Prólogo: Palabras que no se dicen
Ya no puedo recordar cómo comenzó todo. O, mejor dicho, ya no quiero recordarlo. No es fácil hablar de ella, de Anahí, porque cuando lo hago, me enfrento a algo que no puedo entender. Algo que me pesa, que me sigue, incluso cuando no quiero pensarlo.
Éramos inseparables. Lo éramos, ¿verdad? Recuerdo sus ojos brillando cuando reía, sus bromas sobre las cosas más pequeñas, esas charlas interminables sobre el futuro, como si todo estuviera bajo control. Como si todo fuera a salir bien.
Pero algo cambió. Algo que no vi venir.
A veces pienso que ya sabía, de alguna manera, que todo eso no iba a durar. Que algo se rompió entre nosotros antes de que realmente pudiera darme cuenta. Las sonrisas, los momentos compartidos, se volvieron más y más vacíos, pero ¿quién quiere ver eso cuando todo parece tan perfecto? Yo no quería verlo. No quería escuchar esas pequeñas alarmas dentro de mí que susurraban que algo no estaba bien.
Pensé que todo era normal, que ella seguía siendo la misma de siempre, que nada iba a cambiar. Entonces, una noche, ya no estaba. La noticia me llegó como un golpe que me sacudió hasta el fondo, y aún me pregunto si realmente entendí lo que ocurrió. No era posible. Anahí no podía haberse ido.
Pero lo hizo. Y desde ese día, he intentado encontrar una respuesta. He buscado, sin descanso, lo que me llevó a perderla. La verdad detrás de su muerte... o tal vez solo la mentira que me repito para sobrevivir.
Porque, si te soy sincero, no sé si quería encontrar la verdad, o solo un refugio. Algo que me explicara lo inexplicable. Algo que no me hiciera sentir tan... culpable.
Esta es mi historia. La nuestra. Y tal vez, por fin, la verdad se revele.