Capítulo 1: La Subasta
El aire olía a tabaco, licor caro y desesperación. Aurora sentía si corazón en su garganta mientras la llevaban a la fuerza a través de un pasillo largo y oscuro, sus muñecas atadas con una cuerda áspera que le cortaba la circulación. El eco de sus pasos y los de sus captores resonaba en el ambiente, cada sonido un recordatorio de su inminente destino. No sabía exactamente lo que la esperaba, pero la presencia de hombres armados y la forma en que la habían arrastrado desde su casa le dejaban claro que no sería nada bueno.
La puerta al final del pasillo se abrió con un chirrido metálico, y la luz cálida de la sala de subastas la cegó momentáneamente. Cuando sus ojos se ajustaron a la luz, sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
La habitación estaba llena de hombres con trajes elegantes y miradas depredadoras. Todos estaban sentados alrededor de una plataforma iluminada, un escenario que, hasta ese momento, solo había visto en películas sobre tráfico de humano. El murmullo de voces se apagó en cuanto la vieron entrar.
—Aquí la tenemos, señores -anunció un hombre con un traje gris y una sonrisa en su rostro—. La joya más valiosa de la noche.
Aurora tragó saliva. Todo su cuerpo temblaba de rabia y miedo.
—¡Suéltenme hijoputa! —gritó, intentando librarse del agarre de los hombres que la escoltaban. Pero su resistencia solo provocó risas en la multitud.
—Tienes espíritu, eso es bueno —dijo uno de los asistentes con una sonrisa burlona—. Pero no te servirá de nada aquí.
El hombre del traje gris continuó:
—Como ya saben, esta subasta es exclusiva. Solo los hombres más poderosos de la familia Moretti y sus aliados tienen el privilegio de ofertar por esta hermosa belleza virgen.
Aurora sintió náuseas. ¿Cómo había terminado en ese lugar? Recordó la última conversación con su tío, el único familiar que le quedaba.
-Solo será por un tiempo sobrina -le había dicho él con una sonrisa forzada-. Un pequeño favor para gente importante.
Nunca imaginó que la vendería como si fuera un objeto.
—Comenzamos la oferta en dos millones de dólares.
Aurora sintió que la cabeza le daba vueltas.
Dos millones.
Ese era el valor que le habían puesto.
Las manos se alzaron en el aire mientras las cifras subían vertiginosamente.
—Tres millones.
-Cuatro.
—Cinco.
Cada oferta era como una sentencia de muerte.
Fue entonces cuando una voz profunda, cargada de autoridad, rompió el ambiente.
—Diez millones.
El silencio fue absoluto. Todos giraron la cabeza hacia el fondo de la sala, donde un hombre estaba reclinado en una butaca de cuero negro.
Aurora sintió un escalofrío.
Alessio Moretti.
Sabía quién era. El heredero del clan Moretti, el hombre más temido de toda la Costa Este. Había oído su nombre susurrado en conversaciones clandestinas, su reputación tan sangrienta como imponente.
Pero no estaba preparada para verlo en persona.
Era alto, con el porte de un rey oscuro. Su cabello negro caía en mechones perfectamente desordenados, y sus ojos, de un gris helado, la analizaban con la precisión de un depredador calculando el valor de su presa.
El subastador titubeó un momento antes de aclararse la garganta.
—El señor Moretti ha ofrecido diez millones. ¿Alguien más quiere hacer una oferta?
Silencio.
Nadie se atrevía a desafiarlo.
—Bien. Vendida al señor Moretti.
El martillo golpeó la mesa con un sonido seco. La decisión estaba tomada.
Aurora sintió que el aire le faltaba.
Se suponía que alguien lucharía por ella. Que alguien intentaría salvarla.
Pero no.
Estaba completamente sola.
Dos hombres se acercaron a ella, desatando sus muñecas solo para ponerle unas esposas de plata.
—Camina -ordenó uno de ellos.
Aurora apretó la mandíbula.
—No soy un perro para que me den órdenes.
Un tirón violento la obligó a avanzar.
—Maldito hijodeputa, le gritó Aurora
Los hombres la sacaron de la sala y la llevaron a través de otro pasillo, hasta una puerta que daba a un garaje subterráneo. Frente a ella, un auto negro esperaba con el motor encendido.
La puerta trasera se abrió, y una figura salió del vehículo.
Alessio Moretti.
Se acercó a ella con pasos medidos, su presencia dominando el espacio.
—Aurora.
Su voz era grave, con un tinte peligroso que le puso la piel de gallina.
—No me llames por mi nombre —le respondió ella.
La mirada de Alessio se oscureció.
—Sube al auto.
Ella no se movió.
—No.
Los ojos de Alessio brillaron con algo que parecía diversión.
—Tienes muchas agallas -dijo, inclinando levemente la cabeza—. Pero no me hagas perder la paciencia.
Antes de que pudiera reaccionar, Alessio la tomó del brazo y la empujó dentro del auto. La puerta se cerró de golpe, atrapándola en un espacio reducido con él.
El aire se volvió denso.
Alessio la observó con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Voy a dejar algo muy claro —dijo, su tono letal—. Me perteneces ahora. Eres Mia.
Aurora sintió que la furia le quemaba el pecho.
—No soy un objeto, no le pertenezco a nadie.
Alessio sonrió, una sonrisa sin alegría.
—Eres lo que yo diga que eres.
Aurora tembló de rabia, pero no apartó la mirada.
El auto arrancó, y el paisaje urbano pasó como un borrón tras la ventanilla.
El viaje hacia la mansión Moretti transcurrió en un silencio tenso. Aurora estaba sentada en el asiento trasero a su lado Alessio Moretti, su nuevo dueño, con la mirada fija en la carretera, sin siquiera dignarse a mirarla.
El aire dentro del vehículo era sofocante. Aurora mantenía las manos apretadas sobre su regazo, sus uñas clavándose en la piel para evitar que el temblor la delatara. No quería darle la satisfacción de verla temerosa.
Después de lo que parecieron horas, llegaron a una mansión imponente a las afueras de la ciudad. Altos muros de piedra protegían la propiedad, y cámaras vigilaban cada rincón.
La puerta del auto se abrió, pero Aurora no se movió.
Alessio la miró con impaciencia.
—O caminas o te arrastro. Tú decides.
Aurora apretó los dientes y salió.
—No soy una prisionera —dijo ella.
Alessio la miró con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Eres mía, Aurora. Cuanto antes lo aceptes, más fácil será todo para ti.
Se inclinó hacia ella, su aliento rozando su mejilla.
—No intentes desafiarme. No te gustarán las consecuencias.
La piel de Aurora se erizó.
Pero en su interior, solo había una certeza.
Nunca se sometería a el.