Gota por Gota

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Summary

En un mundo donde el control mental es una realidad muy cercana, un médico obsesionado lleva la ambición humana al límite. Bebés desaparecidos, experimentos clandestinos y una red de horror bajo un hospital en Talca son solo el comienzo. Desde una enfermera que descubre secretos inimaginables hasta un atleta atrapado en una pesadilla corporativa, cada voz revela fragmentos de una verdad aterradora: la humanidad ya no pertenece a sí misma. Somos ganado. Y alguien está decidido a demostrarlo. ¿Qué sucede cuando la tortura deja de ser física y se convierte en algo mucho más sutil? ¿Cuándo el dolor más profundo no es del cuerpo, sino de la mente? *Gota por Gota* es una inmersión visceral en los abismos del control absoluto. Prepárate para enfrentarte a lo que ocurre cuando la élite decide jugar con nuestras mentes… y nuestras almas.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRIMER ACTO: Bebes Perdidos

Cuando me asignaron como enfermera ayudante del Dr. Elías, apenas llevaba un par de meses en el hospital de Talca. Todos me dicen que es un neurólogo brillante, un genio de renombre, pero también alguien extraño. “Tiene sus rarezas”, dicen algunos. “Es mejor no molestarlo” advierten otros.

No me importa. Estoy aquí para trabajar, no para hacer amigos. Pero desde el primer momento en que entro a su despacho, sé que algo no está bien.

Me mira con fastidio. Su expresión es fría, calculadora.

— No necesito una ayudante. —

Su voz es seca, sin emoción. Me lo repite dos veces antes de que el jefe del hospital lo interrumpa para recordarle que es una orden. Finalmente acepta, pero sé que no le agrada.

No pasa ni un día antes de que me haga notar cuanto le molesta mi presencia. Me asigna tareas insignificantes, evita hablar conmigo y parece irritarse cada vez que lo busco fuera de su despacho. Pero lo que más me incomoda es otra cosa: su manera de desaparecer.

A veces lo busco y no está. Su consultorio está vacío, su teléfono apagado. Luego, sin previo aviso, aparece horas después como si nunca se hubiera ido. Algo en su actitud me inquieta.

Paso una semana atrapada en papeleo Inútil. Formularios, registros, solicitudes. Nada que me haga sentir parte de la labor medica real.

Entonces, una mañana de domingo, las alarmas del hospital se encienden. Un recién nacido ha desaparecido de la unidad de neonatologí­a. El tercero en lo que va del año.

La noticia se esparce rápido entre el personal, pero la administración se apresura en silenciarla. Desde el gran terremoto de Santiago, el país está en crisis, luchando por evitar escándalos que afecten su reputación. Prefieren encubrirlo.

Al día siguiente, intento usar el tema para acercarme un poco más al Dr. Elías. Pero su respuesta me deja helada.

— Karina, sé que es difícil cuando desaparecen bebés —dice, con su tono pausado y clí­nico —, pero quizá alguien les hizo un favor robándolos. ¿Quién sabe? Tal vez la madre era una pastera y lo habría vendido por droga de todos modos. Si fuera tan grave, el hospital no intentaría ocultarlo, ¿verdad? Negociarán con la madre, lo resolverán a su manera. Así que olví­dalo… y mejor tráeme los resultados de la punción lumbar del paciente 233.—

Me toma un segundo procesar lo que acaba de decir. Su expresión sigue siendo impasible, como si habláramos del clima. No hay indignación, ni horror, ni siquiera una mínima preocupación.

Algo en mi interior se revuelve. Hasta ese momento, solo lo había considerado un hombre extraño y antisocial. Ahora empiezo a pensar que no es tan humano como parece.

Paso el siguiente mes prácticamente viviendo en el hospital.

Me obsesioné con los casos del Dr. Elías, revisando cada estudio que tenía a su cargo. Noté un patrón: pedía exámenes aparentemente innecesarios, pruebas neurológicas en pacientes sin razones claras. Punciones lumbares, resonancias, análisis de actividad cerebral. Pero no parecía un error o un exceso de precaución, sino algo metódico. Como si estuviera probando funciones específicas del cerebro, recolectando información para algo más.

Al mismo tiempo, me ofrecí­ como voluntaria en las guardias de neonatología. No estaba dispuesta a que otro bebé desapareciera sin dejar rastro.

Fue una noche de sábado cuando lo vi.

Caminaba por el pasillo en penumbras cuando noté una figura en una de las habitaciones. Me detuve en seco.

Era el Dr. Elías.

Estaba completamente a oscuras, de pie junto a la cuna de un bebé .

Sonreía.

Pero no era una sonrisa cualquiera. tenía los labios apenas entreabiertos, como si estuviera saboreando algo. Sus ojos fijos en el recién nacido, brillando con una mezcla de fascinación y….¿deleite?


El aire en la habitación se sentía pesado, cargado de algo que no podía describir.

Por un instante, me quedé congelada.

Luego, di un paso atrás, con el corazón martillando en mi pecho.

Algo dentro de mí me gritó que saliera de ahí . Pero otra parte, más fuerte, me decía que tenía que descubrir qué estaba haciendo ese hombre.

Y esta vez, no iba a quedarme de brazos cruzados.

En ese instante, lo entendí­ todo.

Las desapariciones. Los exámenes innecesarios. Los datos que recopilaba con obsesión.

El Dr. Elías no solo estaba robando a los bebés . Estaba experimentando con ellos.

El asco me golpeó en el estómago como un puñetazo.

Era un monstruo. Un ser sin alma.

Tenía que detenerlo.

Pero antes de que pudiera moverme, las luces del hospital parpadearon, y se apagaron por completo.

El silencio fue absoluto por un segundo. Luego, el sonido me heló la sangre.

Un llanto ahogado.

No un llanto normal. No el balbuceo de un bebé hambriento.

Un llanto ahogado. Como si estuvieran cubriéndole la boca con una sabana.

Los pasos apresurados se alejaban en la oscuridad. Se lo estaban llevando.

Corrí­ hacia la puerta, gritando para pedir ayuda, pero solo desperté a las madres con sus bebés. No había nadie más en el piso.

El hospital, de repente, estaba vacío.

Mi respiración era un torbellino de pánico. Luego, un sonido me congeló.

Un estruendo metálico.

Un golpe seco, un eco subterráneo.

volví­ a escuchar el llanto, más débil esta vez.

Miré a mi alrededor, con el pulso retumbando en mis oídos, y entonces la vi.

Una trampilla en el cuarto de ropa sucia.

Algo en mi interior me gritaba que no me acercara. Pero el sonido del bebé seguía ahí, sofocado, desesperado.

Di un paso adelante.

Y abrí­ la trampilla.

Bajé por unas escaleras de servicio que crujía bajo mis pies. Este lugar no estaba en ningún mapa del hospital.

El aire se volvía más pesado con cada peldaño que descendía.

Cuando llegué al final, me encontré con un pasillo largo, angosto y mal iluminado. Solo un tubo fluorescente parpadeaba sobre mi cabeza, lanzando destellos intermitentes de luz blanca.

Avancé con pasos cautelosos.

A los pocos metros, escuché un sonido seco al final del pasillo.

Una puerta cerrándose.

Y luego, la oscuridad total.

El tubo fluorescente chisporrotea y murió.

Me quedé petrificada.

Un sudor frí­o me recorrió la espalda al pensar en qué clase de horrores podían estar esperándome en esa negrura absoluta.

Mis propios pensamientos se convirtieron en mis peores enemigos. El tiempo dejó de existir.

Hasta que el llanto del bebé sonó de nuevo.

Esta vez, más fuerte.

Más desesperado.

Tragué saliva y avancé a tientas, siguiendo el eco de su llanto, hasta que vi una puerta con una pequeña ventanilla de vidrio.

Había luz del otro lado.

Alguien estaba ahí.

Me acerqué sin respirar, sin hacer ruido.

Y cuando me asomé por la ventanilla.

Lo que vi hizo que la realidad se quebrara en mil pedazos.

A través de la ventanilla, veo al Dr. Elías dentro de un laboratorio improvisado. Es un espacio estrecho, desordenado, con una mesa de acero inoxidable en el centro, la misma que se usa en la morgue para los cadáveres. Sobre ella, el bebé está inmovilizado con correas de tela apretadas alrededor de sus extremidades diminutas. Su piel rosada tiembla bajo la luz amarillenta de una lámpara quirúrgica.

Electrodos están adheridos a su cráneo con gel conductor, conectados a un electroencefalógrafo que emite un leve zumbido intermitente, registrando cada oscilación de su actividad cerebral. Pero lo peor no es la maquinaria…

El Dr. Elías sostiene en una mano una jeringa con una aguja de calibre grueso, diseñada para punciones lumbares en adultos, completamente desproporcionada para un recién nacido. Con una precisión aterradora, la clava en la planta del pie del bebé, que se arquea en un espasmo de puro de . Su llanto no es un simple sollozo; es un chillido desgarrador, un grito de sufrimiento absoluto que retumba en mis oídos como un alarido de agonía.

Pero él no se inmuta. Solo observa, anotando en un cuaderno. Midiendo. Registrando. Analizando.

Y yo… yo estoy paralizada. Mis manos tiemblan sobre el marco de la puerta. Sé que debo hacer algo. Sé que debo entrar. Pero el horror me clava los pies al suelo, mientras veo cómo hunde la aguja en el muslo del bebé y luego en su abdomen, probando respuestas, esperando reacciones, como si estuviera experimentando con un animal de laboratorio y no con un ser humano.

Por unos segundos, me quedo atrapada en esta escena infernal, incapaz de respirar, con el alma congelada.

Y la imagen de los dos bebés anteriores se abre en mi mente: las miradas vacías, los cuerpos inertes.. ¿Qué horrores les hizo este monstruo? Una ira incontrolable me invade, y en ese instante, todo mi ser clama por detenerlo.

Sin pensarlo, abro la puerta de golpe. En un reflejo instintivo, agarro una bandeja metálica de instrumental quirúrgicos, y se la lanzo con fuerza al Dr. Elías. La bandeja impacta su cabeza con un estruendo sordo, y él cae al suelo, tambaleándose.

Aprovechando el desconcierto, corro hacia la mesa donde está el bebé. Con manos temblorosas, libero al pequeño, lo envuelvo rápidamente en las mismas sábanas con las que fue arrebatado, y presiono con desesperación las heridas que se abren en su piel, intentando detener la hemorragia.

Apenas logro salir de la habitación, una voz gutural y helada me alcanza:

— Karina, vuelve acá con el bebé. —

Ese sonido, tan autoritario y desprovisto de humanidad, recorre mis venas, llenándome de una adrenalina primitiva. Corro por el pasillo oscuro, con el eco de los pasos del Dr. resonando tras de mí.

Diviso, en la penumbra, la trampilla que una vez me había guiado. Con determinación, corro hacia la única fuente de luz, y a lo lejos escucho las voces alarmadas del personal, gritando por el bebé desaparecido. Subo las escaleras casi a brincos, tratando de llegar al área principal del hospital.

Pero justo cuando creo haber escapado, al salir al cuarto de lavado el Dr. me alcanza y me tumba al suelo. Mi instinto solo me permite gritar:

—¡Ayuda!—

Mientras, con todas mis fuerzas, protejo al bebé. El Dr., furioso, comienza a golpearme brutalmente, gritándome que me calle. Siento mis fuerzas desvanecerse, mi cuerpo cediendo ante la violencia.

Sin embargo, mis gritos no caen en el vacío. Un grupo de enfermeras irrumpe en el cuarto de lavado. Al ver la escena, una sale disparada en busca de ayuda y las demás se abalanzan sobre mí. Al verse descubierto, el Dr. se apresura hacia la trampilla y la cierra tras él. Se escucha el sonido metálico de un cerrojo.

Mis compañeras me ayudan a levantar al bebé, mientras lo llevan a curar sus heridas. Yo, abrumada por el alivio y el agotamiento, siento cómo la conciencia se desvanece.. y caigo en un oscuro desmayo.

Despierto en un cuarto del hospital. La última imagen que tengo es la de la trampilla cerrándose, y ahora, la luz suave de la mañana me envuelve. A mi lado, una compañera de guardia me recibe con un abrazo cálido y un susurro de alivio: —¡Qué bueno que estás bien!—

Ella sale rápidamente a dar aviso. En menos de cinco minutos, la jefa de enfermeras, el jefe del hospital y un oficial de la PDI irrumpen en el cuarto. Con la voz entrecortada, relato todo lo sucedido, desde la oscura trampa subterránea hasta el horror inenarrable que presencié en el laboratorio improvisado.

Me informan que, milagrosamente, el bebé logró salvarse de la locura del Dr. Elías, pero que él, astuto y despiadado, ha conseguido escapar llevándose consigo la mayoría de los papeles y registros que tanto interés le producían. Esa noticia me hiela el alma: el monstruo sigue libre, y con evidencia que podría haberle quedado incriminado.

Sin embargo, hay un tenue consuelo en saber que el Dr. Elías ya no volverá a aparecer en público con facilidad por qué irían tras él, y que el hospital, al menos por ahora, queda libre de su perturbadora influencia.

Aquella noche, a pesar de los terrores vividos, duermo con una sensación de extraña tranquilidad, aferrándome a la esperanza de que, al amanecer, todo vuelva a la normalidad.