Capitulo 1: ¡Choque Frontal!💥
El aula 305 de la Facultad de Ciencias Humanas olía a una mezcla de humedad persistente, tiza pulverizada y el perfume industrial del limpiador de pisos que usaban los conserjes. Las paredes, de un blanco que había claudicado hace años ante un tono amarillento, estaban salpicadas de carteles académicos con las esquinas rizadas y cintas adhesivas ennegrecidas por el tiempo. "Derechos Humanos en el Sistema Penal", "Protocolo psicológico de Entrevistas Forenses", "Horarios de Consulta - Dr. Santoro", "Defendamos la universidad publica". El reloj sobre la pizarra marcaba las 8:55 con un incesante tic-tac que parecía amplificarse en el silencio.
Aunque afuera, el viento fresco de abril sacudía las hojas doradas de los plátanos del campus, creando un mosaico cambiante de luces y sombras que se filtraba por las ventanas altas. Era la primera clase de Psicología Jurídica, esa materia transversal que, según los rumores de pasillo, servía como termómetro para diferenciar a quienes buscaban créditos fáciles de aquellos que realmente pensaban dedicarse a la intersección entre el derecho y la mente humana.
Thiago Smith atravesó la puerta con la precisión de un reloj suizo: cinco minutos antes de la hora. Su postura erguida y sus hombros anchos ocupaban el espacio con una confianza que parecía innata. La camisa celeste Calvin Klein, perfectamente planchada, se tensaba sobre sus músculos desarrollados por años de tenis y rutinas intensivas de gimnasio. Su cabello castaño, cortado con precisión militar en los laterales pero con volumen estudiado en la parte superior, brillaba con el toque justo de producto. El reloj en su muñeca —un Rolex heredado de su abuelo cuando ingresó a la carrera— captaba destellos de luz con cada movimiento.
Eligió un asiento en la tercera fila: lo suficientemente adelante para proyectar compromiso, pero no tanto como para que los profesores esperaran que participara constantemente. Estrategia calculada, como todo en su vida. Sobre el pupitre acomodó un iPad Pro, una libreta de cuero con el escudo familiar grabado y una pluma Montblanc. La tecnología y la tradición, conviviendo en perfecta armonía.
Mientras sacaba sus materiales, captó los murmullos a su alrededor. "Es Smith", "El nieto del juez de la Corte Suprema", "Su padre es un tranza radical que le dio todos los poderes al presiduende" "Siempre son los tranzas de la UCR los que juegan a ser del pueblo y luego nos traicionan". Los comentarios no le molestaban; estaba acostumbrado a ellos desde la primaria. A veces venían con admiración, otras con envidia, pero siempre con reconocimiento de la aristocracia. El apellido Smith era sinónimo de influencia, de puertas que se abrían antes de siquiera tocarlas.
Cuando el profesor titular de la materia, el Dr. Mauricio Santoro, entró al aula, los murmullos se disolvieron en un silencio expectante. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con el pelo gris acero peinado hacia atrás y una barba recortada con precisión que enmarcaba un rostro de ángulos severos. Su traje, aunque no era de diseñador, tenía la dignidad de quien conoce el poder de la presencia.
—Psicología Jurídica —anunció, dejando caer una carpeta gastada sobre el escritorio con un sonido seco y definitivo—. Para algunos de ustedes, esta será solo una materia más en su expediente. Para otros, podría definir su carrera. Pero déjenme ser claro desde el principio: aquí no hay respuestas fáciles. Esta materia trata sobre entender al ser humano dentro del sistema judicial, con todas sus complejidades, contradicciones y zonas grises. Si vinieron buscando una clase para relajarse entre cuatrimestre y cuatrimestre... —hizo una pausa, su mirada recorriendo la sala— todavía están a tiempo de salirse.
Algunas risas nerviosas salpicaron el silencio pero nadie se movió.
—Bien —continuó Santoro, ajustándose las gafas de lectura—. El formato del curso es simple pero exigente. Van a trabajar en grupos de dos. Casos reales, expedientes actuales. Y sí, antes de que lo pregunten, los grupos los armamos por sorteo. Porque en la vida real, señores y señoras, no elegimos con quién nos toca colaborar en un caso. El juez asigna, el sistema decide, y ustedes se adaptan.
Thiago contuvo un suspiro de fastidio. Si le tocaba alguien incompetente, ya se veía cargando con todo el trabajo. No sería la primera vez, ni probablemente la última. La pantalla detrás del profesor cobró vida, proyectando una lista de nombres pareados.
Grupo 12: Smith, Thiago y Gonzáles, Artemis.
Thiago frunció el ceño, intentando recordar si había visto ese nombre en alguna lista de clase. Artemis. Sonaba pretencioso, como esos nombres que los padres progres ponían a sus hijos para demostrar lo "diferentes" que eran. Lo buscó disimuladamente con la mirada, pero ninguna cara familiar respondió a su escrutinio.
El chirrido prolongado y agudo de la puerta al abrirse interrumpió sus pensamientos. Las bisagras oxidadas protestaron como si anunciaran la entrada de un intruso y todas las cabezas giraron hacia la entrada.
Un chico bajito, de complexión delgada y facciones afiladas, apareció en el umbral. Su respiración agitada y las gotas de sudor en su frente delataban que había corrido para llegar. Sus ojos grandes y oscuros, enmarcados por ojeras violáceas, escanearon la sala con una mezcla de ansiedad y determinación. El cabello negro, una mata de rizos rebeldes que caían sobre su frente, contrastaba con su piel morena clara. Vestía una chamarra negra con parches de bandas cosidos a mano y un pin del movimiento LGTBQ+. Debajo, una camiseta gris desgastada con el logo borroso de the neigboorhoud. Sus jeans negros, ajustados y rotos en las rodillas, terminaban en unas Dr. Martens gastadas pero bien cuidadas, probablemente compradas de segunda mano.
—Disculpen... —murmuró con una voz sorprendentemente clara a pesar de su volumen bajo. En su muñeca derecha, una pulsera tejida con los colores del arcoíris asomaba entre las mangas deshilachadas de su chamarra.
El Dr. Santoro lo miró por encima de sus gafas.
—¿Nombre?
—Artemis González, profesor. El colectivo...
—Ahórrese las explicaciones, Sr. González. Esta es la única tardanza que toleraré en mi clase. Tome asiento.
Artemis asintió, deslizándose hacia el único lugar disponible en la última fila. Su mochila, una antigua JanSport parcheada y remendada, se deslizó de su hombro con un ruido sordo. A diferencia de los materiales prístinos de Thiago, Artemis sacó un cuaderno espiral con las esquinas dobladas y un bolígrafo mordisqueado, junto con un teléfono cuya pantalla mostraba varias grietas que atravesaban el cristal como telarañas.
Thiago lo observó con una mezcla de desdén y curiosidad. Todo en ese chico gritaba "pobre", desde sus ropas hasta su apariencia exhausta. Probablemente uno de esos que entraban por cuota social y terminaban abandonando a mitad de carrera.
Porque si bien una de las mayores luchas que tuvo el peronismo era que los hijos de obreros fueran a la universidad publica. No hay obrero que pueda sostener las cuentas de la casa, el trabajo y comprarle los materiales de estudios a sus hijos con el clima económico actual.
Y cuando el profesor terminó la introducción y les indicó que se reunieran con sus compañeros asignados, Thiago no se levantó. Observó cómo los demás estudiantes se agrupaban, algunos con entusiasmo, otros con resignación. Él permaneció en su lugar, esperando que su compañero lo identificara.
Artemis, que había estado hojeando ansiosamente el programa de estudios fotocopiado el día anterior, levantó la vista y comenzó a buscar a su pareja asignada. Sus ojos recorrieron el aula hasta detenerse en Thiago, el único que permanecía solo. Por un instante imperceptible, una sombra de reconocimiento cruzó su rostro. Pensó que lo había visto en algún lado... Pero no sabía donde.
Se acercó con pasos decididos aunque cautelosos, como quien se aproxima a lo desconocido.
—¿Thiago? —preguntó Artemis, con un tono que intentaba sonar profesional pero que no podía ocultar completamente una nota de recelo.
—Sí —respondió Thiago, evaluándolo de pies a cabeza con una mirada rápida pero exhaustiva—. ¿Vos sos Artemis?
—Sí —confirmó con una sonrisa nerviosa, y extendió una mano con uñas cortas pintadas de negro mate—. Artemis González. Psicología, quinto año.
Thiago estrechó la mano ofrecida con un apretón firme pero breve, notando las suaves y delicadas manos de Artemis. Aunque eran manos trabajadoras, no de académico.
—Perfecto —dijo Thiago con un tono neutro, indicándole un banco cercano con un gesto de la cabeza—. Sentémonos, así no perdemos más tiempo. —Fue cortante, y directo, a Thiago no le gusta perder el tiempo.
Bajo la atenta mirada de Artemis, Thiago jamás se levantó, no hizo por buscarlo, era como si de alguna manera este chico viniera desde el privilegio y su interacción con su compañero no le importara, o eso era lo que Artemis intuía. Aún así decidió continuar con la empatía que lo caracteriza, porque jamás es bueno juzgar un libro por su portada.
El caso asignado llegó en una carpeta sellada. Al abrirla, encontraron documentos oficiales, informes psicológicos y transcripciones de entrevistas. Thiago desplegó los papeles con eficiencia metódica: un joven de 19 años acusado de homicidio agravado. Historial de violencia familiar, institucionalización intermitente desde los 7 años, tres diagnósticos psiquiátricos contradictorios y un test de Rorschach que había sido calificado como "inquietante" por el evaluador.
Un caso bomba. Definitivamente.
—Bueno, esto es bastante claro —dijo Thiago, después de hojear el expediente con la confianza de quien ya ha llegado a una conclusión—. El pibe es culpable, sin lugar a dudas. Tiene todos los indicadores clásicos: violencia previa, evasión de responsabilidad, falta de empatía, entorno hostil... Dejarlo libre sería un desastre para la sociedad.
Artemis, que había estado leyendo concentradamente el informe psicológico, levantó la vista. Sus ojos, que bajo la luz fluorescente revelaban matices de ámbar en el iris oscuro, se clavaron en Thiago.
—¿Así? ¿Y vos qué título pones al diagnóstico? —Artemis deslizó el cuaderno hacia el centro del banco, señalando con el dedo las fechas de institucionalización—. Porque acá hay tres diagnósticos diferentes: ¿Cuál elegís, el que viene con foto familiar o el que viene con certificado del hospital?
Thiago, quien ya iba por la respuesta fácil, titubeó un segundo. No le gustó que le movieran el terreno. Alzó las cejas, sorprendido por la audacia. Normalmente, la gente no lo desafiaba así, y menos alguien que claramente estaba en desventaja social como Artemis.
—Tengo algo que a veces es más valioso: sentido común —respondió con soberbia, y una media sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Algo que no todos acá parecen tener.
—Sentido común —repitió Artemis, saboreando las palabras como si fueran algo amargo—. Qué concepto tan útil para justificar prejuicios estructurales y saltarse el proceso científico.
El aire entre ellos se condensó con tensión. Thiago apoyó los codos en la mesa e inclinó su cuerpo hacia adelante, invadiendo sutilmente el espacio personal de Artemis.
—¿Vos sos de los que creen que todo criminal es una víctima de la sociedad y que todo se arregla con un abrazo y terapia gratuita? —su tono era suave pero cargado de condescendencia.
Artemis no retrocedió ni un milímetro. En lugar de eso, se inclinó también hacia adelante, reduciendo aún más la distancia. El aroma a perfume barato de Natura y vaper de sandía se mezclaba con la fragancia cara de Thiago.
—¿Y vos sos de los que creen que todo se resuelve con mano dura y punitivismo de manual? ¿Qué la justicia es sólo un martillo para aplastar a los que ya están aplastados?
Thiago esbozó una sonrisa maliciosa.
—Zurdo empobrecedor —murmuró lo suficientemente bajo para que solo Artemis lo escuchara. Completamente acostumbrado a la faltar el respeto a las personas.
Tal vez las redes sociales, habían arruinado por completo las interacciones de las personas. Ahora cualquier sujeto se sentía con la libertad moral de insultar a cualquier hora, y en cualquier momento por no compartir sus mismas ideologías.
Artemis lejos de sentirse incomodo, devolvió la sonrisa, pero estaba cargada de un veneno refinado por años de defenderse. Desde el jardín, la escuela, el colegio... La homofobia que recibio solamente hizo que tuviera una piel gruesa para recibir insultos y filtrarlos.
—Nazi de clóset —respondió en el mismo volumen íntimo, casi como un secreto compartido.
Un silencio eléctrico se instaló entre los dos. El Dr. Santoro, que pasaba cerca supervisando los grupos, se detuvo un momento junto a ellos, percibiendo la hostilidad palpable que vibraba en el aire.
—Bueno, bueno, caballeros —dijo con tono neutro pero con las cejas arqueadas—. Me alegra ver que hay... entusiasmo en este equipo. Pero traten de canalizarlo en el trabajo constructivo, ¿sí? Este no es un ring de boxeo, es un ejercicio académico.
Cuando el profesor se alejó, Artemis abrió su carpeta arrugada y sacó un resaltador amarillo chorreado.
—¿Tenés algún problema con que trabajemos principalmente desde casa? —preguntó sin levantar la vista del expediente—. Tengo un trabajo y vivo en Villa Soldati. No soy particularmente fan del tren a las seis de la mañana.
—¿También me vas a pedir comprensión social, compañero? —replicó Thiago, alzando una ceja con sarcasmo. Haciendo un guiño a la forma en que los zurditos se llaman entre sí.
Artemis levantó la mirada. Sus ojos reflejaban una dureza que contrastaba con su apariencia frágil.
—No. Te estoy avisando para que no me rompas las bolas con reuniones innecesarias a las que no voy a poder asistir. Ah y no te estoy pidiendo consideración; te estoy ofreciendo eficiencia.
Thiago lo estudió por un momento, recalculando. Quizás había subestimado a este chico. Aun así intercambio su numero de contacto porque no quería perder la materia, mucho menos tirar un año a la basura.
—Mientras hagas tu parte del trabajo, me da igual dónde lo hagas —concedió finalmente.
Y con eso, ambos se sumergieron en la lectura del expediente. El silencio que se formó entre ellos no era cómodo ni neutral. Era el tipo de silencio que vibra con palabras no dichas, con juicios formados demasiado rápido y con el zumbido de dos mundos colisionando.
Entre las líneas del expediente judicial que analizaban, se gestaba otra historia: la de dos jóvenes que, sin saberlo aún, estaban a punto de desafiar todo lo que creían saber sobre el otro y sobre sí mismos.
La guerra, como bien intuían ambos, recién comenzaba.
Narcissues; ¿sos team artemis o team thiago?S