1: El expreso de Hogwarts
POV: Allison
El continuo estallido de flashes hubiese molestado a cualquiera, pero no a mí. Estaba demasiado acostumbrada a las cámaras, llevaba rodeada de ellas desde antes de ser consciente de que lo estaba. Era un efecto colateral de ser hija de quien era.
Cuando un nuevo periodista se acercó a mí no tardé en dedicarle otra falsa sonrisa a las cámaras. Estaba cansada de las mismas preguntas. Aun así, las contesté, porque sabía que las consecuencias serían peores si no lo hacía.
—Desde muy pequeña siempre me han preguntado que quería ser de mayor —comencé, empleando el mismo tono iluso que había practicado durante semanas—. Esta misma pregunta se la hacían a los niños a mi alrededor y siempre me sorprendía como muchos de ellos lo tenían tan claro.
Hice una pausa por unos segundos, intercambiando una mirada con mi hermano pequeño. En parte, porque sabía que a los periodistas les gustaría el gesto. Otra parte de mí necesitaba recordarse por qué estaba haciendo aquello. Cuando encontré la paz que buscaba en los ojos de mi hermano continué con la entrevista.
—Yo, al contrario que esos niños, nunca supe que quería ser. Lo que sí sabía era que, terminase donde terminase, antes pasaría por Hogwarts. Porque Hogwarts es la oportunidad de oro para cualquiera que quiera triunfar, y ser admitida en esta maravillosa escuela no es algo que se deba tomar a la ligera.
En realidad, discrepaba con todas y cada una de esas palabras. Solo las decía porque eran las que conformaban el discurso que mis padres me habían hecho memorizar.
La verdad era muy distinta. No podía estar más enfadada con mis padres por obligarme a asistir a Hogwarts. Llevaba discutiendo con mamá todo el verano, cuando me enteré por sorpresa de aquella decisión que había tomado por mí. Y, si no hubiese conocido mejor a mi madre, seguramente habría dicho lo que realmente pensaba ante los periodistas. Si no hubiese conocido a mi madre, seguramente no estaría haciendo la entrevista. Pero por desgracia conocía demasiado bien a mi madre y por cosas más pequeñas me había encontrado con consecuencias que había decidido enterrar en lo más profundo de mi mente.
Así que seguí con el programa previsto para aquella mañana. Seguí con las entrevistas y fotografías, seguí refiriéndome a mis padres como “el jefe del departamento de coordinación mágica internacional” y “la mejor jugadora del equipo suizo”, y lo más importante, seguí sin dirigirle la palabra a mi madre. Ambas sabíamos que aquello solo nos enfurecería a las dos y ninguna estaba de humor para una última discusión.
A mi alrededor, los periodistas seguían anotando todo lo que decía, pero yo había dejado de prestar atención. Mi vista se dirigió sin poder evitarlo hacia la chica rubia que me apuraba a subir al tren desde la ventana de su compartimento. Por lo general odiaba darle la razón a mi amiga, pero esta vez era complicado negárselo. Si no me libraba de los periodistas terminaría por perder el tren.
Pensando una manera de finalizar la entrevista, encontré en la estación un par de ojos cafés que me parecieron los más bonitos del mundo, porque podían traer consigo una vía de escape.
Clavé mi mirada en el chico, esperando que la presión fuera suficiente para que este se girara. Tal vez fue por eso, tal vez fuese porque una masa de periodistas llamaba la atención, pero el chico encontró mis ojos y no pudo evitar dedicarme una sonrisa burlona ante la situación.
Yo me limité a lanzarle una súplica en silencio. Nos conocíamos demasiado bien, no necesitábamos palabras. Y tampoco necesitaba palabras para saber que la razón por la que aquel chico seguía sin ayudarme era porque disfrutaba viéndome sufrir a base de entrevistas.
—¡Por Merlín! ¿Ese de ahí no es Harry Potter? —exclamó él después de unos segundos.
No sabía si era cierto o no, tampoco me importaba. Murmuré un “gracias” en dirección a mi amigo y este se limitó a guiñarme un ojo mientras subía al tren.
Tan rápido como aparecieron, los periodistas fueron disparados hacia el otro extremo de la estación, provocando que pudiera relajarme al fin.
Noté que mi madre estaba dispuesta a empezar una conversación. Yo simplemente no estaba por la labor. Todo lo que había que decir estaba ya dicho.
Tomé a mi hermano por los hombros y apartándolo un poco de nuestros padres me agaché para quedar a su altura. No me hacía especial ilusión dejar a Matt solo con nuestros padres, pero no es que tuviera más opciones.
Todo estará bien, me convencí. Con Matt siempre habían sido más flexibles que conmigo. Al fin y al cabo, Matt no era el primogénito y, por tanto, no cargaba con tantas expectativas como yo.
—Prométeme que vas a portarte bien y que no vas a molestar mucho a papá y a mamá, ¿vale? —susurré en español, colocándole bien la chaqueta.
Era más fácil centrarme en algo que no fuera él directamente.
—Lo prometo, me portaré bien.
—¿Y me escribirás muchas cartas mientras yo no esté?
Matt asintió, sonriendo antes de abalanzarse sobre mí sin previo aviso en un último abrazo.
Le dediqué una sonrisa al separarnos y, tragándome mi orgullo, me acerqué a mi padre para darle un rápido abrazo a él también. Las razones por las que estaba enfadada con él eran solo parciales. Él no había decidido nada. En realidad, lo único que podía echarle en cara era el no haberle reclamado a mamá la matrícula en Hogwarts. Y sabía que no podía enfadarme con papá por ello. Para empezar, porque él había estudiado en Hogwarts. Sabía que le hacía ilusión que continuara lo que él llamaba “su legado académico”. Para acabar, no había gryffindors suficientes en el mundo para reunir el valor de enfrentarse a mi madre cuando se enfadaba. Contradecirla cuando ya había tomado la decisión de mi matrícula la hubiese enfadado.
Sabiendo que me quedaba sin tiempo me separé de mi padre, dispuesta a marcharme hacia el tren cuando mi madre hizo un último intento por llamarme.
—Sé que sigues enfadada, pero…
—Dale recuerdos a Jannette —la corté.
Jannette ni siquiera estaba en la estación, por supuesto que seguía enfadada.
Pero aquel no era momento de pensar en Jannette. Ya que iba a tener que asistir a Hogwarts me había propuesto tratar de ver el lado positivo. No había encontrado mucho, pero esperaba hacerlo conforme avanzara el viaje. Puede que con un poco de suerte Emilie pudiera ayudarme.
Recordando la ventana en la que la había visto no tuve demasiado problema para encontrar a mi amiga. Al hacerlo agradecí profundamente que el compartimento estuviese vacío a excepción de nosotras.
—Increíble, ¿cómo has conseguido librarte tan rápido de los periodistas? Si aún quedan... dos minutos y 6 segundos para que salga el tren —dijo Emilie de manera divertida, mirando el reloj de su muñeca—. Seguro que te hubiese dado tiempo a un par de fotos más.
Yo me limité a dedicarle una mueca antes de tumbarme en el asiento que quedaba libre, pronunciando el nombre de nuestro amigo como única contestación.
—Pero eso es lo de menos —comenté inspeccionando mi cabello, sin mirarla—. Necesito tu ayuda. ¿Cómo le digo a mi padre que voy a arruinar su “legado académico”? Toda su familia lleva entrando en Gryffindor durante generaciones. Y no hay manera posible de que yo acabe en Gryffindor.
—Aún no sabes si no vas a entrar en Gryffindor.
—Por supuesto que lo sé. No es la primera vez que paso por una ceremonia de selección. Y te recuerdo que vengo de una escuela donde dos casas pueden compararse con diferentes características de Gryffindor y yo no terminé en ninguna.
—No puedes comparar casas de diferentes escuelas. No son equivalentes.
Tal vez no lo fueran al cien por cien, pero no por ello significaba que no pudieras ajustarlas.
Había muchas cosas que ignoraba sobre mi futuro en Hogwarts, pero si algo sabía, era que no terminaría en Gryffindor. Y si tuviera que apostar tampoco en Hufflepuff.
Ante mi expresión de reproche, Emilie suspiró, accediendo a cooperar con mi teoría. Emilie me conocía, debía saber tan bien como yo que había una casa en particular para la que daba el perfil perfecto.
—Vale, pongamos que no entras en Gryffindor. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
—Que me desherede cuando entre en Slytherin —contesté sin vacilar—. Toda la familia de mi padre sigue teniendo demasiados prejuicios contra los Slytherin.
—Tu madre jamás dejaría que te desheredase.
Por supuesto que lo no haría, me necesita para sus planes.
—A lo mejor no es tan malo acabar en Slytherin —dije omitiendo mis pensamientos—. Podría librarme de ir a casa en navidad si la familia de mi padre no va a parar de criticarme.
—Tu madre tampoco va a dejar que no vuelvas a casa en navidad.
Iba a contestar, pero el ruido de la locomotora me interrumpió en el intento. El tren se puso en marcha, y casi sin notarlo una sonrisa se dibujó en mi rostro. Puede que no fuera la estudiante con más ganas de asistir a Hogwarts, pero, al menos, era una manera de alejarme de mi madre por casi diez meses.
—Emilie —llamé omitiendo el movimiento del tren—. ¿Estás nerviosa?
—¿Por Hogwarts?
Yo negué. Ella se tensó al comprender lo que realmente le preguntaba.
—Puede. No mucho. Tengo más de un año para ponerme nerviosa.
—Kaia tiene poco más de cuatro meses.
Estaba claro que Emilie no sabía que contestar. No era algo precisamente fácil de hablar, así que se limitó a cambiar de tema.
—¿Cómo está Kaia?
—¿Alguna vez has visto Ilvermorny? Está de maravilla. Hogwarts es horrible. ¿Por qué tenemos nosotras un castillo medieval frío y oscuro y ella un palacio con piscina? Y no me hagas empezar con Beauxbatons.
—Hogwarts podría estar mejor, pero al menos no es Durmstrang.
—No sé cómo Lyam no se ha revelado ya.
—Creo que tiene más miedo de enfrentarse a tu madre que de quedarse allí.
—No le culpo. Yo también…
No pude decir nada más, pues de la nada un fuerte sonido sacudió el techo del vagón. Dos segundos más. Otro ruido, esta vez más leve, se volvió a escuchar encima de nuestras cabezas.
Compartí una única mirada con Emilie y no necesitamos más para entendernos. Nos levantamos, apresuradas, y en menos de un segundo nos encontrábamos en la puerta del compartimento para, al igual que el resto de pasajeros del vagón, intentar averiguar que estaba ocurriendo.