El Momento Dorado
Ethan
Las luces del teatro iluminan cada rincón del escenario. El presentador, con un suspenso milimétricamente calculado, sostiene el sobre entre sus manos. El aire es denso, cargado de expectativas. A mi alrededor, mis colegas nominados contienen la respiración, y yo no soy la excepción. Siento un nudo en la garganta, pero mantengo la compostura.
La música se detiene.
El nombre pronunciado por aquel hombre es el mío.
Por un breve segundo, el tiempo parece detenerse. Luego, un estallido de aplausos lo inunda todo. Me levanto, casi en automático, recibiendo felicitaciones de manos que apenas reconozco en medio del torbellino. Esto es una locura, pienso, mientras abrazo a mi madre, quien está sentada justo a mi lado. Ella me mira con los ojos brillantes, el orgullo reflejado en su rostro.
Tomo un respiro profundo y subo al escenario.
Cuando mis manos sostienen el premio, siento que todos los años de sacrificio, cada audición fallida, cada noche en vela ensayando líneas se materializan en este preciso momento. No es solo una estatuilla dorada. Es la prueba de que cada decisión, cada paso dado en este camino, me ha traído hasta aquí.
Levanto la mirada. Las miles de luces, los rostros expectantes, la ovación que aún resuena... Todo es un sueño hecho realidad.
Y ahora, tengo que encontrar las palabras adecuadas para hacer justicia a este instante.
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—¿Qué se supone que significa esto? —digo desde un extremo de la mesa, mi voz apenas disfrazando la irritación.
La sala de juntas es amplia, con ventanales que dejan entrar la luz del mediodía, pero la atmósfera dentro se siente densa, como si estuviéramos encerrados en una burbuja donde mi reciente victoria en los Oscar ya no significa nada.
Esperaba una reunión de celebración con mi agencia, una conversación sobre futuros proyectos, sobre papeles desafiantes, sobre cine. Pero en lugar de eso, llevo diez minutos escuchando cómo necesito "potenciar" mi imagen.
—Ethan, estamos en un punto clave de tu carrera —dice Lucas, el jefe de relaciones públicas, su tono cuidadosamente medido—. Un sinfín de marcas reconocidas quieren trabajar contigo, pero tu poca—o mejor dicho, casi nula—presencia en redes sociales es una limitante.
Me recuesto en la silla, exhalando con frustración.
—¿Y eso qué? —miro alrededor de la mesa, encontrando solo expresiones serias—. Para mí, lo más importante es actuar. No aparecer en comerciales ni venderme como si fuera un producto.
—No se trata solo de comerciales, Ethan —interviene Sophie, mi agente, con paciencia infinita—. Es sobre consolidar tu imagen, asegurarnos de que el público te conozca más allá de la pantalla. Esto no es solo sobre el presente, sino sobre la longevidad de tu carrera.
—Mi carrera debería hablar por sí sola —replico, pero incluso yo sé que suena ingenuo.
Lucas suelta un suspiro y desliza una tableta frente a mí. En la pantalla, un contrato con Scuderia Titan, la escudería más dominante de la Fórmula 1 en la última década. Patrocinio exclusivo. Imagen global. Un contrato multimillonario.
Alzo una ceja.
—¿Carreras de autos? ¿En serio?
—Son más que autos, Ethan —dice Lucas con una sonrisa astuta—. Son velocidad, prestigio, exclusividad. Y el piloto estrella de Titan, Alejandro Vega, es prácticamente una superestrella mundial. Esta es la oportunidad perfecta para alinearte con una marca poderosa sin perder la elegancia de tu imagen.
Alejandro Vega. Claro que sé quién es. Incluso sin seguir la Fórmula 1, es imposible ignorarlo. Tres veces campeón del mundo. Un fenómeno. Carismático, seguro de sí mismo, el tipo de persona que llena cualquier habitación con su presencia.
Y ahora, de algún modo, nuestras vidas están a punto de cruzarse.
—¿Y qué se supone que haga con eso? —mi voz suena más dura de lo que pretendía, pero no me importa. Estoy irritado. Cansado. Esto no es lo que esperaba cuando entré a esta sala.
Me cruzo de brazos y miro fijamente a Lucas y Sophie, esperando que alguno de ellos se dé cuenta de lo ridículo que suena todo esto.
—No estoy interesado en vender mi imagen a algo que no tenga que ver con la actuación —insisto, esta vez más serio.
Sophie, como siempre, mantiene la calma.
—Lo sabemos, Ethan. Pero es un contrato millonario. Están dispuestos a apoyarte en todo a cambio de ti.
Aprecio su intento de suavizar las cosas, pero la idea sigue sin convencerme. ¿"A cambio de mí"? Suena más a una transacción que a una colaboración.
Me paso una mano por el rostro, exhalando pesadamente.
—¿Y qué se supone que ellos quieren de mí?
—Es un juego de intereses —responde Lucas con esa sonrisa profesional que siempre parece tener lista—. Scuderia Titan quiere expandir su imagen fuera del mundo de las carreras, y tú serías esa puerta de entrada. A cambio, tendrías una exposición mediática enorme en eventos de alto nivel, entrevistas exclusivas, campañas globales...
Muevo la cabeza, casi riendo de incredulidad.
—Pero yo no quiero eso —digo, con un tono más bajo, sintiendo el peso de la conversación en los hombros—. Mi vida hasta ahora se ha basado en ser lo menos escandaloso posible. En mantenerme lejos del ruido innecesario. Y ahora quieren que me exponga de frente a los medios, en un mundo del que no sé absolutamente nada.
Mi mirada se pierde en la pantalla de la tableta, donde el contrato sigue esperando mi firma.
Alejandro Vega. Scuderia Titan. Exposición global.
Aprieto los labios y cierro los ojos por un instante.
—¿En qué consiste todo esto? —pregunto al final, con voz cansada. No porque haya cambiado de opinión, sino porque sé que no me dejarán salir de aquí hasta que escuche todos los detalles.
—Pues Titan, como te mencioné antes, quiere crecer en todos los sentidos. Serías su imagen. Quieren lanzar su propia marca de ropa deportiva, además de campañas publicitarias y colaboraciones con otras marcas —explica Sophie sin despegar la vista de su tableta.
Cruzo los brazos sobre el pecho, mi ceño fruncido. No me interesa ser un modelo de ropa deportiva. Pero sé que no ha terminado de hablar.
—Pero ese no es el peso gordo —continúa, dejando la tableta a un lado y mirándome fijamente—. Han logrado asociarse con Netflix para desarrollar una serie-documental sobre su equipo.
Mi atención se enfoca un poco más.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Allí es donde entras tú. Serías el host del programa.
Mis labios se separan ligeramente, no porque me sorprenda, sino porque la idea es... inesperada. Me recuesto en la silla, observándola con cautela. Sophie sabe muy bien cómo jugar sus cartas.
—¿Y cuál sería mi beneficio a cambio de vender mi cara? —pregunto con sarcasmo evidente.
Ella y Lucas no pueden evitar sonreír. Ellos saben que, aunque me queje, estoy considerando la oferta.
—Mucho —responde Sophie con un aire de satisfacción—. La asociación de Titan con Netflix no es solo por el documental. Están invirtiendo en otros proyectos dentro de la plataforma, especialmente en una nueva serie de fantasía juvenil.
Alzo una ceja.
—¿Y eso qué?
—Es un proyecto millonario que promete demasiado —sus ojos brillan con desafío—. Y allí es donde entras tú: serías el protagonista.
Mi expresión se mantiene neutral, pero por dentro, las piezas empiezan a encajar. Un contrato con una escudería de Fórmula 1 suena ridículo... pero un papel principal en una serie de alto presupuesto no lo es tanto.
—¿Y qué me dice que no será un total fracaso y que solo ellos saldrán beneficiados?
Sophie no titubea.
—Sabes muy bien que nunca se puede saber eso hasta el momento de la verdad. El camino del cine es incierto, Ethan. Pero cuando una oportunidad así se presenta, solo hay dos opciones: tomarla o dejar que alguien más la aproveche.
Me quedo en silencio. Maldita sea. Esta gente sabe exactamente cómo atraparme.
—Aparte, te pagarán muy bien, sin contar el sueldo que recibirás por la serie. Saldrias ganando mucho dinero. —Lucas deja caer la carta del dinero como si con eso cerrara el trato.
Resoplo con fingida indiferencia, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—No es tan importante... aunque suena tentador.
Sophie sonríe con esa expresión calculadora que tanto me irrita.
—Aparte, si aceptas, tendrías la oportunidad de ser portada de Vogue.
Mis ojos se enfocan en ella de inmediato.
—¿Vogue?
—Aún no está cerrado el trato, pero es cuestión de que aceptes —dice con calma, disfrutando de mi reacción—. Sería la oportunidad perfecta para que hablaras de ti, de tu camino hasta ganar un Oscar.
Esa mujer de apenas 1.60 metros es tan astuta que a veces la odio. Sabe exactamente qué decir y cuándo decirlo.
Lucas se inclina sobre la mesa, su tono persuasivo.
—¿Qué dices, Ethan? ¿Aceptas?
Cruzo los brazos y los observo con malicia.
—Desde cuando tenían esto planeado... parecen saber demasiado sobre esto.
Sophie y Lucas se miran mutuamente. Lucas levanta una ceja y Sophie, con su sonrisa calculadora, finalmente responde:
—Desde que inició la temporada de premios.
Frunzo el ceño.
—¿Desde entonces?
—Sabíamos que si te lo decíamos en ese momento, sería un no rotundo. Así que lo aplazamos un poquito.
Suelto una risa incrédula, apoyándome en el respaldo de la silla. Básicamente, me acorralaron.
Miro nuevamente el contrato sobre la mesa, dejando que las palabras de ambos se filtren en mi cabeza. Un documental. Un contrato millonario. Una serie de fantasía en Netflix. Vogue.
Suspiro pesadamente. Maldita sea.
—Denme 24 horas.
Digo, levantándome de la silla, listo para salir de esa sala de juntas antes de que encuentren más maneras de venderme. Pero, antes de que cruce la puerta, Lucas decide abrir la boca.
—Lo de tu imagen sigue en pie. Eso sí es un no negociable.
Frunzo el ceño, girando solo lo suficiente para verlo.
—Si no aceptas ese contrato, ten por seguro que hay muchos más en la fila. Así que tenemos mucho en lo que trabajar.
Lo miro con una mezcla de fastidio y resignación. Disfrutan esto. Lo sé.
Y justo cuando creo que se van a callar, Sophie remata:
—Deberíamos hacer algo con tu cabello también. ¿Qué tal volverlo más rubio?
Escucho la risa contenida en su voz. Está divirtiéndose a mi costa.
—Sí, ¿cómo no lo pensé antes? —añade Lucas, como si fuera la idea más brillante del mundo.
Aprieto los labios. Ya basta.
—Hagan lo que quieran.
No les doy la satisfacción de ver mi expresión exasperada. Solo salgo de la sala, cerrando la puerta de un portazo.
Malditos sean cuando se juntan.