Valtremix

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Summary

En Valtremix, la verdad se esconde tras de las mentiras y Ewald es un títere más en la obra maestra que el rey creó a su favor. Una obra en la que muchos confían y otros están deseosos de destruir. Ewald tiene el poder de escuchar los susurros más codiciados del rey mientras trabaja sirviéndole en su castillo dorado. Desconocedor de su propio origen, todos en la escuela y en el orfanato creen que el poder que emana de su sangre es peligroso y oscuro, pero cuando es atacado por un espía en busca de los secretos del rey, expone sus poderes y descubren una anomalía imposible. Un secreto que fue borrado de su memoria junto con su pasado, es revelado por los mismos extraños que han intentado matarlo. La familia que fue destronada se creía muerta hace todos estos años, esperando sepultados bajo su tierra natal para retomar lo que les pertenece por herencia: la corona de Valtremix. ¿Podrá confiar en las verdaderas intenciones de aquellos que claman conocer su origen? ¿O será solo un peón más en este sucio juego entre familias?

Status
Excerpt
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo | Sueños Crueles

Los sueños pueden ser pasajes hacia una verdad inimaginable. Sueños extraños de personas desconocidas. Memorias de una guerra que él nunca vivió, pero ¿cómo sabría diferenciar entre la verdad y la fantasía cuando Ewald no tenía memoria alguna de su vida?

Las pesadillas parecían ser más reales cuando soñaba con el cielo de Valtremix quemándose a la luz del día. El castillo real, el hogar que alguna vez perteneció a los antiguos reyes, los Valtre, ardía intensamente. Dejando restos de dolor, abandono y esperanza a los culpables de esta atrocidad.

Sus estructuras finas y puntiagudas fueron destruidas en mil pedazos, al igual que el legado que había gobernado por siglos. El bosque de pinos que cubría el reino se desvanecía entre el humo y el fuego violento que arrasaba con cada ser vivo.

Mientras corría por el bosque, podía ver enormes bolas de fuego volar, atravesando la cerca que dividía el castillo del pueblo. Al tropezar con una roca, se dio cuenta de que cargaba con el peso de un vestido largo y sentía el calor rozar su piel.

Se teletransportó a otra parte en un pestañeo. Por los dioses. Realmente odiaba cuando su mente le jugaba con estos sueños donde brincaba de un cuerpo a otro.

No sabía lo que significaban, pero reconocía muy bien al actual gobernante, el rey Arnold Friedrich, con menos canas y arrugas, pero esta imagen suya era la que nadie contaba en los libros de historia de la escuela.

El rey caminaba en un mar rojo y plateado de guardias reales y soldados rebeldes sin vida. El humo de su fuego se esparcía por todos los rincones del castillo. Vestía con una armadura de piel y hierro que cubría todo su cuerpo, salpicada de la sangre que sus enemigos derramaron en su último respiro. Aquí, el rey no tenía una pizca de misericordia, imponiéndose ante almas débiles e inocentes que conocían su furia. Aunque en la actualidad, parecía estar en decadencia por su edad.

Un joven de la guardia real yacía debajo de la enorme espada plateada de al menos un metro del rey, que manejaba fácilmente con la fuerza de un solo brazo. Sacó la espada del torso del hombre y puso fin a su vida. Después, se volteó y presintió a alguien más acercarse.

—¿Dónde está mi esposo? —reclamó en terror una voz femenina que provenía desde la perspectiva de Ewald.

El rey gruñó y la observó detenidamente. Sabía que era otra joven por el par de pantalones entubados que llevaba.

De nuevo, sintió una sacudida repentina, sus nervios flotaban como humo sofocante y se encontró fuera del castillo. Reconoció el viejo Hoch Valley por las calles empedradas que lo recorrían y sus plazas de piedra antiguas. Solía ser un pueblo lleno de riquillos y nobleza bien posicionada frente al camino real.

Allí se desarrollaba una batalla entre los guardias que protegían las rejas del castillo contra la muchedumbre de civiles y soldados hostiles que se atacaban con furia, y estallidos de diferentes poderes que volaban por doquier.

Cada esquina o rincón que giraba su cabeza conocía a la muerte. Armas encantadas como espadas, dagas y arcos batallaban unas contra otras. Ewald bajó la cabeza y se dio cuenta de que ahora sostenía una daga ensangrentada, vestido como un hombre de la guardia real de los Valtre.

Cada vez, veía menos guardias sobrevivientes. Todos morían, y él era el siguiente. Cuando vio un rayo de luz que se dirigía contra su cuerpo y corrió lo más rápido que pudo, pero sintió otra sensación. El aire chocó con su cuerpo elevándose y cayó.

El terreno cambió, y ahora se vio dentro del lujoso Castillo Real, aún intacto. Era una estructura ornamentada con acabados florales, columnas góticas, puertas de madera tallada, y, en la entrada principal, una gran escalera que se dividía en dos por el espacio. Toda esa belleza gótica se desvanecía cada segundo agónico que pasaba.

Las manchas de sangre que cubrían los pasillos y el bullicio de la gente oscurecían el lugar en una atmósfera siniestra. Los sirvientes y los nobles corrían desesperados, buscando a sus parientes y amigos para huir del infierno.

Ahora, Ewald usaba un traje lleno de patrones de color negro y morado ciruela. Un traje demasiado elegante, con el típico estilo gótico que vestía la gente de alta alcurnia.

En otro pestañeo, reapareció en un salón cubierto de llamas que consumían los finos asientos del trono. Podía ver todo desde arriba, como si fuera un ave flotando entre el humo.

Al fondo del cuarto, reconoció el rostro delgado del rey Marcus Valtre de los libros que había leído. Tan solo tenía cuarenta años cuando murió. Sus pupilas destellaban en un verde intenso que derramaban lágrimas de frustración. Su piel pálida como la luna resplandecía en las llamas, y su cabello, tan oscuro como la noche brillaba de sudor por el ambiente infernal.

En sus brazos yacía muerta una mujer embarazada, envuelta en la tela de un estandarte quemado. Su tiara de diamantes derretida. Reconocía a esa mujer. Se sabía que la reina Jenae Valtre había sido la causa por la que el pacto de paz no funcionó, y su rostro completamente lleno de ampollas y quemaduras graves le daba la razón. Su estómago se retorció ante esa imagen.

Luego enfocó su vista en otra persona, el rey Arnold Friedrich con los puños envueltos en llamas y una aureola de fuego que lo protegía de los guardias reales.

Un destello ruidoso explotó tapando sus oídos. Ewald dio la vuelta atrás y ahora se encontraba en los legendarios túneles que se construyeron hace siglos bajo el reino.

Los arcos de madera mantenían las piedras en sus cimientos, haciendo que el túnel pareciera interminable. Incluso podía oler la humedad que se acumulaba en todo el lugar. Sobre los arcos, se posaban gemas cristalinas de luz que iluminaban débilmente el camino. Cada noble y sirviente corría con algún familiar aferrado a ellos. Niños, jóvenes, ancianos, todos ellos tenían poco tiempo para sobrevivir. Escuchó estallidos en el techo, la tierra se sacudió y la gente gritó presa del terror.

De nuevo, saltó al cuerpo de la mujer con vestido que corría por el bosque. Ya estaba harto de seguir un segundo más en esa maldita pesadilla, pero no lograba despertar. Esta vez, la mujer corría por los túneles. Con ella iba un hombre con cierto parentesco al rey Marcus, sabía que era su hermano menor, pero no recordaba el nombre del príncipe.

Al final del túnel, visualizó una luz abrasadora. Los dos lanzaban hechizos de luz verde a los soldados que derribaron de un golpe, pero ellos eran demasiados y disparaban rayos luminosos desde sus armas para inmovilizarlos.

Fuera del túnel, el príncipe se quedó atrás y la mujer salió ilesa, sintiendo nuevamente esa brisa bochornosa. Tal vez era su esposo o su amante, por la forma en que sintió su pérdida. Había pinos anchos y árboles altos que tapaban la luz del día, pero el fuego consumía el bosque y apenas podía ver el cielo.

Una bola de energía lo golpeó con fuerza y mandó a la mujer al suelo. Podía sentir su dolor en carne propia, era una sensación demasiado extraña. Varios soldados la contuvieron y una mujer rubia que le parecía conocida se acercó, usando una armadura ligera y una espada a su costado.

—Castíguenla —la rubia habló en alto y su mirada torcida parecía de mera satisfacción.

Los soldados obedecieron al comando y azotaron a la mujer sin piedad, con unos látigos que desprendían descargas eléctricas. En cada azote, sentía cómo le arrancaban la vida. Su piel ardía punzante con cada golpe, y quería gritar. Ya no aguanto más. Suplicaba que este sueño se detuviera ya.

Pero todo lo que logró, fue aterrizar en otro escenario. El dolor cesó rápidamente, y se volvió a ver como un niño, solo e indefenso, con ropas viejas que apestaban a humedad y cobre. A su corta edad, era demasiado bajo, lo único que no había cambiado en su cuerpo era su figura esbelta.

Recordaba vagamente este sueño en el que caminaba frente a una multitud protestante en lo que parecía una plaza vieja y descuidada de Hoch Valley. En la cima de la plaza, una mujer de cabello oscuro sobresalía y parecía alzar su voz, pero no podía reconocer las palabras. Solo era ruido y voces de distintas personas gritando al unísono: lealtad inquebrantable. Cuando la multitud se alborotó, sintió varios empujones. Ewald miró hacia la cima y la mujer lo veía con angustia, hasta que la gente cubrió su vista por completo.

Una vez más, la memoria se desvaneció y volvió a verse como un niño de seis años, pero ahora, en el orfanato Pflege el primer día que llegó, sin algún otro recuerdo de su vida o de su familia. Esta era una memoria que sí podía recordar y no visiones extrañas.

Volvió a ver a su mejor y única amiga, la pequeña Amalie, que se había importado por él cada día agónico desde que llegó. En ese tiempo, parecía un esqueleto, era tan pálida como la luna, y su cabello rubio la hacía verse como un pequeño fantasma.

Recordó el momento en que la conoció por primera vez. Unos chicos del orfanato molestaban al recién llegado Ewald, quien trataba de pasar desapercibido sentado bajo un viejo roble en el jardín. Amalie llegó decidida ante los niños mayores que ellos. Era tan tenaz que no dudó en amenazar con hacerles sentir dolor.

En ese entonces, ellos tenían miedo del poder que irradiaba Amalie. Era totalmente distinto a los demás. Quitaba como daba vida, podía hacer que sufrieras un gran dolor en tus entrañas que desearías morir al instante, pero también, y probablemente lo más bello de su poder, era que podía curar cualquier herida. No importaba lo grave que fuera, ella podía sanar a quien fuera de inmediato y sin dificultad.

Después de espantar a los niños, Amalie se acercó con cautela. —Tranquilo, no te haré daño —dijo amablemente mientras pasaba sus dedos flacos flotando encima de su herida, sintiendo un pequeño ardor sobre la marca rojiza que se cerraba. —¿Cuál es tu nombre?

—No... no lo recuerdo —su voz tembló con miedo.

De pronto, otro sueño invadió su mente, uno que lo atormentaba a menudo. Varias voces distorsionadas sonaban en su cabeza, en un unísono, gritos ahogados, el grito de una mujer ardiendo en fuego. —¡Evald! —escuchaba la voz más distorsionada cada vez. Él quería cerrar los ojos, distraer su mente, despertarse, pero no podía evitar oír su tremenda desesperación, repitiendo su nombre una y otra vez. —¡Evald! ¡Evald! ¡Evald!

El fuego seguía alzándose, sin intención de extinguirse. Alguien lo sostenía de los hombros, dejando caer toda su fuerza sobre su diminuto cuerpo.

Cuando encontró la oscuridad, se refugió en ella. Era meramente su aliada. Los truenos retumbaban sobre los ventanales y jamás estuvo tan agradecido de que una tormenta lo despertara.