Mil y un almas I: La grieta de los colosos

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Summary

La vida de los ladrones, Egan y Orrin, da un giro drástico cuando en uno de sus trabajos, tropiezan con una joven misteriosa y tremendamente extraña que les salva la vida. Anteia Katsaros tiene convicción, una meta muy clara y un poder tremendamente extraño. Se mueve sola y en silencio, le gustan las cosas a su manera y solo a su manera. Pero todo esto se va, literalmente por la borda, cuando los dos ladrones se empeñan en acompañarla durante su misión: derrotar hasta al último dios. Durante su viaje, lleno de misterios, peligro y tensión, conoceran tanto a personas que serán imprescindibles, como a enemigos que harán lo que sea para acabar con sus vidas. El camino a Echeyde, el hogar de los dioses, será hostil y potencialmente mortal, pero no hay nada que pueda interponerse entre la tripulación de Katsaros y su misión.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo


Egan, ¿estás completamente seguro de esto?

Preguntó un joven tembloroso asomando su cabeza pelirroja tras un seto anormalmente frondoso.

Que agonía, Orrin — contestó otro chico, asomando también la cabeza, dándole un golpe con la mano abierta en la nuca —. Hemos repasado el plan unas dieciséis veces, no es nada complicado.

Vamos a robar en la mansión de un guardián, y no cualquier guardián... Vamos a robar en la mansión de Nessalí, ¡Está rodeada de agua, Egan! Vamos a atacar a un guardián en su propio terreno.

No vamos a atacar a nadie, Orrin, por la misericordia de los dioses — se puso en pie y se abotonó la manga de la camisa blanca —. Serviremos en la fiesta de un guardián, ganaremos dinero honrado, y mientras lo hacemos, es posible que un par de cosas de valor se deslicen, sin que nos demos cuenta, en nuestros mandiles. Además, vamos a estar dentro de la casa, los agitamareas son completamente inútiles si no están cerca de agua, y más si hablamos de Nessalí.

— ¿Dinero honrado? — preguntó abriendo mucho los ojos – Nos vamos a colar por la puerta de servicio usando uniformes robados… de dos camareros a los que hemos noqueado – señaló con el pulgar a los dos cuerpos inconscientes, y desnudos, que habían junto a ellos.

Egan miró a los dos muchachos y se encogió de hombros.

— Tecnicismos…

— ¡¿Cómo puedes decir esas cosas sin que te tiemble la voz?! — preguntó levantando los brazos con indignación.

— ¡¿Cómo puedes tú hablar de esto y ponerte tan nervioso después de tres años dedicándote a ello?!

Tengo moral.

La moral es un privilegio para aquellos que no se mueren de hambre, amigo. Vamos — le dio la mano para ayudarlo a ponerse en pie y le dio una palmada en el hombro —, colócate el mandil, es hora de trabajar.

¿Parece que soy un trabajador honrado? — preguntó sacudiéndose la ropa con nerviosismo. Egan le miró de arriba abajo y le revolvió el cabello, tratando de darle sentido al remolino de su coronilla, aunque no sirvió de nada. Le colocó el cuello de la camisa y se encogió de hombros.

Estás limpio.

Servirá.

Se acercaron casi a gachas a la parte trasera de la mansión de Nessalí, que estaba rodeada por una especie de muralla de piedra. Miraron a un lado y al otro antes de asentir con la cabeza. Orrin se agachó junto a un enorme pedrusco que se había soltado de la estructura de la pared, respiró hondo y la apartó levantándola en peso.

— Jamás dejará de sorprenderme que tu furia te otorgue fuerza sobrehumana – susurró Egan con una gran sonrisa picara.

— Y a mi – dijo dejando caer el pedrusco al suelo —, lo mucho que te gusta jugarte la vida para ser una persona que no tiene furia.

— Vale, presta atención – sacó un pedazo de papel del bolsillo del mandil y lo apoyó en la pared —. Nosotros entraremos por aquí – señaló un punto en una especie de mapa dibujado a mano alzada con tinta negra—, el lago trasero esta por aquí, hay un pequeño puente de madera que lleva a la puerta de empleados – arrastró el dedo trazando el camino —, lleva directamente a la cocina. Agarraremos lo que podamos y lo usaremos de excusa para entrar al salón principal, que está por aquí, ¿me sigues? — Orrin asintió – Lo único que tenemos que hacer es aparentar que conocemos perfectamente las instalaciones, observar e imitar. Trabajar como sabemos, rescatar un par de perlas de algún cuello, liberar alguna muñeca de la opresión un reloj de oro… terminar la velada, cobrar el dinero y a casa.

— ¿Como demonios sabes todo eso? — preguntó el pelirrojo levantando la ceja – La estructura de la casa, digo.

— Lo dibuje después de ver los planos en la biblioteca.

— ¿Los planos de la mansión están en la biblioteca?

— Todo está en la biblioteca, al parecer antes no existía nada plasmado en papel que no tuviese una copia en ese tugurio.

— Con la cantidad de horas que pasas ahí dentro leyéndolo todo, podrías aspirar a un trabajo bien pagado ¿sabes? — Egan le miró frunciendo la nariz y los labios.

— ¿Ahora eres mi madre? Dejate de sermones y metete ahí dentro, vamos.

Agarró el brazo de Orrin y lo empujo hasta que se coló por el hueco que habían dejado en el muro. Antes de entrar, Egan trató de empujar la roca con ambos brazos… no pudo ni siquiera desplazarla un solo centímetro — Impresionante —. susurró para si mismo siguiendo a su amigo al interior de recinto.

Corretearon medio a gachas por todo el jardín trasero, en la dirección que había indicado, Egan hasta encontrar el lago. Efectivamente había un pequeño puente cruzandolo.

Se irguieron tratando de aparentar normalidad.

Junto a una puerta estrecha e inclinada, había un hombre joven acuclillado, con expresión hastiada y fumando algo liado de cualquier forma en un papel amarillento.

Egan le echó una mirada rápida a Orrin y se acercó a él — ¿Sois de apoyo? — preguntó el joven antes de que pudieran decir nada cuando los vio acercarse, echando el humo bruscamente. Egan abrió la boca para contestar pero hombre volvió a interrumpirlo – Daos prisa, inútiles, llegáis tarde.

Ambos tuvieron que hacer acopio de toda su paciencia para no responder nada de mala forma, porque si lo hacían, no quedaría solo en palabras.

Entraron a la cocina, el calor de la habitación era asfixiante con el vapor de las hoyas y todos los fogones encendidos.

Se acercaron a un grupo de camareros que entraban y salían apurados por la puerta de vaivén que llevaba al pasillo. Egan notó como una gorda gota de sudor se deslizaba rápida por su nuca.

¡Atención ratas! — les gritó un hombre orondo desde el marco de la puerta. Iba vestido de camarero al igual que ellos, pero hablaba con la suficiencia con la que hablan los vanos que le lamían el trasero a los guardianes — poneos las pilas y no os confundáis, a pesar de estar en una fiesta, os tendremos vigilados. Más os vale no hacer ninguna estupidez, muertos de hambre.

¿Sigues sintiéndote mal por lo que vamos a hacer? — le susurró a Orrin acercándose a su oído.

Voy a llevarme hasta sus calzones, si se descuidan — contestó con la determinación brillando en su iris avellana.

Les dieron una bandeja llena y prácticamente los lanzaron al pasillo, nadie pareció sospechar nada. Supusieron que debía entrar y salir gente de refuerzo con tanta frecuencia, que el personal habitual ni se molestaba en fijarse en sus caras o nombres.

— Para ser la mansión de alguien tan importante, la seguridad deja mucho que desear – dijo Orrin dando fuertes pisadas en el suelo de piedra.

— Todo el personal es vano – contestó Egan —, sin embargo, los señores de la casa son guardianes de prestigio ¿Que van a hacer contra ellos?

— Tienes razón…

— Ey – le dio un codazo a su amigo al ver su expresión preocupada —, nadie se dará cuenta de que tienes furia a no ser que te de por levantar una mesa en peso. Tranquilo.

— Si, si – suspiró forzando una sonrisa –, lo sé – fingió estar despreocupado, pero Egan lo conocía lo suficientemente bien como para saber que se lo comían los nervios.

Eran muy pocos los que, como Orrin, poseían furia pero lo mantenían en secreto. Se les conocía como insurgentes.

Cuando alguien mostraba indicios de tener un mínimo de furia, que normalmente era en la niñez, se le metía directamente al ejercito divino. Se organizaba una especie de ritual en el que se presentaba a los nuevos guardianes a los dioses y se les entrenaba para ser soldados perfectamente obedientes y preparados para asegurar que se cumpliese su voluntad.

Egan entendía perfectamente a Orrin y al resto de insurgentes. Los guardianes eran seres egolatras y agresivos, tan adoctrinados que harían cualquier cosa por ganarse el favor de cualquier dios, y pisarían a cualquiera para hacerlo.

Algunos insurgentes se mantenían ocultos por el resto de sus vidas, como pretendía hacer Orrin, pero otros eran incluso capaces de fingir enfermedades mentales y hasta incapacidades físicas para que los expulsaran del ejercito.

Para los que si querían dedicar su vida a ser guardianes aquel destino era peor que la muerte.

Algunos de ellos, incluso después de haber servido a los dioses, ya retirados por vejez, o tras haber sufrido algún evento traumático, mutilaciones incapacitantes, torturas, perdidas que alteraban para siempre su psique… dedicaban el resto de sus días tratando de convencer a los vanos y los guardianes jóvenes de que estaban siendo utilizados.

No servia de nada, y precisamente por eso es por lo que los dejaban hablar cuanto quisieran, porque la mayoría de ellos estaban convencidos de que cuanto mayor devoción demostrasen a las deidades, con mas privilegios serian recompensados.

“Ni siquiera ven lo lejos de la realidad que está eso” pensó Egan sintiendo un fuerte retortijón.

De vez en cuando los guardianes mejor asentados, aquellos veteranos que habían ganado suficiente dinero y prestigio como para asentarse en un lugar fijo, organizaban grandes fiestas para las que necesitaban contratar a más servicio.

Egan se había presentado para el puesto siempre que tenia oportunidad, pero no siempre le volvían a contactar. Había trabajado para casi todos los guardianes que pasaban por Persevo. Así había aprendido que aquellas fiestas no eran más que un ritual. La forma en la que se demostraban entre ellos su estatus dentro de ese ridículo universo tan lejano de la vida real.

La primera vez que Egan trabajó para uno de ellos lo hizo porque necesitaba el dinero, pero con el tiempo, después de escuchar como hablaban entre ellos, de los lujos de los que se rodean, de experimentar en carne propia el desprecio que sentían ante los vanos como él, fue perdiendo cualquier respeto que pudiera haber sentido por ellos en algún momento.

Aunque nunca lo había sentido en realidad.

Robarles hasta las muelas no se acercaba ni de lejos al castigo que a Egan le hubiese gustado imponerles, pero dado que no era más que un vano, poco más podía hacer contra ellos.

- Centrate – le dijo Orrin dándole un codazo suave en las costillas.

Respiró hondo y se concentro en hacer su trabajo. Se movió entre las mesas y los invitados sincronizándose con el resto de camareros, que se deslizaban como si tuviesen una coreografía aprendida.

Ellos andaban erguidos, con la corbata y chalecos perfectamente colocados, ellas hacían bailar el bajo de sus sobrios vestidos a la rodilla lo justo como para verse elegantes.

Egan no se veía así, y mucho menos el desgarbado Orrin. Esta vez les costaría un poco más pasar desapercibidos, pero nada con lo que no pudieran lidiar.

Un empujón lo sacó de sus pensamientos. Levantó la cabeza para encontrarse con un guardián, al que le apestaba la boca a alcohol, que lo miro de arriba a bajo haciendo una mueca despectiva.

- Cuidado con lo que haces inútil vano, has manchado mi traje – el que había tropezado con Egan había sido él, clarisimamente por las condiciones en las que iba. Pero aunque quiso elegir el camino de la violencia, puso todo su esfuerzo en sonreír y agachar la cabeza.

- Discúlpeme, señor – dijo sacándose una servilleta de tela del mandil -, permitame ayudarle con eso – presionó sobre la pequeñísima mancha de vino de su solapa y luego restregó un poco.

- Dejalo, dejalo – le dijo empujándole el brazo. Le hizo un aspaviento desdeñoso frente a la cara y luego se alejó.

Egan giró sobre sus pies disimulando una sonrisa. Hizo girar la pinza de oro, que había arrancado de la corbata del hombre, entre sus dedos y luego la metió con disimulo en el bolsillo junto a la servilleta de tela.

Buscó a Orrin con la mirada. Lo encontró flirteando con una señora robusta y arrugada , de entre setenta años y la muerte, que llevaba un enorme collar de perlas que caían como una telaraña sobre su pecho.

Cada vez que Orrin se movía, había una perla menos en el collar.

No pudo evitar sonreír ante la actuación de su amigo.

Aun sin perder la sonrisa, dejo se acercó a una de las mesas alargadas de donde el personal reponía las bandejas y sirvió más copas de vino.

Al descorchar una botella nueva, notó que su codo impactaba contra algo. Sobresaltado, levantó la cabeza para encontrarse con una chica joven ataviada con el uniforme del servicio.

Respiró aliviado al ver que era una compañera.

- Lo siento - se disculpó inclinándose hacia adelante -, no te había visto ahí al lado.

- No te preocupes – respondió levantando la cabeza para mirarle a la cara -, solo me has sacado el pulmón de un codazo.

Egan la miró hipnotizado. Tenía unos enormes ojos color esmeralda intenso. Jamás había visto unos ojos de ese color, ni siquiera sabía que los ojos pudiesen tener ese color.

- Oye, que era una broma… - dijo ella preocupada al ver que no decía nada.

- Si, si – contestó por fin esbozando una sonrisa -, es que… Que ojos más bonitos.

- Gracias. – se rió ella volviendo a mirar a la mesa, dónde reponía canapés ridículamente pequeños sobre una bandeja de plata.

- Soy Egan – se presentó poniéndose a su lado, mientras seguía peleándose con el corcho de la botella.

- Teya – respondió ella.

- ¿Eres empleada de la mansión?

- No, soy personal de refuerzo.

- Como yo. ¿Acostumbras mucho a trabajar para los guardianes?

- No, la verdad es que esta es mi primera vez… al menos en esta vida – dijo riéndose. Egan volvió a sentirse hipnotizado, esta vez con su voz. Tenía un ligero acento de Bassinisa, el archipiélago mas grande del sur del continente. Dónde se encontraba la base general del ejercito divino.

A Egan le pareció extraño que nunca hubiese trabajado para un guardián de alguna u otra forma, era prácticamente el único trabajo que desempeñaban los jóvenes de Bassinisa. Pero a ella se la veía especialmente joven, así que decidió no preguntar por eso.

- Llevas mucho tiempo ¿Aquí?

- ¿Aquí? - preguntó ella confusa.

- En Eldren.

- Nací aquí – dijo con una risita -, soy Persevita. Y Eldriana, claro .

- Ah… - estaba confuso, juraría que esa manera de arrastrar las consonantes sibilantes venía de Bassinisa. No se atrevió a preguntar más al respecto.

Vosotros, — los asustó un muchacho tembloroso, muy escuálido y de piel amarillenta, acercándose a ellos por detrás — ¿os estáis divirtiendo dándole al pico como si os pagásemos por charlar? - preguntó poniéndose las manos a la cadera. Llevaba el uniforme de terciopelo rojo y azul que indicaba que era el ayudante del señor de la casa.

Egan pensó lo mas rápido que pudo alguna respuesta ingeniosa para salir del paso, pero cuando iba a contestar, el chico lo interrumpió – Iréis a servir a la sala del consejo del señor, a ver si frente a él tenéis el valor de hablar sin parar como dos niñas de colegio.

“¿Qué manía tiene toda esta gente con interrumpirme al hablar?” pensó Egan mirándole de arriba abajo.

Tanto su pelo ralo, fino y desordenado, como rasgos de su aspecto, por ejemplo sus redondos y desorbitados ojos, le recordaron a esos perros minúsculos y ridículos que llevaban las señoras de alta alcurnia a todas partes.

Una mujer de aspecto hastiado, con el vestido marrón del uniforme, se acercó también a ellos, hizo una leve inclinación de cabeza al chico perro.

- Estupendo – dijo este -, seguidme.

¿Por qué? — preguntó Egan levantando una de sus tupidas cejas negras.

El maese Nessalí necesita a alguien que sirva el vino y la comida durante la reunión que se está celebrando arriba.

¿Y porqué nosotros? — soltó la pregunta intentando aparentar que los nervios por estar tan cerca de Nessalí no iban a consumirle.

No te confundas, rata, — dijo el perro con desdén — no eres especial, os elegimos al azar. Venga, mueve tus sucios pies.

Le empujó el hombro en dirección a la puerta del gran comedor, y con la cabeza le indicó a Teya que los siguiera.

Bajo el punto de vista de Egan, aquel tipo de vano era peor que cualquier guardián o dios. Aquellos que creían que por obedecer y servir sin pegas a los guardianes, despreciando su condición, su naturaleza y a su gente, se convertían inmediatamente en en superiores al resto.

"No hay piedad para los traidores", pensó mientras pisaba con fuerza cada escalón.

Llegaron a un pasillo con moqueta azul sobre el suelo y papel pintado de un azul mas claro en las paredes. Estaba decorado con aparadores y espejos con marcos de oro.

Todo en aquella mansión era tan recargado que Egan tenía ganas de liarse a puñetazos con las paredes.

Solo podía pensar en la minúscula choza de piedras que compartía con Orrin, y en la cabaña de madera en la que había vivido con su madre, pasando hambre todos los días de su infancia.

Se detuvieron frente a una enorme puerta maciza que el perro golpeó con los nudillos. Se colocó el uniforme y se echó el pelo hacia atrás antes de abrirla.

Los nuevos mozos, maese Nessalí — dijo el chico haciendo una gran reverencia una vez estuvo dentro.

Oh, — dijo el guardián levantando su copa de la mesa — Thesan, ya estábamos sedientos, ¿Verdad, señores?.

Las risas, que Egan categorizó como estúpidas, se extendieron entre los invitados de la larga mesa como la pólvora. Respiró hondo y se preparó para hacer oídos sordos a cualquier estúpido comentario que pudiese escuchar durante la noche.

“Nada que no haya hecho antes”

- Con permiso, maese – dijo Egan haciendo una reverencia que Teya imitó.

Le dio un toquecito en la espalda a la chica, que no había dicho una sola palabra desde que los interrumpieran, y la empujó muy suavemente en dirección al carrito del servicio que había en una esquina.

- ¿Yo me encargo del vino y tú de la comida como hacíamos abajo? — le preguntó en un susurro.

- Claro. - Pestañeo despacio, batiendo sus largas pestañas, y esbozó una sonrisa. Egan volvió a hipnotizarse con su piel bronceada y su nariz cubierta de pecas, y dio un pequeño brinco al recordar donde y con quienes estaban.

Teya se puso sin más preámbulos a preparar los platos, y Egan haciendo lo propio, lo hizo con las copas.

- Deprisa, currantes – apremió uno de los hombres de la mesa -, me voy a desmayar del hambre.