Imperio de sombras

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Summary

Él es su mayor obstáculo. Su mejor oponente. Y quizá, su ruina. Charlotte Ashford ha luchado por alejarse de la sombra de su padre, un hombre que convirtió su apellido en sinónimo de poder... y de corrupción. Para demostrar que es más que su legado, debe asegurar un contrato millonario que podría redefinir su futuro. Pero Julian Hawkes se interpone en su camino. Frío, calculador y peligrosamente inteligente, Julian no solo es su competidor, sino el único que parece disfrutar empujándola al límite. Lo que comienza como una guerra de estrategias se convierte en un juego más oscuro, donde las miradas queman tanto como las palabras y cada movimiento tiene un precio. Porque en los negocios, la atracción es un arma. Y el poder, una sentencia.

Genre
Romance/Drama
Author
Lux✨
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRÓLOGO

PRÓLOGO

Londres nunca descansaba. Las luces de la ciudad ardían como estrellas cautivas entre los rascacielos, reflejadas en el cristal de las oficinas de Ashford Construction Ltd., donde Charlotte Ashford observaba el horizonte con el ceño fruncido. Desde allí, la ciudad se veía infinita, implacable. Como si respirara ambición. Como si la retara.

Bajó la vista al marco de fotos en su escritorio, sus dedos recorrieron el vidrio con una suavidad que contrastaba con la tensión de sus hombros. Una imagen de otro tiempo: ella, cuando era más joven, sonriendo junto a sus padres y sus hermanos. El recuerdo de un hogar que alguna vez fue cálido... hasta que su madre murió y todo se fue al carajo.

El aire se sintió más pesado en su despacho. Charlotte soltó un suspiro, dejó la foto en su lugar y volvió a apoyarse contra la ventana. No podía permitirse pensar en el pasado.

Su padre había sido claro esa mañana: si conseguía el contrato, la presidencia de la empresa sería suya. No habría segundas oportunidades. No importaban sus años de esfuerzo ni las cicatrices de cada batalla; solo importaba quién ganaba al final. Y ese contrato no solo representaba una fortuna para la compañía, sino algo mucho más importante: control.

Múltiples empresas estaban tras la misma oportunidad, tiburones oliendo sangre en el agua. Y Charlotte lo sabía: para sobrevivir en su mundo, había que ser más letal que el resto.

La duda era un lujo que no podía permitirse.

Soltó el aire en un susurro y enderezó la espalda. El sonido de pasos resonó en el pasillo llamando su atención, sabía que era su padre, aunque no era común que se acercara a su oficina a esas horas.

Se giró justo cuando la puerta de su oficina se abría. William Ashford entró con su porte imponente y la expresión endurecida de siempre.

—Padre —saludó ella desde su escritorio, manteniendo la espalda recta.

—Charlotte —respondió él, su voz carente de emoción. Su intento de sonrisa apenas alcanzó a ser una mueca.

Charlotte no se molestó en devolverla.

—¿A qué debo tu visita? ¿Hay cambios en el contrato? —preguntó, rascando suavemente su barbilla.

—Lo que está en juego no es solo este contrato —sentenció él, cerrando la puerta tras de sí. Caminó con calma hacia su escritorio, dejando caer la mirada sobre los planos del proyecto. Calma aparente. Porque si su padre estaba aquí, algo más grande se estaba moviendo.

—Este cliente no es solo un negocio —continuó sin mirarla—. Es poder.

La forma en la que lo dijo hizo que Charlotte sintiera un ligero escalofrío en la espalda. No porque su padre no hablara de poder todo el tiempo, sino porque esta vez había algo diferente en su tono. Algo más peligroso.

—Lo entiendo —respondió ella con una firmeza calculada.

—¿Lo entiendes? —William levantó la vista y la observó como si acabara de decir la estupidez más grande de la noche. Y Charlotte lo odió.

—El poder, Charlotte, no se regala. Se toma. Con esfuerzo, inteligencia y sacrificio. Y si realmente quieres esta empresa, más te vale estar dispuesta a hacer lo que otros no harían. Porque no será suficiente con ser mi hija.

Charlotte sostuvo su mirada. Sentía la indignación burbujeando en su interior, pero no le daría el placer de verla dudar. No esta vez.

—Lo sé —dijo, con una seguridad que no dejó espacio a cuestionamientos—. Lo conseguiré.

Su padre la observó un momento, evaluando la seguridad en sus palabras, y asintió lentamente, él dio media vuelta y salió de la oficina, dejando un silencio denso tras de sí. Charlotte permaneció allí, mirando los planos y notas del proyecto sobre su escritorio que más temprano le habían hecho llegar, y el peso de la responsabilidad le aplastó un poco más.



...



A cientos de kilómetros de distancia, en las oficinas deHawkes Industries, Julian Hawkes miraba el paisaje desde la silla de su escritorio, con un ligero ceño fruncido. La ciudad, desde su alto despacho, parecía infinita. Los tonos cálidos del atardecer le daban un aire tranquilizador, pero él no veía paz. No la encontraba desde hace años.

Sus ojos se desplazaron sobre el horizonte, analizando cada detalle, cada movimiento. Sobre su mesa, las notas y documentos sobre aquel contrato que sus socios le habian hecho llegar, aquellos gorilas inversionistas que consumían su tiempo, sus obras, y sus logros.

La razón por la cual su padre lo había dejado a cargo de la empresa antes de fallecer, Julian sabía que este contrato era crucial para consolidar su imperio. Pero algo no encajaba. Había algo en este cliente que lo inquietaba, algo que no terminaba de comprender. No era solo un contrato más.

Una de sus asistentes irrumpió en la silenciosa oficina con el sonido de sus tacones resonando contra el marmol que adornaba el suelo del amplio espacio, las caderas de la castaña se contoneaban junto con una mirada que parecía desnudar al CEO de Hawkes Industries.

-Señor Julian -Le saludó con un tono bajo que salió más como un ronroneo coqueto, el moreno ni siquiera se giró para observarla.

-Dime que tienes una buena razón para estar en mi oficina Emily -Murmuró con un tono gélido, una invitación a salir huyendo de aquel lugar antes de que aquel hombre te dejara desempleado y destruyera todo tu futuro

Sí, Julian era un tipo del cual deberías tener miedo si trabajabas para él, sin embargo la castaña sonrió, claramente embobada por su actitud.

-La reunión pre-contrato que el cliente solicitó ha sido confirmada en su agenda para el lunes a las dos de la tarde, los detalles están aquí -Murmuró colocando la tablet sobre su escritorio, esperando que se girara para verla.

Emily tenía apenas unos meses en el equipo de asistencia ejecutiva. Joven, ambiciosa, y en palabras de Julian, inmadura. No la había contratado él. Dave Norton, el director de operaciones, vio “potencial” en ella.

Julian, en cambio, solo veía una distracción innecesaria. No tenía paciencia para su descaro, ni para su falta de profesionalismo. Y menos aún para sus insinuaciones.

Pero despedirla sería un problema. Norton insistía en que “sería un desperdicio” y que con el tiempo aprendería a encajar en el ambiente de la empresa. Julian no lo creía.

Y en ese momento, con Emily inclinándose ligeramente sobre su escritorio, sonriéndole como si no acabara de ser rechazada por cuarta vez, le resultaba más molesta que nunca.

-Bien -Respondió levantándose de su silla, los ojos de la castaña se iluminaron, Julian tenía las mangas de su camisa recogidas hasta los antebrazos y el saco de su traje descansaba sobre el perchero en el fondo de la oficina, sus labios estaban fruncidos y su expresión era neutral -Puedes retirarte.

No le agradeció, tampoco la miró, apenas y tomó la tablet del escritorio, no de sus manos.

—Señor... —comenzó, acercándose un paso—. Tengo una reservación esta noche en el Ledbury. Quizás podríamos cenar y discutir los detalles de esa reunión...

Su voz se deslizó en el aire como un susurro tentador. Julian finalmente la miró. Y en un instante, la sonrisa de Emily murió.

Sus ojos miel no reflejaban interés. Ni siquiera molestia. Solo un frío y absoluto desprecio.

El silencio se hizo pesado. Emily parpadeó, su confianza desplomándose como un castillo de naipes. No había fuego en esa mirada, solo una advertencia silenciosa.

Ella tragó en seco y dio un paso atrás.

—Disculpe... —susurró, con una torpeza que antes no tenía.

Se giró y salió con tanta prisa que sus tacones repiquetearon más fuerte de lo normal.

Julian se recostó en su silla, mirando la pantalla de la tablet analizando todos los detalles de la reunión, sintiendo una extraña sensación en el pecho y se cuestionó sobre aquel asunto en el que le habían envuelto para dar la estocada final de la empresa en el mercado.