
— Oh, Elizabeth, eso suena muy doloroso. ¿Qué sucedió para que tu madre tomara esa decisión?
— Fue por él... la pareja de mi madre en ese momento. Nunca me trató como a su propia hija, siempre me hizo sentir como si estuviera de más en mi propia casa. Recuerdo una vez que intenté hablar con mi madre sobre cómo me sentía, pero ella siempre lo defendía. Y luego, un día, todo se salió de control. Él... comenzó a tener un comportamiento inapropiado hacia mí. Intenté decírselo a mi madre, pero ella simplemente no me creyó. En cambio, me echó de casa, como si fuera yo la culpable de todo lo que había pasado.
— Oh, Elizabeth, lo siento mucho. Debe haber sido muy difícil para ti.
— Sí, lo fue... y aún lo es. Cada vez que pienso en ese momento, siento como si estuviera reviviendo toda esa angustia y desesperación. No sé si alguna vez tendré el valor de contar toda mi historia, de enfrentar todo lo que he vivido.
— Elizabeth, tus sentimientos son completamente comprensibles. No tienes que sentirte presionada para contar tu historia completa de una vez. Tomaremos las cosas con calma y avanzaremos a tu ritmo. Estoy aquí para apoyarte en cada paso del camino.
La doctora Clarise estuvo a punto de poner a andar la grabadora, pero la anciana frente a ella le detuvo, colocando su suave mano llena de arrugas sobre la suya; la doctora inmediatamente apartó la mano y esperó a que Elizabeth diera su consentimiento para empezar.