Capítulo 1: El Nacimiento de Eldoria
El universo, recién restaurado, flotaba en un silencio majestuoso. El Dios Absoluto, desde su dimensión eterna, contempló su obra: los fragmentos del caos, unidos al fin, habían dado forma a un orden nuevo. Donde antaño se alzaba Thalassara, ahora nacía un sistema solar, y en su corazón, un mundo irradiaba el fulgor de la primera creación.
Eldoria.
Así fue nombrada la joya de esta realidad renacida. Con un gesto, el Dios Absoluto desplegó su voluntad sobre la faz virgen del planeta. Montañas colosales emergieron, sus picos nevados perforaban las nubes como titanes de roca, guardianes eternos de lo creado. A sus pies, se extendían praderas infinitas, ondeando al ritmo de un viento primigenio, donde la hierba—dorada y verde—tejía un manto sobre las llanuras.
Los océanos de Eldoria eran abismos de tiempo líquido, tan profundos como los secretos del Dios Absoluto. Sus aguas, de un azul zafiro tan intenso que confundían los límites entre mar y cielo, ocultaban un reino de maravillas y peligros ancestrales. En la superficie, las olas mecían los continentes recién nacidos con la ternura de una canción de cuna, pero en las profundidades, el verdadero corazón del océano latía con vida primigenia.
Arrecifes de coral colosales, esculpidos por corrientes milenarias, se alzaban como catedrales submarinas. Sus estructuras no eran simples piedras, sino huesos petrificados de criaturas cósmicas, ahora cubiertos de algas fosforescentes que pulsaban con luz iridiscente, como estrellas ahogadas. Entre ellos, los leviatanes, seres titánicos de escamas traslúcidas que dejaban estelas de burbujas brillantes al nadar, custodiaban los pasadizos abisales.
Más allá, en las llanuras de arena negra, cardúmenes de peces de fuego danzaban en formaciones hipnóticas, sus cuerpos irradiaban destellos dorados y carmesí, como meteoros en un firmamento líquido. Y en lo más profundo, donde ni la luz del sol osaba llegar, las serpientes marinas de Eldoria—criaturas de escamas blindadas y ojos como lunas pálidas—trazaban círculos eternos alrededor de géiseres submarinos que expulsaban vapores de éter puro, la misma esencia que alimentó la creación del mundo.
Los ríos de Eldoria no eran simples corrientes de agua, sino venas del planeta, talladas por la mano del Dios Absoluto. Descendían de las montañas como serpientes de plata líquida, brillando bajo la luz del sol naciente mientras serpenteaban entre valles y bosques, llevando consigo el aliento de las cumbres sagradas hacia el abrazo infinito de los mares.
En las regiones templadas, los bosques ancestrales se alzaban como guardianes silenciosos del tiempo. Sus árboles, gigantes de corteza surcada por runas naturales, se elevaban hasta desafiar el firmamento, como si intentaran tocar las estrellas que el Dios había sembrado en el cielo. Las hojas, de un verde esmeralda tan intenso que parecían gotas de luz solidificada, tejían un dosel impenetrable, un laberinto vivo donde la luz del sol se filtraba en jirones dorados, pintando el suelo de musgo con patrones efímeros.
Aquí, la vida palpitaba en formas imposibles:
·Ciervos de cornamentas cristalinas, cuyos cuernos resonaban con un sonido de campana al chocar entre sí, como si llevaran música antigua en sus huesos.
·Bestias felinas de pelaje opalescente, que se movían entre las sombras como fantasmas, sus ojos brillaban con la sabiduría de quien ha visto nacer y morir eras enteras.
·Aves iridiscentes, cuyas plumas cambiaban de color según el humor del viento, dejando tras de sí estelas de luz que se desvanecían al instante, como recuerdos de un sueño.
Y en lo más profundo del bosque, donde ni siquiera las bestias osaban adentrarse, se rumoreaba que los árboles susurraban secretos en lenguas olvidadas, palabras que solo el Dios Absoluto y los vientos podían comprender.
En los confines norte y sur de Eldoria, el aliento del Dios Absoluto se cristalizaba en tundras infinitas, donde el horizonte se perdía en un mar de hielo bruñido por el sol. Aquí, el tiempo parecía detenerse: tormentas de nieve danzantes tejían espirales caprichosas, esculpiendo arcos y agujas gélidas que el viento desvanecía horas después, como si el mismo planeta respirara.
La vida, testaruda y majestuosa, se abría paso:
·Bestias de pelaje plateado, cuyos mantos brillaban como escarcha bajo la luz, dejaban huellas profundas en la nieve virgen.
·Lobos de garras de obsidiana, cuyos aullidos resonaban como grietas en el silencio glacial, cazaban en manadas que se movían como sombras sobre el hielo.
·Aves gigantes de alas translúcidas, que cabalgaban las corrientes gélidas como espectros, vigilaban desde lo alto el latido blanco del mundo.
Más allá, donde el calor del sol besaba la tierra con furia, las junglas de Eldoria estallaban en un frenesí de vida. Árboles ancestrales, cuyos troncos retorcidos formaban bóvedas naturales, sostenían reinos completos en sus ramas. El aire vibraba con el zumbido de criaturas aladas—mariposas de alas de vitral y pájaros cuyos cantos imitaban el sonido de agua cayendo—mientras que, en las profundidades del follaje, depredadores de piel cambiante acechaban, sus escamas reflejando los verdes y dorados de la selva como espejos vivos.
Bajo el dosel verde, un microcosmos brillante:
·Insectos de caparazón iridiscente, que parpadeaban como gemas al moverse, trazaban senderos de luz fugaz sobre la corteza.
·Serpientes acuáticas de ojos luminiscentes, cuyos cuerpos ondulantes partían las aguas oscuras de los ríos, seguían por sombras más grandes: peces dorados con mandíbulas de cristal, que destellaban como dagas al atrapar su presa.
El cielo era la corona del nuevo mundo, un lienzo vivo donde el Dios Absoluto pintaba su voluntad. Durante el día, el sol único—una esfera dorada pulsante—dominaba el firmamento, vertiendo luz que hacía brillar las aguas como mercurio y encendía las montañas con destellos de topacio. Pero al atardecer, ese mismo cielo se transmutaba en un éxtasis de color: los tonos ardientes del ocaso (escarlatas, ámbar y púrpuras profundos) se fundían con el azul nocturno que avanzaba, creando reflejos gemelos en los océanos y las cumbres heladas, como si el planeta respirara luz.
Y llegaba la noche.
Entonces, el vacío se convertía en fuego frío: una bóveda estelar infinita se desplegaba, salpicada de constelaciones que contaban historias aún sin nombre. Las lunas de Eldoria—tres esferas de tamaños desiguales, una plateada, otra azulada y la última velada por una neblina dorada—orbitaban en silencio, proyectando sombras entrelazadas sobre los bosques y desiertos. Bajo esa luz fantasma, las criaturas nocturnas despertaban: murciélagos de membranas iridiscentes, felinos cuyos ojos brillaban como los cráteres lunares, y gusanos luminiscentes que tejían senderos de luz en la tierra.
En el corazón mismo del mundo, donde los ríos nacían y las raíces de las montañas se hundían en la oscuridad primordial, el Dios Absoluto contempló su obra. No había rincón sin propósito: desde los desiertos de cristal hasta los pantanos de algas fosforescentes, todo había sido moldeado con la precisión de un poeta que escribe el primer verso del universo.
Entonces, con un susurro que resonó en cada átomo, el Dios insufló la Chispa Vital:
·En los cielos, surgieron las Grandes Aves Primigenias, cuyas alas—tan vastas como nubes—cortaban los vientos con plumas que dejaban estelas de arcoíris al pasar.
·En las llanuras, bestias de músculos de acero y pelajes como tormentas galoparon por primera vez, sus pisadas hacían temblar la tierra como tambores de guerra.
·En los mares, los leviatanes y las serpientes de escamas eléctricas iniciaron la Danza Eterna, un ritual de movimiento y sombra que mantendría el equilibrio de las corrientes.
Un latido de luz divina recorrió el cosmos cuando el planeta quedó completo, un organismo vivo en perfecta simetría. Cada montaña, cada gota de rocío en los bosques, cada corriente marina pulsaba al unísono, como las notas de una sinfonía eterna. No era solo un mundo, sino un santuario de la creación, donde hasta el aire brillaba con la pureza del primer aliento.
El equilibrio era absoluto:
·Las bestias cazaban solo lo necesario, sus instintos estaban tallados por la mano del creador.
·Los bosques crecían en espirales geométricas, como si obedecieran una partitura invisible.
·Las aguas, claras como el pensamiento divino, fluían sin erosionar, sin contaminar, en un ciclo impecable.
Era la obra maestra del Dios Absoluto, un lugar donde la muerte existía solo para alimentar la vida, donde cada atardecer era un poema y cada amanecer, una promesa.