Heaven Doesn't Want Us by Eli at Inkitt
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Heaven Doesn't Want Us

Summary

Y Dios creó al amor para que el hombre se pudriera en su nombre. Y el amor creó a Louis para que Harry lo devorara.

Genre
Other/Romance
Author
Eli
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Gospel Of The Unclean Lovers


____________


El amor no era piel, era hambre. Una fiebre que aparecía en los ojos verdes de Harry y moría en las lágrimas de Louis, una podredumbre dulce que se metía por las encías y se alojaba entre los dientes. Harry lo supo primero. Harry que nació con la boca llena de sed bestial, Harry que temblaba cuando Louis hablaba; no por lo que decía, sino por cómo se le movía la lengua al hacerlo. Por la textura húmeda del interior de su boca, lo miraba como se mira un fruto raro, uno que no sabes si va a darte placer o envenenarte. Y Louis... Louis se dejó mirar, se dejó mirar como se deja mirar una presa fácil, fingiendo ingenuidad. Pero dentro, ya estaba listo para ser alimento.


Louis no recordaba quién era antes. No sabía si había tenido madre, infancia, nombre, sólo sabía que tenía carne y era una carne blanda, blanca, carne que dolía si la apretabas bien. Carne buena. Harry le decía eso, que era buena carne, carne para ofrenda. Carne que daba hambre sólo con existir y  Louis quería eso, quería que lo vieran como alimento. Quería desaparecer en la boca de Harry, hacerse parte de su saliva, de su esófago, de su intestino, ser convertido en otra cosa, en otra forma de existir. El amor ya no era compañía cuando entre ambos se contaban lo que su mente les mostraba, el amor ahora era putrefacción compartida.


La primera vez que Harry le mordió en serio, Louis lloró. No porque doliera, no porque sangrara. Sino porque fue hermoso, era un dolor puro, un dolor sin explicación. Un dolor que lo hacía real;Harry había enterrado los dientes en su hombro y luego lamió la sangre como si se tratara de miel, no parpadeó, no dijo nada. Sólo lo lamió y Louis lo amó tanto en ese momento que se orinó. Se orinó de amor, de entrega, de locura.


—¿Quieres más? —preguntó Harry, con los labios manchados y los ojos tan abiertos que parecía que le habían arrancado los párpados.


Louis asintió, no necesitaba saber qué más. El “más” era lo único que importaba, más dolor, más fusión. Más de sí mismo adentro del otro. Quería que Harry se lo tragara como se traga una hostia caliente: sin culpa. Porque ya no creían en Dios, creían en el hambre. Porque eso eran: creyentes de lo devorador, de lo insaciable. Cada acto era liturgia. Cada mordida, un rezo.


Y comían, comían sin parar. Pero no comida, se comían entre ellos; uñas, pestañas, pedazos de labios. Harry usaba una pinza oxidada para arrancarse los vellos del pecho y dejárselos a Louis sobre la lengua, y Louis los recibía como se recibe una semilla sagrada. No los tragaba, los dejaba ahí, en la boca, como si fueran el sabor de una vida que nunca tendría. Una vez, Louis se cortó la planta del pie con una cuchilla sucia y Harry chupó la sangre mezclada con la mugre del piso y dijo que le sabía a "correr" , rieron. Rieron tanto que vomitaron y  luego se comieron el vómito, porque nada de lo que salía de ellos debía perderse. Todo era sagrado. Todo era parte del ritual.


No dormían o si dormían, era abrazados, fundidos. Con las bocas pegadas y con las manos metidas dentro del cuerpo del otro, buscando órganos, buscando nervios que latieran fuerte. Se arañaban dormidos, se lamían los huecos detrás de las orejas, buscando el sudor más viejo y el más fermentado. Louis decía que allí estaba la memoria, que si uno lamía suficiente, recordaba lo que no debía recordar.


Pero no recordaban nada. Ni antes ni después, no sabían cuántos días llevaban ahí. No sabían si afuera había cielo, si alguien los esperaba, si tenían edades, trabajos, apellidos. Se habían vaciado uno en el otro,se habían hecho residuo. Y eso eran, solo eran desecho.


La locura era mutua, Harry hablaba con las paredes, pero sólo cuando Louis dormía y el se aseguraba que dormía, les contaba cosas como: “Hoy le arranqué una costra nueva. Era preciosa. Tenía forma de sus ojos azules.”

Y Louis hablaba con el techo, decía: “Hoy me comí una pestaña de Harry. Ahora lo veo desde adentro y puedo ver el cielo.”

Y ninguno se reía, porque era verdad. Porque estaban más allá de la burla. Porque habían cruzado la línea y estaban flotando en su propia infección supurante.


Una vez, Harry le pidió que se dejara marcar con fuego, quería ponerle su nombre con un alambre caliente justo en la parte interna del muslo. Louis dijo que sí antes de que terminara la frase, se bajó los pantalones que apenas era una tela floja que ya empezaba a caerse sola, extendió la pierna y cerró los ojos. El olor a carne quemada los hizo gemir, no de dolor. De éxtasis enfermo, porque ahí estaba la prueba. Louis era suyo. Marcado. Quemado. Transformado.


Después Harry lloró porque su letra había salido fea y Louis le lamió los ojos y dijo que no importaba, que él no necesitaba leer. Que lo que importaba era la marca, la huella y el olor a propiedad.


Y siguieron, siguieron bajando. Siguieron pudriéndose juntos. Louis empezó a hablar en tercera persona porque hablar en primera persona se había vuelto torturoso. Decía cosas como, “Él quiere que lo mastiquen esta noche.” Y Harry le respondía: “Él será cenado con velas, como un banquete.”

No follaban ya, follaban antes, cuando aún creían que el sexo era el camino y el placer se sentía con cada orgasmo lento que le calaba el sistema nervioso. Ahora no, ahora se abrían las pieles, se dejaban lamer las heridas. Se escupían en la boca y se decían cosas como, “Nadie va a sobrevivir.”

Y era cierto. Nadie iba a salir de ahí.


Louis dejó de lavarse, decía que la mugre era historia. Que cada costra era un relato y Harry comenzó a coleccionar sus heces, pero eso mismo era Harry, era un círculo vicioso. Las metía en frascos, les ponía fechas equivocadas porque no sabían el tiempo. “Hoy te comiste a Louis del miércoles pasado.” Y Louis reía, reía como un niño en Navidad. Porque sí, quería estar en todos lados. En el estómago, en la lengua, en el ano, en la sangre, en los sueños. En la mierda.


Una noche, Harry lo despertó y le dijo:

—No queda nada de ti.

Y Louis sonrió. Porque eso era lo que quería.

—Comeme el corazón, los pulmones, mis órganos aún están.

Y Harry preguntó:

—¿Ahora?

Y Louis respondió:

—Hace rato.


Se abrazaron. Temblaban, lloraban, reían, se arañaban. No sabían si estaban vivos, pero estaban. En carne, en baba, en aliento. En pus.


Ya no eran pareja, eran alimento.

Ya no eran humanos, eran hambre.


Y no querían salir nunca de ahí.


____________________


Fin

Elias.

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Strong Dialog

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